3 de septiembre 2016

En torno al patrimonio cultural en el valle de Roncal

Tipos y paisajes: tras las huellas de Sorolla en el valle de Roncal

D. Javier Azanza López
Cátedra de Patrimonio y Arte navarro

 

En los últimos días del mes de agosto de 1912, la prensa local y nacional se hacía eco de la presencia en Roncal del “eminente pintor valenciano Joaquín Sorolla” (El Eco de Navarra, 28 de agosto de 1912), quien, aprovechando sus vacaciones veraniegas en San Sebastián, se acercó al valle navarro con la intención de “trasladar al lienzo con su habitual maestría las bellezas de nuestro paisaje” (Diario de Navarra, 28 de agosto de 1912, p. 3).

El origen de la estancia en Navarra en 1912 del máximo exponente del luminismo (tema al que se han aproximado autores como Covadonga Pitarch, Fernando Hualde o Miguel Javier Guelbenzu) se encuentra en el encargo que le hiciera un año atrás el fundador de la Hispanic Society de Nueva York, Archer Milton Huntington, amigo personal del pintor valenciano, para decorar la biblioteca de la institución con catorce grandes paneles que mostraran las diferentes regiones de España y que sirvieran como presentación del país al público americano. Descartada la idea inicial del promotor de recrear los episodios más trascendentales de la historia de España, finalmente Sorolla abordó la Visión de España en Nueva York desde la perspectiva de las escenas populares, con especial protagonismo para los trajes.

Entre 1911 y 1919 (especialmente en 1912, año de su visita a Navarra), Sorolla viajó por toda España con el objetivo de encontrar temas para sus paneles, de marcado carácter costumbrista y en ocasiones etnográfico. Muy en consonancia con las ideas intelectuales del momento (Generación del 98, Institución Libre de Enseñanza), vuelve su mirada hacia el mundo rural o pintoresco, como él lo denominaba, rechazando las imágenes más actuales de la vida moderna que ya era propia de las grandes ciudades de nuestro país; en efecto, tal elección tiene lugar en un momento en el que esta vida tradicional comenzaba a desaparecer rápidamente, desplazada por la inevitable globalización que la industrialización fue imponiendo.

El resultado final fue un conjunto de catorce paneles de 3 metros de alto por 70 de largo pintados al óleo, con una interpretación muy personal de la variada realidad geográfica española; cuadros en los que aparecen representados hombres y mujeres de distintas provincias españolas, a través de los cuales el pintor trata de transmitir no sólo los rasgos físicos de cada región, sino también sus trajes típicos, sus trabajos, costumbres y folklore. A su conclusión en 1919, su traslado a Nueva York se retrasó por la enfermedad y muerte del pintor en 1923, de manera que la Sala Sorolla de la Hispanic Society no se inauguró hasta enero de 1926.

¿Por qué escoge Sorolla Roncal como uno de los lugares para plasmar su Visión de España? Indudablemente, su interés por los trajes fue un motivo de peso, dado que el traje de regidor o alcalde de Roncal es uno de los más antiguos del país. Y tampoco debemos descartar el consejo de su amigo y paisano Mariano Benlliure, quien en 1901 se había desplazado hasta la localidad navarra para instalar en su cementerio el mausoleo de Gayarre.

Acompañado de sus amigos el pintor Adolfo Marín, la pintora americana Jane “Juanita” Peterson y el fotógrafo Francisco de las Heras, el grupo se hospedó en la casa de Gregorio Garjón, primo de Gayarre (“un caballero muy atento y comida y cama son admirables”, dirá de él). Nada más instalarse, comienza a trabajar (la correspondencia con su esposa Clotilde aporta numerosa información de la actividad desplegada durante estos días), a la vez que conoce e incluso participa en alguna de las costumbres del lugar, como el juego de pelota a pala, o el baile de trajes regionales.

En el tiempo en el que permanece en Roncal, Sorolla realiza tres retratos, dos paisajes, y numerosos apuntes. Son los retratos Tipos del Roncal (colección particular), Tipos del Roncal (Museo Sorolla) y Tipo del Roncal (Museo Sorolla), en los que resulta posible reconocer a los modelos que posaron para el pintor (Benita Daspa, Raimunda Monzón, José Sanz, Eugenio Gárate). Junto a los retratos, el valenciano pinta Valle de Roncal (Museo Sorolla) y Pueblo de Roncal (Museo Sorolla), en los que con apuntes rápidos y ligeros capta los matices del paisaje y del pueblo roncalés; ambos le servirán además como telón de fondo sus cuadros de tipos.

Tipos de Roncal, 1912
(Colección particular)

Tipos de Roncal, 1912
(Museo Sorolla)

Tipo de Roncal, 1912
(Museo Sorolla)

 

Con todo este material, al que se suman los trajes típicos que adquirió durante su estancia, compondrá en Jaca en 1914 el cuadro Navarra. El Concejo de Roncal, con destino a la Hispanic Society. Muestra el momento en el que las autoridades de Roncal, acompañadas de la enseña del Valle, llegan a la ermita de la Virgen del Castillo (idealizada su arquitectura con un torreón, protagonista igualmente de algunos estudios), pudiendo tratarse, bien de una reunión de la Junta del Valle (son siete regidores, tantos como pueblos componen el Valle, aunque en bocetos previos aparece un mayor número de personajes), bien una romería a la Virgen del Castillo. Sea como fuere, no podemos pasar por alto que se trata del único cuadro de todo el conjunto con destino a la institución neoyorkina en el que Sorolla plasma a una autoridad, reflejo sin duda de la importancia que tenía el concejo roncalés. A la derecha de los mandatarios, sentadas o de pie, quedan seis mujeres ataviadas con diferentes indumentarias típicas.

Navarra. El Concejo de Roncal, 1914
(Hispanic Society. Nueva York)

 

“Después de haber pasado unos días en este valle, ayer marchó a Biarritz el ilustre pintor Joaquín Sorolla… ha pintado tipos del valle en Isaba y Roncal” (Diario de Navarra, 1 de septiembre de 1912, p. 2). No parece que volviera al valle navarro, si bien algunos autores defienden la posibilidad de una segunda visita dos años más tarde. Como testimonio de su estancia en Roncal, una tarjeta de visita: “Joaquín Sorolla y Bastida. Pº Martínez Campos, 13 y 15”, con un pliegue en su ángulo inferior izquierdo. ¿Testimonio quizás -según los códigos de la época- de su agradecimiento por el trato y hospitalidad recibidos durante los días que permaneció en Navarra? Los roncaleses que plasmó en sus cuadros tienen la respuesta.