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La formación de la clase obrera de Edward P. Thompson: La historia como activismo social

13/08/2026

Publicado en

Expansión

Jaume Aurell |

Catedrático de Historia Medieval

En 1963, Edward P. Thompson publicó su grueso volumen sobre La formación de la clase obrera inglesa. Sucedió entonces algo así como un milagro, que en la época actual de los micromensajes y las redes sociales nos parece algo realmente asombroso: los jóvenes idealistas se reunían en cafés, tabernas y salas de estar para debatir sobre las ideas contenidas en ese casi millar de páginas. Cincuenta años después de su publicación, Robert Colls recordó el poder que tuvo el libro de Thompson para su generación de jóvenes izquierdistas británicos. Recuerda que compró un pequeño y grueso volumen de la colección Pelican con la imagen de un minero de Yorkshire en la portada, que todavía conservo, remendado y desgastado por los años de uso. Desde la primera de sus más de novecientas páginas, supe, junto a mis amigos de la Universidad de Sussex supieron, que esto era algo diferente. Hablábamos de ello en el bar, en el autobús y en la cola del comedor. Imagínate: jóvenes estudiantes más interesados en un libro que en una tarta de grosellas y natillas. 

Es difícil imaginar a unos estudiantes discutiendo un libro de unas mil páginas, pero los clásicos —¡incluso los clásicos de la historia!— tienen estas cosas. El libro se convirtió pronto en un estandarte del marxismo y de la “historia desde abajo”. Tenía la virtud y el carisma de esos héroes historiográficos fundadores que hemos comentado semanas anteriores, como Gibbon sobre la decadencia de Roma, Michelet sobre la revolución francesa y James sobre la revolución de Haití. Thompson actualizaba esos temas, y tenía la virtud de convertir un tema específico del pasado – la formación de la clase obrera en la Inglaterra industrial – en uno universal: la toma de conciencia de clase.

Cuando Thompson empezó a preparar su libro, la revolución cultural del 68, con sus movimientos reivindicativos de raza, clase y género asociados, aún estaba muy lejos, aunque el ambiente comenzaba a caldearse. Thompson se afilió al Partido Comunista para velar por los derechos de las personas social y económicamente desfavorecidas. No podía darles dinero, pero les proporcionó una herramienta ideológica más poderosa que una bomba atómica: la conciencia de clase. 

Thompson estaba más interesado en el proceso de autoconciencia de la clase trabajadora que en la clase trabajadora en sí misma. Su enfoque del marxismo era humanista y culturalista, más que meramente social y económico. La gente de clase trabajadora no era simplemente un componente de un bloque homogéneo, sino agentes culturales capaces de cambiar la historia con su agencia, uno de los conceptos clave del libro, que hace referencia a la capacidad de transformar la sociedad de determinados agentes sociales. La clase no era una estructura, sino una red de relaciones humanas nacida de la agencia más que de una realidad predeterminada, y capaz de cambiar con el tiempo —y, por lo tanto, plenamente historicizada:

La clase surge cuando algunos hombres, como resultado de experiencias comunes (heredadas o compartidas), sienten y articulan la identidad de sus intereses entre ellos, y frente a otros hombres cuyos intereses son diferentes (y por lo general opuestos) a los suyos. La conciencia de clase es la forma en que estas experiencias se abordan en términos culturales: encarnadas en tradiciones, sistemas de valores, ideas y formas institucionales. Si la experiencia parece determinada, la conciencia de clase no lo es. Podemos ver una lógica en las respuestas de grupos ocupacionales similares que atraviesan experiencias similares, pero no podemos deducir ninguna ley. La conciencia de clase surge de la misma manera en diferentes épocas y lugares, pero nunca exactamente de la misma manera.

El historiador británico tendió un puente entre los estudios de historia social y los de historia cultural que nunca más se ha interrumpido. A través del concepto de experiencia, Thompson demuestra que los individuos se transforman en clases y grupos sociales conscientes de sus diferencias, sus especificidades y sus intereses, así como de sus antagonismos y conflictos. A partir de Thompson, los historiadores se interesaron cada vez más no solo por los hechos de la experiencia sino, crucialmente, por cómo es vivida la experiencia de esos hechos y, en ocasiones, transformada por los actores históricos. La autoconciencia se convirtió a partir de entonces en uno de los conceptos clave de la historiografía: “La conciencia de clase surge de la misma manera en diferentes épocas y lugares, pero nunca exactamente de la misma manera”.

Thompson no podía, sin embargo, divisar la cara adversa de su interpretación histórica. Al enfatizar tanto la idea de la autoconciencia de clase, sus sucesores – tanto académicos como activistas – extrapolaron las cuestiones de identidad hasta límites insospechados. Los académicos distorsionaron la realidad histórica a través de los excesivos presentismos de los estudios culturales. Los activistas se parapetearon tanto en la idea de identidad – social, nacional, de clase o de género – que generaron unas oposiciones bipolares y excluyentes que no han traído nada bueno en la actualidad.

Con todo, La formación de la clase obrera constituye un eslabón fundamental para la siguiente generación, que es hegemónica en la actualidad: la de los historiadores críticos del género y las corrientes poscoloniales. La obra reforzó la conexión ya existente entre la realidad social y la conciencia social, así como entre la acción política y la lucha cultural. Fue un eslabón necesario para el énfasis que la siguiente generación, comenzando por Michel Foucault y Hayden White, puso en la generación del discurso como mediador entre la realidad y la conciencia y, en cierto sentido, como condición de su existencia. La generación de discurso constituye la base necesaria de la autocomprensión política de la clase social. Esto abrió la posibilidad de iniciar una acción política coherente y eficaz, tal y como comprendieron los historiadores a través de la agencia de las mujeres como Natalie Z. Davis) o los enfoques de género, como Carolyn Steedman, que analizaremos en las semanas siguientes.