13 de marzo de 2013

Ciclo de conferencias

ARQUITECTURA SEÑORIAL Y PALACIAL DE PAMPLONA

Indianos y hombres de negocios: una contribución al embellecimiento de la ciudad

Dª. Pilar Andueza Unanua.
Cátedra de Patrimonio y Arte navarro

 

A lo largo del Siglo de las Luces Pamplona vivió un intenso proceso de transformación que configuró definitivamente sus espacios urbanos, dotándose paralelamente de sobresalientes edificios civiles y modernas infraestructuras, lo que propició el embellecimiento de la capital del reino. Conservando las alineaciones medievales de las calles, se produjo una renovación prácticamente generalizada del caserío de la ciudad, bien a través de profundas reformas en los viejos edificios, bien por medio de nuevas fábricas. Así se desprende no solo de los abundantes protocolos notariales conservados, sino también de los numerosos elementos dieciochescos que hoy todavía pueden verse en las fachadas del casco antiguo. Fue en este momento, concretamente entre 1698 y 1759, cuando se levantaron varias construcciones señoriales destacadas que responden a modelos de arquitectura culta. Sus promotores fueron hombres de negocios y comerciantes, así como indianos.

El apoyo incondicional prestado por Navarra a la causa borbónica durante la Guerra de Sucesión apuntaló lo que Julio Caro Baroja denominó “la hora navarra del XVIII”, un fenómeno por el que numerosos navarros, acuciados fundamentalmente por la legislación familiar de heredero único, abandonaron el viejo reino bien para servir a la monarquía hispánica en el ejército o en la alta administración del estado, bien para dedicarse a los negocios y al comercio, sin que faltaran los que compatibilizaron el servicio público con actividades mercantiles particulares, dinámica perfectamente lícita entonces. Sus principales puntos de destino fueron la propia capital navarra, la Villa y Corte, el ámbito de la bahía gaditana, así como América, lugares donde muchos lograron un destacado ascenso económico y social. La conformación de sustanciosas fortunas revirtió, total o parcialmente en Navarra, lo que propició la construcción de edificios domésticos de gran relevancia, especialmente visibles en las tierras del Bidasoa, pero también en Pamplona. 
 

Casa de los marqueses de San Miguel de Aguayo. Zaguán

Casa de los marqueses de San Miguel de Aguayo. Zaguán
Calle Mayor

 

A este fenómeno migratorio están asociados los Echeverz, uno de cuyos miembros, Agustín viajó a la Nueva España donde casó con una rica criolla. De regreso a Pamplona, se convirtió en marqués de San Miguel de Aguayo y levantó su casa familiar a partir de 1698 en la calle Mayor. Su hija y heredera, Ignacia Javiera, la dotó en 1709 de una magna portada historiada en la que se empleó un lenguaje simbólico, alegórico y emblemático. Por su parte Luis de Guendica, militar nacido en Bilbao pero naturalizado navarro, erigió una mansión para su familia en la calle Navarrería a partir de 1738, poco después de su regreso del Perú, donde había ejercido como gobernador del puerto de Callao y juez de comisos. Los Eslava construyeron una gran residencia en la calle Zapatería entre 1753 y 1755 merced a las remesas monetarias enviadas por un miembro de la familia, Sebastián de Eslava, virrey de Nueva Granada, director de la Artillería española y Secretario de Estado y de Despacho Universal de Guerra. La heroica defensa que hizo de la ciudad de Cartagena de Indias en 1741 frente a la escuadra inglesa del almirante Vernon, le valió a su sobrino y heredero Gaspar el marquesado de la Real Defensa, título que posteriormente quedó unido, merced a un matrimonio, con el condado de Guenduláin. 
 

Casa de los marqueses de la Real Defensa, luego de los condes de Guenduláin

Casa de los marqueses de la Real Defensa, luego de los condes de Guenduláin
Calle Zapateria-Plaza del Consejo

 

En la misma calle, muy cerca de esta casa, poco después, en 1759, Juan Francisco Navarro, nacido en Mélida, levantó una sobresaliente casa gracias a los caudales que trajo de América, con los que también adquirió el palacio cabo de armería de Gorraiz. Su origen humilde no le impidió obtener la ejecutoria de hidalguía, un hábito de caballería y un asiento en las Cortes Generales del Reino, si bien para ello tuvo que enfrentarse duramente contra la Diputación del reino que trató de impedir su acceso a la institución alegando su condición de pechero y sus falsos testimonios. Esta feroz pugna con la Diputación probablemente propició que no colocara su escudo de armas en su mansión pamplonesa. En la misma rúa de la Zapatería los Mutiloa, familia nobiliaria asentada en la capital desde al menos el siglo XVI, como lo demuestra su sepulcro en la parroquia de San Cernin, reformaron en profundidad su casa familiar a partir de 1748. Era entonces su propietario Vicente Pedro Mutiloa. Poco tiempo antes, en 1743, se había convertido en heredero de su tío carnal Juan José, quien como segundón había abandonado Navarra años atrás para formarse en el colegio de San Bartolomé de Salamanca, lo que le garantizó acceder a los más altos cargos del estado. De hecho, instalado en Madrid fue alcalde de Casa y Corte, miembro del Consejo de la Inquisición, del Consejo Real y del Supremo de Castilla, el más importante de la monarquía hispánica, compatibilizando su oficio con negocios. Finalmente entre las casas erigidas con caudales de Indias debemos mencionar la correspondiente a los Armendáriz, en la calle Cuchillerías -actual calle San Francisco-, que estuvo situada sobre el solar donde hoy se alza el convento de salesas. Fue levantada a partir de 1730 gracias a José de Armendáriz y Perurena, marqués de Castelfuerte y virrey del Perú entre 1724 y 1736. 
 

Casa de los Navarro Tafalla.

Casa de los Navarro Tafalla. Calle Zapatería
 

A este primer bloque de promotores, formado por aquellos hombres enriquecidos fuera de las fronteras forales, se unió otro integrado por hombres de negocios y comerciantes. Algunos de ellos estuvieron relacionados económicamente con parientes y socios asentados en Madrid, con quienes participaron en asientos militares y otros asuntos mercantiles como el arriendo de rentas o préstamos monetarios, mientras otros hicieron fortuna comprando lana en Castilla para venderla en Francia, en un momento de gran bonanza económica en el sudeste francés. Desde allí importaban a su vez productos elaborados y especias que introducían en el mercado navarro y castellano, todo ello aprovechando la particular legislación aduanera de Navarra, caracterizada por su baja presión impositiva. Entre los hombres de negocios destacó Pedro Fermín Goyeneche, con importantes negocios en la Villa y Corte. Originario de la casa Burraldea de Garzáin (Baztán), donde había nacido su padre Miguel, construyó a partir de 1738 una suntuosa casa familiar en la plaza del Castillo, aunque con fachada abierta a la calle Estafeta.


Casa de los Goyeneche.

Casa de los Goyeneche. Plaza del Castillo
 

Resultó también sobresaliente el edificio de los Urtasun, en la plaza del Consejo, erigida a partir de 1722 por Pedro de Urtasun, un cerero y confitero que había llegado a Pamplona desde la casa Santerrena de Zubiri. Tras abandonar esta actividad se dedicó a varios negocios, destacando al explotación de la armería de Eugui. Otros hombres de negocios y comerciantes como los Loperena, los Vidarte o los Íñiguez de Beortegui levantaron sus casas familiares en la plaza del Castillo, mientras los Itúrbide lo hicieron en la calle Estafeta. Por su parte los Aoiz de Zuza, los Larráinzar y los Garisoáin eligieron la calle Chapitela, mientras los Michelena, los Basset o los Tirapu optaron por la calle Zapatería. El baztanés Juan de Lastiri prefirió el actual paseo de Sarasate, en una manzana donde las nuevas casas abrían por primera vez sus puertas principales a la Taconera, sustituyendo al tradicional acceso a través de la calle Lindachiquía.
 

Casa de los Vidarte Zaro

Casa de los Vidarte Zaro en la Plaza del Castillo

Casa de los Vidarte Mendinueta

Casa de los Vidarte Mendinueta en la calle Comedias con salida a la plaza del Castillo