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Santa Teresa y las imágenes

“Es gran regalo ver una imagen de quien por tanta razón amamos”


FotoLienzo de santa fundadora en las Carmelitas de San José de Pamplona, XVII. Foto J. L. Larrión/

Tres grandes aspectos sobresalen en la relación de santa Teresa con las artes. En primer lugar, su actitud ante las imágenes, su opinión sobre las mismas, así como el encargo de otras que adquirió o proporcionó para sus fundaciones. En segundo lugar, toda su iconografía, excepcional por su abundancia y tipología, que constituye un capítulo sobresaliente entre las representaciones de los santos en el siglo XVII. Por último, hay que considerar que las fundaciones de carmelitas descalzos y descalzas conservan conjuntos singulares de arquitectura, escultura, pintura y artes suntuarias, junto a un patrimonio inmaterial singular, que ha pervivido a lo largo de los siglos, particularmente, en las clausuras femeninas. En esta ocasión nos ocuparemos del primero.

La actitud de la Santa ante las imágenes, en el siglo del Humanismo en que fueron atacadas y discutidas, no sólo se coloca en plena tradición española, sino que incluso las introduce en pasajes de su vida y en sus experiencias místicas. Las visiones ante el Cristo a la Columna, san José o el Niño Jesús dan buena cuenta de ello. Sirva de ejemplo que, al narrar la muerte de su madre, indica: “como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida fuíme a una imagen de Nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre…” (Vida, 1,7).

Lienzo de santa fundadora en las Carmelitas de San José de Pamplona, XVII. Foto J. L. Larrión

Grabado de santa Teresa fundadora por Juan Bernabé Palomino en 1752 que ilustran las obras de la santa publicadas en Madrid en aquel año en la Imprenta del Mercurio

En la época de la santa, las imágenes resultaban extraordinariamente efectivas por escasez de las mismas, cuando el tiempo para su contemplación era abundante, por lo que quien las miraba podía extraer distintas sensaciones y valoraciones. En definitiva y como ha escrito magistralmente David Freedberg, comparando el pasado con el presente, ya no tenemos el “ocio suficiente para contemplar las imágenes que están ante nuestra vista, pero otrora la gente sí las miraba; y hacían de la contemplación algo útil, terapéutico, que elevaba su espíritu, les brindaba consuelo y les inspiraba miedo. Todo con el fin de alcanzar un estado de empatía”.

Visión de santa Teresa ante el Cristo a la columna, por fray Diego de Leyva en los Carmelitas Descalzos de Pamplona, c. 1627. Foto J. L. Larrión

Estampa del Niño Jesús conservada en un relicario de las Carmelitas Descalzas de Santa Ana de Tarazona, que perteneció a santa Teresa de Jesús. Foto José Latova

Al número de imágenes que pudo contemplar la santa en los templos y por sus viajes hay que añadir las estampas que poseía: una con Niño Jesús durmiendo sobre el corazón, en alusión a la frase bíblica “Ego dormio et cor meum vigilat”. También las ilustraciones del Breviario, editado en Venecia en 1568 y conservado en las Carmelitas de Medina del Campo.En el Camino de Perfección al reflexionar sobre Cristo en la Eucaristía, considera bobería mirar su dibujo, pero admite su imagen, en algunas circunstancias, con la siguiente consideración: “¿Sabéis para cuándo es muy bueno y cosa en que yo me deleito mucho? Para cuando está ausente la misma persona, o quiere darnos a entender lo está con muchas sequedades, es gran regalo ver una imagen de quien por tanta razón amamos”.El padre Jerónimo Gracián, en sus Escolias a la biografía de la santa, obra del jesuita Francisco de Ribera, escribe “Era la santa madre Teresa de Jesús muy devota de las imágenes bien pintadas y según el Concilio Niceno II, son grande parte para guiar a las almas a Dios. Y aunque es verdad que muchas veces se le representó la imagen de Jesucristo en la imaginación como resucitado, con corona de espinas y llagas y un manto blanco, sé yo que tenía más fe con cualquier imagen pintada. Porque adorar la imagen, asegurábala la fe que era adorar a Dios”.Sabemos de algunas imágenes de calidad discreta que adquirió, personalmente y por poca cantidad, para sus fundaciones. Por ejemplo, con destino al Carmelo de Toledo, ella misma nos describe el pasaje así: “Yo me fui muy contenta, que me parecía ya lo tenía todo, sin tener nada; porque debían ser hasta tres o cuatro ducados lo que tenía, con que compré dos lienzos (porque ninguna cosa tenía de imagen, para poner en el altar) y dos jergones y una manta” (Fundaciones, 15,6). Y conocemos asimismo su preocupación por encaminar a alguno de sus palomarcicos imágenes devotas, como la escultura de la Virgen para Caravaca, según el testimonio de una carta en que escribe: “Ahora he de enviar a Caravaca una imagen de nuestra Señora que les tengo, harto buena y grande, no vestida, y un san José me están haciendo, y no les ha de costar nada”.

Para saber más

ÁLVAREZ, T. (dir.), Diccionario de Santa Teresa de Jesús, Burgos, Monte Carmelo, 2001
FERNÁNDEZ GRACIA, R., Estampa, Contrarreforma y Carmelo Teresiano. La colección de grabados de las Carmelitas Descalzas de Pamplona y Leonor de la Misericordia (Ayanz y Beaumont), Pamplona, I. G. Castuera, 2004
FREEDBERG, D., El poder de las imágenes. Estudios sobre la historia y la teoría de la respuesta, Madrid, Cátedra, 1992
GUTIÉRREZ RUEDA, L., “Ensayo de iconografía teresiana”, Revista de Espiritualidad (1964), pp. 1-168
JERÓNIMO GRACIÁN DE LA MADRE DE DIOS, Escolias a la Vida de Santa Teresa compuesta por el P. Ribera, edición de J. L. ASTIGARRAGA, Roma, Instituto Histórico Teresiano, 1982
MORENO CUADRO, F., Iconografía de santa Teresa, I, II y III, Burgos, Monte Carmelo, 2016 y 2017

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