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| El
ANÁLISIS, por José Luis Orihuela |
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Internet: la
hora
de las redes sociales
ON
MOTIVO del décimo aniversario del buscador
Google, Juan Varela preguntaba a los lectores de su blog: “¿Recuerdas
la vida sin Google?”. Lo cierto es que si ya resulta
difícil para muchos recordar cómo era la
red hace 10 años, somos menos aún los que
podemos recordar cómo era nuestra vida antes de
la red. En cualquier caso, es un ejercicio bastante interesante
pues ayuda a comprender hasta qué punto esta tecnología
ha cambiado nuestras vidas.
Para el asunto que
nos ocupa, el de las redes sociales en internet, parece
oportuno comenzar con otro ejercicio, de memoria para
unos y de imaginación para otros:
recuerden o imaginen la vieja libreta de teléfonos,
ese cuadernillo en el que apuntábamos los teléfonos,
direcciones y cumpleaños de nuestros familiares,
amigos y conocidos. Antes de la explosión de la
telefonía móvil, que fusionó el
teléfono con la agenda (y posteriormente con la
cámara de fotos, con el recepetor de radio, con
el reproductor de música y con el ordenador),
la libreta de teléfonos era la representación
de nuestra red social. Un inventario siempre provisional,
lleno de enmiendas y tachones, con el que ayudar a nuestra
frágil memoria en una época en la que todavía
memorizábamos números de teléfono
y fechas de cumpleaños.
En las oficinas y despachos,
las agendas telefónicas
profesionales se complementaban con los tarjeteros que,
en forma de álbum o de fichero, se convertían
en el rastro de antiguos clientes, proveedores, colegas,
gentes conocidas en eventos, viajes y ferias. Hubo una época,
no tan lejana, en la que se afirmaba que un periodista
valía lo que valía su agenda.
Pues bien,
hoy los móviles y la red han dejado
obsoletas las libretas de teléfonos, las agendas
y las tarjetas de visita. Hoy nuestras redes sociales
han dejado de estar representadas por esos objetos físicos
y se representan de modo virtual en redes sociales en
línea. Nuestros contactos son quienes se ocupan
directamente de actualizar sus propios datos, la aplicación
informática que utilizamos para gfestionar nuestra
red social se ocupa de recordarnos los cumpleaños
y los eventos de nuestra agenda, la propia red social
emerge como un espacio virtual en el que los participantes
pueden compartir información, fotos, vídeos,
enlaces de interés, pero también comunicarse,
chatear, contar qué están haciendo en ese
momento, e incluso cuál es el estado de ánimo
de cada uno.
Las redes sociales
en línea, como LinkedIn, Facebook
o Tuenti, son servicios basados en la web que permiten
a sus usuarios relacionarse, compartir información,
coordinar acciones y en general, mantenerse en contacto.
Estas aplicaciones son la nueva forma en la que se representa
nuestra red social, pero también son el modo en
el que se construye nuestra identidad online y el cauce
mediante el que se agrega y comparte nuestra actividad
en la red.
A diferencia de lo
que ocurría con los viejos
soportes físicos, las redes sociales en línea
nos permiten conocer y eventualmente acceder a los contactos
de nuestros amigos, así como descubrir a personas
con intereses, objetivos o gustos afines. Con tales capacidades,
nos es extraño que una de las funciones de las
redes sociales en línea (y uno de sus mercados
más rentables) sea precisamente el de búsqueda
de parejas. Los adolescentes utilizan Tuenti, entre otras
cosas, para “ligar”: uno de los primeros
datos que se pide a los nuevos usuarios a la hora de
configurar su perfil es el de las “zonas de marcha” que
suele frecuentar. Pero hay mucho más. Esos mismos
adolescentes concentran en Tuenti muchas de la actividades
que antes realizaban de modo disperso en otras plataformas:
chatean, comparten fotos, vídeos, crean sus páginas
personales y, en definitiva, desarrollan los primeros
pasos de su vida social en línea.
El origen de
Facebook, como su propio nombre lo sugiere, está ligado a la búsqueda de un modo efectivo
de mantener el contacto entre los miembros de una promoción
universitaria más allá de la orla o del
libro con las fotos de la promoción (facebook).
Las redes sociales en línea permiten reconstruir
o mantener, en el mundo virtual, los vínculos
que alguna vez se establecieron en el mundo físico:
compañeros de una promoción, colegas profesionales,
asistentes a un evento, alumnos, compañeros de
trabajo y amigos. La red se ha convertido en ese tercer
lugar entre el mundo privado y el mundo público,
en el que podemos reencontrarnos con viejas relaciones
y seguir construyendo nuevos vínculos
En un plano
más formal, otras redes especializadas
como LinkedIn, representan nuestras relaciones profesionales,
y no sólo sustituyen a las tradicionales tarjetas
de visita, sino que de modo creciente están sustituyendo
al viejo curriculum. El perfil de cada usuario en una
red social profesional es su curriculum vivo, e incluso
validado por sus colegas, jefes y compañeros de
trabajo.
Las redes sociales
son los nuevos espacios virtuales en los que nos relacionamos
y en los que construimos nuestra identidad, pero también funcionan a modo
de sistema de filtro y de alerta en la medida en que
permiten un ajuste del flujo de información que
recibimos en función de nuestros intereses y de
los intereses de aquellos en quienes confiamos.
Revelar
información propia en el perfil de usuario
es una condición necesaria para ser encontrado,
cuanto más completo esté nuestro perfil
en una red social, más sentido tiene nuestra pertenencia.
Las reservas y críticas que suelen formularse
acerca de la privacidad y la intimidad, pueden encauzarse
fácilmente en la medida en que normalmente es
el propio interesado quien define qué datos de
los que aporta pueden ser consultados por qué usuarios
de la red. La existencia de un perfil privado para amigos
y de un perfil público para el resto de los usuarios
de la red, es una de las más elementales defensas
contra intromisiones indeseadas. De todas formas, el
sentido común y la prudencia siguen siendo los
mejores consejeros en lo que respecta a la difusión
de información personal en una red pública,
como es internet. Si estás en internet y tienes
un secreto, es mejor que ni lo pienses.
Una de las experiencias
habituales de los usuarios primerizos de las redes sociales
en línea (ocurre mucho en
Facebook, por ejemplo), es que una vez que han completado
su perfil no saben muy bien qué hacer. Es una
situación similar a la que enfrentan los recién
llegados a Second Life (un mundo artificial o metaverso
en el que los usuarios participan mediante avatares tridimensionales).
Ocurre que hay aplicaciones, como todas las redes sociales
generalistas o no especializadas, que no tienen un propósito
predefinido y requieren que sea el propio usuario el
que defina y ejecute el propósito. Volviendo al
ejemplo de la agenda de direcciones: por más completa
y al día que la mantengamos, no ocurrirá nada
hasta que escojamos un contacto y le llamemos. Las dinámicas
propias de la red, en uno y otro caso, obrarán
el resto: “¿A que no sabes quién
me ha llamado?”…
Además de los particulares, también las
empresas y los medios de comunicación han desembarcado
en las redes sociales. A las empresas, su presencia en
las redes sociales les permite integrarse en ambientes
en red de conversación al tiempo que ocupan los
espacios que correspondan a la denominación de
la marca y de sus productos. Por su parte, los medios
proyectan su identidad de marca y ofrecen servicios (como
titulares, encuestas y concursos) en las redes sociales
abiertas y dan soporte a redes sociales propias como
estrategia de fidelización e interactividad con
los usuarios.
Finalmente, los anunciantes,
están encontrando
en las redes sociales el más sofisticado mecanismo
de estudio y segmentación de mercados que jamás
hubieran imaginado. Mucho más allá de las
definiciones de targets basadas en la localización
geográfica, la edad y el sexo, ahora pueden establecerse
nichos ultraespecializados que incluyen gustos musicales,
televisivos y cinematográficos, ideas políticas,
viajes pasados y futuros, estudios y trabajo, junto a
todo tipo de adhesiones y preferencias.
Hasta tal punto
es relevante la dimensión que
han cobrado las redes sociales en internet, que bien
puede afirmarse que la llamada Web 2.0 o Web Social,
es precisamente la reconversión de buena parte
de las nuevas y viejas aplicaciones de internet en redes
sociales: todo sitio que se precie hoy contiene componentes
de red social e interactúa con las redes sociales
existentes.
Un buen ejemplo de
esta tendencia son los sitios informativos. El usuario
ya no se contenta con poder acceder a información
actualizada, ahora exige poder hacer algo con ella: comentarla,
valorarla, remitirla a filtros sociales (como Digg o
Menéame), guardar el enlace en sus favoritos en
línea (Delicious), enviarla por correo electrónico
a un amigo, compartir el enlace en su propia red social
o republicar y comentar la noticia en su blog.
La web
entera se ha convertido en una gigantesca máquina
social capaz de producir resultados tan sorprendentes
como la Wikipedia (una enciclopedia actualizada por los
usuarios en tiempo real), Twitter (un servicio de micropublicación
en el que comunidades de amigos y conocidos se cuentan
lo que están haciendo en menos de 140 caracteres),
Flickr (una comunidad que etiqueta y comparte fotografías)
o YouTube (un servicio de alojamiento de vídeo
que está marcando la pauta de lo que puede ser
la televisión del futuro).
Así como el uso habitual de la web originaria
consistía en acceder a información publicada
por otros mediante sistemas más o menos rudimentarios
de búsqueda, lo propio de la web 2.0 es compartir
información con otros usuarios, publicar contenidos
propios, valorar y remezclar contenidos de terceros,
cooperar a distancia y, en definitiva, apodararse de
la tecnología para convertirla en parte de nuestra
vida.
Así como hace algunos años la expresión “We
are the media” podía resultar para algunos
una manifestación del tan denostado tecnoutopismo,
hoy la realidad de la red muestra con elocuencia que,
finalmente, los usuarios se han hecho con el control
de la herramienta y la están convirtiendo en una
palanca para mover el mundo. Y no sólo el digital.
Referencia: Orihuela,
José Luis, “Internet: la hora de las redes
sociales”, en Nueva Revista, nro. 119, octubre
2008, pp. 57-62. Descargar PDF.
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