17 de octubre de 2016

Ciclo de conferencias

LA PIEL DE LA ARQUITECTURA

Estructura y ornato. La imagen de la arquitectura
Alfredo J. Morales
Universidad de Sevilla

 

Con demasiada frecuencia el estudio y la valoración de la arquitectura se centran en el análisis de la mecánica de los edificios, de sus valores estructurales y de los aspectos de equilibrio y compensación de cargas y empujes. A ello se añaden algunas referencias de carácter tipológico y funcional, más diversos comentarios sobre sus valores espaciales. No obstante, tal planteamiento olvida ciertos ingredientes básicos de la concepción espacial, además de otras cuestiones que son de gran trascendencia para la comprensión global de una obra arquitectónica. Ya que el espacio resulta definido por las superficies de la caja muraria, es evidente el papel protagonista que la ornamentación que los recubre tiene en la definición de los espacios. Por consiguiente, frente al criterio generalmente difundido, la ornamentación no es algo accidental, agregado y desvinculado de la esencia estructural, sino ingrediente consustancial e imprescindible para la auténtica comprensión de un edificio. Y esto es particularmente relevante en el caso de la arquitectura española, en general, y sevillana, en particular, en donde se aprecia un evidente tradicionalismo tipológico y una clara simplicidad tectónica. Es, por consiguiente, el tratamiento de las superficies, la que se ha llamado la piel de la arquitectura, la que permite modificar y enriquecer las habituales composiciones y formulaciones arquitectónicas, sugiriendo novedosos esquemas.

Durante los siglos del Barroco, para lograr tales efectos se recurre frecuentemente a las yeserías y a la pintura mural. Mediante su acertado empleo se logra la multiplicidad formal de los interiores, pues su presencia hace que los espacios simulen ensancharse en todas las direcciones haciendo que las estructuras resulten diluidas u ocultas, produciendo un sentimiento de sorpresa y maravilla. Se trata de un peculiar sentido de lo barroco, en el que interesa la proliferación de formas, la acumulación de ornamentos, lo menudo y lo complejo. Especialmente notorio es este fenómeno en los espacios religiosos, cuando las yeserías y las polícromas pinturas murales se integran en un extraordinario conjunto de elementos y formas, caso de las maderas talladas y doradas de los retablos y muebles litúrgicos, las cálidas texturas de los cortinajes y doseles y el fulgor de las piezas de plata, a los que se suma la música y el dulce perfume del incienso. Todo ello sirve para concitar la atención de los fieles y para provocar su asombro y anonadamiento a fin de acrecentar su devoción y de acercarlo por medio de lo sensible a los grandes misterios de la fe. Esa suma de elementos y efectos integrados en un concepto decorativo unitario, a veces logrado con el transcurso del tiempo, acerca estos recintos al concepto del “bel composto” berniniano. Aún más espectaculares son los recintos cuando se manipula la iluminación y se incorporan espejos y materiales que reflejan la luz o que son transformados por ella, pues dan a toda la ornamentación una cualidad dinámica. Tal artificio da lugar a creaciones escenográficas y de sentido dramático de evidente naturaleza barroca.

Sevilla. Iglesia del convento de San Buenaventura

Sevilla. Iglesia de Santa María la Blanca.

Sevilla. Iglesia de San Luis de los Franceses.