1. Arquitecto de nacimiento
Como se ve en el dibujo de Luis Borobio, Coll-Barreu es un hombre cordial, delgado, de facciones más bien angulosas, afiladas, de ideas también afiladas, agudas, que en su profesión quiere estar en punta. Por ser aragonés, de Huesca, en sus trabajos no es tozudo, sino tenaz. Se empeñó desde niño: no quiso ser otra cosa que arquitecto. “A los 16 años dibujaba mucho y leía libros sobre Arquitectura –me ha contado–, y cuando en COU nos dieron un papel para que pusiéramos tres preferencias, sólo puse una”. Añade: “El concepto que tengo ahora de la Arquitectura lo reconozco como el que tenía de niño, aunque entonces era más abstracta e idealizada”.
Tomó la decisión, nada abstracta, de venirse a estudiar a Pamplona “por la proximidad y por consejo de mis padres”, dice. En la Universidad de Navarra tuvo grandes maestros como Javier Carvajal, profesor de Proyectos en los tres primeros cursos, o Miguel Ángel Alonso en los años siguientes. “Arquitectos merecidamente importantes, apasionados por la Arquitectura y la enseñanza, con enorme capacidad humana de arrastre”, recuerda.
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