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El regreso de Martin Guerre, de Natalie Zemon Davis: Narrativa histórica y reivindicación social

20/08/2026

Publicado en

Expansión

Jaume Aurell |

Catedrático de Historia Medieval

El historiador del cine Robert A. Rosenstone explica la paradoja de las grandes películas históricas: cuanto más históricas son, menos atractivas resultan. Dado que la película se basa en la dramatización de la realidad, tiende a simplificar para ser coherente con el género cinematográfico. Pensemos en las que son, para mí, las mejores películas históricas que se han filmado jamás: Barry Lyndon (1975) de Stanley Kubrick, Reds (1981) de Warren Beatty y El regreso de Martin Guerre (1982), de Daniel Vigne, basada precisamente en el libro histórico de Natalie Z. Davis que hoy comentamos. Las tres recrearon con precisión sus respectivos contextos históricos. Funcionan bien porque cuentan con grandes directores, actores célebres (Ryan O’Neal, Diane Keaton y Gérard Depardieu respectivamente) y, lo que es más importante, cuentan con notables obras históricas como base de su guion. 

La más histórica de estas tres películas es The Return of Martin Guerre y, hay que reconocerlo, quizá la menos conocida de las tres. Es significativo que requiriera un remake más ficcionalizado —Sommersby, 1993, protagonizada por Richard Gere y Jodie Foster—, que sí consiguió una gran audiencia. Para ello, tuvo que cambiar el escenario original de un pueblo en los Pirineos del País Vasco francés, en medio de la nada, al contexto heroico y popular de la Guerra Civil estadounidense. Pero el encanto de la película original permanece. Natalie Z. Davis se la jugó, y aceptó actuar como consultora para la película, ya que había sido ella quien había trabajado en la documentación original que la inspiró. Pero, debido a diferencias creativas entre ella y los productores, se sintió obligada a escribir posteriormente el libro para ofrecer un relato más completo y mejor documentado de la historia. Esto dio lugar a uno de los libros más merecidamente laureados de la historiografía contemporánea: El regreso de Martin Guerre (1982).  

El libro narra una historia aparentemente inverosímil, pero certificada por una documentación judicial muy fiable, resultante de un juicio por adulterio, lo que en la sociedad francesa del siglo XVI implicaba pena de muerte. La campesina Bertrande de Rols, estaba casada con Martin Guerre, con quien llevaba una vida tranquila en el pueblo occitano de Arigat, hasta que, por alguna oscura razón, Martin decidió marcharse a España como soldado. Pasaban los años y Martin no regresaba. Cuando toda esperanza parecía perdida, apareció en el pueblo un hombre con un parecido asombroso con el auténtico Martin Guerre, a quien Bertrande recibió inmediatamente como su marido, quizás intentando liberarse así del estigma de su viudedad. Al cabo de un tiempo, algunos vecinos comenzaron a sospechar que, a pesar de su increíble parecido, aquel hombre no era el verdadero Martín Guerre. Si esta suposición resultaba cierta, el nuevo Martín sería ejecutado como impostor y Bertrande, quemada en la hoguera por adulterio. Bertrande fue denunciada ante la Inquisición y, como consecuencia, se inició un proceso judicial que generó la documentación que Davis utilizó para construir su historia. El desenlace de la historia es aún más impresionante, pero no lo cuento para no hacer spoiler, tanto de la película como del libro.

Davis decidió centrar su entorno al dilema psicológico y moral de la humilde campesina, cuya vida, felicidad y reputación penden de un hilo durante el juicio. Quizás lo más atractivo para los lectores es el uso que hace Davis de las cuestiones morales que plantea la nueva unión para proyectar algunos de los postulados del feminismo del siglo XX sobre la protagonista del libro, una mujer de pueblo del siglo XVI. En algún momento de su narración, imagina – sin perder nunca el rigor histórico – los sentimientos de Bertrande al enfrentarse a las dificultades derivadas de la desaparición de su marido, Martin Guerre, en un pequeño pueblo de la Francia del siglo XVI:

Cuando sus familiares la instaron a separarse de Martin, ella se negó rotundamente. Aquí llegamos a ciertos rasgos de carácter de Bertrande de Rols, que ya mostraba a los dieciséis años: una preocupación por su reputación como mujer, una independencia obstinada y un realismo astuto sobre cómo podía maniobrar dentro de las limitaciones impuestas a alguien de su sexo. Su negativa a disolver su matrimonio, que bien podría haber ido seguida de otro matrimonio a instancias de sus padres, la liberó temporalmente de ciertos deberes conyugales. Le dio la oportunidad de disfrutar de una infancia junto a las hermanas menores de Martin, con quienes se llevaba bien. Y pudo ganarse el reconocimiento por su virtud.

El retrato que Davis hace de Bertrande cuestiona la supuesta sumisión de las mujeres en las sociedades medievales y de la Edad Moderna, tal y como suele describirla la creencia popular. Aparte de las interesantes digresiones de Davis sobre la psicología de Bertrande, lo que más me llamó la atención cuando leí el libro por primera vez fue que me encontré pensando en dos niveles cronológicos simultáneamente. El primer nivel, y el más obvio, consistía en intentar imaginar la vida de una mujer campesina en una sociedad tan tradicional como la Francia del siglo XVI. El segundo, aunque implícito, era la proyección del feminismo del siglo XX en los pensamientos de Bertrande. Davis estableció conexiones relevantes entre el pensamiento de Bertrande y las preocupaciones de las mujeres del siglo XX. Es un prototipo de historiadora crítica —más que arqueológica o monumental, siguiendo las categorías de Nietzsche— en su operación dialógica entre una mujer rural del siglo XVI (el pasado) y las teorías en torno a las mujeres liberadas de finales del siglo XX (el presente).  

Davis se inclinó siempre por el análisis histórico de los temas con los que estaba personalmente comprometida – algo que yo siempre aconsejo a mis estudiantes – como la historia de las mujeres, el problema de la esclavitud y la herejía, y las condiciones sociales y económicas del campesinado. Su profundo compromiso moral y político aportó mayor vitalidad a su rigor académico. Fue, junto con Jill K. Conway y Gerda Lerner – otras dos maravillosas historiadoras de las que espero poder hablar también en esta sección en un futuro – una de las pioneras de los cursos de historia de las mujeres en Norteamérica y una promotora de una historia de género que preservaba la historicidad de los contextos que analizaba.