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Alfonso X y la primera historia de España: Las enseñanzas de un rey sabio

16/07/2026

Publicado en

Expansión

Jaume Aurell |

Catedrático de Historia Medieval

Alfonso X el Sabio es el autor de la primera historia de España escrita en lengua romance, en este caso el castellano. La crónica se inicia en los tiempos bíblicos de Moisés y se termina en la época más cercana al compilador, es este caso de su padre Fernando III. Al remitir a los tiempos más remotos, se conseguía legitimar los tiempos más recientes, y en este caso la existencia eterna de la idea de España.

La primera pregunta que nos hacemos es: ¿fue realmente Alfonso el autor de la Crónica? Los investigadores han llegado a la conclusión que el rey fomentó y dirigió sus trabajos, tal como había sucedido con la casi contemporánea crónica autobiografía de su suegro Jaime I de Aragón, conocida como Llibre dels Fets, escrita en catalán. Entonces, la pregunta clave es: ¿Hasta qué punto se involucró Alfonso en su redacción?

El mismo rey, en un bellísimo texto, nos explica en otra de sus obras, la General Estoria, cuál fue su función en esa obra: “El rey hace un libro, no porque él lo escriba con sus manos, sino porque compone sus razones [determina sus contenidos], las enmienda [las corrige], las yegua [las ordena], las endereza [las arregla], y muestra la manera de cómo se deban hacer, y así las escribe quien él manda. Pero decimos por esta razón que el rey hace el libro. Es lo mismo que cuando decimos, “el rey hace un palacio o alguna obra”, no lo decimos porque lo hizo él con sus manos, sino porque lo mandó hacer, y dio las cosas que eran menester para ello. Y quien esto cumple es quien hace la obra, y eso solemos decir de él.”

Asi, el rey actuaba como uno de los modernos editores, puesto que se encargaba de elegir los temas abordados, de coordinar los trabajos entre los diversos autores, de hacer un seguimiento cercano del proceso de redacción y de asegurar que todo se aviniera a sus objetivos. Impulsándolo desde su autoridad o comprometiéndose personalmente en su ejecución, Alfonso se puede considerar autor de ese gran proyecto cultural porque, como él mismo explica, se le puede asimilar a un diseñador de una obra arquitectónica. Solemos decir: “este museo es de Moneo”, cuando sabemos que su construcción la han realizado en realidad centenares de obreros, con el concurso de numerosos artesanos, algunos ingenieros, otros arquitectos y aparejadores.

El caso es que la genial idea de Alfonso de hacer una primera historia que abarcara todos los reinos de la Península Ibérica preludió la idea de una España unida, más allá de sus diversos territorios, y privilegió la centralidad de Castilla como el reino esencial de las Españas. Para esto, reunió varias historias bíblicas, clásicas y prerromanas, describiendo la llegada de diversos pueblos a la península —íberos, celtas, fenicios, griegos, cartagineses – y presentando la dominación romana como una etapa fundamental con la idea de Hispania. Después el establecimiento del reino visigodo, destacando a sus principales monarcas y los conflictos internos que debilitaron el reino. La invasión musulmana de 711 ocupa un lugar central en la narración, a la que sigue el surgimiento providencial de los reinos cristianos del norte. Se inicia así el proceso de Reconquista frente a los musulmanes. Los redactores de la crónica no usaron este concepto, de fuertes connotaciones ideológicas. Ellos pretendieron enfatizar la continuidad del proyecto cristiano romano-visigótico, pero el término fue introducido por la historiografía española del diecinueve. La crónica, a medida que se acerca a su tiempo presente, relata con detalle las hazañas de algunos reyes, nobles y héroes, entre ellos figuras legendarias como Rodrigo Díaz de Vivar, y privilegia la historia de los reinos de Castilla y León sobre los otros peninsulares.

Este esquema ha tenido una impresionante continuidad en la historiografía española durante los siglos, lo que nos debe hacer reflexionar del enorme influjo que tienen los historiadores en la constitución y consolidación de las conciencias colectivas, en este caso en España. Es triste comprobar una y otra vez el uso político que los gobernantes hacen de la historia – y que los propios historiadores en ocasiones tienden a reforzar – pero esto no es obice para reconocer la relevancia de la historia para la armonía de las sociedades.

No hay que pensar que la Estoria de España de Alfonso era un libro, como hoy lo reconocemos. Se trataba de diversos manuscritos que iban pasando de unas manos a otros y eran manipuladas según las necesidades de cada momento. Pero no cabe duda de que Alfonso hizo mucho por la unidad de la nación, que es un valor indudable, junto al necesario – y perfectamente compatible – reconocimiento de su diversidad.

En la actualidad, no estamos demasiado acostumbrados a que un rey, un presidente de República o un presidente de Gobierno sea capaz de componer poesías sublimes como las Cantigas de Nuestra Señora, promover una influyente escuela de traductores de textos griegos y árabes en Toledo, establecer códigos jurídicos duraderos como Las Siete Partidas,  suscitar estudios de astronomía como las Tablas Alfonsies, consolidar la lengua castellana frente hasta el entonces hegemónico latín, refrendar universidades como la de Salamanca y coordinar historias como la Estoria de España y la General Estoria, un ambicioso proyecto de historia universal. En su frenética labor de promoción cultural, Alfonso dirigió personalmente la recopilación de textos astronómicos, médicos, jurídicos, devocionales y científicos.

Debemos mucho a Alfonso X el Sabio, que honra la institución monárquica y marca un estándar muy alto que sus sucesores harían bien en preservar. Al resto de los ciudadanos, nos corresponde por lo menos que sus enseñanzas no caigan en el olvido, y tratar también de emularlo en la medida de nuestras posibilidades.