7 de abril de 2011

Ciclo de Semana Santa 

DOLOR Y AMOR: LAS IMÁGENES DEL CRISTO DE ANCHIETA Y LA DOLOROSA DE NOBAS

Semana Santa, tiempo de devoción y arte: la imagen de Nuestra Señora de la Soledad de Pamplona

D. José Javier Azanza López.
Universidad de Navarra

 

Nuestra aproximación, desde el arte y desde la devoción, a la imagen de Nuestra Señora de la Soledad, nos lleva a considerar a su autor Rosendo Nobas, a la imagen y al paso procesional.

Rosendo Nobas i Ballbé (Barcelona, 1838-1891) fue un artista catalán formado en la Escuela de Escuela de Artes y Oficios de Barcelona, bajo el magisterio de los hermanos Agapit y Venanci Vallmitjana. Tras sus primeros éxitos cosechados en París (1866), Madrid (1871, Exposición Nacional de Bellas Artes) y Viena (1873, Exposición Universal), inicia un período de esplendor a lo largo del cual hará compatible su actividad escultórica con su labor docente en la Escuela de Bellas Artes, formándose en sus clases escultores como Josep Gramot, Manuel Fuxà, o Josep Llimona entre otros notables artistas. Fue también escultor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, cargo que desempeñó en los últimos años de su vida para la reproducción plástica de las enfermedades externas deformes, lo cual le llevará a acentuar su tendencia al realismo detallista rayano en el patetismo, aspecto de suma importancia en la ejecución de la Soledad pamplonesa.

Se encontraba Nobas en pleno auge cuando le sobrevino la temprana muerte el 5 de febrero de 1891, víctima de una pulmonía; una nota necrológica firmada por J. Roca en La Vanguardia, tres días más tarde lamentaba su desaparición (“una pérdida irreparable para el arte catalán”), a la vez que facilitaba abundante información acerca de la vida y obra, carácter y personalidad del artista. 

Rosendo Nobas fue un artista fecundo, cuya obra se inscribe dentro de la veta escultórica catalana de la segunda mitad del siglo XIX, de carácter fuerte y enérgico; mas junto a esa reciedumbre, Nobas sabe dotar a sus figuras de vida interna y de expresión de conjunto, sin menospreciar por ello el detalle en las calidades. Escultor que modelaba con perfección y era correcto en la ejecución, fruto de su formación académica, abordó diversos géneros: monumento conmemorativo y escultura urbana –monumentos a Rafael Casanova y al General Joseph Cabrinetty, relieve del Monumento al empresario Antonio López, grupos escultóricos del Monumento de la Cascada del Parque de la Ciudadela de Barcelona, figuras alegóricas de la Fama y medallón en bronce de Martín Alonso Piznón del Monumento a Colón-; retrato –bien de ilustres personajes del pasado, bien contemporáneos, hasta el punto de que las principales familias de Barcelona se disputaban el honor de sus retratos-; tipos y costumbres; y escultura religiosa y funeraria, ámbito en el que impacta el sepulcro del catedrático de anatomía Francesc Farreras en el Cementerio de Montjuic, una escalofriante escultura de un esqueleto de tamaño natural envuelto en una mortaja, a la vez recuerdo de la profesión del difunto y auténtico “memento mori”. 


Rosendo Nobas. Sepulcro de Francesc Farreras

Rosendo Nobas. Sepulcro de Francesc Farreras
 

También esculpió Nobas sendas Dolorosas para los mausoleos de las familias Fabra y Brugada, en las que representa el tema de la Virgen como un testimonio del dolor delante de la muerte de su hijo; por tal motivo, no resulta extraño que el Ayuntamiento de Pamplona le encargase en 1883 la imagen de Nuestra Señora de la Soledad. 

El origen de su encargo y ejecución se encuentra en una manda testamentaria de la Pamplonesa Sofía Villanueva, quien en 1867 destinaba 10.000 reales a adquirir un mano de terciopelo negro para la Virgen Dolorosa de la iglesia de San Agustín que procesionaba en Viernes Santo. El Ayuntamiento decidió que ornamento tan valioso y elegante bien merecía la ejecución de una nueva imagen, que llegó a Pamplona en marzo de 1883. Con alma de imaginero barroco, Rosendo Nobas esculpió una imagen de vestir que iconográficamente se ajusta al modelo de Soledad, en la que están talladas únicamente la cara y las manos, en las cuales el escultor catalán acertó a condensar todo el dolor de una madre atormentada por la muerte de su hijo. La expresión del rostro es de enorme intensidad y dramatismo, acentuado por la frente surcada de arrugas, los ojos suplicantes elevados al cielo, y la boca entreabierta; a este sentimiento se unen las manos que se entrelazan, crispadas por el sufrimiento.

Su belleza, además de dar pie diversas leyendas, despertó la admiración y el elogio, pero también el sentimiento, piedad y devoción, desde el instante mismo de su llegada a Pamplona. Diversos testimonios así lo confirman, como la reseña periodística de Lau-Buru de 20 de marzo de 1883, el testimonio del arqueólogo francés Marcel Dieulafoy durante su visita a Pamplona en 1895, o el fervor de la infanta Isabel –hija primogénita de Isabel II- con ocasión de su viaje a Pamplona en 1908. La fotografía contribuyó a difundir y aumentar dicha devoción, a través de las instantáneas que tomaron y pusieron a la venta fotógrafos como el francés Leopoldo Ducloux, o el Estudio Roldán y Mena, cuando ambos trabajaban en sociedad.

Nuestra Señora de la Soledad

Nuestra Señora de la Soledad. Fotografía de Roldán y Mena, La Avalancha, nº 74, 8-4- 1898
 

No cabe duda de que el lujoso manto bordado que luce la imagen en las procesiones, es complemento indispensable para realzar la perfección del rostro de la Virgen. La confección del primer manto fue encargado a la casa Roca y Casadevall, uno de los talleres catalanes de bordado más representativos del siglo XIX. Este manto fue objeto de una mejora a cargo de las Madres Adoratrices de Pamplona en 1927, coincidiendo con la reforma de las andas del paso procesional según diseño de Víctor Eusa. Tras un nuevo arreglo y limpieza en 1951, a finales de esta década quiso el Ayuntamiento reemplazarlo por otro más rico que fuera regalo de todos los pamploneses mediante la correspondiente suscripción popular. Su diseño correspondió a Juan María Cía, delineante de la Dirección de Obras del Ayuntamiento, y su ejecución a las Madres Adoratrices, las cuales trabajaron sin descanso durante tres duros meses de invierno para que Nuestra Señora de la Soledad pudiera estrenar su nuevo manto en la Procesión del Traslado el 1 de abril de 1960. Bordado con hilo de oro traído expresamente desde Lyon y con unas medidas de 3 metros de ancho y 5 de largo, el manto asemeja un bosque de palmas rodeando un doble óvalo con el escudo de armas de la ciudad y el emblema votivo de las Cinco Llagas, enriquecido con flores en la cola y esquinas, y con perlas, anillos y otras joyas obsequio de mujeres pamplonesas y navarras.


Manto de la Soledad (Detalle)

Manto de la Soledad (Detalle). Juan María Cía y Madres Adoratrices. 1960
 

Durante la mayor parte del año, Nuestra Señora de la Soledad permanece en su capilla de la parroquia de San Lorenzo. Pero con la llegada de la Semana Santa, se convierte en imagen viajera que marca el inicio y final de las procesiones pamplonesas. El Paso de la Dolorosa no sólo es el más antiguo, sino también el más popular y querido de todos los pasos procesionales de la Semana Santa pamplonesa. Desde su llegada a Pamplona, el Ayuntamiento encargó a la Hermandad de la Paz y Caridad –cuyos miembros van ataviados con túnica verde y caperuza en oro- portar la imagen en todas las procesiones en las que figurara, en agradecimiento a su labor asistencial a los reos condenados a muerte y durante el entierro de sus cuerpos.

Su participación en las procesiones de la Semana Santa pamplonesa comienza con la Procesión del Traslado, que tiene su origen en 1919 cuando, por iniciativa de la Hermandad de la Pasión, la imagen fue llevada procesionalmente el día de Miércoles Santo desde San Lorenzo a la Catedral, en un acto celebrado a las cinco y media de la tarde. Con posterioridad cambará de hora y de día, hasta que en 1973 fue trasladada el Viernes de Dolores, tradición que perdura en nuestros días.

Procesión del Santo Entierro. Paso de la Soledad

Procesión del Santo Entierro. Paso de la Soledad
 

Una segunda procesión de la que tenemos constancia ya en la década de 1920, era la del traslado de la Soledad desde la Catedral a San Agustín el Viernes Santo, inmediatamente después de las Siete Palabras, hacia las tres y media de la tarde. En los años siguientes esta procesión se produjo con intermitencias hasta que acabó por desaparecer.

En la Procesión del Santo Entierro, el Viernes Santo por la Tarde, la Soledad desfila en último lugar, cerrando la comitiva; así lo recogía ya una publicación de 1888 sobre el orden y explicación bíblico-simbólica de la procesión del Santo Entierro, que daba cuenta de que la Soledad era en aquellos momentos el octavo y último paso del cortejo. En la actualidad son doce los pasos que componen la comitiva que recorre las calles pamplonesas por espacio de algo más de dos horas. A su conclusión, todos ellos regresan a los locales de la Hermandad de la Pasión en la Calle Dormitalería, excepto la Dolorosa, que queda alojada en la iglesia de San Agustín. Éste será el punto de partida de la última de las procesiones protagonizadas por la Soledad: la Procesión del Retorno, en su regreso desde la iglesia de San Agustín a la de San Lorenzo en la medianoche del Viernes al Sábado Santo, de la que ya tenemos constancia documental a comienzos de siglo XX y se convierte por tanto en la segunda en antigüedad en Pamplona, tras la del Santo Entierro.