1 de febrero de 2012

Ciclo de conferencias

PAMPLONA Y SAN SATURNINO

El voto de 1611 y la fiesta hasta nuestros días

D. Ricardo Fernández Gracia.
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

 

El voto del Regimiento pamplonés de 1611, en el cercano contexto de los enfrentamientos entre javieristas y ferministas, tuvo como consecuencia la elevación de San Saturnino al rango de patrono de la ciudad. Así lo reconocerán las fuentes escritas municipales y el obispo, muy pronto, apenas unas décadas más tarde, en 1626 y 1644.Un festejo oficial con un protocolo que, en lo esencial, se ha preservado hasta la actualidad, si bien se ha reducido en los últimos tiempos en lo que se refiere a la víspera y a los preliminares de la procesión del día de la fiesta. Por lo demás, lo fundamental de lo estipulado en 1611 por el Regimiento de la ciudad prosigue: “se ha acordado que en su día en cada año se haga una procesión solemne desde la dicha catedral a su iglesia y que en ella, su Señoría del dicho cabildo diga misa con sermón, nombrando el dicho Regimiento predicador para esto, como se hace en las demás fiestas de su voto y devoción; y que la víspera se hagan hogueras por la dicha ciudad y otras demostraciones de contento, convocando a los divinos oficios a todo el pueblo para que en sus oraciones rueguen…”.


Voto de la Ciudad de Pamplona a San Saturnino

Voto de la Ciudad de Pamplona a San Saturnino
26 de noviembre de 1611
Archivo Municipal de Pamplona
 

Junto a la fiesta oficial en torno a unos cultos y ceremonias religiosas, la parroquia de San Cernin y su Obrería –especie de junta administrativa elegida entre los habitantes de los barrios del burgo- prepararon, a lo largo de los siglos pasados, unas diversiones lúdicas, fundamentalmente fuegos artificiales, músicas y bueyes y toros para correr la víspera y el día del santo en los alrededores de templo. Más tarde, en pleno siglo XIX, desde el Teatro Principal y otras entidades se festejaría con destacadas funciones teatrales o de zarzuela.

En la celebración secular por parte de los pamploneses tuvieron un extraordinario papel todo lo relativo a reliquias, hagiografía e iconografía del santo. El culto a las reliquias de San Cernin, la tradición sobre el San Saturnino más real y el más legendario del imaginario pamplonés, junto a destacadas imágenes pintadas, esculpidas y grabadas han constituido históricamente unos referentes identitarios de la ciudad.

Dos importantes ciclos sobre la vida de San Saturnino, se conservan en Navarra. El primero de ellos pintado en la iglesia del Cerco de Artajona, y el segundo en las franjas la capa de terno de San Cernin que, año tras año se ha utilizado desde fines del siglo XVI a nuestros días en las celebraciones litúrgicas parroquiales como las vísperas a las que acudían los cabildos de las parroquias de San Lorenzo y San Nicolás hasta el XIX.


Capa pluvial del terno de San Saturnino

Capa pluvial del terno de San Saturnino. Miguel de Sarasa. 1584
Parroquia de San Saturnino de Pamplona

 

La iconografía de San Cernin se visualizaba en distintas imágenes, realizadas en madera policromada y plata o grabadas sobre papel. En muchos casos el santo, acompañado del toro que le llevó al martirio, aparece con otros signos de identidad de la ciudad como la Virgen del Camino, San Fermín e incluso San Francisco Javier, o los mismísimos emblemas heráldicos de Pamplona y del Reino de Navarra.

Por lo que respecta a la trasmisión de la historia del santo, hay que mencionar en Pamplona, además del famoso Códice de San Saturnino que recoge el oficio litúrgico y las versiones de su vida y martirio, las monografías de autores como licenciado Andueza (1607), Juan Joaquín Berdún (1693), las famosas Actas Sinceras de Miguel José de Maceda (1798) así como los sermones predicados por panegiristas nominados por el Regimiento de la ciudad, algunos de los cuales se publicaron, generalmente en las prensas de los editores de la capital Navarra.

Respecto a todas aquellas imágenes, hay que recordar que fueron extraordinariamente eficaces en momentos de escasez de las mismas, en los que el tiempo para su contemplación era abundante, por lo que quien las miraba podía extraer distintas sensaciones y valoraciones. En definitiva y como ha escrito magistralmente David Freedberg, comparando tiempos pasados con los presentes, ya no tenemos el “ocio suficiente para contemplar las imágenes que están ante nuestra vista, pero otrora la gente sí las miraba; y hacían de la contemplación algo útil, terapéutico, que elevaba su espíritu, les brindaba consuelo y les inspiraba miedo. Todo con el fin de alcanzar un estado de empatía”.