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Jorge San Miguel Bellod

 

La pobreza energética también mata

Va pasando el otoño y con la venida de las bajas temperaturas, buscamos el cálido refugio de nuestros hogares, una ducha caliente y una buena cena escuchando los dimes y diretes de unos y otros o las últimas noticias de un mundo cada vez más incomprensible.

Entre 18,7 y 19,6ºC se sitúa la temperatura media a la que tenemos la suerte de vivir una mayoría de hogares durante el invierno en la ciudad de Pamplona (España). Es una estimación que hemos podido realizar a través de los estudios que llevamos a cabo desde hace varios años desde la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra en cientos de viviendas en nuestra ciudad.

Sin embargo, para decenas de miles de personas en Navarra -alrededor de un 8%-, y también en España, mantener ese cálido refugio, darse una ducha o tomar una comida caliente diariamente es un lujo que, se calcule como se calcule, no es posible exprimir de los 300, 500 o los 707,6 euros mensuales (salario mínimo en España en 2017) con que subsisten cientos de familias en Navarra.

Vivir a 9ºC de media diariamente, poner de forma puntual la calefacción, tener que abrigarse en exceso o abandonar el hogar en busca de un lugar calefactado, recurrir a sistemas económicos y precarios como las estufas de butano, sellar las ventanas con plásticos, no ventilar por miedo a gastar o ventilar en exceso, vivir expuestos a altos niveles de humedad y hongos en las paredes, entre otros impactos detectados, no solo tienen una influencia muy negativa en la vida familiar sino sobre todo en la salud de las personas.

Según el estudio Minimum home temperature thresholds for health in Winter/Umbrales mínimos de temperatura para salud en invierno (Public Health England, 2014), llevado a cabo en Inglaterra, vivir de forma prolongada por debajo de los 18ºC tiene un impacto en la salud, especialmente en aquellas personas más vulnerables, ancianos, enfermos, niños o personas con discapacidad.

Entre muchas de las viviendas estudiadas en Pamplona (España) nos hemos encontrado con esta realidad de cara, con la pobreza y con la incapacidad de mantener el hogar en unas condiciones mínimas para la salud, que es uno de los impactos más serios derivados de la pobreza energética. Nos hemos encontrado una realidad compleja donde se mezclan muchas causas y problemáticas asociadas con la pobreza y sobre todo con la exclusión social, pero también con fallas estructurales, políticas, sociales y edificatorias que dificultan la aplicación de una solución efectiva.

Esta realidad se puede extrapolar a todo el mundo. Existen muchas familias en distintos países que no pueden permitirse cambiar una ventana, comprar una caldera eficiente o pagar su mantenimiento, tener un contrato energético o entenderlo, o acceder siquiera a un alquiler económico. Y no hablemos de rehabilitar su inmueble o comprar uno. Lo primero de lo que prescinden estas familias es siempre de la calefacción y la energía.

Es necesario pensar en nuevas estrategias para hacer que la rehabilitación y la rehabilitación con altos estándares sea una solución a corto plazo y efectiva en la disminución del impacto que tiene en la salud vivir en unas condiciones inadecuadas. La rehabilitación no solo supone un ahorro económico para las familias, y una disminución del impacto en el medio ambiente, sino que también favorece un ahorro importante en el sistema público de salud. Los ingleses lo llevan demostrando desde hace muchos años, y Europa sigue la misma senda.

La pobreza y la exclusión social es otra frontera más que nos separa. La pobreza energética en particular, otra frontera más que mata, que no llenará las calles de nuestras ciudades de indignación y nuestros móviles de proclamas de unidad frente a este problema y que pasará, a pesar de la lucha y el esfuerzo de muchas personas, y mucho hablar lamentablemente, como cada año, con otros 7.000 fallecidos en España por culpa de esta lacra.

Jorge San Miguel Bellod

 

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MÁS ALLÁ DE LA ARQUITECTURA SOSTENIBLE. ARQUITECTURA REGENERATIVA             

ANA SÁNCHEZ-OSTIZ

El cambio climático es una realidad avalada por la comunidad científica internacional. El Acuerdo alcanzado en la XXI Conferencia Internacional sobre Cambio Climático en Paris (Diciembre 2015), ha supuesto, al fin, un compromiso internacional en la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, con el objeto de limitar el calentamiento global por debajo de 2ºC para 2100.

La Unión Europea (UE) ha fijado unos objetivos para reducir progresivamente las emisiones de gases de efecto invernadero de aquí a 2050, que pretenden situar a la UE en la senda de la transformación hacia una arquitectura baja en carbono. Una nueva arquitectura de la que vamos a tener que formar parte como proyectistas en el campo de la edificación y la ciudad.

Por otra parte, el diseño de la arquitectura tiene que tener en cuenta a sus ocupantes. Pasamos más del 90% de nuestro tiempo en el interior de los edificios. En las viviendas, afrontamos una gran diversidad de usos debido a los múltiples ocupantes y a la población vulnerable que los habitan (ancianos, situaciones de pobreza energética, …), que influirán decisivamente en la demanda y consumo real de energía y de las emisiones asociadas. Además, en los lugares de trabajo, bienestar, productividad y salud son las nuevas prioridades de una arquitectura que consuma los mínimos recursos posibles.

Hasta ahora la Arquitectura sostenible se ha centrado en disminuir los impactos negativos que los edificios producen en el medioambiente. Sin embargo, la arquitectura regenerativa da un paso adelante al proponer que los edificios puedan producir impactos positivos en el medioambiente, así como en el bienestar y la salud de las personas que los habitan.

Los profesionales que se preparen para estos retos serán artífices del cambio, artífices de una nueva arquitectura, centrada en la mejora del medioambiente y de la calidad de vida del hombre.

Éstas y otras cuestiones serán tratadas por Ana Sánchez-Ostiz Gutiérrez, directora del Máster en Diseño y Gestión Ambiental de Edificios de la Universidad de Navarra.