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Patrimonio e identidad (50). Algunas representaciones del sol en el arte navarro

16/04/2021

Publicado en

Diario de Navarra

Ricardo Fernández Gracia |

Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

La simbología del sol, siempre positiva, se filia con la luz que todo lo desvela, el poder, la sabiduría y la verdad, como antítesis de la falsedad y la artificiosidad. De hecho, en la alegoría de la verdad su personificación aparece desnuda, porque no necesita de artimaña y acompañada de un sol de profusos rayos. Su figura fue aprovechada como propaganda de esos conceptos por reyes y papas, singularmente Luis XIV, Cristina de Suecia y el papa Clemente VII, figurando, asimismo, en numerosas medallas conmemorativas de diferentes momentos. Los mismos nimbos de los santos adquieren forma de sol con sus rayos.

En las escenas de la Creación

El pasaje de la Creación, siguiendo el Libro del Génesis, cuenta con representaciones en el arte navarro desde la Edad Media. Invariablemente el sol, la luna y las estrellas tienen su protagonismo, por formar parte de la acción de Dios, en el cuarto día de la creación. El Génesis lo recoge así (1,14-19): “Entonces, Dios dijo: Que aparezcan luces en el cielo para separar el día de la noche; que sean señales para que marquen las estaciones, los días y los años. Que esas luces en el cielo brillen sobre la tierra»; y eso fue lo que sucedió. Dios hizo dos grandes luces: la más grande para que gobernara el día, y la más pequeña para que gobernara la noche. También hizo las estrellas. Dios puso esas luces en el cielo para iluminar la tierra, para que gobernaran el día y la noche, y para separar la luz de la oscuridad”.

La traducción del texto a imágenes la podemos contemplar en señeras obras. En uno de los capiteles de la puerta del Juicio de la catedral de Tudela, de las primeras décadas del siglo XIII, encontramos a Dios creando el firmamento, significado en el sol, la luna y las estrellas, enmarcadas en una especie de una aureola sinuosa. En una de las esquinas del claustro renacentista de Fitero, de mediados del siglo XVI, encontramos también el tema, del mismo modo que en uno de los cobres realizados por Jacob Bouttats (c. 1680), que se conservan en el Museo de Navarra, procedentes del convento de la Merced de Pamplona.

Junto al Crucificado y Dios Padre

El sol y la luna se suelen dar cita, en ocasiones con rasgos antropomórficos en crucifixiones y juicios finales y, más raramente, en torno al Nacimiento de Cristo. En los evangeliarios de Roncesvalles y de la catedral de Pamplona, con ricas tapas argénteas, el primero gótico y el segundo renacentista, a ambos lados de Cristo crucificado, encontramos las representaciones del sol y la luna, evocando el eclipse o tiniebla en el momento de la muerte del Salvador, que se narra en los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas. Por la misma razón encontramos a ambos astros en los cuadrones centrales de algunas cruces procesionales, al fondo de los Crucificados, como en la sobresaliente de Munárriz, obra de Pedro del Mercado (1557) o en la dieciochesca de Aincioa. En las pinturas que decoran el fondo de los Calvarios de los retablos mayores, suelen aparecer frecuentemente. Sirvan de ejemplo algunos, como los de Aranarache, Lerín, Etayo, Genevilla, Guembe, Guirguillano, Lazagurría, Lerate, Azcona, Sorlada, Pueyo, Leache, Zolina, Zulueta, Arre, Beriain, Maquirriain, Huarte-Araquil o Valtierra, así como los de las Clarisas de Estella y Benedictinas de la misma ciudad -hoy en Leire- y de la basílica del Santísimo Sacramento de Pamplona

Más excepcionalmente, aparecen en algunos retablos, como grandes relieves en el ático, a ambos lados del Calvario, como en el ático del mayor de Arizcun, obra realizada por Martín de Oyerena entre 1693 y 1699.

Con clara significación de poder, hay que leer la presencia del sol y la luna con caras humanas en los áticos de los retablos mayores de Grocin e Igúzquiza, obras del último tercio del siglo XVIII, en donde figuran en relieves, a ambos lados del Dios Padre, que preside el ático.

Christus in eucharistia est sol

El sol cual luz tuvo significado divino, desde fechas muy tempranas, hecho que recogen los evangelios: “Yo soy la luz del mundo" (San Juan, 8, 12). También lo incluyen los Padres de la Iglesia, como san Juan Crisóstomo quien, hablando de Cristo en la Eucaristía, lo llamó sol: "Christus in Eucharistia est Sol”. No nos sorprenderá que la parte superior, de los ostensorios, en los que se expone el Santísimo Sacramento, denominada sol, se simule un círculo con rayos rectos y flameados para representar los rayos del astro rey, rematados en ocasiones por pequeñas estrellas de varias puntas y enriquecidos con esmaltes, corales y piedras de colores, en aras a proporcionarles riqueza y colorido deslumbrante.

Desde el siglo XVI a nuestros días, se conservan en nuestros templos, ejemplares realizados por orfebres locales y otros importados de otros centros artísticos como Córdoba, Zaragoza o Madrid, así como otros enviados desde Nueva España, Guatemala o Perú.

Con el mismo contenido eucarístico encontramos al sol en relieves de expositores y tabernáculos, ornamentos religiosos y colgaduras destinadas a la fiesta del Corpus Christi y su octava, destacando la de talleres aragoneses del monasterio de Fitero, que data del tercer cuarto del siglo XVIII. Entre las puertas de sagrarios con el astro rey, con delicados rayos y facciones humanas en el rostro, destaca el de la capilla de San Román de Sangüesa, obra de Pedro Onofre de Coll (1722).

Electa ut sol

No menos presencia tiene el sol en la iconografía de la Inmaculada Concepción, concretamente en el modelo apocalíptico, en donde se le recrea como mujer vestida de sol, siguiendo el texto de San Juan. En una tabla del retablo renacentista de Tulebras, su imagen está dentro de la propia aureola solar, es obra de Jerónimo Cosida (1565-1570). Lo mismo ocurre en el relieve de la misma visión en Patmos del retablo mayor de Peralta, obra de Diego de Camporredondo (1772).

En las versiones barrocas del tema, los rayos solares de rico colorido sirven de fondo a su figura, creando un contraste vivo con el tono azul de su manto y los ángeles, que suelen portar los epítetos de las letanías. En algunas pinturas el sol, cual astro en forma circular, figura en las representaciones inmaculistas, como en las tablas de la Tota pulchra de Artajona y Olite o los lienzos de José de Fuentes de Cascante (1647) y Vicente Berdusán de Tudela (1663). No faltan algunas representaciones en donde el astro rey tiene rasgos humanos, como el de Juan Correa (1701) de las Dominicas de Tudela, o el frontal napolitano (c. 1670) y la capa del terno dieciochesco de las Agustinas Recoletas de Pamplona.

En los modelos escultóricos, el sol suele ser unas ráfagas doradas de rayos rectos y flameados, como las que lucen las tallas de Manuel Pereira en las Agustinas Recoletas de Pamplona, Arróniz, Ablitas o catedral de Pamplona y un sinnúmero de imágenes. En ocasiones, la ráfaga solar se hizo se hizo en plata, como la de la Purísima de Cintruénigo o la que luce la Virgen del Cólera de Olite, que data de 1729 y es obra del platero Antonio Ripando.

Con san Francisco Javier: Al sol hicisteis parar

Entre los grandes milagros atribuidos a san Francisco Javier, divulgados en pintura y en sus gozos, destaca el de la parada del sol. En uno de los lienzos de la serie pintada para el castillo de Javier por el pintor flamenco Godefrido de Maes, en 1692, se recreó aquel pasaje. Se trataba de emular a Josué, cuando éste hizo detener al rey de los astros en la batalla contra los amorreos.

Las biografías de Javier, conocido como “el sol de Oriente” por una popular comedia jesuítica, relatan cómo libró de sucumbir a los cristianos de Travancor, atacados por los Bagadas. La pintura presenta al santo apartado de la batalla, con el Crucifijo levantado y dirigido, lo mismo que su rostro, hacia el sol, suplicando e intentando pararlo con el gesto de la otra mano. La razón de todo ello habrá que buscarla en la comparación que algunos biógrafos y exégetas del siglo XVII hacen del santo, en aquel suceso, con el héroe bíblico Josué, al lograr éste detener el sol. El Padre Francisco García, en su biografía publicada en 1685, narra aquella amenaza para los de Travancor, el asalto de los Badagas y refiere cómo Javier: “Habiendo cumplido el oficio de Moisés”, que era el de rezar, “quiso hacer el de Josué y salió armado de celo y de confianza a oponerse al enemigo”.  El pasaje del sol detenido fue glosado en la numerosa hagiografía del santo y por poetas como Juan Antonio Escobar y Basurto Castellano.

Atributo de otros santos

El sol acompaña, por diversos motivos a las representaciones de otros santos, como Tomás de Aquino, Ignacio de Loyola, Vicente Ferrer, Nicolás de Tolentino o Francisco de Paula. En el primer caso, lo suele portar en su pecho colgando de una rica cadena, en señal de su iluminación a los hombres con su doctrina, verdad y sabiduría. El fundador de la Compañía lo suele enarbolar con una de sus manos, con la peculiaridad de que en su interior se encuentra el anagrama de Cristo: JHS (Iesus homo salvatoris), que se complementa con el libro de la regla, en el que figura el lema: AMDG (Ad maiorem Dei gloriam). El sol de San Ignacio solía ser de plata e incluso de filigrana del mismo metal, como el de la basílica del santo en Pamplona.

San Vicente Ferrer lleva el sol debido a la asociación de la Trinidad y la imagen del sol elaborada por el santo, lo que hace que, en ocasiones, presente tres soles. En el caso de san Francisco de Paula, encierra el lema de su orden de los mínimos: CHARITAS. San Nicolás de Tolentino lo luce, en ocasiones, en sustitución de una estrella que le guiaba por las noches cuando iba a la iglesia.

En la apoteosis de la cultura simbólica: exequias y reyes solares

La presencia del sol en los emblemas pintados para las exequias fúnebres de los reyes, por encargo del ayuntamiento de la capital navarra, durante el Antiguo Régimen, ha sido estudiada por los profesores J. L. Molins y J. J. Azanza. Su presencia fue abundantísima, por razones obvias de su significado como astro rey del curso regular próvido y benefactor. En ocasiones, se utiliza en el momento de la puesta, otras veces aparece con otro sol más pequeño, en alusión al príncipe heredero, en claro contexto dinástico y sucesorio, sin que falten guiños a la caridad del monarca. De cuantas exequias organizó el ayuntamiento de Pamplona, en el siglo XVIII, fue en las de Felipe V, en 1746, cuando más apareció el sol en los emblemas, pintados en aquella ocasión por Juan de Lacalle. En uno de ellos aparecía el sol ocultándose, copiando un ejemplo madrileño de los funerales de Felipe IV; en otro figuraba una calavera coronada con el sol, con inspiración similar y significado, es el del triunfo de la muerte del monarca sobre la muerte con su presencia en el cielo; en otro, encontramos un negro catafalco con la corona, escoltado a ambos lados por el sol eucarístico y la luna inmaculista; en otro, se figura el sol eclipsado; y en otro, encontramos al gran sol y otro más pequeño en un atardecer, mientras uno se oculta el otro sale, insistiendo en la sucesión monárquica. Todas aquellas composiciones llevaban su correspondiente lema en latín y su epigrama en castellano, con una breve explicación o glosa.

En las exequias de María Bárbara de Braganza, en 1758, pintó los emblemas Juan Antonio Logroño, bajo la supervisión de fray Miguel de Corella. En uno de ellos encontramos al sol ocultándose en el horizonte, para glosar su muerte según una costumbre extendida en el ceremonial fúnebre. En los funerales de Isabel de Farnesio (1766), el encargado de las pinturas fue Fermín Rico, que siguió el dictado de quien ideó el programa, que fue el mercedario Juan Gregorio González de Asarta. En uno de los emblemas, muy colorista, se presenta un rico jardín con árboles y flores, presidido por un radiante sol que inunda con sus rayos el conjunto. El texto que lo acompaña habla de la benevolencia de la reina, similar a la de la generosidad del sol que, con su calor, hacía crecer a los árboles y plantas.

Finalmente, las exequias de Carlos III (1789), contaron con emblemas realizados por Juan Francisco Santesteban, al dictado de lo programado por el presbítero Ambrosio de San Juan y del poeta y dramaturgo Vicente Rodríguez de Arellano. En uno de los emblemas se representó un modelo harto difundido, consistente en un águila que representa a Carlos III volando en dirección al sol.

Asimismo, el sol fue el gran protagonista en los retratos de la reedición de los Anales de Navarra, que fue destruida totalmente en 1757, aunque conocemos las ilustraciones. En todas ellas figuraba el sol con el retrato del monarca correspondiente, a excepción de aquellos que no fallecieron de muerte natural, en cuyo caso aparecen el cuchillo, la espada o algún objeto que identifique la violencia del óbito. Se trata de auténticos reyes solares. El profesor Víctor Mínguez analizó, en un magnífico trabajo, la presencia del astro solar y su significación emblemática junto a los monarcas. La serie de los reyes navarros constituye un testimonio de soberanos que reinan bajo el sol, símbolo en diferentes culturas de cualidades y virtudes positivas y beneficiosas, por lo que los gobernantes, lo utilizaron para su representación.