29 de octubre de 2014

Ciclo de conferencias

V CENTENARIO DE SANTA TERESA: ARTE, PATRIMONIO
Y ESPIRITUALIDAD EN TORNO A SANTA TERESA

Santa Teresa y la Artes

D. Ricardo Fernández Gracia
Cátedra de Patrimonio y Arte navarro

 

Tres grandes aspectos podemos destacar en la relación de Santa Teresa con las artes. En primer lugar, su actitud ante las imágenes, su opinión sobre las mismas, así como el encargo de otras que adquirió o proporcionó para sus fundaciones. En segundo lugar, toda su iconografía, excepcional por su abundancia y con numerosos tipos, que constituye un capítulo sobresaliente entre las representaciones de los santos en el siglo XVII. Por último, hay que considerar que las fundaciones de Carmelitas Descalzos y Descalzas atesoran conjuntos singulares de arquitectura, escultura, pintura y artes suntuarias, junto a un patrimonio inmaterial singular, que ha pervivido secularmente en las clausuras femeninas.

“Es gran regalo ver una imagen de quien por tanta razón amamos”. Su relación con las imágenes y el iconostasio teresiano

La actitud de la Santa ante las imágenes, en el siglo del Humanismo en que fueron atacadas y discutidas, no sólo se coloca en plena tradición española, sino que incluso las introduce en pasajes de su vida y en el mundo de sus experiencias místicas. Sirva de ejemplo que, al narrar la muerte de su madre, indica: “como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida fuíme a una imagen de Nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre…” (Vida, 1,7). 

En la época de la santa, las imágenes resultaban extraordinariamente eficaces por escasez de las mismas, cuando el tiempo para su contemplación era abundante, por lo que quien las miraba podía extraer distintas sensaciones y valoraciones. En definitiva y como ha escrito magistralmente David Freedberg, comparando el pasado con el presente, ya no tenemos el “ocio suficiente para contemplar las imágenes que están ante nuestra vista, pero otrora la gente sí las miraba; y hacían de la contemplación algo útil, terapéutico, que elevaba su espíritu, les brindaba consuelo y les inspiraba miedo. Todo con el fin de alcanzar un estado de empatía”.

Al número de imágenes que pudo contemplar Santa Teresa en los templos y por sus viajes hay que añadir las estampas que poseía: una con Niño Jesús durmiendo sobre el corazón, en alusión a la frase bíblica Ego dormio et cor meum vigilat. También las ilustraciones del Breviario, editado en Venecia en 1568 y conservado en las Carmelitas de Medina del Campo.
 

Estampa perteneció a Santa Teresa de Jesús, conservada en las carmelitas de Tarazona


En el Camino de Perfección al considerar a Cristo en la Eucaristía, considera bobería mirar su dibujo, pero admite su imagen, en algunas circunstancias, con la siguiente consideración: “¿Sabéis para cuando es muy bueno y cosa en que yo me deleito mucho? Para cuando está ausente la misma persona, o quiere darnos a entender lo está con muchas sequedades, es gran regalo ver una imagen de quien por tanta razón amamos”.

El Padre Gracián afirma en sus Escolias a la biografía del Padre Ribera: “Era la santa Madre Teresa de Jesús muy devota de las imágenes bien pintadas y según el Concilio Niceno II, son grande parte para guiar a las almas a Dios. Y aunque es verdad que muchas veces se le representó la imagen de Jesucristo en la imaginación como resucitado, con corona de espinas y llagas y un manto blanco, sé yo que tenía más fe con cualquier imagen pintada. Porque adorar la imagen, asegurábala la fe que era adorar a Dios”.

Sabemos de algunas imágenes que adquirió, personalmente, para sus fundaciones, por ejemplo con destino al Carmelo de Toledo, en un pasaje que ella misma nos narra así: “Yo me fui muy contenta, que me parecía ya lo tenía todo, sin tener nada; porque debían ser hasta tres o cuatro ducados lo que tenía, con que compré dos lienzos (porque ninguna cosa tenía de imagen, para poner en el altar) y dos jergones y una manta” (Fundaciones 15,6). Y conocemos asimismo su preocupación por enviar a alguno de sus palomarcitos imágenes devotas, como la escultura de la Virgen para Caravaca, según el testimonio de una carta en que escribe: “Ahora he de enviar a Caravaca una imagen de nuestra Señora que les tengo, harto buena y grande, no vestida, y un San José me están haciendo, y no les ha de costar nada”.

La iconografía 
La mayor parte de los testimonios iconográficos, al igual que los literarios, acaban por situarnos ante una santa barroquizada, después de su muerte, en sintonía con lo desaforado, sensual y teatralista, muy en sintonía con la cultura del Barroco. Al respecto, Teófanes Egido recuerda cómo la vida de los santos no finalizaba con su muerte, ya que, después de dejar el mundo terrenal, se iniciaba otra etapa, decisiva en su historiografía: la de fabricación y recepción de su figura transfigurada. 

En la difusión de su imagen jugaron un gran papel los retratos grabados que ilustraron sus obras, casi siempre a partir del retrato que le hizo fray Juan de la Miseria en 1576, pero sobre todo las imágenes que a partir de su beatificación popularizaron su faceta de escritora. Para los ciclos que narraban escenas escogidas de su vida, destacaron los modelos proporcionados por sus vidas ilustradas, particularmente la “wunder vitae”, de Luca Ciamberlano y más aún la colección de estampas realizada en Amberes por Adriaen Collaert y Cornelio Galle, por iniciativa de la Madre Ana de Jesús y con la participación en la selección de pasajes de la propia Ana de San Bartolomé, en 1613. 


Los primeros retratos de la santa, como este encargado por don Francisco de Soto, 
se basaron en el retrato que ejecutó fray Juan de la Miseria en 1576


Los modelos gráficos y los relatos de su propia vida son imprescindibles para conocer su rica iconografía, siempre con la representación de formas sensibles con que la imaginación traducía grandezas inefables. Entre todas ellas la que mayor difusión alcanzó fue la famosa visión de la transverberación, sublimizada por el mismo Bernini en la capilla Cornaro. Tanto creció la devoción por aquella visión, narrada en el capítulo XXIX del libro de su vida, que la Orden del Carmen consiguió que en 1726 la Santa Sede le otorgase su celebración con misa propia el día 24 de agosto.

Junto los desposorios místicos, la visión del Cristo a la columna, la imposición del collar, etc…, los pintores, siguiendo los deseos de sus promotores, también pintaron a la santa en relación con temas muy acordes con la Reforma católica como la Eucaristía, la penitencia o la intercesión por las almas del purgatorio. Todo se avenía muy bien en el siglo XVII, tan dado al maravillosismo, los éxtasis y experiencias celestiales.

Representaciones pintadas, esculpidas y grabadas de la santa, estudiadas en monografías como las de Laura Gutiérrez Rueda o Jean de la Croix, sirvieron de complemento a la palabra de los sermones y de sus gozos populares para conocer y explicar la vida y obras de la santa de Ávila. En tiempos en los que las personas no sabían leer ni escribir, las imágenes se convirtieron en elementos insustituibles para tales fines de difusión de la cultura y la catequización, junto a la predicación y otros medios orales y musicalizados.

Imágenes y propaganda, a una con la atracción de la mujer andariega, buscadora de Dios y escritora hicieron que la santa fuese declarada patrona por las Cortes de Castilla y numerosas ciudades, compitiendo con el culto a Santiago en la primera mitad del siglo XVII, si bien serían las Cortes de Cádiz las que rubricaron su patronato sobre la nación.

Patrimonio material e inmaterial en los conventos de Descalzos y Descalzas: Frailes tracistas y monjas artistas

Junto a destacados conjuntos de arquitectura conventual, siempre con un modelo muy similar, los interiores de las iglesias de la orden conservan ricos retablos y capillas, testigos de devociones seculares a sus santos y a San José, la Virgen del Carmen y las ánimas del purgatorio.

En cuanto a los conventos, hay que destacar el papel que tuvieron en su construcción los planos y trazas que dibujaron los tracistas de la orden, lo que explica, en parte, la similitud de numerosos conjuntos fachadas, iglesias y retablos. Al respecto, hemos de recordar que en las Constituciones de los Descalzos de 1604, en plena expansión, leemos: “los que se reciben para el estado de legos, han de ser artífices, y no de cualquier arte sino de aquellas que pueden servir en al Orden, como la de ensamblador, entallador, escultor, carpintero, albañil, dorador, pintor, cirujano y que estén en dichas artes diestros y no sean principiantes”. El mismo texto ordenaba: “de aquí adelante no se fabrique ningún convento, no se concierte obra notable del, sin que preceda traza de los artífices de la orden, en que esté delineada la forma que ha de tener…”.

No quedaron a la zaga, algunos frailes pintores como fray Juan del Santísimo Sacramento y, sobre todo, muchas religiosas en las tareas de las artes suntuarias, destacando hábiles bordadoras. Raro es el convento que no contó con alguna de ellas y que conserva ricos palios o ternos realizados con el primor y delicadeza de acu pictae.

Junto a ese patrimonio material, las comunidades de las religiosas han salvaguardado celosamente, hasta no hace mucho, un rico patrimonio inmaterial, unas tradiciones seculares, que constituyen unos testimonios, sin igual, de la conciencia colectiva y de claves para la comprensión de una determinada religiosidad. Entre todo ese acervo destacan las recetas de cocina, sentenciarios para recitar al acostarse o levantarse al son de la carraca, bailes, poesías, teatro, hasta hechos tan singulares como la colocación del belén con sus rituales, son todavía recuperables. Hoy, resulta de alto interés recoger todo ello por la amenaza de desaparición y la necesidad de la conservación de las culturas vivas, amenazadas por la globalización.


La imagen que preside el retablo de Santa Teresa en el convento de carmelitas descalzos de Pamplona 
sigue los modelos que popularizó Gregorio Fernández