Publicador de contenidos

2017-09-29-opinion-FYL-en-la-iglesia-y-en-la-plaza

Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Los trabajos y los días en el arte navarro (9). En la iglesia y en la plaza

vie, 29 sep 2017 16:39:00 +0000 Publicado en Diario de Navarra

La vida cotidiana en tiempos pasados ha tenido en la calle, la plaza y la iglesia unos referentes fundamentales. Rastreando en las manifestaciones artísticas navarras de diferentes épocas podemos localizar algunas representaciones que nos ayudan a recrear parte de la vida de nuestros antepasados en los ámbitos señalados.

 

Celebraciones en la iglesia

Los acontecimientos ligados a la vida religiosa tuvieron su eco particular en las artes figurativas. Partiendo de sus representaciones, podemos extraer información sobre cómo transcurrían aquellos sucesos. Contamos con distintas escenas como la celebración de misas y procesiones en el arte medieval y moderno. La pintura y la fotografía de fines del siglo XIX pusieron también su objetivo en procesiones y romerías, en un intento de plasmar costumbres y tradiciones.

Celebraciones de la misas encontramos en distintos pasajes de las vidas de los santos y en algunas miniaturas medievales. De estas últimas, destacaremos las que ilustran el Sacramentario de Fitero, obra de comienzos del siglo XIII y las Constituciones de la cofradía del Santísimo Sacramento de Tudela de mediados del siglo XIV. En cuanto a pinturas y relieves, lo más destacable son las misas ante las arma Christi y las de San Gregorio y San Martín que aparecen en numerosos retablos, así como un ejemplo de la de San Gil en el retablo de los Villaespesa de Tudela (Bonanat Zahortiga, 1412). Es este último ejemplo el más inusual por su iconografía, ya que por su contenido se censuró tras el Concilio de Trento, pues parecía contradecir la obligación de confesar personalmente los pecados. Como es sabido, en aquella escena fue un ángel el que transmitió al santo las faltas del rey que asistía a la celebración, mediante una cédula escrita.

También hay que mencionar la gran tabla de la familia de Nicolás Eguía en San Miguel de Estella, en la que figuran ante la misa  -bien la de San Gregorio o bien la celebrada ante las arma Christi- nada menos que 26 personas, un auténtico retrato colectivo realizado hacia 1520, en donde aparecen el matrimonio formado por Nicolás de Eguía y su mujer, Catalina de Jaso, tía de San Francisco Javier, acompañados de sus 13 hijos y 13 hijas, 26 en total, de los 30 que procrearon. El historiador de la ciudad don Baltasar de Lezáun y Andía juzgaba en sus Memorias históricas de Estella (1710), la pintura como “cosa singular y rara”.

Otros ejemplos de misas con numerosos fieles son la oficiada por San Veremundo, representada en su arqueta (1583) y en el retablo mayor de Villatuerta (1641, por Pedro Izquierdo y Juan Imberto III) y la de San Bernardo, que celebra el santo sacrificio mientras ve salir a las almas de purgatorio. Así se le representa en un delicado relieve de su retablo de Leire, obra de Juan de Berroeta (a. 1633), que copia un grabado de la Vita et miracula divi Bernardi Clarevalensis abatis, editada en Roma en el año 1587 a instancias de la Congregación Cisterciense de la Corona de Castilla.

El gran cuadro de la misa de San Juan de Mata o de la Fundación de la orden Trinitaria de Carreño (1666), que presidió la iglesia de los Trinitarios de Pamplona y que hoy está en el Louvre de París, presentaba toda la retórica barroca de la celebración eucarística en el momento de la consagración, en todos sus aspectos: color, gestos, instantánea, rompimiento de gloria … etc.

La Salida de misa es una hermosa pintura en el exterior del templo, realizada por Javier Ciga y fechada en 1914, en la que, como observa I. Urricelqui, el pintor muestra un gran interés por el tipo físico y por la indumentaria tradicional.

Respecto a otros sacramentos, apenas contamos con destacados ejemplos. Al tratar de la vida diaria en la casa, ya nos hicimos eco de la sobresaliente importancia del cuadro de Ciga del Viático en el Baztán (1917). Miguel Pérez Torres obtuvo, en 1922 , una tercera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes, con La Confesión del Capuchino, obra de carácter delicado e intimista.

 

Procesiones y desfiles en la calle

Las representaciones de procesiones son ciertamente escasas, sobre todo si pensamos en las descripciones tan abundantes y minuciosas de las mismas. Con la llegada de la fotografía todo cambiaría, ya que los objetivos se fijaron en ellas con cierta frecuencia. En un capitel corrido del claustro bajo del monasterio de Fitero, realizado en 1545, se narra la entrada solemne del abad en la villa de su jurisdicción, en lo que viene a ser una demostración del poder del abad, esculpido en piedra, como si se quisiese dejar testimonio en imágenes de algunos ruidosos pleitos que se litigaban en el Consejo Real en torno a la jurisdicción de la abadía. En el relieve encontramos un desfile con acólitos, cruz, mazas, ceroferarios, monjes cantores, salmistas y el abad con su báculo, al que siguen detrás el alcalde, regimiento y pueblo. Es, sin duda, una recreación de la toma de posesión del abad en aquellos siglos del Antiguo Régimen, ceremonia llena de simbolismo y perfectamente protocolizada, desde la llegada del prelado al pueblo en el humilladero, hasta su recogimiento en el palacio abacial.

Para la procesión de la Bajada del Ángel de Tudela contamos con un sencillo e ingenuo dibujo de Juan Antonio Fernández datado en 1787, que presenta el paso del desfile en la Plaza Vieja, delante de la capilla de Santa Ana y de la torre catedralicia, camino del ayuntamiento, de cuyos balcones ha descendido el ángel por una maroma para quitar el velo a la Virgen. El cortejo se abre con la cruz procesional que porta un diácono, la capilla de música con cantores e instrumentistas, el cabildo con hábitos corales, un niño vestido de ángel con la bandera de la cofradía del Santísimo, el paso procesional de la Virgen portada por clérigos con roquetes y mucetas y, finalmente, un turiferario, el palio con el Santísimo y el regimiento con traje de golilla.

De los paisajes urbanos y rurales formaron parte también santeros y sacristanes que recorrían el callejero acompañados de sus capillas petitorias con las que requerían limosnas para otros tantos santuarios. Se conservan algunas de ellas en San Gregorio Ostiense, Luquin, Codés y Labiano. Conocemos asimismo algunas pinturas y fotografías con aquellos singulares personajes. Un lienzo destacado es el del Cristero, obra de Miguel Pérez Torres (c. 1918-1919) que guarda el ayuntamiento de la capital de la Ribera. Este pintor tudelano, a lo largo de los años veinte, se alejó de la influencia de los grandes artistas españoles del siglo XVII y comenzó a expresarse con mayor espontaneidad, en escenas costumbristas y populares.

Otro cuadro de este tipo fue el que pintó Cristóbal González Quesada, restaurador del Museo del Prado al sacristán de Fitero, Cristóbal Aznar Latorre “El Poba”, con la cajeta de las ánimas, en 1947. El mismo personaje había sido objeto de una caricatura por parte de Fausto Palacios en 1922.

 

Ritos funerarios

Desfiles procesionales funerarios se narran en sepulcros medievales como el del monasterio de Fitero (c. 1300) o Carlos III en la catedral de Pamplona (1413-1419), pero el interés reside más en las figuras individuales de los monjes o los plorantes que en la descripción del evento en su conjunto. El acompañamiento de cantores, acólitos, turiferarios y ceroferarios se documenta muy bien en algunos.

En un caso realmente excepcional, el sepulcro del canciller Villaespesa de la catedral de Tudela, se da cabida a la familia del finado en unos espectaculares relieves policromados. Allí podemos recrear la vestimenta de las hijas y nietos del canciller, así como la liturgia funeraria de comienzos del siglo XV, que se plasma con todo tipo de detalles.

Del protocolo y ritos funerarios en la Edad Moderna, poseemos algunas imágenes que nos hablan de cómo gran parte de los mismos giraban en torno a los enormes catafalcos que se erigían sobre todo en la catedral de Pamplona y los consabidos lutos rastreros. Conocemos por descripciones, grabados y reconstrucciones algunos de ellos. El levantado para las exequias reales de Felipe II (1598) fue obra del ensamblador Domingo de Bidarte y del pintor Juan de Landa, habiendo intervenido en la elección del modelo el obispo Antonio Zapata, generoso mecenas  para varios proyectos catedralicios. El de mayor aparato levantado en Pamplona, por sumar a la arquitectura un buen conjunto de figuras alegóricas, fue sin duda el de Mariana de Austria (1696), diseñado por el ingeniero Hércules Torelli y conocido por haberse realizado por los excelentes grabadores de la corte madrileña Gregorio Forman y Juan Francisco Leonardo.

Durante el siglo XIX se siguieron levantando aquellos aparatos, obviamente con una estética academicista. Conocemos a través de un dibujo uno erigido en Corella en honor de Maria Amalia de Sajonia en 1829 y varios levantados en la catedral en distintas ocasiones a través de fotografías. Una de aquellas estructuras efímeras que poseían diferentes pisos, según fuese la categoría del funeral, se montó en la parroquia de San Cernin de Pamplona para los funerales de su párroco don Juan Albizu, en 1955.

En relación con los ritos funerarios es de obligada cita la pintura de Ciga que representa a tres mujeres y una niña, en 1915, cuando vienen de rogar por el difunto, perteneciente a una colección particular pamplonesa.

 

En el mercado y la plaza

Guarda el ayuntamiento de Pamplona el lienzo de Mercado en Elizondo, una pintura sobresaliente de Javier Ciga, datada en 1914, que se tituló como “Paysans Basques” y triunfó en el Salón de Primavera de París, considerado como el evento artístico internacional importante, por excelencia. Como observa Javier Zubiaur, ésta y otras obras de Ciga son testimonio del interés etnográfico del pintor que no inventa estas escenas, sino que las reconstruye a partir de algo vivido, dotándolo de un profundo valor étnico y aunando “con justeza, una técnica depurada, realismo extremo y sensibilidad psicológica ante el tipo racial”.

Del mismo artista son los lienzos de la Dulcera, de los años veinte y sobresaliente en captación y luces, así como las Jóvenes con manzanas (1915), que representan a tipos populares de ambientes cotidianos en aquellos momentos, mostrándose como fiel intérprete de una realidad cotidiana, a una con una gran captación y sensibilidad,  tal y como han señalado quienes han estudiado al pintor, C. Alegría Goñi y P. Fernández Oyaregui.

La Vendedora de verduras o la Moza de Elizondo de Miguel Pérez Torres son consecuencia del interés del citado artista por los tipos populares, después de haber estado algunos años más interesado en los grandes maestros del Museo del Prado. La primera de esas composiciones data de la década de los veinte. Tal y como observa I. Urricelqui, la figura femenina que da título al lienzo acaba por resultar una imagen accesoria, al quedar absorbida por la exposición de productos de la huerta tudelana, dispuestos a modo de los grandes bodegones de la pintura flamenca seiscentista.

Otros artistas también se vieron llamados a plasmar escenas de realidad inmediata y cotidiana de sus calles y plazas. Sirva el ejemplo del sordomudo Florentino Andueza Alfaro (Tafalla, 1899 - Madrid, 1988), que estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en el curso 1923-1924 pensionado por la Diputación de Navarra, permaneciendo matriculado hasta 1926. Entre sus obras con contenido navarro, destacan varios dibujos y acuarelas relativas a distintos ambientes callejeros de Fitero, en donde vivían sus abuelos. Oficios, frontón, callejuelas, viejos y viejas al sol, cotillas, tipos populares y cuanto formaba parte de la realidad cotidiana e inmediata fueron objeto de sus rápidos y enérgicos apuntes y dibujos.

La llegada de la fotografía nos ha dejado testimonios de la celebración de mercados, especialmente del multisecular de Estella, captado para la postal de Hauser y Menet (1903) con la misma disposición y toldos de hace sesenta años.  Otros fotógrafos anónimos también han recogido su celebración, destacando entre las instantáneas de autor la de Nicolás Ardanaz (1960), en los soportales de la plaza, en donde aparecen una anciana y otras mujeres vendiendo aves de corral. La fototeca municipal de Pamplona guarda asimismo excelentes fotografías de personajes tan entrañables en las calles y plazas como los barquilleros de la familia de Ramona Saiz, que con el devenir del siglo XX fueron cambiando el escudo de la barquillera, pero siempre con una inscripción que celebraba el amor y placer de sus parroquianos.