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Patrimonio e identidad (46). El corazón como emblema del amor en las artes

19/02/2021

Publicado en

Diario de Navarra

Ricardo Fernández Gracia |

Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

El corazón ha sido un símbolo secular y universal de la ternura, la afección, la pasión, el amor divino y el amor al prójimo y, a la vez, emblema de vida moral y emocional. Desde el siglo XVI, se le tuvo no sólo como sede, sino sobre todo agente de los afectos, por lo que en aquel siglo del Renacimiento se le adoptó, en términos generales, como símbolo del amor. En nuestra civilización occidental, amén de receptáculo anímino y lugar de ubicación de los sentimientos, también se le ha tenido como cuna de la intuición (corazonada), la sabiduría y el universo espiritual.

Es símbolo de la caridad y atributo de Venus, de la paciencia, la amistad y la rectitud. La personificación de la caridad, como una matrona amamantando a unos niños o protegiéndolos, se solía acompañar, en algunas ocasiones, de un corazón llameante que habla per se de la práctica de esa virtud teologal. Entre sus acepciones peyorativas, hay que hacer notar que figura con la alegoría de la envidia, como una mujer que se roe el corazón.

Corazones de reyes y otros notables

Durante la Edad Media, se extendió la creencia de que los cuerpos de los enterrados dentro de las iglesias se beneficiaban más de los oficios litúrgicos que se celebraban en ellas y, por tanto, alcanzaban antes el perdón divino. Es por ello por lo que las sepulturas más cercanas al altar tenían más valor que las que estaban más alejadas. Destacados personajes dejaron ordenado, por vía testamentaria, el envío de sus vísceras a los santuarios de su devoción, como muestra el corazón de Carlos II en Ujué. Como es sabido, el monarca, siguiendo la tradición de los Capetos, ordenó que su cuerpo fuese eviscerado y que sus entrañas se depositasen en diferentes santuarios. Su corazón llegó al santuario en enero de 1387. En 1404, Carlos III mandó hacer una caja de madera de roble para conservar la víscera.

El subprior de Roncesvalles anotaba, a comienzos del siglo XVII: “advierto aquí una antigüedad: que los reyes de Francia y Navarra y otros muchos príncipes guardaban una costumbre y era que, en acabando de morir embalsamaban los cuerpos, mayormente cuando se había de llevar lejos a enterrar y hacían repartición del corazón y entrañas, llevándolas a las iglesias que el difunto tuvo más devoción …, en las cuales se celebraban misas y otros sufragios por las ánimas el día que se trasladaban o depositaban”. Incluye, entre otros ejemplos, lo sucedido con la reina doña Juana, mujer de Carlos II, fallecida en 1374, enterrada en Saint Denis, cuyo corazón fue a la seo pamplonesa y sus entrañas a Roncesvalles

En pleno siglo XVII el obispo Palafox, ordenó que, tras su muerte, se abriese su pecho y en su corazón se clavase una lámina argéntea con los nombres de Jesús, José y María por un lado y san Pedro, san Juan Evangelista y san Juan Bautista por el otro. La pieza, diseñada por el obispo, fue realizada por el platero José Martínez en 1659 y apareció en la exhumación de su cuerpo en 2011.

En el Siglo de las Luces, el obispo de origen baztanés Juan Castorena y Ursúa (†1733) dispuso en su testamento, en Nueva España, enviar partes de su cuerpo al convento de la Concepción de Ágreda en la siguiente cláusula: “Iten ordeno que mi última y deliberada voluntad que, abierto mi cuerpo, el corazón, lengua y cerebro superior o los sesos, por ser las oficinas y organización en que el alma unida al cuerpo ejercita sus pensamientos, palabras y obras”.

El corazón de Jesús

La devoción al Corazón de Jesús y su difusión en la España del siglo XVIII, promovida por la Compañía de Jesús, resulta un hecho incontestable. Las primeras representaciones del tema, de amplia elaboración intelectual, fueron estampas sueltas o ilustraciones que acompañaban a libros de célebres jesuitas, que estuvieron en la órbita de la gran responsable del culto, santa Margarita María de Alacoque. A partir de los ejemplos grabados, se plasmaron en pintura y escultura numerosas representaciones de la sagrada víscera, hasta la expulsión de los jesuitas en 1767, y la determinación de la Sagrada Congregación de Ritos de prohibir su exhibición para el culto en los altares. Fue entonces cuando quedó obsoleta una iconografía, que se había desarrollado ampliamente en España a lo largo del segundo tercio del siglo XVIII.

La difusión y culto se había extendido en Francia mediante la multiplicación de sus imágenes, la publicación de libros, la erección de templos y congregaciones. A España llegó al comenzar la década de los treinta del mencionado siglo XVIII, de la mano de un puñado de jesuitas, a cuya cabeza se sitúa al padre Bernardo de Hoyos junto a un grupo constituido por los padres Loyola, Cardaveraz, Calatayud, Peñalosa e Idiáquez, muy activos en Navarra, sobre todo en el desarrollo de las misiones.

Pese a la destrucción de gran parte de aquella iconografía, se han conservado ejemplos dieciochescos en Corella, Pamplona, Sesma, Tudela, Cintruénigo … etc. Siempre con el corazón con resplandores, que evocan a la divinidad y la luz, las llamas del amor; una cruz en señal de salvación; la corona de espinas del sufrimiento y la humillación y, por último, la llaga que recuerda el tesoro de la redención, que abre el corazón para poner a disposición del fiel sus dones: el mérito de la muerte de Cristo, el perdón de los pecados y las riquezas espirituales de la Iglesia. Los escasos ejemplares conservados conforman un conjunto interesante, si tenemos en cuenta que don Manuel de Roda y Arrieta, considerado como el gran promotor de la expulsión de los jesuitas de España, aconsejó eliminar todo aquello con el argumento de “borrar la memoria de esta gente y de sus supersticiones”.

Atributo de santos

Algunos santos se acompañan del corazón llameante o surmontado por una cruz, como atributo particular de amor ardiente o de devoción a la pasión de Cristo o a su corazón. Entre ellos, citaremos a los santos Agustín, Antonio de Padua, Benito de Palermo, Cayetano, Felipe Neri, Francisco Javier, Francisco de Sales, Ignacio de Antioquía, Leandro, Pablo de la Cruz, Policarpo, Tomás apóstol, Brígida, Catalina de Siena, Clara de Montefalco, Gertrudis, Juana de Chantal, Magdalena de Pazzi, Margarita de Alacoque y Teresa de Jesús.

En el patrimonio navarro destacan algunos, como san Agustín, san Francisco Javier y santa Teresa. En menor medida santa Gertrudis, santa Clara de Montefalco y casi como excepción san Ignacio de Antioquía. De ordinario, el corazón, a fortiori si aparece inflamado, alude al arrebato místico.

San Agustín y la orden de los agustinos en sus diferentes ramas adoptaron el corazón llameante con flechas, aunque tardíamente, ya en pleno siglo XVII. Los biógrafos del santo relacionaron el símbolo con el famoso texto de sus Confesiones, que dice: “Traspasaste, Señor, mi corazón con los dardos de tu caridad …. Con las agudas flechas de tu amor me animabas y con el fuego abrasador de tu caridad me recalentabas el alma”. Los conventos de Recoletas de Pamplona, Agustinas de San Pedro de Pamplona y Comendadoras de Puente la Reina conservan esculturas y pinturas en donde el santo luce, junto a la maqueta de fundador y el águila, un gran corazón traspasado por las saetas.

En el caso de santa Teresa, el pasaje de su transverberación, que ella misma narra en el libro de su vida, dio lugar a pinturas y esculturas del tema, de las que se conservan en Navarra excelentes ejemplares. Más curiosas y raras son las representaciones de la agustina Clara de Montefalco (Comendadoras de Puente la Reina y Recoletas de Pamplona), mostrando su corazón con los emblemas de la pasión y una balanza con tres piedras redondas e iguales, distribuidas en los platillos de una balanza como símbolo trinitario). La figura del corazón de santa Gertrudis con el Niño Jesús dentro fue habitual en las casas de las benedictinas (Corella, Estella, Lumbier), mientras que san Ignacio de Antioquía exhibiendo su corazón lo encontramos en un colateral de Fitero, por haberlo encargado el pamplonés fray Ignacio de Ibero, su abad, en 1611, para rememorar su onomástica, en un momento en que el otro gran Ignacio, el de Loyola, no había subido aún a los altares.

La importancia de Navarra en la difusión al culto al sagrado Corazón, hizo que sus adalides (Margarita de Alacoque y san Francisco de Sales) figurasen en un grabado de la impresión pamplonesa de La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, del Padre Peñalosa, cuya editio princeps apareció en Pamplona en 1734.

Singularidades en el mundo del Carmelo Teresiano: Pamplona y Corella

La particular sensibilidad de las carmelitas descalzas y algunas de sus prácticas de espiritualidad y lecturas, hicieron que el corazón figurase en algunas de las pinturas que contemplaban a diario en sus conventos de Pamplona y Corella. En el primero se conserva un enorme lienzo, que atribuimos a Pedro de Rada (c. 1765) con la Virgen del Carmen con santa Teresa y san Juan de la Cruz que portan corazones, la primera transverberado con la flecha y el segundo con una cruz surmontada.

En el convento de la capital navarra podían ver el retrato pintado de su fundadora, la madre Catalina de Cristo, acompañado como atributo iconográfico de un corazón llameante, siguiendo un grabado de la misma, hecho en Roma en 1603 y sufragado por el músico Francisco de Soto. En otra pintura que representa el juicio de la madre Leonor de la Misericordia, junto a varios santos, encontramos a la mencionada Catalina de Cristo, con el corazón que la identifica.

Por último, en otro lienzo muy interesante se retrató a la madre Gregoria del Santísimo Sacramento (Garro y Javier), hacia 1670, con toda su comunidad, ante un patrocinio de la Virgen del Carmen con san José y santa Teresa, entregando el corazón ardiente, que cabe relacionar con los textos de Juan de Palafox y el “rosario del corazón”, que escribió el prelado quien había mantenido correspondencia con las religiosas.

Los inicios de la historia de las Carmelitas Descalzas de Araceli de Corella se vieron salpicados por la actuación de la inquisición contra su priora, sor Águeda de Luna, acusada de seguir las doctrinas de Miguel de Molinos. La religiosa murió en las cárceles de la inquisición de Logroño, en 1737, en el contexto de una España que gustaba de fenómenos extraordinarios y celestiales, aunque la noticia no se comunicó hasta 1744. Entre las pruebas de acusación, figuró un supuesto retrato de sor Águeda, realizado por orden de su confidente fray Juan de la Vega. Ante la posibilidad de que la pintura fuese un retrato de sor Águeda, la inquisición tomó parte en el asunto, ordenando borrar la pintura y destruir la copla. Por las noticias del historiador del Carmen Descalzo, Silverio de Santa Teresa, sabemos que la pintura se embadurnó de cal y pudiera ser uno de los frescos que, bastante retocados, se conservan en el coro bajo del convento de Araceli, cuyo contenido icónico coincide con la descripción de la pintura, de la que ya dimos cuenta al tratar de imágenes toleradas y prohibidas (DN, 7 de febrero de 2020).

Frente a esta pintura, la otra composición de Araceli representa a una carmelita y al Divino Infante sosteniendo una cadena con dos corazones unidos. Un estudio de ambas pinturas demuestra que se trata de unas adaptaciones para la vida carmelitana de unos emblemas de una obra muy divulgada en los siglos XVII y XVIII, la Schola cordis de Benedicto Haefteno.

En los mensajes del ceremonial fúnebre

El corazón herido por saeta se utilizaba en las exequias fúnebres como señal de dolor, pero también amor y eternidad. En las organizadas por el ayuntamiento de Pamplona por Felipe V, los emblemas pintados en aquella ocasión, se encargaron a Juan de Lacalle, en 1746. En uno de ellos se figuró un corazón, con sendas alas en la parte inferior que sostiene una mano, imagen conocida por haberse empleado en el siglo anterior, en los funerales de Felipe IV. El lema latino que reza “Spiritus Domini rapuit Philipum actor”, también había sido utilizado en las exequias de Felipe IV. Las dos alas con el corazón habían sido interpretadas en pleno siglo XVII. El corazón venía a significar, una vez más, el amor y las alas, además de su alusión a la elevación, ligereza y medio rápido, algunos escritores seiscentistas las consideraban como “las dos alas de la vida espiritual: la oración y la mortificación”.

Entre los emblemas de los funerales de Bárbara de Braganza, en 1758, pintados por Juan Antonio Logroño, bajo la supervisión de fray Miguel de Corella, encontramos uno con dos elefantes y sendos corazones sobre llamas de fuego, que reprodujimos en esta misma sección (DN, 18 de septiembre de 2020). El mensaje glosa el amor y fidelidad conyugal, que se profesó el matrimonio real, reflejado tanto en la pareja de elefantes como en los corazones.

Amuletos, joyas y relicarios

Si tenemos en cuenta algunos de los significados del corazón, no nos extrañará que su forma haya sido escogida para diseños de joyas, pequeños estuches, relicarios, pinjantes e incluso amuletos. Desde los más humildes, en barro cocido para conjurar las pestes, elaborados por las Agustinas Recoletas desde mediados del siglo XVII, a las piezas esmaltadas o de filigrana y plata para contener medallones, reliquias y pequeños grabados iluminados. Desde el siglo XVIII también se acuñaron medallas del Corazón de Jesús con aquella forma, algunas de gran delicadeza.