Publicador de contenidos

Atrás 2019_11_15

Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Patrimonio e identidad (20). Medios de comunicación de antaño: los bandos

vie, 15 nov 2019 12:42:00 +0000 Publicado en Diario de Navarra

Un bando es una orden superior dada a conocer, a fin de cumplir con su dictado, con más o menos etiqueta, por los nuncios y pregoneros de ciudades y villas. En el Diccionario de Autoridades se le define como “edicto, ley o mandato solemnemente publicado de orden superior y la solemnidad y acto de publicarle se llama también así”. Se trata de uno de los medios de comunicación tradicionales arraigados en el devenir de nuestra cultura que, junto a las campanas, constituían los mecanismos de información en una sociedad tan ajena a la actual, en donde los medios de comunicación y aún menos las redes sociales no habían hecho su aparición.

Con frecuencia, eran los alcaldes los que estaban facultados para utilizar este medio de expresión y autoridad, si bien, en otras ocasiones, eran las propias corporaciones municipales las responsables de los mismos. Su estudio, como fuente documental, constituye un excelente medio para recomponer muchas parcelas del pasado, tanto de la vida ordinaria como de la extraordinaria, dado el gran número de temas que abarcan: abastecimientos, moral pública, fiestas, costumbres, caza, ferias, enseñanza, horarios, enfermedades, caminos, sanidad, limpieza y ornato, mendicidad, sequías, guerras, beneficencia, carnavales …etc. Además del interés histórico y antropológico, aportan numerosos datos acerca del habla local, puesto que utilizan palabras de un léxico rico, hoy perdido.

De ordinario, era el nuncio el que, provisto de su tambor, corneta o, más extraordinariamente, con clarín, el que procedía a vocear con fuerza, por los lugares acostumbrados el contenido escrito del bando. En Tudela se documenta a comienzos del siglo XVI un trompetero, encargado de los pregones de policía y buen gobierno, así como las órdenes y disposiciones del Reino. A comienzos del siglo XVII, seguía utilizándose la trompeta. En Olite se empleaba la caja para ocasiones especiales. En Cascante, lo usual era vocear los bandos, previo redoble de tambor o toque de cornetilla, lo que no quita que en alguna ocasión extraordinaria se hiciese con clarín, como en la visita del rey consorte, en 1863, junto a los alguaciles “vestidos de gala”.

Los encabezamientos eran distintos según fuesen emitidos por el alcalde o las corporaciones municipales. En este último caso, las ciudades ponían de manifiesto su condición y privilegios. Así, Pamplona no dejaba de anotar su condición de “cabeza del Reino de Navarra”. En Olite, comenzaban así: “La Muy Noble y Muy Leal ciudad de Olite, Cabeza de su merindad y en nombre de …”. Viana, por su parte, encabezaba sus bandos así: “La Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Viana, Cabeza del Principado del Reino de Navarra”. Los Arcos hacía constar también su condición de muy Noble y Muy Leal, cabeza de su partido y en algunos casos se añadía “exenta de merindad”. En localidades de señorío, quien lo detentaba cuidaba de que en algo tan audible y de imagen como eran los pregones, quedase bien claro a quién pertenecía la jurisdicción. Sirva de ejemplo el caso de Fitero, en donde debían de comenzar siempre con la fórmula preceptiva y sancionada por los Tribunales Reales: “Por mandato del señor abad, alcalde y jurados”. Tras el preceptivo “Hace saber” a vecinos, habitantes y moradores, venía el contenido de la orden, para finalizar con una fórmula más o menos repetida en donde se insistía en el conocimiento público y la obligatoriedad de cumplir con lo promulgado, con la advertencia de que nadie podía alegar ignorancia. 

Los bandos se escribían y rubricaban por la autoridad competente y una vez pregonados pasaban al archivo. En algunas ocasiones se fijaban copias manuscritas o impresas en distintos lugares públicos para que su contenido estuviera al alcance de las personas que sabían leer, escasas en la sociedad tradicional, razón por la que siempre se daban a conocer mediante la potente y clara voz del pregonero. 

 

En Pamplona y Tudela 

J. F. Garralda estudió lo relativo a nuncios y pregoneros en la Pamplona del siglo XVIII. En su trabajo hace notar cómo, hasta 1783, la corporación municipal encargaba la publicación de los bandos a dos e incluso tres pregoneros. A partir de aquel año y debido a las numerosas ocupaciones de los nuncios, se encargaron los bandos a los pregoneros que, socialmente junto a los cortadores se consideraban desde antaño oficios degradantes “viles y bajos”, por lo que tenían muy difícil su promoción social. No obstante, no estaban mal pagados sus servicios, llegando a recibir gratificaciones extraordinarias. Los pregoneros, desde el balcón de la Casa Consistorial, hacían públicos los nombres de los regidores, tras su elección en septiembre. 

El clarín municipal, con su toque brillante, anunciaba en los lugares acostumbrados. Sus ecos gustaban tanto que algunas localidades baztanesas o de la Cuenca solicitaron a Pamplona los clarineros.

Al anochecer, hasta fines del siglo XVIII, dos o tres nuncios tocaban las campanillas de ánimas por las calles de la capital navarra para recordar a los vecinos el rezo por los difuntos. Es posible que sendas estampas de contenido burlesco del siglo XVII, conservadas en el Museo Carnavalet de París y grabadas por Jean Humbelot y Jacques Languet, que representan a un pregonero de Pamplona con la campanilla, evoquen a los nuncios de la capital navarra cuando recorrían las calles al atardecer.

En la capital de la Ribera, señala Yanguas y Miranda, que los pregoneros eran nombrados en el último tercio del siglo XV por los cristianos, la Aljama de los moros y la sinagoga de los judíos para sus respectivos negocios. El recorrido de los lugares era en 1818 el siguiente: plaza de Santa María, bocacalle del Pontarrón, calle del Portal, plazuela de la Magdalena, San Nicolás, puerta de Calahorra, plazuela de San Salvador, San Juan, Mercadal, Carnicerías, plazuela de San Jaime, la Rúa, los Descalzos, Zurradores, Herrerías, Trinquete, carrera de las Monjas, San Julián y San Francisco. Aquellos puntos se fueron actualizando con otras disposiciones en nuevos acuerdos, quedando fijados en 1896 en treinta y tres sitios.

 

Ramillete de materias

La lectura de los bandos informa de numerosas curiosidades y hechos que, en épocas pasadas, fueron cotidianos y que, al haber desaparecido, llaman la atención por su contenido. Si el tema de los bandos ordinarios ofrece datos interesantes para el devenir de la vida cotidiana, los extraordinarios ligados a la fiesta y las visitas reales, cambios de régimen político, pestes y guerras, aportan importantísima información sobre aquellas circunstancias. Buen ejemplo tenemos con los 282 bandos olitenses datados en la Guerra de la Independencia, entre 1808 y 1814, editados por Javier Corcín.

La ciudad de Viana pregonaba anualmente su feria de julio, advirtiendo “a todos sus vecinos, habitantes y moradores que la feria, que la dicha ciudad tiene por privilegio .., entrará a correr y contarse con el día 19 del corriente mes de julio, desde las doce horas de la noche en adelante, por once días que se acabarán el día 30 de él a la misma hora inclusive. En cuyo tiempo, naturales y no naturales y extranjeros podrán entrar, contratar, permutar, trocar y vender libremente, sin pagar derecho alguno de entrada salida, de ningún género de mercancías, ni de otra cualquier cosa”

La fiesta de San Antón gozó de numerosas expresiones populares en muchos pueblos. El alcalde de Fitero, en 1818, hacía saber “a todos los vecinos, habitantes y moradores de esta villa ordena y manda que ninguno sea osado de llevar las caballerías corriendo por las calles con motivo de las vueltas que acostumbran dar por los San Antonios, a fin de evitar las desgracias que pueden ocurrir y al que quisiere salir se le encarga lleven aquéllas al paso natural, bajo la pena al que contraviniere de tres días de cárcel y las costas de prisión y carcelajes”.

Las rogativas fueron objeto de bandos en todos los pueblos. En 1834, en un contexto de peste y guerra en Arguedas, se ordenaba “que todos los vecinos acudan a las nueve y media asistir a la misa de rogativa que se celebrará en esta iglesia delante de Nuestra Señora, y que ningún vecino vaya a trabajar hasta después de medio día”. En Los Arcos se convocaba en 1827 para subir a San Gregorio Ostiense insistiendo que “todos los concurrentes asistan con devoción y compostura que requiere todo acto religioso, sin llevar palos ni otras armas ofensivas ni defensivas, ni mezclarse en disputas con persona alguna, pena de ser castigados con el rigor a que se hagan acreedores, según su delito”. Pocos años antes, en 1822, en la misma localidad el Ayuntamiento convocaba para una rogativa con la Virgen de Nieva, con un formulario repetido en numerosos casos.

Un tema de bandos era el de la educación de los niños. En Cascante en 1784, a la vez que se nominaba por primera vez a la maestra de niñas, un bando, ordenaba “que todos los padres hagan concurrir a sus respectivos hijos a dichas escuelas, bajo las penas establecidas en dicha ley, que igualmente se haga saber al Padre de Huérfanos como superintendente de ellas”. En Los Arcos se pregonó en 1798 la obligatoriedad de asistencia a la escuela desde los cinco años para niños y niñas.

Los carnavales han dejado pregones harto ilustrativos para rehacer la celebración de aquellas fiestas en diferentes momentos. En general, se prohibía que las mujeres se vistiesen de hombres, insistiendo que los disfraces fuesen decentes y los rostros fuesen descubiertos y si algún hombre se vistiese de mujer, lo hiciese “honestamente”.

 

Un par de bandos de 1790 en Peralta, en época de reformas ilustradas

Algunos bandos, sea por su importancia o por su origen, no sólo se guardaron en los archivos municipales, sino que se registraron en los protocolos notariales. El escribano de Peralta, José Falces, recogió un par de 1790, promulgados por don Juan Antonio Lizaur, gobernador de la jurisdicción criminal sumaria de la villa de Peralta, nombrado por el Real Consejo de Navarra, en un contexto de reformas ilustradas que socialmente intentaban atajar costumbres que en las alturas del gobierno se veían trasnochadas.

El primero de ellos, datado en mayo del citado año de 1790, se hizo para terminar con una costumbre arraigada en la localidad y que consistía en la salida de cuadrillas por casas, calles, plazas y puente con motivo de las elecciones para beneficiados. Los alborotos y riñas de las distintas facciones, a una con los gastos en pan, queso, vino, mistela, refrescos y otros comestibles para lisonjear a los partidarios, hicieron tomar medidas coercitivas contra aquella costumbre.

El segundo se fecha el día 1 de noviembre del mismo año y contiene ocho disposiciones. La primera prohíbe a toda persona de cualquier estado y condición, tanto de día como por la noche, andar con músicas por las calles y utilizar espadas, broqueles, puñales, palos, pistolas y todo tipo de armas. La segunda veda las matracas por la noche en las calles, así como “echar pullas y usar de relinchos que dicen los mozos”. Iribarren recoge el significado de relinchidos como los gritos que daban los mozos para demostrar su alegría en San Martín de Unx. La tercera ordena santificar las fiestas, dejando cualquier tipo de trabajo. En la cuarta se arremete contra las tertulias y cuadrillas que se juntaban en las casas con pretexto de meriendas y otras diversiones, poniendo horas para culminarlas, las ocho en invierno y las nueve en verano. En la quinta se insiste en horarios en este caso para las gentes que se juntaban en los “corralitos”. La sexta determina que, al toque de las Ave Marías de la noche, todos se retirarían, sin permitir que se detuviese nadie a beber por las tabernas. La séptima da cuenta de cómo los jornaleros que regresaban de su trabajo, al anochecer, bebían vino y al entrar en el pueblo lo hacían “acuadrillados y acalorados de la sobrada bebida, relinchan y hablan con indecencia y sobrada desenvoltura, no solo entre ellos, sino a las mujeres casadas y solteras que salen por el pueblo por agua y otros quehaceres”. Para atajar todo aquello se impone la prohibición de beber en grupo, advirtiendo que el mayoral debía avisar al gobernador si surgía alguna quimera. Termina con esta advertencia: “Y por cuanto pueden incurrir en estos defectos mozos solteros y muchachos de corta edad que vivieren en compañía de sus padres serán estos responsables de las multas que se les imponga para que cuiden de la mejor crianza de sus hijos y familiares”

    

Ejemplares impresos con delicadas litografías

Si los ejemplares de bandos impresos hasta el siglo XIX son sencillos y se remiten al mero texto, con un encabezamiento destacado por el tamaño de su tipografía, a lo largo del siglo XIX, con la incorporación de los procedimientos litográficos para la reproducción de ornatos e imágenes, encontramos bandos bellamente decorados, algunos a color y con contenido iconográfico.

Entre ellos, nos detendremos en los publicados en 1851 con motivo de la llegada a la capital navarra de sendos retratos de los reyes Isabel II y Francisco de Asís, en traje de corte, que envió el rey consorte en recuerdo de su anterior estancia en Pamplona como coronel de lanceros en 1844.

Llevan el pie de la Imprenta de Ignacio García, con la firma en uno de ellos -el mejor decorado con figuras femeninas con trajes típicos- de Darío Aguirre, que años más tarde entre 1856 y 1863 tuvo establecimiento propio en la Plaza del Castillo. En su contenido se copia la carta recibida con la noticia de la llegada de los cuadros, advirtiéndose que se iba a organizar un acto acorde a la importancia y honor del detalle real. Una certificación impresa rubricada por Pablo Ilarregui, secretario municipal, da cuenta de cómo transcurrió el ceremonial de aquel festejo, con la salida de la corporación al balcón principal del Ayuntamiento, interpretación de la Marcha Real por la música militar, y la lectura del alcalde con “voz clara y expresiva” de la carta del monarca, previo toque de los clarines y timbales “como se acostumbra en los actos de gran ceremonia”. La corporación se dirigió, con la carta real depositada en una bandeja de plata, hasta el frontis del Teatro de la Plaza del Castillo, en cuyo balcón se hizo la misma proclama, repetida en una casa contigua al Gobierno de la Provincia.