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Juan Cruz Cigudosa
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1. "Era el amor a lo que hacía"

“Me gustaban los problemas, esencialmente por curiosidad –dice–, yo me preguntaba mucho ¿esto, por qué?, ¿por qué? Un profesor me animó a hacer Medicina. Y yo: no quiero. Otro, el de Biología, me dijo un día: vete a Pamplona, hay una Facultad muy buena”.

Presentó la solicitud, le admitieron y se matriculó. “Mis padres, ¡encantados!” Y añadía: “Los años de la Facultad han sido los mejores de mi vida. Pensaba: ¡si se pudieran alargar unos añitos! Pero cada asignatura costaba un dinero, que salió con el esfuerzo de mis padres, becas del Gobierno de Navarra, y con lo que yo ganaba en los veranos. Terminado el primer curso trabajé en una fábrica de conservas; en el segundo verano, de camarero en fiestas de pueblos; y en los tres siguientes, como en casa nos llevábamos bien con los farmacéuticos, estuve de mancebo, y algunas veces dejaron la Farmacia a mi cuidado. ‘Quédate de guardia, que me voy’, me decía el dueño”.

En los dos últimos cursos de la carrera trabajó por las tardes con la profesora de Bioestadística, María José Calasanz, que era su tutora y la que, en los años siguientes, dirigió su tesis doctoral. El marido de la profesora tenía una academia de informática y Juan Cruz dio allí clases de programación con ordenadores.

Se entusiasma hablando de la Facultad. “Ya desde el primer día –me contaba– tuve asumido que estudiar es trabajar; y que eso de trabajar ya lo había visto en casa, de modo que estudié todos los días, durante toda la carrera, también los domingos en época de exámenes. Era el amor a lo que hacía. Con los amigos quedábamos a las 11 para estudiar…”. Estaba muy claro. Si trabajar ocho horas es lo normal en cualquier profesión, en un universitario es también normal trabajar –estudiando y en clase– esas ocho horas; y quedan ocho para dormir, y otras ocho para lo demás.

Juan Cruz recuerda cómo en sus tiempos tenían todos los exámenes juntos en una semana: “O llegabas estudiado, o nada… La regularidad es muy importante. El mejor expediente se saca desde el primer día, y lo que después te salva para conseguir el primer empleo es un buen expediente. Eso se consigue con regularidad”. Pero no era lo que se dice un empollón, porque sabía emplear esas ocho horas restantes y se organizaba para reunirlas y salir todas las semanas a esquiar. También le gustaba correr, patinar o nadar. “Lo de nadar lo he mantenido hasta hace muy poco”, concluía.

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