18 de marzo de 2009

Ciclo de conferencias

CASAS SEÑORIALES Y PALACIOS DE NAVARRA

Arquitectura palacial en Aragón y sus relaciones con Navarra

D. Javier Ibáñez Fernández
Universidad de Zaragoza

 


Nuestra atención se ha centrado en el estudio de la arquitectura palacial levantada en tierras aragonesas a lo largo del Quinientos, un periodo de tiempo especialmente rico e interesante, a lo largo del que se elevaron –o reformaron– un gran número de casas o palacios tanto privados como públicos conforme a modelos tipológicos de raíz medieval, y de acuerdo a las tradiciones constructivas de cada zona, es decir, con ladrillo y con yeso –con rejola y con aljez– en torno al valle medio del Ebro –un contexto parangonable, en todos los sentidos, a la rica Ribera navarra–, y con diferentes tipos de piedra en los márgenes de la extensa depresión fluvial conformada por el río.

Entre los promotores privados cabría mencionar a la propia Casa Real –no se olvide que los Reyes Católicos afrontaron la reforma del palacio de la Aljafería de Zaragoza en torno a 1492–, a los títulos más importantes del reino, a la burguesía mercantil, o a los grandes eclesiásticos, pero también a los grandes cenobios y a sus propios abades. De hecho, conviene advertir que muchas casas de religión elevaron edificios de nueva planta en la ciudad del Ebro para poder desarrollar desde allí las gestiones necesarias para su propia supervivencia, y que algunos abades terminaron construyéndose auténticos palacios dentro de los recintos monásticos, unas construcciones que, desde luego, no deben entenderse tanto como viviendas, sino como edificios de representación y gobierno. Por otra parte, aunque la mayor parte de las actuaciones de este tipo tuvieron como marco privilegiado los núcleos poblacionales más importantes del reino, no debe minusvalorarse la importancia de las intervenciones desarrolladas en el medio rural, en el que se reformaron y adecuaron a los gustos del momento antiguos castillos medievales –como el de los Luna en Illueca (Zaragoza), el de los Liñán en Cetina (Zaragoza), o el de los Gurrea en Argavieso (Huesca)–, y se construyeron casas y palacios de nueva planta, como el de los condes de Ribagorza en Benasque (Huesca).
 

Palacio de La Aljafería

Zaragoza. Palacio de La Aljafería. Salón del trono. 
Foto: Javier Ibáñez Fernández

Palacio de don Pedro Martínez de Luna

Zaragoza. Palacio de don Pedro Martínez de Luna, actual Audiencia Provincial. Foto: Javier Ibáñez Fernández
 

Entre los promotores públicos cabría incluir a las instituciones generales del reino –la Diputación levantó sus casas en Zaragoza a orillas del Ebro–, las Comunidades –la de Teruel construyó su sede frente a Santa María de Mediavilla a finales del siglo XVI–, y los propios concejos, que erigieron sus edificios de representación y gobierno reservando sus bajos –generalmente abiertos mediante arquerías– para mercado o, en su defecto, construyendo lonjas independientes, que podían ser abiertas, como la de Alcañiz (Teruel), o cerradas como la de Zaragoza, digna heredera de las de Palma y Valencia.

Tanto los edificios privados como los de carácter público respondían a modelos tipológicos de raíz medieval que, no obstante, pasaron a ordenarse de acuerdo a nuevos principios de organización compositiva persiguiendo la simetría y la sensación de sobriedad, pero sin demasiadas consecuencias ni en la articulación de la fachadas –que continuaron siendo muy sencillas y severas–, ni en la organización de los interiores. Además, acusaron la irrupción del nuevo repertorio ornamental al romano y, andado el tiempo, la llegada, adopción y adaptación del sistema italiano de los órdenes clásicos, un proceso sumamente interesante que puede rastrearse a partir del estudio de las estructuras pero, sobre todo, de los elementos empleados para articularlas que, construidos con cierta libertad y desde un sentido esencialmente ornamental en un primer momento, terminarían definiéndose conforme a los modelos perfectamente reglados ofrecidos por la tratadística de arquitectura, lo que permitiría conseguir conjuntos cada vez más sobrios y severos y, en definitiva, clásicos.
 

Tarazona (Zaragoza). Palacio episcopal

Tarazona (Zaragoza). Palacio episcopal. Escalera de aparato. 
Foto: Javier Ibáñez Fernández

Huesca. Ayuntamiento

Huesca. Ayuntamiento. Vista general del zaguán o patín y arranque de la escalera. Foto: Javier Ibáñez Fernández

Zaragoza. La lonja

Zaragoza. La lonja. Foto: Javier Ibáñez Fernández