27 de septiembre de 2011

Ciclo de conferencias

PATRIMONIO MUSICAL EN NAVARRA. LOS ÓRGANOS

Contribución de los talleres escultóricos navarros al órgano barroco.
Las espectaculares cajas de los siglos XVII y XVIII

D. Ricardo Fernández Gracia.
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

 

Orozco Díaz ha señalado la progresiva teatralización del templo desde el siglo XVII al XVIII en su aspecto psicosociológico, desencadenado como consecuencia de la normativa tridentina y analizado como fenómeno concomitante a la teatralización de la vida. Fueron siglos en donde se arbitraron diferentes medios para hacer frente a los pagos de todo el adorno de retablos, altares, púlpitos, órganos, frontales, un variado vestuario y ricas piezas de plata, empezando por la cruz parroquial, distintiva del centro religioso. La iglesia, con los púlpitos, que suponen un “desbordamiento de la escena”, tribunas, órganos y retablos, se asemejaba a un teatro.

Desaparecidas las sencillas cajas medievales e incluso las renacentistas –no se conserva mas que la del Salvador de Sangüesa- de los siglos XVII y XVIII nos han llegado un buen número de ellas, si bien es verdad que a lo largo de la primera mitad del siglo XIX desaparecieron importantísimos ejemplos de monasterios y conventos desamortizados y en muchas ocasiones en esta última centuria y parte del siglo XX se renovaron los instrumentos con tales bríos que muchas de las cajas barrocas se sustituyeron por otras nuevas de corte ecléctico y neogótico, a la vez que los viejos instrumentos daban paso a otros de corte romántico.

Falta un estudio monográfico sobre las cajas en toda su extensión: desde distintos puntos de vista: financiación, colaboración con el organero, diseños, fuentes de inspiración, artistas que intervenían en ellas ….. etc. Numerosos datos fueron publicados en la monografía de Sagaseta-Taberna, pero a la hora de afrontar el estudio de este mueble se hace necesario volver a releer los contratos y demás documentación, así como a hacer nuevas indagaciones que nos conduzcan al conocimiento de las autorías de muchas de ellas, aún inéditas. 

Como es sabido, los sonidos del órgano, de modo especial en el periodo Barroco, pasaron a formar parte de los elementos de poder dentro del templo, a la vez que también se escuchaban, cual metáfora de las jerarquías angélicas. En plena cultura del Barroco, tan íntimamente aliada con los sentidos, las voces y sones del órgano constituían uno de los más sensuales medios para la fascinación de quienes asistían a las ceremonias dentro del templo.

Respecto a la ubicación, para la que se tenían muy en cuenta motivos prácticos, técnicos y de acústica y estética, la mayor parte se ubican en el coro alto o en una tribuna de prolongación del mismo coro por una de las naves laterales. Mayor excepcionalidad presentan algunos instrumentos, como el del monasterio de Fitero, localizado en el tramo inmediato al crucero de la nave central.

En cuanto a los promotores, por lo general son los patronatos parroquiales, así como los monasterios y conventos los que se tomaron muy seriamente la construcción de los instrumentos y sus cajas. En algunas ocasiones se impusieron modelos, como ocurrió en Villafranca (1739), en donde Rafael Vélaz, maestro de la localidad, se obligó a copiar el modelo del de Santa María de Tafalla, obra del estellés Juan Ángel Nagusia (1735). No faltaron personas particulares que dotaron del instrumento musical a su parroquia, como ocurrió en Villava, costeado por Mateo Juanarguin (1777), o el mismo órgano de la catedral de Pamplona, debido a la munificencia del arcediano roncalés Pascual Beltrán de Gayarre (1741).


Órgano de Miranda de Arga

Órgano de Miranda de Arga (1743).
Caja de José Lesaca, dorada y policromada en 1753 por José Rey y Gómez

 

Los maestros que realizaban las cajas fueron –como en otras regiones- los mismos que se hacían cargo del resto de piezas de amueblamiento litúrgico como retablos o tornavoces de púlpitos. En general, podemos afirmar que los grandes retablistas de los diferentes focos o talleres navarros se encargaron de las cajas de los órganos, no faltando algunos ejemplos de maestros foráneos, como el calagurritano Diego de Camporredondo. Por lo general los comitentes buscaban y se asesoraban sobre la persona o taller más idóneo para la ejecución del mueble. Caso bien raro fue el del propio obispo de Pamplona que recomendó a un paisano suyo para la ejecución de la caja del órgano de Los Arcos. En 1759 se dirigía a aquella villa en estos términos: “Alabo mucho la idea de promover el mayor honor y lucimiento de su iglesia con el órgano y cajones de la sacristía que se hayan de hacer por la buena mano de Camporredondo, que no ay otro de mas habilidad, seguridad y satisfacción”.

Si de los maestros arquitectos y escultores que llevaron a cabo muchas de aquellas cajas sabemos los nombres, no ocurre lo mismo con la nómina de los doradores-policromadores que se hicieron cargo de la decoración de aquellas piezas híbridas entre diseño, escultura y pintura.

Por lo que respecta a las formas, es bien sencillo comprobar cómo las distintas fases del Barroco, desde el Clasicismo imperante en la primera mitad del siglo XVII y el resurgir y triunfo de la decoración en su fase castiza, hasta la estética rococó y del Academicismo, tenemos excelentes ejemplares en Navarra. 

Al periodo clasicista pertenece el de Ablitas, obra de un famoso retablista activo en el segundo cuarto del siglo y establecido en Tarazona, Jerónimo de Estaragán. Sus líneas claras y rectas se volverán curvas en las cajas de Santo Domingo de Pamplona (1658-1659) y sobre todo en la espectacular del monasterio de Fitero (1659-1660) enriquecida con un par de aletones con ricos relieves de ángeles músicos entre pinjantes de frutos. El barroquismo se desplegará a fines del siglo XVII y particularmente en las primeras décadas de la centuria siguiente. Los ejemplos de Corella, Lerín, Tafalla o Villafranca dan buena muestra de cómo la decoración, la talla y el ornato de pequeñas esculturas se hicieron dueños de las estructuras de aquellos muebles.

Por lo general, nos encontramos en este tipo de mueble barroco con una verdadera escenografía que ocupa, en muchos casos, el fondo del muro al que se adosa, realizada con complejidad formal en planta y alzados con dinamismo, ostentación y suntuosidad, con fusión de las artes (arquitectura, escultura y pintura) que se presta a la espectacularidad. Además el hecho de estar revestidas las cajas de oro y color les otorgan una gran riqueza, mientras que su decoración se basa en símbolos de abundancia, triunfo y gloria, albergando personajes celestes que tañen instrumentos de percusión y cuerda. Todo ello persigue junto a la retórica del predicador y de los oficios litúrgicos en general generar un auténtico caelum in terris un espacio milagro y alucinante, propio del Barroco, un arte que quiere cautivar a través de los sentidos, mucho más vulnerables que el intelecto. 

De los ejemplos de arte rococó, es la caja de Sesma (1771) la más delicada. Es obra atribuible a Dionisio de Villodas y su yerno Lucas de Mena. Gran interés poseen las de Los Arcos (1759), obra del citado Camporredondo o la de Cárcar (1766). De corte borrominesco son las de Mendigorría (1782) o Cáseda (1785), ambas de cronología avanzada. Particular interés posee la de la parroquia de Peralta, una de las escasísimas que no es coetánea al instrumento, ya que se hizo para evitar el deterioro de aquél en 1783 por el afamado maestro italiano Santiago Marsili.

La estética clásica y academicista se acrecienta a partir de los últimos años del Siglo de las Luces, en obras como las cajas de Lodosa (1796), Andosilla (1799) o la desaparecida de Huarte-Pamplona que conocemos por un excelente dibujo con su traza (1797), firmada por Martín de Andrés.


Detalle de la caja del órgano de la parroquia de Fitero.

Detalle de la caja del órgano de la parroquia de Fitero. 1660