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Gerardo Castillo Ceballos, Profesor de la Facultad de Educación y Psicología de la Universidad de Navarra

No a la escuela multiusos: lo menos es más

sáb, 15 dic 2018 10:46:00 +0000 Publicado en El Norte de Castilla

Está de moda transferir a la escuela enseñanzas ajenas a su función y, además, de forma ocasional. Por ejemplo, cada vez que los medios de comunicación informan de jóvenes ingresados en el hospital a causa de un coma etílico, suele comentarse: “Eso les pasa por desconocimiento de los riesgos de las bebidas alcohólicas sin medida. Debiera enseñarse en las escuelas”.

Al parecer, no importa que las escuelas estén  sobrecargadas de actividades; no importa que muchos profesores padezcan el síndrome de desgaste profesional; hay que seguir sacando agua de ese pozo sin fondo que es la escuela. El recurso a la escuela denota que es vista como una institución multiusos de la que se puede disponer de forma arbitraria.

A las escuelas se les pide hoy que enseñen las normas de tráfico, que impartan cursos sobre primeros auxilios, que se ocupen de la educación sexual, que prevengan adicciones al alcohol y a la droga, etc. Todo eso es necesario, pero  ¿se debe enseñar en la escuela? 

Juan Amós Comenio, en su Didáctica Magna (1657) formuló la utopía de “enseñar todo a todos”. No era demasiado atrevida en un momento en el que todo el saber conocido se podía compendiar en una enciclopedia, aunque fue  criticada por no contar con dos variables importantes: la edad y el tipo de conocimiento a enseñar.

Muchas personas que no aceptan la utopía de Comenio por falta de realismo, incurren en la incoherencia  de pedir a la escuela que lo enseñe casi todo. Es el caso de  los padres de familia que delegan en la escuela tanto la instrucción como como la formación de sus hijos.

 Jon Bradley, profesor de la Facultad de Educación de la Universidad McGill de Montreal, considera que, como sociedad, estamos transfiriendo responsabilidades a las escuelas en muchas materias que no están relacionadas con su desempeño y experiencia. Suelen pertenecer a la familia. El intento de redirigirlas para que sean enseñadas en el colegio suele ser un fracaso.

En una viñeta de humor, de autor desconocido, se ven dos manifestaciones opuestas. Una es de padres con una pancarta que dice “queremos más horas de clase”. La otra es de niños, con otra pancarta  que reclama “queremos  más horas de padres en la casa”.

Aceptar la injustificada y excesiva delegación de tareas  restaría calidad a las enseñanzas de la escuela. En ella se cumple siempre el aforismo de que  “lo menos es más”: es mejor enseñar menos contenidos, pero de manera profunda y comprensiva, que muchos de manera superficial y memorística.

Dado el crecimiento exponencial de la información, hoy es más necesario que nunca aplicar el proverbio latino non multa sed multum, atribuido a Plinio el Joven (62-114). Es preferible aprender pocas cosas de importancia que muchas sin ella. Una verdadera cultura debe basarse más sobre la calidad y la profundidad que sobre la cantidad y la dispersa pluralidad de los contenidos.

El lugar donde se adquieren los aprendizajes que preparan para la vida no es solamente la escuela. Esa responsabilidad debe involucrar a toda la sociedad. Por eso hoy se  habla de la escuela sin muros, abierta a su entorno y en estrecha  interacción con él.

 Las familias, los municipios, empresas y medios de comunicación son lugares de aprendizaje que,  si convergen en propósitos comunes,  constituyen una sociedad educativa.  En ella los padres de familia, primeros y principales educadores, cuentan con aliados que comparten sus mismos valores y caminan en la misma dirección.

La diferencia entre la sociedad de antes y la de ahora se puede ver, por ejemplo, en la cuestión de los modales. Un ejemplo: antes era corriente que los niños y los adolescentes cedieran el asiento del autobús a una persona mayor o impedida, y que ayudaran a cruzar la calle a un ciego; en el caso de que alguien no lo hiciera así su comportamiento resultaba socialmente chocante. Hoy ya no le choca a casi nadie.

 La sociedad está dejando de desempeñar la antigua función de convergencia de propósitos educativos. Para recuperarla la clave está en  la familia: ¡familia, sé lo que eres!: un ámbito natural de  educación en el que se descubren y cultivan los valores que dan sentido a la vida humana. La mejora del tejido social sólo se producirá regenerando cada una de las células que lo integran, las familias.