28 de marzo de 2012

Ciclo de conferencias

CICLO DE SEMANA SANTA

El paso procesional de Semana Santa en Navarra

D. Ricardo Fernández Gracia.
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

 

A lo largo de los siglos XVII y XVIII, distintas localidades navarras encargaron pasos para las procesiones que recorrían sus calles en las tardes del jueves y viernes santo, como muestra externa del culto divino. Todos aquellos desfiles han constituido, hasta tiempos recientes, un vehículo de suma importancia, desde el punto de vista catequético y propagandístico, para visualizar los grandes dogmas.

Con las imágenes de los pasos se trataba de excitar el sentimiento de compasión en una sociedad falta de imágenes y con harto tiempo para su contemplación. Al igual que en el resto del mundo hispano, numerosas cofradías de Semana Santa, nacieron y se desarrollaron al amparo de las disposiciones tridentinas sobre el uso de las imágenes y de la denominada “devotio moderna”, movimiento que constituye un vehículo de renovación de laicos y religiosos y la apertura de nuevas formas de apostolado, dando acogida a los sentimientos religiosos de piedad.

Maestros y esculturas del romanismo
Algunos escultores que vivieron a caballo entre el siglo XVI y los inicios del siglo XVII, formados en el Romanismo miguelangelesco imperante en aquellas décadas, trabajaron pasos de singular importancia. El propio Juan de Anchieta labró los Crucificados del trascoro de la catedral de Pamplona y de Tafalla, que en ocasiones señeras han desfilado por las calles, aunque su fin no fue propiamente el de un paso procesional.

De las fórmulas empleadas para los pasos pasionales por los talleres romanistas nos dan buena cuenta los relieves del Cristo a la columna y del Ecce Homo del retablo de Zolina, obra de Juan de Gastelúzar de hacia 1635.

Quizás el conjunto más interesante de pasos de fines del siglo XVI es el que se conserva en la iglesia del Carmen de Tudela, con tres imágenes correspondientes al Ecce Homo, Cristo a la columna y un yacente, todos ellos realizados en 1598, según un testimonio del Padre Faci. El autor de esos bultos, de estética romanista, lo podemos identificar con Bernal de Gabadi, maestro que residía desde décadas atrás en la capital de la Ribera, en la que falleció en 1601. Gabadi había completado su formación en el retablo de Astorga, a las órdenes de Gaspar Becerra, y desde allí vino a Navarra en donde firmó un contrato de compañía por diez años con Diego Jiménez en 1579.

 

Cristo a la columna

Cristo a la columna, atribuido a Bernal de Gabadi. 1598.
Iglesia del Carmen de Tudela


 

Los ecos del primer Barroco: Juan de Biniés
Entre los maestros de la primera generación del siglo XVII, especializados en la realización de imágenes sueltas para pasos procesionales de Semana Santa, destaca Juan de Biniés, escultor avecindado en Tudela y fallecido en 1626, que dejó una cuidada producción estudiada detenidamente por la profesora García Gaínza. Todo indica a que se especializó en dos tipos de pasos: los Crucificados y los Cristos con la cruz a cuestas. Entre los primeros destacan los de Cintuénigo, Buñuel, Cortes y Tudela y entre los segundos los de Murchante y Peralta, este último realizado en 1620, según documentación inédita. El de Cintruénigo fue un obsequio del escultor a la parroquia en 1610, al contratar el retablo de la Virgen del Rosario. El de Buñuel se documenta en 1619 y el de Cortes en 1624. 

A Juan de Biniés atribuyó García Gainza el famoso Cristo a la columna de la parroquia del Rosario de Corella, que se exhibe en la fundación Arrese de la localidad ribera, y que venía adscribiéndose, sin fundamento serio, a la órbita del escultor vallisoletano Gregorio Fernández.

 

Cristo de la cruz a cuestas de Peralta

Cristo de la cruz a cuestas de Peralta. Juan de Biniés. 1619


Maestros de diferentes procedencias establecidos en la Ribera
Entre los escultores de la Ribera, Francisco Gurrea Casado, de familia de artistas y autor del retablo del Carmen de Tudela y del mayor de Ablitas, realizó en 1645 la patética imagen del Cristo a la columna de Cascante que preside la bella capilla dieciochesca en la parroquia de Santa María.

La localidad de Corella fue, en la segunda mitad del siglo XVII y comienzos de la siguiente centuria, un punto de encuentro de piezas y de escultores de diferentes procedencias que trabajaron con especial dedicación distintos pasos procesionales. En 1655, el escultor de Arnedo Pedro Sanz de Ribaflecha, casado con la corellana Isabel Virto, se hizo cargo a instancias de la Hermandad del Paso del Descendimiento de su titular. La escultura articulada a una con la imagen de la Soledad sirvió a la cofradía para representar la ceremonia del desenclavo, acto que se dejó de practicar en 1806. 

En 1656 y por periodo de más de una docena de años encontramos en Corella al escultor de origen flamenco Pedro Soliber y Lanoa. El maestro casó en Corella y declaró haber trabajado en Aibar, Ardáiz y Eslava en obras de su especialidad. A sus gubias se debe el paso de la Santa Cena de la localidad riojana de Alfaro y el Cristo con la Cruz a cuestas del monasterio de Fitero.

Un tercer maestro llamado Juan Manrique de Lara, en este caso de origen andaluz, también estuvo afincado en Corella entre 1678 y 1720. Según su propia declaración había estado en Roma, Nápoles y Florencia y tenía poder de la Santa Inquisición para “quitar y deshacer imágenes que le parecieren indecentes”. El paso corellano del Descendimiento es obra atribuible a este maestro y fue encargado por la Cofradía y Amistad de los Dolores, fundada en 1710, por siete hermanos en memoria de los dolores de la Virgen.

Con el paso del tiempo, los pasos se estropeaban y se reformaban y completaban con nuevas imágenes. Como ejemplo sirva el paso del Balcón de Pilatos de Tudela, completado en 1844 por el escultor local Antonio Felipe, inspirándose en una lámina. José María Iribarren alude a unas figuras de sayones que aún se conservaban hace unos años y describe el paso así: “Delante de un balcón que parece arrancado de una grada de la antigua plaza de toros, brotan los bustos de los tres “malditos”, de afiladas narices y mentón agresivo. La gente les encuentra parecido con las gentes de la ciudad”.

 

Ecce Homo

Ecce Homo. Siglo XVII. Corella. 
 

Otros escultores 
Los talleres establecidos en Pamplona, Asiain o Cabredo en el siglo XVII debieron de hacer frente a la demanda por parte de cofradías. 

Una interesante escultura del Ecce Homo se conserva en la parroquia de Cabredo, integrada en la actualidad en un retablo rococó. Su autor fue Diego Jiménez II, casado con la hija del escultor de Caparroso Juan de Bazcardo, con quien colaboró en numerosos proyectos. La escultura la talló en 1645, antes de asociarse con maestros riojanos, tras la muerte de su suegro en 1653.

Pablo de Aguirre, retablista y escultor establecido en Asiain, fue el autor del desaparecido paso del Santo Sepulcro de la capital Navarra, en 1649, conocido únicamente por una estampa decimonónica. La pieza perteneció a la Hermandad de la Soledad y fue costeada por ocho devotos de la ciudad, a cuya cabeza estaba el platero Diego Montalvo.

Con destino a la villa de Milagro, en 1760, el pintor Pedro Antonio de Rada, autor de los lienzos de la catedral de Pamplona, se hizo cargo del paso del sepulcro y de una imagen de San Juan Evangelista. Con gran probabilidad el pintor traspasaría el encargo a algún miembro de la familia de origen cántabro de los Ontañón, dedicados a la escultura y establecidos en Pamplona por aquella fechas. 

Un último artista que practicó este tipo de obras fue el larragués Miguel de Zufía. Cuando contaba con ochenta y dos años, en 1825, se hizo cargo de la Dolorosa y el Cristo del descendimiento del convento de Mínimos de Cascante, con destino a la función del desenclavo que se vino realizando en aquella localidad hasta 1930, según refiere Salamero con este párrafo: “Cuando en la tarde del Viernes Santo el cuaresmero termina de predicar la última palabra, salen al presbiterio los “santos varones”, que son dos sacerdotes con alba y cíngulo, que representan a José de Arimatea y Nicodemus, los cuales desclavan la efigie del Crucificado que ha presidido la función, y la depositan en un féretro que luego sacan en procesión sobre andas especiales”.

Obras importadas
Entre las figuras importadas hay que destacar el famosísimo Cristo del Perdón del desaparecido convento de Trinitarios de Pamplona, obra del escultor vallisoletano Francisco Díez de Tudanca, siguiendo una iconografía difundida en la Corte por Manuel Pereira y Luis Salvador Carmona, en los siglos XVII y XVIII, que presenta a Cristo arrodillado sobre el orbe terrestre, en oración ante el Padre Eterno, con mensaje de redención. La escultura fue colocada en la iglesia nueva de los religiosos en 1664 y al año siguiente salió por las calles de Pamplona en una rogativa que obtuvo el fin deseado de la lluvia. En 1794 volvió a procesionarse con ocasión de la Guerra de la Convención, llevándose hasta la catedral.

De la Corte de Madrid llegó también la Dolorosa de los Franciscanos de Olite en pleno siglo XVIII, en este caso como dádiva del marqués de Feria, a través de un encargo hecho en la capital de España. En 1850, la cofradía del Cristo del Huerto de Pamplona, reestablecida en 1833, encargó al escultor valenciano Antonio Esteve, de la Academia de San Carlos de Valencia, el paso nuevo para la cofradía, para sustituir a otro más antiguo que ya figuraba en la procesión de la capital Navarra en 1553.

De tierras riojanas llegó el Cristo del Descendimiento de Los Arcos, obra de Ambrosio Calvo, documentada por Pastor Abáigar, en 1692 con destino a ser protagonista en la ceremonia del descendimiento en aquella localidad, que se hizo hasta 1833 y recientemente recuperada. Calvo era bien conocido en Navarra por sus intervenciones en Lazagurría, Mirafuentes, Narcue o Vitoria, en donde labró retablos y distintas imágenes.

De origen navarro pero con formación en Valencia, fue el escultor Marcos de Angós, autor del Cristo del descendimiento de Cintruénigo y de la imagen de vestir de la Soledad, ejecutadas en 1728. El mismo maestro recibió el encargo de un Crucificado para la capital Navarra, hacia 1741, que no llegó a su destino por haber sido protagonista de ciertos sucesos extraordinarios y milagrosos en la localidad turolense de Villarquemado, en donde quedó y se venera actualmente en capilla propia y con advocación del Cristo del Consuelo.