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Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Patrimonio e identidad (29). San Benito en el patrimonio navarro

vie, 20 mar 2020 18:00:00 +0000 Publicado en Diario de Navarra

San Benito (480-547), patriarca del monacato y autor de la regla monástica más importante de Occidente, es el fundador de la orden benedictina, tan ligada a la Europa cristiana desde la Edad Media. Su persona y obra son conocidas básicamente por los Diálogos de san Gregorio Magno, que lo presentan como modelo de ascesis continuada hacia la perfección, al vencer las pasiones y tentaciones de vanagloria, lujuria e ira. Su lema de ora et labora se complementa con la caridad y la humildad, tan presentes en su regla. Ésta última sería retomada en el siglo IX por Benito de Aniano, codificándola y posibilitando su gran expansión. Más tarde, en plena Edad Media, adquirió una enorme importancia, gracias a Cluny y a la centralización de los monasterios, habiendo sido fundamental en la difusión de la reforma gregoriana. Su fiesta, tradicionalmente, se ha celebrado el 21 de marzo, con la llegada de la primavera, aunque tras la reforma litúrgica, pasó al 11 de julio. Pablo VI afirmó que sus hijos habían llevado “con la cruz, el libro y el arado, la civilización cristiana”, al declararlo patrono de Europa, en 1964.
 

Los lugares de culto

Los principales lugares de culto en Navarra fueron los monasterios benedictinos, Leire, Irache, Lumbier, Estella y Corella y el priorato de Azuelo, dependiente de Nájera. En menor grado, pero con singular importancia, también los monasterios cistercienses de Fitero, La Oliva, Iranzu, Marcilla y Tulebras contaron con retablos e imágenes del santo, cuya regla profesaban. Desde aquellas casas su culto se extendió a otras poblaciones. No contó más que con una parroquia bajo su advocación, la de Miranda de Arga, así como las ermitas de Bacaicoa y Larraona y las Ventas de Zumbelz en Lezáun. Representaciones del santo se encuentran también en Sorlada, Villatuerta, Cintruénigo, Lerín, Tudela, Enériz e Iturmendi, entre otras localidades.

En cuanto a retablos de su advocación conservados, mencionaremos el de las Benedictinas de Estella, trasladado a Leire y obra de Juan III Imberto (1649), el colateral de Fitero, auspiciado por el que fuera prior del monasterio fray Bernardo Pelegrín, entre 1613 y 1614, y el de su capilla en la catedral de Pamplona, realizado entre 1633 y 1634. El retablo mayor de Miranda de Arga, obra de José de San Juan (1696), también es de su advocación, ya que el santo fue titular de la parroquia hasta 1893.

Mención especial merece su capilla en la catedral de Pamplona, erigida por el que fuera obispo de la capital navarra y monje benedictino fray Prudencio de Sandoval, entre 1632 y 1634, dentro de los cánones del Bajo Renacimiento. La traza, según la disposición testamentaria del prelado de 1618 fue realizada por Francisco Fratín, ingeniero y veedor de obras del obispado y maese Martín de Urquía. En 1632 el albañil Francisco Oxaraste trabajaba en la citada obra. La reja, hoy retirada, fue realizada por Juan de Lazcano. La capilla es de pequeñas dimensiones y de traza muy irregular debido a la situación que ocupa en la cabecera del templo. Sus muros se decoran por dos grandes arcosolios a ambos lados de el altar y motivos geométricos en yeso de tradición manierista en las paredes.  Su retablo fue realizado entre 1633 y 1634 por el escultor Pedro de Zabala y el pintor Lucas Pinedo. Años más tarde, en 1651, se trajo desde Madrid el lienzo de san Benito que lo preside y que ha sido atribuido al famoso pintor fray Juan Ricci, monje benedictino, si bien no compartimos esa valoración.
 

Destacados ejemplos desde el siglo XVI

El prototipo iconográfico de la figura de san Benito es muy sencillo. Viste la gran cogulla negra de monje benedictino, suele portar el báculo -emblema abacial por excelencia-, y demás insignias de su dignidad: mitra y pectoral. Suele aparecer con barba y también imberbe con el rostro enjuto y mirada alegre, de acuerdo con una costumbre generalizada en la Congregación de San Benito de Valladolid. Como atributos, suele portar el libro de la regla y, más excepcionalmente, la copa que recuerda la bebida con la que quisieron envenenarle y, el cuervo con el pan emponzoñado en el pico.

Contra lo que podríamos esperar, las representaciones medievales del santo brillan por su ausencia. En el retablo mayor de Orísoain, en el que trabajó Miguel de Gárriz antes de 1565, una de sus tablas representa al santo benedictino. Los retablos mayores de La Oliva (1587) y Fitero (1590), obras de Rolan Mois, dieron cabida en sus programas iconográficos a la figura del santo en tablas delicadas, en el primer caso arrodillado y en el segundo erguido, en ambos casos con báculo y en Fitero con el libro de la regla monástica abierto, en el que se leen las palabras del inicio de la Regla: “Ausculta, o fili, praecepta magistri” (Escucha, oh hijo, los preceptos del maestro).

Al retablo mayor de Azuelo pertenece una exquisita talla romanista de fines del siglo XVI. De la misma estética es la procedente del retablo mayor de Irache, conservada en la catedral de Pamplona, obra de Juan III Imberto (1613-1621).

El titular de su retablo en Fitero es una imagen de 1591 que el abad fray Marcos de Villalva adquirió junto a la de san Bernardo a los monjes de Montesión por la respetable suma de 500 ducados.

La escultura más delicada del santo conservada en Navarra es, sin duda, la que preside el retablo de las Benedictinas de Estella, actualmente en Leire, que se venía atribuyendo al autor de aquella pieza, Juan Imberto III, pero que pudimos documentar como pieza realizada en Zaragoza en 1820, a costa de doña Josefa Galbán y Alonso, natural de Peralta. Su ejecución corrió a cargo del mejor escultor del momento en la capital aragonesa, Tomás Llovet, cobrando por su labor 136 duros. Este maestro (Alcañiz, 1770 -Zaragoza, 1848) llegó a ser director de escultura de la Real Academia de Nobles Artes de San Luis de Zaragoza. La talla aún es deudora del estilo académico impuesto por los Ramírez en la segunda mitad del siglo XVIII.

El monasterio de Leire conserva en su sacristía una pintura peculiar de mediados del siglo XVII y ejecución discreta que representa al santo con el demonio encadenado y sujeto por él. En el monasterio de Fitero se encuentra un delicado lienzo seiscentista y figura también en sendos frescos de las pechinas de las cúpulas de la capilla de la Virgen de la Barda y de la hospedería, actual ayuntamiento, obras de 1736 y 1780, esta última de Diego Díaz del Valle y muy perdida. A este último pintor pertenece un sencillo lienzo de Tulebras de fines del siglo XVIII.
 

Un par de sobresalientes pinturas de José Ximénez Donoso

A los monasterios de Corella y Lumbier pertenecen sendos lienzos del afamado pintor José Ximénez Donoso (1632-1690), que había perfeccionado su arte en Roma, en donde practicó la pintura de arquitectura y perspectiva, colaborando en la segunda mitad del siglo XVII en Madrid con Carreño y Claudio Coello.

Para las Benedictinas de Corella pintó los lienzos de los colaterales, en 1668, que se albergan en sendos retablos dieciochescos. Están dedicados la Virgen del Socorro y a san Benito y santa Escolástica. Este último presenta a los dos hermanos en actitud teatral, arrodillados, ante un rico celaje, ante un fondo de arquitecturas clásicas y bajo un colorístico cortinaje carmesí. En la parte inferior encontramos todos los símbolos del abandono del mundo: mitra, tiara, libro, coronas y capelo cardenalicio. Sin duda que la escena quiere recrear el encuentro entre ambos tres días antes de la muerte de santa Escolástica, en un día “en que el cielo estaba tan claro que no se veía ninguna nube”, antes de que se desatase una gran tempestad que obligó al santo a no regresar a su monasterio, cediendo a la voluntad de su hermana que falleció a los tres días, algo que supo san Benito al contemplar el alma de santa Escolástica, separada de su cuerpo en forma de paloma, ascendiendo al cielo.

El lienzo de Lumbier dedicado a san Benito está firmado en la parte inferior: DONOSO FA 87. En él figura el santo semiarrodillado con los brazos abiertos contemplando “el mundo recogido en un solo rayo de sol” con la Santísima Trinidad dentro del globo, mientras que a la derecha tres ángeles sostienen el báculo, la mitra y el libro de la Regla donde se lee “HEC EST / VIA / QVE DV / CIT AD / VITAM”. No falta un globo terráqueo a sus pies, como símbolo del abandono del mundo. También se da cabida en la composición al consabido cuervo con el panecillo que alude al intento de envenenamiento.
 

Un único ciclo en Fitero con escenas basadas en grabados romanos

Su retablo en el monasterio de Fitero (1614-1615) cuenta con una pequeña serie de cuatro pinturas mediocres, pero interesantes por ser el único ciclo benedictino conservado en la Comunidad Foral. Las fuentes gráficas de todas ellas se encuentran en la vida ilustrada del santo que vio la luz en Roma, en 1579, bajo el título de Vita et miracula Sanctissimi Patris Benedicti, con grabados de Aliprando Capriolo Trentino, con modelos del pintor romano Bernardino Passeri. La empresa editorial se llevó a cabo gracias al procurador general en Roma de la Congregación de San Benito de Valladolid, fray Juan de Guzmán y se volvió a editar en 1584, 1594 y 1597.

Aquellas estampas sirvieron para la realización de los respaldos de las sillas corales en diversos monasterios benedictinos. De hecho, al menos tres de las que inspiraron las tablas de Fitero figuran en las sillerías de los monasterios de Veruela, San Martín Pinario, Celanova y San Benito de Valladolid.

La primera escena narra la presentación de Mauro y Plácido por sus padres Evicio y Tértulo a san Benito para que se educasen bajo su jurisdicción, dada la fama de virtuoso que crecía de día en día. La segunda y la tercera se refieren a la relación de san Benito con el rey bárbaro Totila. En la segunda el citado monarca quiso poner a prueba las dotes adivinatorias del santo y tras anunciarle su llegada, ordenó vestir con los atributos reales a su criado Rigo. San Benito al verlo, le ordenó despojarse de aquellos distintivos, ante lo que el burlador resultó burlado. La tercera, es continuación de la anterior y narra el encuentro entre el abad y el rey, que se postró pidiendo perdón por sus malas artes, advirtiéndole el santo sobre su futuro, ante lo cual le pidió perdón y se retiró.

La cuarta y última da cuenta del encuentro entre san Benito y san Sabino, según narra san Gregorio en sus Diálogos, en este texto: “El obispo de la Iglesia de Canosa solía visitar al servidor del Señor, y el hombre de Dios sentía hacia él un afecto especial debido a su vida virtuosa. Durante una conversación acerca de la entrada del rey Totila en Roma y de la devastación de la ciudad, el obispo dijo: “Este rey va a destruir la ciudad de manera tal, que en adelante no podrá ya ser habitada”. A lo que el hombre de Dios respondió: “Roma no será exterminada por los bárbaros, sino que se consumirá en sí misma devastada por tempestades, huracanes, ciclones y terremotos”. En la pintura destaca la ruda vista de Roma, realizada como un cuadro dentro del cuadro.
 

En las artes suntuarias

Pieza excepcional con imagen del santo es el capillo de la capa pluvial del terno de las Benedictinas de Estella, realizado por el bordador zaragozano José Gualba, entre 1761 y 1762. El mismo origen aragonés tiene la hermosísima sacra argéntea del mismo monasterio presidida por san Benito. Se trata de una obra realizada por el prestigiosísimo platero zaragozano Antonio Lastrada en 1744.

El culto a San Benito se difundió a través de medallas, escapularios y pequeños grabados calcográficos como el que se estampó con una plancha encargada por las Benedictinas de Corella a José Gabriel Lafuente (1772-1834) que figura como ilustración en la edición de la Regla de San Benito, publicada en Pamplona en 1797. De sencilla composición, muestra al santo con un Crucifijo, un cuervo como atributo y un escudo con la cruz de san Benito de origen medieval y que lleva las siguientes inscripciones en cada uno de los cuatro lados de la cruz: C. S. P. B. Crux Sancti Patris Benedicti. Cruz del Santo Padre Benito. En el palo vertical de la cruz: C. S. S. M. L. Crux Sácra Sit Mihi Lux. Que la Santa Cruz sea mi luz. En el palo horizontal de la cruz: N. D. S. M. D. Non Dráco Sit Mihi Dux. Que el demonio no sea mi jefe. Empezando por la parte superior, en el sentido del reloj: V. R. S. Vade Retro Satana. Aléjate Satanás - N. S. M. V. Non Suade Mihi Vána. No me aconsejes cosas vanas - S. M. Q. L. Sunt Mala Quae Libas. Es malo lo que me ofreces - I. V. B. Ipse Venena Bibas. Bebe tú mismo tu veneno. Es muy probable que detrás del encargo de estas matrices por las monjas corellanas estuviese un famoso benedictino nacido en Corella, fray Benito Iriarte y Estañán (1725-1796) que ingresó en Sahagún en 1743 y llegó a ser definidor (1767-1769), abad de Sahagún (1773-1777), definidor general (1777-1781) y general de la Congregación de Valladolid (1785-1789) y tuvo tres hermanas en las Benedictinas de Corella, Ana María, María Teresa y María Josefa.