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Un 'nóstos' épico sin salir del cine

24/08/2026

Publicado en

Diario de Navarra

Javier Andreu Pintado |

Catedrático de Historia Antigua y director del Diploma de Arqueología

En las primeras semanas de la asignatura "Mundo clásico" que imparto en la Universidad de Navarra dedico algunas sesiones a la dimensión histórica de la "cuestión homérica". A interrogarme, e interpelar a mis estudiantes, en torno a si, como planteó el historiador Moses Finley, la Ilíada y la Odisea pueden tomarse como una "recreación poética” del pasado. En esas clases, hablo de las luchas intestinas de las aristocracias palaciales, del desabastecimiento energético del final de la Edad del Bronce o de la primera gran crisis de migrantes atestiguada en la historia, la de los llamados pueblos del mar, de la que la guerra de Troya pudo ser parte. Sin separarme de Homero explico que para los griegos la desmesura humana, la hybris, jamás los dioses la dejaban sin castigo y les cuento por qué los regresos erráticos de aqueos combatientes en Troya, como Odiseo, o de troyanos, como Eneas, se convirtieron en los textos de cultura que formaron a generaciones de jóvenes griegos y romanos. Año tras año, esas sesiones resultan siempre vibrantes y sugerentes y en ellas los jóvenes universitarios conectan con las bases de nuestra civilización occidental, con las primeras ocasiones en que la intelectualidad se interrogó por los grandes problemas del mundo y del hombre.

Hace pocos días acudí al cine para ver La Odisea de Cristopher Nolan. Aunque me atraía su reparto de lujo, mis expectativas eran bastante bajas. Han sido muchos los críticos -escritores unos, helenistas otros, expertos en relato cinematográfico muchos de ellos- que la han desaconsejado. A mí me bastaron los primeros diez minutos para darme cuenta de que gran parte del contenido de mis clases -comenzando por la difusión de la cultura, y de la historia, a través de la oralidad rapsódica- está condensado en la película. Se podrá discutir el tratamiento que el director británico da a alguno de los pasajes de este nóstos, de ese regreso a casa mítico, que, inspirándose con acierto en la iconografía griega él lleva a escena como, también, el carácter atormentado del héroe aqueo, aunque, hasta eso, parece aprovechable. Pero lo que es innegable es que, como algún crítico benévolo ha destacado, con un lenguaje épico digno de la mejor épica de la historia, la película te sumerge en el ambiente heroico de esos años en que, entre la guerra de Troya y los primeros juegos olímpicos, el mundo preservó su historia, su cultura, sus valores y sus creencias, a través, sólo, de la palabra que, más tarde, eso sí, se pondría por escrito llegando hasta nosotros.

La velocidad a la que transcurren los acontecimientos, la posverdad informativa de las redes sociales, el desarrollo tecnológico o la irrupción de la inteligencia artificial que parece cercenar cualquier posibilidad de espíritu crítico, nos recuerdan la aparente autosuficiencia del presente. En medio de ella, es una muy feliz noticia que una adaptación -todo lo actual y woke que se quiera- de uno de los mayores poemas épicos de la literatura universal sea el éxito cinematográfico del año y empuje a los jóvenes a, utilizando esas herramientas generativas, tras ver la película, descubrir a Homero y, con él, sin darse cuenta, quedar atrapados por ese “poder evocador de los clásicos” grecorromanos del que ya habló hace años el filólogo Werner Jaeger. Sólo por eso, La Odisea de Nolan es un buen aliado para quienes amamos la Antigüedad y hemos consagrado nuestra vida a hacer que otros, a través nuestro, se apasionen por ella.