3. No deja indiferente
Cuando Coll-Barreu hizo la primera exposición monográfica retrospectiva de su obra, en el 2001, en una entrevista reconoció que fue prematuro, pero después de ocho años presentaba una docena de edificios terminados y alguna obra en construcción. Tiene un estudio con un socio, antiguo alumno como él, Daniel Gutiérrez Zarza, donde trabajan ocho personas.
Entre sus proyectos –que he visto en su página web–, hay de todo, y lo que me resulta más curioso es cómo escribe de ellos, la jerga profesional. El que más me gustó es el de “140 viviendas junto a la Ría del Nervión”. En él manifiesta que “al concepto de ‘modulor’ y vivienda mínima debe oponerse hoy la vivienda máxima, el espacio adecuado a un periodo de posibilidad y pluralidad. El máximo posible debe sustituir con urgencia al ‘mínimo necesario’ en nuestra reflexión sobre la vivienda y en nuestro proyecto de ciudad. Se proponen viviendas que resuelvan los problemas de la globalidad, la personalidad, la confianza y la apertura”. ¿Qué quiere decir? Para mí, el “periodo de posiblidad y pluralidad” puede referirse a la ‘posibilidad’ de los recién casados para que tengan ‘pluralidad’ de hijos…, porque su personalidad les lleva a la ‘confianza’ en la Providencia y a la ‘apertura’ a la vida…
En su estudio de Madrid bullen las teorías, las ideas, se discuten los proyectos, se trabaja en equipo, “nos involucramos en cuestiones muy complejas”, dice, intervienen los equipos de ingenieros más apropiados, y llevan adelante la gestión económica del estudio, que siempre es complicada, sobre todo porque, desde que se prepara la presentación a un concurso hasta que se entrega una obra, los ciclos son muy largos.
Lo que me parece claro es que las propuestas de Coll-Barreu no son “más de lo mismo”, tienen punta y parece que a nadie dejan indiferente. No es un arquitecto gris. Y a mí me asombra.
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