11 de marzo de 2009

Ciclo de conferencias

CASAS SEÑORIALES Y PALACIOS DE NAVARRA

"Combrar y restorar". Principios y criterios de la restauración

D. Gabriel Ruiz Cabrero
Escuela de Arquitectura de Madrid

 

La voz “restauración” aplicada a la arquitectura como hoy la entendemos es relativamente reciente, se estableció como consecuencia de la Restauración monárquica en Francia, cuando decidieron reconstruir las tumbas de los reyes que habían sido arrasadas por la Revolución. El primer “Inspector General de los monumentos Históricos” nombrado en estos días de la restauración política, con Luis Felipe en el trono, fue Ludovico Vitet, quién estableció ya entonces con gran determinación y acierto lo “Principios de la Restauración”.

Hay sin embargo importantes antecedentes de labores arquitectónicas de esta condición que la historia ha recogido. El gran Teodorico procedió a la restauración de los monumentos romanos de Rávena cuando, tras conquistarla la convirtió en la capital de su reino godo, e incluso antes Constantino restauró edificios antiguos destruidos con idéntico propósito de realzar su poder. El famoso arco que lleva su nombre en Roma está ornamentado con esculturas que provienen de edificios anteriores a los que se les desposeyó de su decoro. Constantino pretendía de este modo, el modo del conquistador, enriquecer su obra con los despojos de obras famosas anteriores. No se puede hablar pues de restauración en el sentido que ahora damos a la palabra.

El cronista, años después, en el siglo XIII escribió apropósito de la Mezquita de Córdoba: “Restoráronla de esta guisa, et restolarla es tanto como combralla al servicio de Dios”. 

Restorar era la forma contemporánea del idioma para restaurar, pero cuando escribía así, lo que quería decir es que los cristianos habían restaurado la condición de Catedral al monumento, recordando que antes que mezquita había sido la iglesia de San Vicente. 

Utiliza pues cronista, el “restoráronla” ó restauraronla como la recuperación del carácter de templo cristiano, no de la forma original del edificio, lo cual es paradójico, pues al mismo tiempo estaba ordenando al cabildo catedralicio que la conservara.

También está en la Catedral de Córdoba el más antiguo ejemplo que conozco de auténtica restauración a la moderna, la que emprendió en 1815 el obispo Trevilla cuando ordenó al organista Patricio Furriel que eliminara la capilla de San Pedro para recuperar las cúpulas del vestíbulo del mihrab, y que restaurara las dovelas dañadas del frente del mismo, cosa que este hizo con vidrios pintados de colores semejantes a los originales, aunque con ligeras variaciones donde las pérdidas eran irrecuperables. Una actitud que prefigura el sentido romántico de la restauración, pues hay que considerar este concepto de la restauración como fruto directo de aquel movimiento estético.


Mihrab de la Mezquita de Córdoba

Mihrab de la Mezquita de Córdoba


Aunque como hemos dicho fue Vitet, quién primero estableció los principios de la restauración, cuando en 1837 escribía: “No se repite lo suficiente que en la restauración el principio primero e inflexible consiste en no innovar, aunque impulse a la innovación el loable deseo de completar y embellecer”, es a Victor Hugo a quién hay que atribuir los primeros esfuerzos por convertir a la restauración en un tema de interés público y en denunciar las abusivas intervenciones de los arquitectos. En 1825 escribió: “Guerre aux démolisseur”, levantando un movimiento a favor de la conservación del patrimonio con respeto a la historia.

Fue Violet le Duc el primero que con sus numerosas obras ofreció un modelo de intervención que en nuestro país se practicó hasta principios del siglo pasado, cuando arquitectos como Puig i Cadafall ó Velázquez Bosco, incorporaron unas cautelas a la hora de intervenir y una exigencia por el conocimiento arqueológico, que provenían de los círculos ingleses próximos a Ruskin.

Es interesante enfrentar a Violet con Ruskin pues en sus expresiones están los límites de la discusión sobre los principios de la restauración.

Violet escribió: “restaurar puede significar llevar al edificio a un grado de perfección que pudo no haber conocido jamás”, una actitud que le condujo a acciones como colocar una aguja metálica a Notre Dame, porque según él en la época en que se construyó lo canónico era que lo tuviese. Y a construirla, contradictoriamente con lo anterior, de hierro pues era una técnica también para, él superior. 

Ruskin, desde una posición tal vez más estrictamente romántica, pero desde luego más conservacionista y más literaria, defendía la no intervención, prefería ver caerse un edificio noble antes que verlo transformado en otra cosa. Escribía “el público no conoce el verdadero significado de la palabra restauración, significa la más completa destrucción de la obra de arte” y lo argumentaba diciendo que el mérito de la obra del artista estaba en los últimos centímetros de la labra, los que se habían perdido con el tiempo y eran imposibles de recuperar. Entre la postura optimista de la restauración del francés y la abstencionista y contemplativa del inglés oscila la teoría de la restauración, con reflexiones que según los casos se inclinan de un lado o del otro. 

Una aportación posterior y fundamental a la teoría de la restauración fue la de Giovannoni, quién introdujo a la arquitectura doméstica en el territorio de esta actividad. Empezó por defender la importancia de la condición estructural de los edificios (lo que le condujo a los monumentos históricos y a la reivindicación de las estructuras murarias romanas) de donde se fue deslizando hacia el problema de los centros urbanos de su país. Al defender la importancia de los edificios que rodean al monumento como parte de este, el valor del conjunto y no del hecho aislado, crítico con aquellos contemporáneos que creyendo que mostraban mejor el monumento si destruían su entorno, extendió el concepto de monumento y con él, el del territorio de la restauración hasta la arquitectura doméstica. El acuñó el término “Arquitectura minore”. Escribió: “Per la conoscenza e la valutazione di quella grande documentazione storica tradotta in pietra che si ha nei vecchi centri, la minuta congeria delle case ha valore spesso maggiore dei grandi monumenti”.