Publicador de contenidos

null opinion_2021_07_12_EYP_etica

La ética, una prevención contra el tóxico de la corrupción

12-07-2021

Publicado en

Diario de Navarra, El Diario Montañés

Gerardo Castillo Ceballos |

Facultad de Educación y Psicología

La corrupción política es un mal uso del poder público al servicio de un ilegítimo beneficio personal. Actualmente crece de forma exponencial y surge incluso en algunas democracias, a pesar de que, teóricamente, son dos conceptos incompatibles.

Al corrupto le mueve una codicia insaciable y un exceso de confianza. Coincido con la doctora Castillo, profesora de la Universidad de Piura, en que la corrupción es como un monstruo de cinco cabezas, y que para acabar con él hay que cortar las cinco a la vez: política, económica, judicial, cultural y personal.

La prevención del tóxico de la corrupción empieza en la familia. En ella aprendemos desde la infancia, a practicar valores éticos: ser sinceros, solidarios, generosos, responsables, respetuosos, leales, etc...

Los políticos que carecen de ética se escudan en las leyes, unas leyes que, en ocasiones, favorecen la impunidad. Las dimisiones políticas no deberían estar sólo en función del incumplimiento de las leyes, sino también de la falta de ética.

La Ética es la disciplina filosófica que estudia el bien y el mal y sus relaciones con el comportamiento humano. Su función es analizar los preceptos de moral y virtud que guían el comportamiento humano hacia la libertad y la justicia.

En mi opinión, una de las causas de la corrupción política es la tolerancia social hacia la ilegalidad generalizada. Los corruptos suelen justificar su acción amparándose en que “lo hacen todos y no les pasa nada”, por lo que se consideran inmunes. Al aumentar la corrupción ésta se hace más comprensible y aceptable, hasta convertirse en un modo de vida.

Las medidas coercitivas pueden ayudar a contrarrestar la corrupción, pero no bastan, porque los sistemas los hacen o los aplican las personas. Los sistemas, (por ejemplo la administración pública) no llegan a la raíz del problema, porque los comportamientos corruptos son la consecuencia de una conciencia moral deformada. Se necesita una educación que interiorice valores éticos desde edades tempranas. La ética es la mejor prevención y el mejor antídoto contra el tóxico de la corrupción. Urge, por tanto, un rearme ético de todos los ciudadanos.

La política puede ser una de las tareas más nobles, pero es susceptible de convertirse en el más despreciable de los oficios. Esto último sucede cuando los valores éticos son desplazados por el egoísmo y la codicia. Coincido con el eminente sociólogo Amando de Miguel en que la codicia es algo más que el deseo de acumular riquezas, propio del avaro. La codicia necesita provocar la envidia de los demás. Una vez desatada, la codicia no tiene límite. El codicioso siempre se compara con otro que posee más.

La raíz de la corrupción puede estar en cada uno de nosotros. Por ejemplo, no nacemos siendo justos, sino que hay que luchar cada día para adquirir y mantener ese valor. No se cae en la corrupción de repente, sino a través de un proceso. Sucede que cada acción inmoral que realizamos, por pequeña que sea, (por ejemplo, no respetar la fila para hacer una compra) nos impele a seguir por ese camino.

Hay que combatir la corrupción aplicando adecuadamente las leyes, pero, sobre todo, de forma preventiva y proactiva, mediante la promoción de los valores éticos de forma personal y corporativa. No basta la ética como conjunto de normas que se nos imponen desde fuera. Se requiere, además, la ética como una convicción profunda que nos lleva a actuar buscando la rectitud de conducta en lo personal y en lo comunitario.

La ética ofrece argumentos que tienen su raíz en la persona misma. El problema es que estén oscurecidos por las presiones de las ideologías totalitarias o por las conveniencias particulares.

La educación en valores éticos empieza por crear una conciencia ética desde la infancia con el testimonio de los padres. Es necesario promover una cultura con valores éticos para contrarrestar lo que está ocurriendo: la cultura de lo inmediato y del dinero en la que el fin justifica los medios.