25 de agosto

Ciclo de conferencias

CUATRO MIRADAS SOBRE EL PATRIMONIO CULTURAL DE TUDELA

Un personaje desconocido para un retrato de fama universal: el marqués de San Adrián

D. Pablo Guijarro Salvador
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

 

José María Magallón y Armendáriz, VII marqués de San Adrián (1763-1845), es un personaje conocido en todo el mundo gracias a su retrato, realizado por Francisco de Goya en 1804 y hoy expuesto en el Museo de Navarra. Los historiadores del arte coinciden en considerarlo uno de los mejores del pintor aragonés.


Foto. 1. Retrato de José María Magallón y Armendáriz, VII marqués de San Adrián, de Goya, 1804
(Foto: Museo de Navarra. Larrión & Pimoulier)

 

Goya desarrolló una especial capacidad para mostrar a través de las miradas y los gestos la verdadera personalidad de sus retratados. En el caso del marqués de San Adrián, la pintura revela un hombre alegre, vital, inteligente, elegante y sofisticado, un consumado jinete que todavía era atractivo a sus 41 años. Lo que nos dicen la expresión, el atuendo y el simbolismo de los objetos ha servido hasta ahora para intentar cubrir la ausencia de una biografía que se adentrase en la vida del marqués. Recientemente, el libro del conferenciante El espíritu ilustrado en Navarra: los marqueses de San Adrián y la Real Sociedad Tudelana de los Deseosos del Bien Público, editado por Gobierno de Navarra, analiza el fulgurante ascenso social que llevó a José María Magallón y Armendáriz desde Tudela hasta la Corte, donde encargaría su retrato a Goya.

El marqués conoció durante su infancia y adolescencia el ambiente del foco ilustrado tudelano, que daría lugar a la única Sociedad Económica de Amigos del País de Navarra, promovida por su abuelo y su padre. Ambos se encargaron personalmente de su primera educación y tomaron la determinación de enviarlo al Seminario de Vergara y a París en compañía de un tutor, lo que supuso cuantiosos gastos sufragados mediante la venta de la plata y las joyas de la familia. Entre 1782 y 1785 el marqués asistió en Vergara a las clases de la institución educativa más prestigiosa del momento, donde aprendió disciplinas modernas, idiomas y habilidades cortesanas, como baile, música, esgrima o equitación. Durante esos años estuvo acogido en casa del marqués de Narros, fundador y secretario de la Sociedad Bascongada, que era un gran amigo de su padre.


Lám. 2. Historia y Estatutos de la Sociedad Tudelana de los Deseosos del Bien Público,  1778
(Foto: Fondo Antiguo. Biblioteca de Humanidades. Universidad de Navarra).


A París llegó en octubre de 1786 con 23 años. Le acompañaba un preceptor francés que había ejercido como secretario en las embajadas ante las cortes de Suecia y Prusia. El plan educativo incluyó clases de ciencias modernas, como física, química o botánica, y visitas a artistas y artesanos para su instrucción en las bellas artes y la industria, respectivamente. Sin embargo, el marqués aprendería las lecciones más importantes para su futuro en los salones aristocráticos, a los que era invitado gracias a su buen carácter y don de gentes. Una de las casas a las que acudía con mayor asiduidad era la de Francisco Cabarrús, donde coincidió con su hija Teresa y con el dramaturgo Leandro Fernández de Moratín. El aumento de los gastos terminaría con el viaje de estudios en mayo de 1788, mucho antes de los cuatro años inicialmente previstos.

Las estancias en Vergara y París fueron la mejor preparación para su matrimonio con María Soledad Rodríguez de los Ríos, marquesa de Santiago, uno de los títulos nobiliarios más ricos de la época. El marqués llegó a convertirse en uno de los mejores anfitriones de bailes y comedias, a los que acudía, en sus propias palabras, “todo Madrid visible”. Su palacio acogía también visitas de cortesía y tertulias en las que tomaban parte aristócratas y literatos célebres. La correspondencia del marqués menciona a personajes como Manuel Godoy, el infante de Parma, Jovellanos, la condesa-duquesa de Benavente, Cabarrús, el poeta Tomás de Iriarte, el fabulista Félix María de Samaniego, el médico Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, el abogado Vicente González Arnao o los embajadores de la República Francesa.

El palacio de los marqueses de Santiago en la carrera de San Jerónimo atesoraba numerosas obras de arte, entre las que se contaban pinturas de El Greco, Velázquez o Murillo, así como un retrato de la marquesa niña realizado por Goya, hoy desaparecido o no identificado. La colección se vería enriquecida por los retratos del matrimonio, encargados por el marqués San Adrián en el momento de su mayor triunfo personal, tras la concesión de la grandeza de España -máxima dignidad de la nobleza española- en 1802.

La pose relajada del marqués y su mirada franca y directa, similar a la de otros modelos que fueron amigos de Goya, llevan a plantear si la relación entre ambos, documentada en los tiempos del exilio en Burdeos, ya existía en el momento de la realización del retrato. En Burdeos, donde se refugió de la persecución hacia afrancesados y liberales, el marqués de San Adrián actuó como un líder de los exiliados, a quienes se sumaría el genio aragonés en 1824. Esta cercanía a Goya ha llevado incluso a implicarlo en la famosa leyenda de la desaparición del cráneo del pintor.


Lám. 3. Goya supo captar la vitalidad, distinción y atractivo del marqués de San Adrián, cualidades que le sirvieron para ocupar un lugar destacado en la intensa vida social de la corte.
(Foto: Museo de Navarra. Larrión & Pimoulier)

 

Todos estos datos que ahora sabemos sobre la figura del marqués de San Adrián se corresponden con lo que Goya nos contó a través de los pinceles. El espíritu ilustrado de las tertulias tudelanas, las habilidades aprendidas en el Seminario de Vergara y la vida de sociedad entre la aristocracia parisina forjaron un hombre de personalidad cautivadora y gustos refinados que, tras su matrimonio con la marquesa de Santiago, brillaría como uno de los mejores anfitriones de la Corte y se rodearía de un círculo de afrancesados de primera fila.