6 de octubre

Ciclo de conferencias

SANTUARIOS EN TIERRA ESTELLA

Cofradía y santuario de San Gregorio Ostiense: historia y arte

D. Román Felones Morrás
Aula de la Experiencia. Universidad Pública de Navarra


 

Introducción

No es infrecuente encontrar en la sección de necrológicas de la prensa local la referencia a personas, normalmente de edad avanzada, que, tras su nombre y entre paréntesis, subrayen su condición de “cofrade de San Gregorio Ostiense”. Es la expresión pública de la pertenencia a una cofradía que a día de hoy todavía reúne a 1.300 integrantes, básicamente navarros, con presencia de una minoría de alaveses y riojanos, que mantienen el testigo de una institución cuya presencia se remonta, al menos, hasta el siglo XIII. Una cofradía, además, que en palabras de su mejor conocedor, Roldán Jimeno Aranguren “fue desde el siglo XIV hasta el siglo XIX el centro sociorreligioso más importante de Navarra y uno de los más destacados de la Península”.

En consecuencia, en un curso dedicado a estudiar los santuarios en Tierra Estella, parecía obligado abordar el estudio de la cofradía y la basílica de San Gregorio Ostiense desde dos perspectivas complementarias: la historia y el arte.

En 1624, Andrés de Salazar publicó su Historia de San Gregorio Piñava, libro destinado básicamente a dar a conocer al santo, justificar la importancia de sus reliquias y ofrecer una explicación hagiográfica a los centenares de fieles que acudían a recoger su agua milagrosa. La impresión de 1.500 ejemplares, cifra nada despreciable para la época, supuso una inversión considerable y fue costeada por la propia cofradía.

Afortunadamente, los últimos años han deparado novedades significativas en el estudio tanto de la cofradía como del santuario. La primera ha sido objeto de un estudio monográfico de Roldán Jimeno Aranguren, bajo el título El remedio sobrenatural contra las plagas agrícolas hispánicas. Estudio institucional y social de la cofradía y santuario de San Gregorio Ostiense (Siglos XIII-XIX), aparecido en 2005. Más recientes todavía son los dos estudios relacionados con el santuario. El primero, aparecido en 2014, es obra de un equipo de profesores de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro, coordinados por Ricardo Fernández Gracia. Bajo el título El arte barroco en Navarra resume los estudios realizados en los últimos lustros sobre este periodo artístico en nuestra tierra y realiza una valoración artística atinada de esta obra singular. El segundo, Fábrica de San Gregorio Ostiense. Basílica y hospedería, apareció en 2015 y es obra de Víctor Pastor Abáigar. El autor pone el acento en el proceso de construcción de la basílica y la hospedería, a partir del estudio de la documentación de los archivos  eclesiásticos y civiles. En una continuidad histórica sorprendente, que habla mucho y bien de la institución, los textos de Roldán Jimeno y Víctor Pastor también han sido editados por la cofradía, Estos últimos, afortunadamente, envueltos no en un halo de leyenda, sino trabajados con rigor histórico y sujetos al contraste con la documentación pertinente. Sean cuales fueren los orígenes y avatares de San Gregorio Ostiense, nos queda la fe y la creencia de múltiples generaciones en un intercesor. Fe y creencia que dieron lugar a una cofradía con continuidad de más de siete siglos y un santuario, hito indiscutible del quehacer artístico del reino en el siglo XVIII.

Disponemos, por tanto, de los medios necesarios para poder acometer un trabajo ordenado de síntesis que permita hacerse una idea cabal del proceso histórico que afecta tanto al desarrollo de la cofradía como al de la basílica y hospedería que alojan a la misma, y permiten el culto y la veneración del santo y sus reliquias. Ese es el objetivo de las páginas que siguen.
 

El santuario en la Edad Media

Los autores que han estudiado la tardoantigüedad y la alta edad media suelen poner de manifiesto cierta continuidad física de los lugares de culto cristiano sobre espacios que en el pasado alojaron cultos paganos. Por otro lado, el proceso de cristianización, al igual que el de romanización, fue lento y desigual, de tal manera que a finales del siglo V no todo el territorio navarro estaría plenamente cristianizado. No obstante, en el territorio de las tierras de la Berrueza donde se asienta el santuario, la romanización es un hecho constatado. Los nombres de Suruslata (Sorlada), Pietramilliaria (Piedramillera) o Curnonion (Los Arcos) son prueba fehaciente de ello. En el valle parece haber una continuidad poblacional ininterrumpida desde la tardoantigüedad a los siglos medievales y un poblamiento consolidado desde la época hispanogoda. El despliegue hacia el sur, efectuado por Sancho Garcés I a principios del siglo X, no impidió saqueos posteriores llevados a cabo por Abderramán III y Almanzor. Pero a comienzos del XI, durante el reinado de Sancho Garcés III el Mayor, aparece ya un claro cinturón defensivo frente a los musulmanes en la línea Ega-Arga-Aragón-Prepirineo, en la que la fortaleza de Piñalba ocupa un lugar estratégico. Por primera vez en la documentación aparece consignado un Sancho Garcés como tenente (1046), y no muchos años después, en 1075, Sancho IV el de Peñalén dio el monasterio de San Salvador de Pinnana a Santa María de Nájera.

Hacia mediados del siglo XIII, el templo de San Salvador da paso a la primitiva iglesia de San Gregorio, de la que apenas quedan restos. ¿Cómo y cuándo surge el culto a San Gregorio? No tenemos datos que expliquen el cambio de titular, cosa que aunque no muy frecuente también ocurre en otros lugares, pero el culto aparece ya consolidado desde finales del siglo XIII asociado a  frecuentes milagros. La popularización de santos sanadores, tanto de la peste como del oído, y la presencia de un ramal secundario vinculado al Camino de Santiago tal vez pudieron contribuir al cambio de titular.
 

La cofradía hasta el siglo XVI

El Libro del Rediezmo de 1268 nos permite confirmar tanto la nueva titularidad como la presencia de una cofradía dedicada al santo: “Sant Gergorii es conffraria e finca per contar”. Inicialmente, la cofradía tiene un carácter cultual. Está dedicada a expandir el culto a un santo abogado contra una calamidad determinada. Los estatutos de 1348 nos permiten definir la cofradía como religiosa, benéfica, comarcal y conformada básicamente por clérigos. Estos mismos estatutos designan abad de la casa, iglesia y cofradía a Guillén Anute, abad de Sorlada.

Las guerras civiles del siglo XV acrecientan el carácter militar del enclave de Piñalba, que se ve sometido al vaivén de las contiendas civiles. Lamentablemente, la conquista de Navarra por Castilla trajo aparejada en 1513 la quema del archivo de la casa e iglesia, quedando derruidos sus muros. Pero eso no impidió un progresivo aumento devocional y patrimonial a lo largo de los siglos XV, XVI y XVII. Frente a la plaga de la langosta, el bien más preciado fue la cabeza relicario de San Gregorio por la que discurría el agua, una cabeza que fue engastada en plata en 1511.

El ritual es bien conocido hasta nuestros días. El agua pasada por la reliquia se conservaba en dos grandes tinajas en la sacristía. Los aguadores pasaban a recogerla y se les dotaba de cédula y certificado, según un procedimiento constatado desde el siglo XV, dado el poder conjuratorio del santo. Y los votos municipales comenzaron a incrementarse. El primero fue el de Olite, en el siglo XIV, pero en el siglo XVI habían ascendido a 56, procedentes de Navarra, Álava, La Rioja y Zaragoza fundamentalmente. Los municipios bendecían los campos, contribuían con limosnas y decretaban día festivo religioso y civil.

Llegados a este punto, resulta obligada una pregunta de no fácil respuesta: ¿Quién es este San Gregorio? La evolución del nombre se puede concretar en algunas citas. La primera nos llega del archivo de la catedral de Calahorra en el siglo XIV. Nos habla de San Gregorio Nazareno, que llega de Oriente, acaba con la plaga de langosta, es maestro de Santo Domingo de la Calzada y muere en Logroño. El culto al santo era eminentemente regional, pero más abundante en la diócesis calagurritana que en la de Pamplona, que tardó en incluirlo en las fiestas de guardar. Este San Gregorio Nazareno convivió con un San Gregorio de la langosta, del que se conocen al menos dos representaciones iconográficas de finales del siglo XV. Tal vez, según indica Roldán Jimeno, este San Gregorio Nazareno tenga que ver con un San Gregorio de Nazar, población próxima a Sorlada y sea fruto de un error, relativamente frecuente en esta época y en este tipo de fuentes.

La segunda nos habla de San Gregorio de la Berrueza. El San Gregorio Nazareno de la diócesis calagurritana era conocido en la tierra que albergaba su santuario como San Gregorio de la Berrueza, tal como aparece en las constituciones de 1498. Más claras noticias tenemos de la advocación de San Gregorio Ostiense, que fue fruto de una elaboración hagiográfica culta y foránea. El autor que dio forma definitiva a la leyenda fue Constantino Gaetani, abad del monasterio benedictino romano de San  Cosme y San  Damián en  1616. Pero esta tradición hagiográfica culta del obispo de Ostia sorprendentemente tardó en cuajar en Sorlada y la Berrueza. La primera cita en Navarra es del año 1601. El obispo de Pamplona manda hacer un arca buena y recia para el cuerpo santo de San Gregorio, “obispo Hostiense”. A partir de ese momento, y de forma paulatina,  la advocación que se impondrá será la de San Gregorio Ostiense.
 

La cofradía en los siglos barrocos

El concilio de Trento marcó un hito en el desarrollo de la religiosidad popular. En toda cofradía postridentina prevalecerá una concepción procesional y festiva, donde las imágenes y sus aderezos afectarán tanto al culto como a los cofrades  En 1588 la cofradía de San Gregorio renueva sus estatutos: el abad será elegido por los cofrades, que serán un máximo de 24, varones, de la Berrueza y de clase social elevada. La bula de 1597 confirma los estatutos y señala que el culto era servido por una cofradía compuesta por 14 legos y 6 curas naturales del valle y residentes en el mismo. Pocos años después, a comienzos del XVII, San Gregorio deja de pertenecer a Santa María de Nájera.

La institucionalización de la memoria de San Gregorio entre los cofrades conoció un hito singular en 1624 con la publicación de la Historia de San Gregorio Piñava por Andrés de Salazar, monje de San Millán de la Cogolla. La edición de 1.500 libros, una gran tirada para la época, fue costeada por la propia cofradía. La obra sigue en lo esencial lo descrito por Gaetani, a la que Salazar añade nuevas dosis de imaginación y fantasía. La cofradía recoge por primera vez en 1633 el calificativo de Ostiense para el santo. Y el libro de Salazar, la transmisión oral dictada por el libro y el púlpito, además de su plasmación en la iconografía barroca del santuario, convertirán en conocida y canónica la historia y leyenda del santo que ha llegado hasta nuestros días.

Durante los siglos XVI y XVII los conflictos se suceden por la elección de cofrades, el nombramiento de abadesy la residencia de los cofrades, además de pleitos reiterados referidos al abad y al ayuntamiento de Sorlada. Pero además de los conflictos, crece también el culto al santo hasta alcanzar una dimensión nacional. Salazar nos dice que acudían a Sorlada en busca de agua devotos de Granada, Sevilla, Toledo, Extremadura y Galicia, y que tanto Felipe II como Felipe III la reclamaron para sus reales sitios de Aranjuez, El Escorial y El Pardo.

Los votos municipales aumentaron de forma extraordinaria y ello llevó a un importante incremento patrimonial, consecuencia de las limosnas aportadas por los 1.500 pueblos que según Barragán viajaron a San Gregorio para recoger el agua milagrosa en el primer tercio del siglo XVIII. Esta mejora económica se plasmó en la nueva cabeza del santo, realizada por José Ventura, platero de Estella, además de otras obras de plateria. Las limosnas se destinaron también  a la construcción de la nueva iglesia barroca y la nueva hospedería, como más adelante estudiaremos. Se diversificaron los lugares de culto y aumentaron las ermitas y capillas dedicadas al santo, en las que encontramos no menos de 17 imágenes dedicadas a San Gregorio sólo en los templos navarros.

La cabeza del santo se convirtió en ocasiones en una reliquia móvil. Conocemos algunas salidas a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII a diversos lugares de Navarra y a todos los reinos hispánicos, incluido Portugal. Pero el viaje más largo y fructífero tuvo lugar en los años 1755-1756, cuando a lo largo de 130 días y con un recorrido de alrededor de 2.500 kilómetros, la cabeza recorrió todos los reinos de España asolados por una plaga de langosta por disposición de Fernando VI. El viaje se hizo con carruaje pagado por la Real Hacienda. La reliquia iba acompañada por tres cofrades eclesiásticos y un seglar. La recaudación obtenida, 2.770 pesos, se destinó a costear el crucero de la basílica (1758). Fruto de tan largo viaje parece provenir el dicho popular “Viajas más que la cabeza de San Gregorio”, todavía de uso frecuente en el habla popular de Tierra Estella.

El siglo XIX fue un siglo marcado por las guerras, el laicismo, la revolución agrícola y la medicina científica, y en consecuencia, el culto quedó reducido al entorno regional. La desamortización de Mendizábal redujo considerablemente sus propiedades y los sucesivos inventarios de bienes reflejan el progresivo declive de la institución. En el siglo XX el culto quedó circunscrito a Tierra Estella y algunos pueblos de La Rioja y Álava.

A comienzos del siglo XXI, tras las obras de consolidación de la basílica y de remodelación a fondo de la hospedería, la cofradía continúa sustentando la devoción a San Gregorio y canalizando el sentimiento de pertenencia a la zona que lo circunda. Queda el reto de abordar un futuro incierto en el que el santuario perviva y se convierta en elemento dinamizador del entorno, tanto en lo espiritual como en lo cultural y económico. El curso en el que se inserta esta charla no es sino una modesta aportación a este objetivo.
 

La basílica y su proceso constructivo

Los orígenes del santuario nos llevan hasta el siglo XI. En 1044 la documentación nos da noticias de una vieja ermita dedicada a San Salvador. Ya en el siglo XIII parece edificarse una iglesia nueva,  de la cual todavía se conservan algunos pequeños restos en el muro del evangelio. Tras los destrozos producidos en tiempos de la conquista de Navarra por Castilla a comienzos del siglo XVI,  se levantan nuevas edificaciones y se renueva el ajuar. Y es entre finales del siglo XVII y buena parte del XVIII (de 1694 a 1771), cuando se levantan los edificios actuales en los estilos propios del momento, el barroco y el rococó.

El primer elemento del nuevo conjunto es la portada, iniciada en 1691. Su construcción es claramente divisible en dos etapas. Al frente de la primera se encuentra Vicente López Frías, con obra en Estella, Arróniz, Legaria y Piedramillera. Las disposición en artesa, rematada en cuarto de cúpula, parece inspirarse, siquiera lejanamente, en la portada de Santa María de Viana, ejemplo señero del renacimiento navarro y aún hispano. Completan el conjunto unas columnas salomónicas con guirnaldas enroscadas sobre alto pedestal en el primero y en el segundo cuerpo, además de un suntuoso ropaje vegetal.

En 1703 muere Frías y le sustituye José de San Juan, autor de las esculturas del conjunto. Se estructuran a modo de retablo con las figuras de Pedro y Pablo, San Gregorio en la hornacina principal, dos relieves con historias del santo y ángeles en el cuerpo alto. La portada sirve además como telón de fondo de la explanada del santuario, dotándolo de un porte monumental.

Tras la portada, en 1718 se abordan las obras de la torre, el humilladero y la urbanización del entorno. La torre, en piedra de la zona cuidadosamente seleccionada, se levanta hacia poniente, cerrando la nave del templo. Presenta un aspecto monumental, subrayado además por el emplazamiento. Presenta tres cuerpos decrecientes en altura, con su propio orden, que culminan en el corintio. El último tiene forma octogonal, con óculos y arcos en el que se insertan las campanas. El modelo tendrá éxito y se repetirá frecuentemente en la zona, como demuestran los casos de Sorlada, Mués y Piedramillera, entre otros.

Terminada la torre se abordaron el humilladero y el enlosado del patio. El humilladero se erigió junto al extremo noroeste de la hospedería. Se trata de un templete con tejado a cuatro aguas, cúpula sobre pechinas, mesa-altar de piedra y dos vanos a levante y poniente para permitir el desfile procesional de los fieles. El enlosado del patio, que ahora nos parece obra menor, cumplió una doble función: estética, por una parte, y práctica por la otra, ya que ayudaba a la limpieza del conjunto. Baste recordar lo que debía de suponer un suelo de arena o simple tierra en días de lluvia o nieve.

De todo el conjunto acometido en estos siglos, la parte peor conocida es la correspondiente a las nuevas construcciones en el interior del templo, como la nave central, oculta por la reforma neoclásica. No obstante, la cornisa actualmente existente, de claro lenguaje barroco, cabe atribuirla a las obras emprendidas en este momento. Tanto la arquitectura como la escultura contaron con intervención de nombres ilustres como Juan de Larrea, Francisco Ibarra, Juan Ángel de Nagusia, José González de Saseta, Francisco de Ibarra y Francisco Barona. Tenemos constancia de la existencia de talla y cortados orientados a la decoración del templo, así como decoración pictórica y dorado y pintura de dos retablos colaterales. Estos últimos, tras la remodelación del presbiterio, fueron recolocados en 1799 en la parroquia de Otiñano, Esta estructura y decoración netamente barroca es la que mantuvo el santuario en la primera mitad del siglo XVIII. Solo tras el largo viaje de la cabeza del santo de los años 1755-56, exitoso en lo religioso y en lo económico, la cofradía pudo acometer el programa arquitectónico más ambicioso y relevante de todo el conjunto, las obras del crucero y del cimborrio.

Las obras ejecutadas convertían en pobre y desproporcionada la cabecera del templo, compuesta por un sencillo crucero, amueblado con los retablos de los que hemos hablado. Para facilitar las obras de ampliación, el 30 de mayo de 1758 el ayuntamiento de Sorlada cede los terrenos necesarios para “ensanchar y alargar dicha basílica aquello que les pareciere y conforme previene dicha traza”. La  seleccionada fue la de fray José de San Juan de la Cruz, carmelita descalzo del convento de Logroño. Los maestros albañiles fueron José y Miguel de Albéniz. La cantería fue adjudicada a José del Castillo, el oficial más solicitado de la comarca. Todos firmaron su contrato en el propio San Gregorio el 28 de julio de 1758. El fraile carmelita, tras un minucioso reconocimiento que Víctor Pastor ha reconstruido minuciosamente, reconoció y tasó la obra en 1764, señalando los defectos de canteros, albañiles y escultores, que vieron disminuidos en proporción diversa sus honorarios iniciales. El mismo fray José de San Juan de la Cruz fue el encargado de la planificación de la ornamentación, que no le va a la zaga ni en minuciosidad ni en brillantez al conjunto arquitectónico. El encargado de llevarlo a cabo fue Santiago de Zuazo, maestro dorador, estofador y pintor, vecino de Los Arcos.

La obra del crucero y cimborrio, en una descripción básica consistió en lo siguiente: El espacio tomó forma de estructura trilobulada con cuartos de esfera, con una bella cúpula octogonal elevada sobre tambor. Unas pilastras de fustes cajeados y capiteles corintios se unen a una gran cornisa moldurada, curvada en el altar mayor. Sobresale en todo el conjunto la elegantísima decoración de yeserías, labradas por el escultor de Oteiza Juan José Murga, junto con  la espectacular policromía de Santiago de Zuazo. Unas portadas ciegas exclusivamente decorativas presentan una ornamentación chinesca a modo de recipiente panzudo en el tímpano partido, con ramos de flores que se acercan más a la porcelana que a la yesería. La apoteosis se reserva para la cúpula, con pechinas, tambor bien iluminado y lujosos paños en la media naranja, con florón central incluido.

Al conjunto se le dota de un completo programa iconográfico dedicado a San Gregorio y sus hechos prodigiosos, con una serie de santos obispos; San Gregorio, San Saturnino y San Fermín; San Blas, San Nicolás, San Martín y San Gregorio Nacianceno; los evangelistas en las pechinas; relieves con la historia de San Gregorio en el pedestal del tambor; los santos doctores San Gregorio Magno, San Jerónimo, San Agustín y San Ambrosio; y finalmente, san Isidoro, San Leandro, Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura.

Era evidente que los retablos barrocos desmerecían del conjunto. De ahí que en 1768, un sesmero ilustre, tallista y adornista en el Palacio Real de Madrid, Silvestre de Soria, recibió el encargo de levantar tres retablos, el central, dedicado a San Gregorio, y los dos laterales, dedicados a San Isidro Labrador y San Joaquín respectivamente. El retablo mayor, de hermosa hechura rococó, incluía en la parte posterior un camarín y un transparente. Dos puertas con sendas peanas sostienen las estatuas de Santo Domingo de la Calzada y San Juan de Ortega, . En el interior del camarín, un decorado a modo de pabellón o cortinaje enmarca el transparente donde estaba colocada la arqueta relicario del santo para la veneración de los fieles. Los retablos laterales siguen, a escala más reducida, la línea del central.  Los tres fueron dorados, con su maestría habitual, por Santiago de Zuazo. Probablemente a sugerencia de Silvestre de Soria, las imágenes de los retablos fueron encomendadas al  francés Roberto Michel, escultor en la corte madrileña y ejemplo señero del clasicismo académico. En 1768, una carreta tirada por mulas llegó desde Madrid a Los Arcos con las esculturas embaladas en cinco cajas. Allí recibió de Antonio de Santo Domingo, párroco de Los Arcos y cofrade de San Gregorio, los 800 pesos en que fueron contratadas las cinco efigies. El 9 de mayo de 1771 tuvo lugar la fiesta de reinauguración de la iglesia, en presencia de la plana mayor de la cofradía, con atriles de plata cedidos por el ayuntamiento de Los Arcos, acompañamiento de 15 músicos llegados de Aránzazu y fuegos artificiales. La urna con los restos de San Gregorio Ostiense quedó depositada  en la parte posterior del camarín con carácter definitivo.

Aunque la basílica había alcanzado todo su esplendor, algunas otras obras se acometieron en las décadas siguientes. La restauración del chapitel en 1786, la remodelación de la nave longitudinal del templo en 1798, obra de Francisco de Sabando en estilo neoclásico, y el decorado de la bóveda de la nave central y muros maestros en 1831.

Aunque sin la importancia artística del santuario, la hospedería bien merece un pequeño apunte histórico. Los estatutos de 1348 ya nos hablan de “la casa e yglesia del Señor San Gregorio”. La ampliación más importante, que dio lugar al edificio que hoy conocemos, se llevó a cabo en 1731. Forma un paralelepípedo de 50 metros de largo, con una altura variable que va de los 4 metros en la fachada norte a 12 metros en la fachada sur, construida en un contraterreno con potentes contrafuertes, que da a la huerta. El siglo XIX, con las sucesivas guerras que asolaron la zona, fue especialmente dañino para la hospedería. El inmueble llegó a comienzos del siglo XXI en penosas condiciones y fue cerrado en 2005 por peligro de derrumbe. Pero una intervención afortunada y conjunta de la cofradía, la diócesis y el Gobierno de Navarra, unido a un proyecto arquitectónico respetuoso e integrador, han devuelto al edificio parte de la vitalidad perdida.
 

La basílica y su valoración artística

Todo edificio puede ser estudiado desde dos puntos de vista que resultan complementarios. Uno es su proceso constructivo, al que hemos hecho referencia a partir de la obra de Víctor Pastor. Otro es su alcance artístico, que no siempre acompaña al primero. En una valoración artística global debemos señalar que la basílica de San Gregorio Ostiense ocupa un lugar de honor en la historia de la arquitectura y escultura del siglo XVIII en Navarra. De su arquitectura se ha ocupado especialmente José Javier Azanza en su obra Arquitectura religiosa del barroco en Navarra. A él seguimos en estos párrafos: El santuario de San Gregorio Ostiense presenta planta de cruz latina formada por una nave de cuatro tramos más crucero y cabecera que conforman una estructura

trilobulada de cuartos de esfera, configurando un espacio centralizado que resulta grandioso y monumental. Se trata de una solución excepcional en la arquitectura barroca española (…) Frente al aspecto neoclásico de la nave, en el crucero y la cabecera triunfa el rococó merced a su excepcional concepción espacial, a su espectacular decoración y a la potente iluminación que desciende de la cúpula, que lo convierten en uno de los conjuntos más extraordinarios de la arquitectura barroca navarra”. Tras describir su estructura arquitectónica, el elegante ropaje decorativo y el completo programa iconográfico, concluye el autor: “Contribuye a la mayor espectacularidad del conjunto una intensa iluminación procedente de las ventanas del tambor de la cúpula que a modo de cascada desciende hasta el altar del santo en contraste con la mayor penumbra de la nave. Esta iluminación dirigida convierte al crucero en un gran escenario buscando los efectos de teatralidad propios del barroco para la exaltación de San Gregorio, que aparece destacado a modo de visión celestial sobre la luz del transparente”.

El otro elemento destacado en su arquitectura es la monumental portada barroca. Tras describir el conjunto, el autor señala como de especial interés el diseño de las columnas, decoradas con una guirnalda vegetal en sus espiras, y su composición en exedra, derivada de la retablística navarra y riojana de la época,

Los retablos barrocos fueron estudiados y convenientemente enmarcados por el profesor Ricardo Fernández Gracia en su libro El retablo barroco en Navarra. “El retablo mayor de la basílica -señala el autor- es una magnífica pieza, en donde Silvestre de Soria nos vuelve a sorprender con un nuevo tipo de retablo, más acorde con la disposición del nuevo crucero de aquel templo. Sobre una mesa de altar de traza bulbosa y las puertas de acceso al camarín, monta el retablo, de planta convexa, que consta de banco con relieves paisajísticos en los netos, único cuerpo cóncavo con grupos de triples columnas con rocalla y ático. Del grupo de soportes, se retranquea la columna central, mientras las internas se adelantan para sostener el arco de embocadura del gran nicho, que se abre mediante sendos arcos menores en los costados laterales. Toda esta complejidad de estructuras proporciona a la pieza gran espectacularidad con perspectivas fingidas, juegos de soportes y oposición de planos curvos y contracurvos. El ático se configura mediante un cuerpo invadido por una gloria y ráfaga de largos rayos dorados. La escenografía ha ganado terreno en esta obra, mientras la decoración se ha convertido en la propia del Rococó, sin que aparezcan ya aquellos motivos cortesanos, de estudiados diseños, exquisitos y de suma delicadeza, empleados en obras predecentes (…) La iconografía del retablo la componen las imágenes labradas en Madrid por  Roberto Michel y enviadas a la basílica en 1768. Todas ellas, con su ademán teatral, marcado contraposto y vestiduras voladas, no hacen sino añadir teatralidad al conjunto del retablo (…) Todo el conjunto de retablos de la basílica fue dorado por el maestro Santiago de Zuazo con exquisito cuidado, de manera que los efectos de riqueza se realzan por el oro fino empleado, a una con las policromías de los bultos”.

De la valoración artística de ambos autores cabe señalar que nos encontramos ante uno de los conjuntos artísticos más señeros del siglo XVIII navarro, subrayado además por un emplazamiento excepcional que refuerza la monumentalidad del conjunto.
 

Conclusión

Ha pasado casi un milenio desde la primera referencia a una ermita dedicada a San Salvador, y casi siete siglos desde que esta advocación inicial diera paso a un San Gregorio que, entre escasos datos históricos compensados con muchas leyendas y abundante fe, acabó convirtiéndose en una referencia fundamental en la religiosidad popular de Navarra y del conjunto de los reinos hispánicos. De ello dan fe una cofradía que se ha mantenido de forma ininterrumpida al menos desde el siglo XIII y un conjunto monumental de gran valor artístico que sigue gozando de la estima y simpatía de los navarros. Así parece demostrarlo el concurso puesto en marcha por Diario de Navarra y el Gobierno de Navarra en 2008, que seleccionó las 10 maravillas de Navarra, una de las cuales fue el conjunto monumental de San Gregorio Ostiense.

Las romerías siguen siendo el elemento clave de la vida del santuario. La Iglesia celebra la  festividad  de San Gregorio el 9 de mayo, y la romería de Sorlada tiene lugar el domingo más próximo y siguiente a dicha festividad. Durante el mes de mayo, los diversos pueblos de Valdega peregrinan al santuario y Los Arcos lo hace el lunes de Pentecostés. Las comidas campestres, sobre todo en el caso de Los Arcos, acompañan a la festividad religiosa. Pero es evidente que en este siglo XXI, con la basílica en buen estado y la hospedería totalmente rehabilitada, es preciso repensar una actuación acorde con los tiempos en que vivimos. Sin olvidar que la función religiosa es esencial, el conjunto está ubicado en la Navarra rural, escasa en demografía y con un futuro incierto. De ahí que  basílica y hospedería deben ser elementos impulsores de la vida de Tierra Estella en general y del valle de la Berrueza en particular, ámbitos que, por otra parte, nunca le han sido ajenos: actividades artísticas, culturales, sociales y económicas. Solo así continuará siendo, no sólo un hito en el paisaje y la memoria, sino un elemento dinamizador de una tierra que mira al futuro con esperanza, anclada como está en un pasado lleno de vigor e historia.

 

1.- Vista general del santuario

2.- Vista parcial de la portada

3.- Vista del exterior del santuario, con la torre y el cimborrio

4.- Vista general con el humilladero al fondo, la fachada de la basílica a la derecha y la hospedería a la izquierda

5.- Vista de las pechinas, el tambor y la cúpula

6.- Vista del retablo mayor dedicado a San Gregorio

7.- Vista de la imagen de San Gregorio que preside el retablo central

8.- Vista de la cabeza relicario de San Gregorio preparada para verter el agua

 

Bibliografía básica
AZANZA LÓPEZ, J.J., Arquitectura religiosa del barroco en Navarra, Gobierno de Navarra, Pamplona, 1998.
FERNÁNDEZ GRACIA, R., El retablo barroco en Navarra, Gobierno de Navarra, Pamplona, 2002.
JIMENO ARANGUREN, R., El remedio sobrenatural contra las plagas agrícolas hispánicas. Estudio institucional y social de la cofradía y santuario de San Gregorio Ostiense (Siglos XIII-XIX), Cofradía de San Gregorio Ostiense, Estella, 2005.
PASTOR ABÁIGAR, V., Fábrica de San Gregorio Ostiense. Basílica y Hospedería, Cofradía de San Gregorio Ostiense, Pamplona, 2015.
FERNÁNDEZ GRACIA, R. (coordinador) y OTROS, El arte del barroco en Navarra, Gobierno de Navarra, Pamplona, 2014.