2 de junio

Ciclo de conferencias

EN TORNO AL PATRIMONIO CULTURAL EN EL BALLE DE BAZTÁN
 

Escenografías áureas para una sobresaliente escultura: los retablos baztaneses

D. Ricardo Fernández Gracia
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

 

Al igual que otros muchos templos navarros e hispanos, los templos baztaneses se vistieron de retablos de modo especial en el XVIII, coincidiendo con lo que Caro Baroja denominó hace décadas como La hora navarra del XVIII, en donde recoge en expresión certera lo ocurrido en aquel particular contexto histórico así: “Parientes, parientes, negocios, negocios. Finanzas, canonjías, carreras distinguidas en el ejército. Todo va unido”

La práctica totalidad de los retablos conservados en el valle pertenecen al siglo XVIII y se realizaron en madera, generalmente de pino, material especialmente dúctil para la talla y, sobre todo, susceptible de recibir una capa de oro que los convertía en una verdadera ascua lumínica. Con el colorido y el dorado -operación en la que se empleaban panes de oro de altos quilates- el retablo, iluminado por la luz de las velas, refulgía como una brasa en el interior de los templos, insinuándose a la vista del público como una aparición celestial.

Además, con la vibración de sus formas, lo tupido de su decoración y la multiplicidad de sus imágenes también policromadas, confería a los interiores de la época, casi siempre de muros rígidos, inertes y cortados en ángulos rectos, una sensación de movilidad y expansión del espacio del que estructuralmente carecían. Los retablos provocaban, de ese modo, un ilusionismo muy característico del Barroco, en que la dicotomía entre fondo y figura, entre superficie y realidad quedaba sólo engañosamente resuelta.

Junto a sus estructuras más o menos dinámicas, su teatralidad y su color, los retablos fueron concebidos como tronos para las imágenes tanto de devociones enraizadas profundamente en el pueblo, como las de los nuevos santos que representaban ni mas ni menos que la respuesta de la Iglesia de la Reforma católica a unas nuevas necesidades que pregonasen en papel de las obras o de la oración, sin que faltasen los patronos navarros, o los santos ligados a la particular devoción de sus promotores y de las tradiciones locales.

La llegada del arte académico se hizo patente en Baztán con anterioridad al resto de Navarra, en donde la construcción de la fachada catedralicia pamplonesa fue todo un referente. La construcción del retablo de la parroquia de Irurita constituye una excepción reseñable por sus líneas decididamente clasicistas en una fecha como 1770, cuando el arte rococó imperaba en casi todos los talleres.

 

Un par de retablos pertenecientes al casticismo decorativo

Los retablos mayores de las parroquias de Arizcun y Ciga pertenecen a la fase decorativa del barroco. El primero de ellos fue contratado en 1693 por el maestro escultor y arquitecto residente en Elizondo Juan de Oyerena y tasado en 1699 por el pamplonés Martín de Legarra. Su estructura se compone de dos cuerpos  con varias hornacinas y ático semicircular articulado por salomónicas y con abundante decoración no de gran tallista, sino de carpintero especializado.  Al poco tiempo, antes de 1703, la pieza se completó con seis esculturas de san Fermín, san Francisco Javier, san Esteban, san Lorenzo, san Juan y María, obras discretas del escultor de Villava Miguel Sagüés, conservadas en parte. La historia del retablo continuó con importantes adiciones decorativas, de dorado y escultóricas. Entre 1735 y 1741 se introdujeron motivos decorativos, un tabernáculo con su dosel, obras que estuvieron a cargo por José Pérez de Eulate. A la vez se colocaron sendos bustos de la Dolorosa  y Cristo, que hoy se conservan en la sacristía parroquial. Las cuentas de 1742 recogen las partidas correspondientes al pago del dorado que realizó el madrileño Pablo de Castro que trabajó por aquellas fechas en el convento de las Clarisas de Arizcun. Finalmente, hacia 1756-1757 llegó la sobresaliente imagen de la Virgen del Rosario, obsequio de don Francisco Miguel de Goyeneche y Balanza, conde de Saceda y mayordomo de Isabel de Farnesio. El nuevo nicho para la escultura lo realizó José Coral, de Pamplona.


Foto 1. Parroquia de Arizcun. Retablo mayor
 

El retablo mayor de Ciga procede de la parroquia de San Nicolás de Pamplona. Fue realizado por Fermín de Larrainzar en 1708 y 1715 y fue trasladado desde la capital navarra hacia 1905. Uno de los datos más importantes de la pieza es la incorporación del nuevo tipo de salomónicas, posiblemente influidas por el artista aragonés Pedro Onofre Coll, que llegó a trabajar en el tabernáculo de San Fermín en 1714 incorporando columnas salomónicas “vestidas de flores”, tal y como se recoge en el condicionado para hacer el retablo de la Virgen de Jerusalén de Artajona.

 

Siguiendo los usos cortesanos en las décadas centrales del siglo XVIII

El retablo de las Clarisas de Arizcun, sufragado por los Iturralde, marqueses de Murillo, fue realizado por José Pérez de Eulate entre 1736 y 1738. Fue dorado por el pintor de Madrid Pablo Antonio de Castro que finalizó sus tareas en 1742. Se trata de un retablo cascarón emparentado con la escuela madrileña, tanto por su concepto arquitectónico con líneas monumentales y claras, como por algunos motivos decorativos. En definitiva, un retablo de tipo cascarón, desornamentado, muy arquitectónico, que rompe tempranamente con los esquemas tradicionales.


Foto 2. Convento de Clarisas de Arizcun. Retablo mayor
 

En 1762 Silvestre Soria, el gran maestro de la etapa rococó, formado en el taller del palacio real o nuevo de Madrid con Juan Domingo Olivieri, firmaba un compromiso para la realización del retablo mayor de la parroquia de Elizondo. El promotor de la obra era en este caso un baztanés establecido en la corte de Madrid como tesorero del infante don Luis Antonio Jaime,  don Ambrosio Agustín de Garro, caballero de la Orden de Santiago. Antes de firmar la escritura notarial de compromiso, el promotor obtuvo el correspondiente permiso del lugar, concejo y su vicario, y se encargó un diseño y condicionado al prestigioso Silvestre de Soria, maestro escultor avecindado en Pamplona. Precisamente con sus propias trazas, se comprometió a realizar el retablo, con pequeñas modificaciones que se anotan cuidadosamente en el compromiso. Entre ellas, figuran las de hacer decrecer un poco el primer cuerpo para dar mayor holgura al segundo; proporcionar mayor relieve a las molduras y trofeo del arco principal; disminuir ligeramente el tamaño de las esculturas de san Pedro y san Pablo; descargar de ornato los arbotantes que estaban tras las figuras, eliminando asimismo los trofeos de guerra y suprimiendo decoración del sagrario para dar impresión de mayor grandeza. De la obligación de Soria sería el encargar la escultura y dorar y jaspear todo el retablo, “prebiniendo que ha de llebar algo mas de oro que el que tienen los retablos de la iglesia de Azpilcueta”. La madera de pino fue una vez más elegida como material de todo el conjunto, el precio se acordó en 2.360 pesos de a 128 cuartos, que se pagarían según fueran avanzando las obras, y el plazo se fijó en el día de San Juan de 1763.

La escritura de entrega de la obra se data a los pocos días de la fecha prefijada para la finalización del retablo, concretamente en 2 de julio de 1763. En ella se hace constar cómo Silvestre de Soria había cobrado las cantidades acordadas por la pieza con su escultura, dorado y jaspeado, más 150 pesos en concepto de mejoras al haber dado mayor extensión o proporciones al retablo. Los restos de este retablo se conservan en la ermita de San Pedro de Elizondo.

Al poco de terminar la obra de Elizondo, Soria se hizo cargo del retablo mayor y colaterales de Azpilcueta, con un bellísimo diseño rococó y de gran potencia arquitectónica en su diseño. En los retablos se conservan las esculturas de Luis Salvador Carmona realizadas en 1752 con el mecenazgo del obispo de Michoacán, don Martín de Elizacoechea. En una carta de Antonio Gastón al citado obispo datada el 5 de diciembre de 1752 le escribe: “Después de haber estado en Madrid de seis a siete meses, me restituí a mi casa y por mayo de este año, habiendo pasado el invierno y primavera en aquella Corte en compañía de mi hermano e hijos bellísimamente y muy distraído con el bullicio de tanta gente y novedades que cada día ocurren en la Corte, sin que en mi salud hubiese experimentado la menor novedad, tuve al mismo tiempo el gusto y complacencia de ver cómo trabajaban los santos para la iglesia de Azpilcueta por dirección de mi hermano, que aseguro a Vuestra Ilustrísima que son muy buenos y según los inteligentes muy apreciables y gustándoles aguardan venir, que a mas de que en el Reino habrá pocos semejantes, pues hoy se trabaja en Madrid de lo mejor”.


Foto 3. Parroquia de Azpilcueta. Retablo mayor y colaterales
 

El retablo mayor de Lecároz es también obra de Silvestre de Soria y el más original en su tipología. Los mecenas, en este caso fueron los Jáuregui y Aldecoa del palacio de cabo de armería de Ohárriz. En este caso tres hijos de la casa alcanzaron celebridad, uno con la carrera militar, don Agustín, virrey de Perú, don Pedro Fermín canónigo y arcediano de la Cámara de la catedral de Pamplona, y el tercero, Francisco Martín, con una exitosa carrera en los negocios. En la promoción artística destacaron los dos últimos. Don Pedro Fermín, además de haber costeado la decoración del gran conjunto de la sacristía rococó de la catedral de Pamplona, regaló varias relicarios, ornamentos y  esculturas de Luis Salvador Carmona a la parroquial de Lecároz, costeando los retablos colaterales, obra de Silvestre de Soria, junto a su hermano Francisco Martín. Este último, tras haber sufragado esculturas del mismo maestro en la Real Congregación de San Fermín de los Navarros en Madrid, ofreció sendas tallas de san Bartolomé y san Matías a la misma parroquia en donde fue bautizado.


Foto 4. Parroquia de Lecároz. Retablo mayor

 

El retablo mayor de Irurita, con proyecto de José Hermosilla

Martín González y Maria Teresa Cruz Yábar documentaron el diseño de José Hermosilla para este retablo en 1770. Así, en 7 de junio de 1770, don José Ignacio de Goyeneche, cuya madre residió en Irurita, escribía a don Vicente Pignateli, de la Real Academia, significándole que en el lugar de Irurita, valle del Baztán, reino de Navarra, se proyectaba realizar un retablo “de muy considerable coste” para su iglesia parroquia. A tal efecto había confeccionado un diseño Juan José de Echarri que se remitía y fue rechazado. El retablo definitivo resulta ser una pieza extraña a lo que por entonces se construía en Navarra, por su clasicismo y depuración ornamental.

El autor del diseño, José Hermosilla (†1776) fue uno de los maestros de obras más importantes del reinado de Carlos III, junto a Francisco Sabatini y Ventura Rodríguez, pasando primero por el cargo de capitán de ingenieros del rey y culminando su carrera como director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. De entre todos sus trabajos cabe destacar la remodelación y ornamentación del Paseo del Prado (1767-1784), considerada la obra más importante del reinado de Carlos III, aunque fue concluida por Ventura Rodríguez .

De gran parte de la escultura se encargó Alfonso Bergaz, que afirmaba en un memorial a fines del siglo XVIII: “Para la Villa de Yrurita Reyno de Navarra dos estatuas, el Patriarca San Josef y San Francisco Javier del tamaño natural; así mismo cinco medallas, una del nacimiento del Hijo de Dios, idem el Bautismo de Christo, San Eutropio Obispo, San Juan bautizando a Christo, San Lucas y San Juan Evangelistas”. Relieves y bultos evidencian cierta frialdad si los comparamos con las esculturas de Carmona de Azpilcueta o Lecároz.


Foto  5. Parroquia de Irurita. Retablo mayor y colaterales
 

Aquella estética fría, calculada y numérica del retablo no debió gustar mucho, ya que las alas laterales del mismo, construidas inmediatamente, volvieron a los alegres y movidos diseños del arte rococó, lo mismo que ocurrió en los retablos colaterales de la Virgen del Rosario y de San Joaquín de la misma parroquia. Este último fue contratado en enero de 1776 con Pedro José Irisarri, maestro arquitecto residente en Yanci “de toda pericia” por la cantidad de 380 pesos. El dorado del mismo lo contrató el rector de la parroquia don Juan Pedro Michelena con el maestro residente en Ciga Agustín de Lapedrosa en noviembre de 1776 por 250 pesos y con la condición de que fuese en todo similar al del Rosario. La imagen del Rosario, obra firmada por Juan Domingo Olivieri (1749) había sido costeada por los hermanos José Ignacio, Tomás y Pedro Francisco Goyeneche para satisfacción de la devoción de su madre que había venido a vivir sus últimos años con su hija, que contrajo matrimonio en el palacio Jauregia de la localidad.

 

Ecos del arte académico de la mano de un maestro francés

Dos retablos acusaron de modo inmediato el modelo clásico de Irurita, en las localidades de Elizondo y Arráyoz. Entre 1775 y 1777 se llevó a cabo un nuevo retablo mayor para la parroquia de Elizondo que sustituiría al de 1762 y bajo el mecenazgo de la misma familia. Por disposición testamentaria de Ambrosio Agustín de Garro y encargo a su hijo y testamentario Nicolás Ambrosio de Garro, ambos tesoreros del infante don Luis Antonio. En el testamento del citado Ambrosio Agustín figuraba la cantidad de 52.000 reales de vellón para la “renovación del retablo mayor de Elizondo”. Con esa cantidad José Poudez, arquitecto y escultor de Pau, contrató el retablo nuevo, trasladándose el que había que había sufragado asimismo Ambrosio Agustín a la capilla de San Antón. Poudez un maestro francés que trabajaría en varios proyectos en el valle y en la colegiata de Roncesvalles,  cobró distintas cantidades por el retablo entre 1775 y 1777. La policromía del conjunto fue subcontratada por Poudez con el dorador de Pamplona Juan Francisco Santesteban en junio de 1776, cuando ya lo tenía finalizado, haciéndose constar que el oro debía ser del mejor procedente de Pamplona o París. Las esculturas que figuraban en el retablo son además de Santiago a caballo con los moros en la parte inferior, las de los santos Ambrosio, Agustín, Nicolás y Fermín. Del retablo se conserva una fotografía que muestra sus líneas clasicistas y desapareció hace un siglo al realizarse la nueva fábrica parroquial.

La dirección hacia un neoclasicismo severo se aprecia aún más en el retablo mayor de Arráyoz, realizado por José Poudez a partir de 1778 y tasado por José Muguiro en abril de 1785.


Foto 6. Parroquia de Arráyoz. Retablo mayor