9 de noviembre de 2010

Curso

LAS CLAUSURAS FEMENINAS DE NAVARRA EN EL ÁMBITO HISPANO.
Patrimonio, Arte y Arquitectura

Clausuras de Sevilla. Historia y Patrimonio

D. Alfredo J. Morales Martínez.
Universidad de Sevilla

 

La ciudad de Sevilla posee el mayor patrimonio monumental, artístico y cultural en el ámbito de las clausuras conventuales de España. Fuera del bullicio y apresuramiento de la vida urbana contemporánea, las clausuras son pequeñas islas de paz y de sosiego. A pesar de algunas publicaciones específicas y de algún programa de televisión las clausuras conventuales sevillanas siguen siendo uno de los grandes secretos y de los más importantes tesoros ocultos de la ciudad. La compleja realidad que se encierra tras los muros de las clausuras sigue siendo desconocida incluso para quienes habitan en sus inmediaciones y escuchan el diario tañido de sus campanas. Tan solo los dulces productos reposteriles elaborados en muchas de ellas y adquiridos a lo largo del año a través de los tornos, o en una exposición-venta en días previos a la Navidad parecen ser la única prueba de su existencia. De hecho, para una gran mayoría esta es la única relación con los conventos de clausura sevillanos. Sin embargo, para quienes son asiduos de las iglesias conventuales a la hora de cumplir con los preceptos religiosos y de participar en las celebraciones litúrgicas, la realidad de las clausuras son las lejanas voces monjiles entonando preces y la fugacidad de un conjunto de sombras desdibujadas tras las rejas de los coros. En cualquier caso se trata siempre de visiones fragmentarias, casi de intuiciones sobre el cerrado mundo de las clausuras conventuales.

De la treintena de conventos femeninos que existieron en Sevilla hasta el siglo XIX, tan solo perviven actualmente dieciséis, debiendo indicarse que en fecha reciente se ha perdido uno de los más antiguos, el de Santa Clara, pues su menguada y envejecida comunidad ha tenido que integrarse en el convento de Santa María de Jesús de la misma orden franciscana. Los grandes conventos femeninos de los orígenes competían en proporciones con las casas masculinas de la misma orden. Algunos llegaron a albergar más de un centenar de religiosas e incluso a superar las doscientas profesas durante el siglo XVI. Tan elevado número contrasta con las veintiuna que por constitución tuvieron y se mantienen en el convento de San José del Carmen, fundado por Santa Teresa de Jesús. Frente a comunidades tan numerosas durante los siglos pasados, en la actualidad se ha producido una drástica reducción de religiosas, siendo en un número elevado de avanzada edad, lo que se ha traducido en el abandono de algunas zonas conventuales y en el progresivo deterioro de los edificios por falta de mantenimiento. A muchos conventos han llegado novicias de diferentes países americanos y africanos, siendo excepcional el caso de las procedentes de la India. Con ellas se han revitalizado algunas clausuras, a la vez que han aparecido rasgos, modos y costumbres de otras culturas. A pesar de ello el tiempo sigue marcado por el rezo de las horas canónicas y por una rica vida espiritual que no implica el desconocimiento de lo que ocurre más allá de los muros conventuales. La telefonía móvil e Internet han entrado en las clausuras.

La arquitectura conventual incorpora tanto lo monumental y conocido por su condición de espacio público, caso de los templos, como lo más doméstico, interiorizado y menos evidente, que corresponde a los ámbitos de la clausura. Es en estos pequeños universos, que se articulan en torno a patios, donde pasan las religiosas sus vidas, en un retiro buscado y gustado. Las viejas fundaciones corresponden a fábricas góticas y mudéjares, algunas son renacentistas y casi todas ellos fueron renovadas a comienzos del seiscientos. Las más modernas son barrocas e incluso historicistas, siendo de destacar en casi todos los casos la cantidad, variedad e importancia de su patrimonio mueble, a pesar de las desamortizaciones, expolios y ventas. Mantener y conservar tales bienes sería tarea difícil de explicar, sino fuera por la providencia divina y por la laboriosidad de unas comunidades conscientes de su responsabilidad. Por eso desde hace tiempo, además del rezo que centra sus vidas contemplativas, trabajan en diversas tareas. Algunos conventos tienen talleres de bordados o de encuadernación, tintorerías o servicio de lavado y planchado. En otros se han abierto hospederías y en muchos casos se fabrican dulces recuperando viejas recetas, a las que en ocasiones se suman aportaciones de otras latitudes, resultado de esas variopintas comunidades que se han ido generalizando. Afortunadamente también cuentan con la ayuda de benefactores y devotos conocedores de las estrecheces y necesidades de la vida cotidiana de los conventos. Gracias a todo ello las clausuras siguen vividas y vivas, aunque para su pervivencia será necesaria la llegada de nuevas vocaciones. Para lograrlo ya elevan sus plegarias las propias monjas, aunque tampoco vendrían mal las aportaciones y oraciones de toda la comunidad cristiana.