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Patrimonio e identidad (54). En torno a san Juan Bautista. Algunos relatos legendarios

11/06/2021

Publicado en

Diario de Navarra

Ricardo Fernández Gracia |

Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

El día de san Juan en el calendario festivo occidental y, por supuesto, en Navarra evoca al solsticio junto a unas celebraciones estudiadas por antropólogos como Julio Caro Baroja. Llama la atención que un santo que se filia con la penitencia, se convirtiese en un icono relacionado con la fiesta, por coincidir su onomástica con el día 24 de junio, día del solsticio de verano. Julio Cara Baroja, junto a Burke, defienden que la iglesia medieval se apropió de una fiesta precristiana y la hizo suya.

Junto a unas reflexiones y consideraciones sobre el tema, bastante conocido y divulgado, añadiremos algunos testimonios apenas conocidos.

El pueblo se divierte: sol, fuego y agua

Las celebraciones en torno al Bautista, coincidentes con el solsticio de verano han gozado de gran popularidad a lo largo de la geografía foral, como en otras muchas regiones, caracterizándose sus festejos por la alegría vivida en calles y plazas de forma extrovertida. A lo largo de su víspera y en su día se documentan diversos ritos, algunos seculares, en torno al día más largo del año. Bailes, danzas y paloteados, enramadas, mascaradas y otros ritos se pueden rastrear a lo largo de Navarra, como en el resto de Europa, en donde se celebró con alegría durante la Edad Moderna y hasta bien entrado el siglo pasado

Iribarren, Satrústegui, Jimeno Jurío y Usunáriz han estudiado detenidamente la fiesta y sus expresiones en Navarra. El fuego, el sol y el agua como símbolos de purificación, a una con la vegetación, fueron los protagonistas de la fiesta. Bañarse en el río o en la fuente, beber agua al amanecer, recibir al sol en un paseo de madrugada y, sobre todo, saltar las hogueras junto a un fuego purificador, han sido constantes a lo largo de los siglos. En ocasiones, acompañaban a esos ritos  las campanas, coplas y canciones, algunas de la cuales han llegado a nuestros días. La quema de peleles y monigotes va desde Larráun a la cuenca del Alhama en Cintruénigo -chapalangarras-, Corella -juanberingas- o Fitero -el viejo y la vieja-. Las hierbas y ramas bendecidas en su día eran consideradas como aptas para alejar las tormentas y contra maleficios y enfermedades del ganado. Balcones y picaportes se decoraban con ramas de cerezo, olivo y frutales. Hasta tal punto se popularizó esa costumbre que, en 1772, una ordenanza municipal  pamplonesa lo prohibió con severas penas pecuniarias.

Las mascaradas se documentan tempranamente en el norte de Navarra, habiéndose prohibido en 1567 por los grandes excesos que se derivaban de comer y beber con riñas y malos ejemplos. De la de Lesaca tenemos numerosas noticias, con la participación de reyes moros y cristianos y comitivas de gentes disfrazadas. A mediados del siglo XVIII, el famoso jesuita, el padre Mendiburu, condenaba aquellas expresiones festivas por “escándalos y desórdenes pecaminosos”.

La localidad de Torralba del Río conserva la ceremonia del moro Juan, para representar la victoria de los vecinos sobre un salteador llamado Juan Lobo, al que atrapan junto a la balsa.

Las artes en sintonía

Bajo la advocación del santo, encontramos en Navarra cuarenta y tres parroquias, lo que le sitúa en sexto lugar tras san Martín, la Asunción, san Pedro, san Esteban y san Miguel. Por lo que respecta a ermitas, casi llega al centenar y únicamente le adelanta en número san Miguel, quedando por debajo santos tan populares como san Martín o san Pedro.

Todos esos lugares de culto, además de las capillas a él dedicadas en diversos templos, guardan no sólo imágenes, cuadros, objetos de orfebrería y artes suntuarias con sus representaciones, sino también retablos, algunos de ellos con ciclos de su vida, con los temas de su predicación, nacimiento, encarcelación, degollación o bautismo de Cristo. Artistas de diferentes épocas tuvieron la oportunidad de enfrentarse a un modelo de penitente muy apto para mostrar valores anatómicos y expresivos.

Sus cofradías han sido estudiadas por Gregorio Silanes, quien recoge las de Ostiz, compuesta por vecinos del valle de Oláibar, Miranda de Arga, Peralta, Torralba del Río, Aguilar de Codés, Lumbier y Burdada. El mismo investigador señala también algunas cofradías bajo la advocación del martirio del Bautista, denominadas de la Degollación de San Juan, como las de Cintruénigo, Tudela y Torrano.

Especial interés poseen los ciclos iconográficos con los pasajes citados de los retablos mayores de las parroquias de Cintruénigo, Mendavia, Tabar, Subiza, Cortes y San Juan de Estella, así como los de sus capillas de la Victoria de Cascante y de la catedral de Pamplona.

De época gótica hay que mencionar al titular de su gran capilla en Santa María de Viana, una escultura atribuida por Labeaga a Jehan de Tournai. El siglo XVI dejó espectaculares esculturas tanto del periodo expresivista, como de la etapa romanista. De los ejemplos pictóricos destacaremos el titular de su retablo del coro de Tulebras, hoy en el Museo de Navarra y la tabla de Rolan Mois del retablo mayor del monasterio de Fitero, que copia un original de Tiziano.

Los siglos del Barroco, acordes con el triunfo de la pintura, nos han legado destacados lienzos del santo conservados en la ermita de Zuberoa de Garde, Acedo, Carmelitas Descalzos y catedral de Pamplona, entre otros ejemplos

Entre los más bellos y delicados ejemplos destacaremos la mencionada tabla de Rolan Mois del retablo mayor de Fitero y la escultura de José Ramírez de Arellano en las Comendadoras de Puente la Reina. La primera es una copia de una tabla de Tiziano conservada en El Escorial, con fuertes claroscuros que preanuncian el triunfo del arte tenebrista. Respecto a la imagen de Puente la Reina, realizada por el zaragozano José Ramírez, hay que afirmar una vez más que se trata con las otras cinco de su mano y las del retablo de Peralta de las mejores esculturas de cuantos maestros aragoneses trabajaron en Navarra. 

No faltaron en casas particulares y hornacinas de sus fachadas imágenes del santo, en ocasiones como un niño. El san Juanito también formó parte ineludible del particular universo de las clausuras femeninas. Fueron los excesos en el celo de su cuidado lo que provocaron comentarios tan duros como los que en 1782, expresaba fray Juan Interián de Ayala, cuando proporcionaba instrucciones a los artistas a la hora de representar a las figuras sagradas en su obra El pintor christiano y erudito, en donde escribe: “No me detendré aquí en reprehender la necedad que cometen las mujeres, cuando ridículamente, aunque con buena intención, adornan la imagen del Bautista cuando niño, proponiéndolo casi, o enteramente desnudo, cubierto no con el pellejo... sino con una corta piel que apenas le cubre la mitad del cuerpo por las espaldas, calzado con pequeñas sandalias, y además adornado con su cabeza rubia, peinada y rizada de mil modos, a que se añaden frecuentemente otras muchas tonterías de esta clase...”.

Costumbres inéditas en la órbita carmelitana

Son muchos los textos que abundan en la filiación espiritual entre los carmelitas y el santo Precursor, así como los sermones y los libros a él dedicados en el ámbito de la Descalcez. No faltan las imágenes del Bautista en los conventos de la orden, tanto de la antigua observancia como entre los hijos de santa Teresa. Las historias lo señalaban en los intentos de legitimación de los santos fundadores Elías y Eliseo. El mundo de las clausuras, lejos de estar ajeno a todo aquello, celebró su fiesta de junio con especial significación. Entre las prácticas devocionales de las clausuras carmelitanas, figuraba el poner haciendo pareja a Elías y san Juan Bautista, por el carácter de precursores de ambos: Elías de Juan y éste de Cristo. Ambos aluden al fuego purificador como medio para llegar a Dios.

En pleno siglo XVII, residió en Pamplona el hermano Juan de Jesús San Joaquín (1590-1669), natural de Añorbe y lego carmelita, famoso por sus prodigios en vida y por los numerosos relatos contenidos en su biografía, editada en 1684. Desde entonces, hasta hace un siglo, el texto seiscentista se ha reeditado en varias ocasiones. Llamado por pueblos para conjurar epidemias, por el rey, cortesanos, nobles y virreyes.

Su biógrafo, el padre José de la Madre de Dios afirma que, en el año 1622, cuando el convento pamplonés aún estaba en extramuros, en el barrio de la Magdalena, se introdujo una costumbre el día de San Juan que trascendió a otras casas de la orden. Dejemos la narración al autor del texto seiscentista: “En este día comulgan los hermanos muy de mañana en los noviciados, y danles de almorzar en la huerta, y luego se entretienen con su maestro, corren, saltan y se divierten santamente hasta la hora de misa mayor. Para esta ocasión, hizo el hermano Juan una estatua de un diablo y vistióle despreciadísimamente. Y puesta sobre un jumento, muy fuertemente atada, llevóla a los hermanos, diciendo que allí les presentaba al demonio para que cada uno le pusiese los cargos que tenía contra él, y si lo merecía que le castigasen públicamente. Señaló por juez al padre maestro, y él se constituyó abogado del demonio y todos los demás eran actores. Comenzando los cargos, cada cual alegaba tentaciones, con las que le había molestado. Respondía al cargo el abogado, y oídas las partes, se le dio sentencia que fuese apaleado, azotado, arrastrado y ahorcado. Entonces soltó el hermano el jumentillo y entregó el reo a la gente que ejecutase la sentencia. Descargaron sobre él los palos ya prevenidos y corrían tras el jumento hasta que derribaban al diablo y le maltrataban, y ya cansados de correr, le colgaban en un árbol, y allí le volvían a dar tantos palos y pedradas que le hacen pedazos. Con esta invención salió el hermano este año y continuó en todos los de adelante y hoy dura en nuestros noviciados con grande sentimiento de el demonio. Súpose esto en la ciudad y como nos registraban la huerta desde la iglesia mayor y todo aquel lienzo de muralla que cae hacia el barrio de la Magdalena, era muchísima la gente que salía a la novedad, y como tenían hecho concepto de la santidad, encogimiento y modestia de nuestros novicios y sabían que este día tenían esta fiesta y que no les permitían entrar a verla en la huerta, salían tantos a estos puestos que me parece, cinco años que yo estuve allí, habría cada uno de ellos más de doscientas personas, todo lo cual era mayor vilipendio para el demonio”.

Relata también alguna aparición demoniaca, así como el hecho de haber colgado un año la figuración del demonio en un nogal que daba grandes nueces, que después ya no dio más fruto. Asimismo, hace mención de lo sucedido en 1672, cuando habían llevado a un poseso al convento, con un relato todavía más maravillosista, al gusto de la época.

Entre los testimonios de la extensión de la costumbre, sabemos que, en Calahorra, era esperado aquel día singularmente por las novicias, pues “hacían un monigote de papel lleno de paja con figura de diablo” y después de comer una de las jóvenes novicias vestida con roquete y acompañada de otras vestidas de monaguillos, lanzaba un discurso imprecatorio contra el diablo que colgaba del techo. Finalizado el improperio, se daba fuego al monigote y sus cenizas se arrojaban a la acequia y una vez concluido aquel simbólico auto de fe, se colocaba en la sala de recreo un cuadro de san Juan rodeado de ramas y flores, acompañado de las imágenes del Divino Infante del convento.

Un suceso extraordinario en el corazón de Pamplona, en 1772

En el corazón de Pamplona, en lo que fue convento de Carmelitas Descalzas y hoy Palacio de Navarra y aledaños, tuvo lugar el siguiente suceso el día de san Juan de 1772, que copiamos de su crónica manuscrita. Comienza el relato con los preparativos por parte de las novicias de “una figura de Lucifer bien ejecutada de hombre para ultrajarla con cuantos desprecios cada cual de las religiosas puede discurrir y por fin sentenciarla a ser arrastrada y quemada, se empieza de la víspera del santo para darle más cumplidos los ultrajes y desprecios. Todo se ejecutó en el sobredicho año y habiendo la víspera de San Juan dejádolo, como acostumbrábamos, en el lugar más inmundo que se nombra la Pieza Común y hasta el día siguiente…”. Al día siguiente escucharon ruidos y ladridos y las religiosas fueron al sitio donde habían guardado el pelele, encontrando una gran polvareda de tierra, cerrando inmediatamente. Por fin una monja con más arrestos fue y “vio solamente que le clavaron unos ojos como los de perro, porque no pudo ver más por estar oscuro. Vino a juntarse la comunidad y diciendo que no sería perro natural y que el enemigo se había vuelto perro”. Inmediatamente trajeron el agua bendita y se dirigieron al lugar encontrando “la figura del enemigo que habíamos puesto en lo profundo, toda deshecha, de modo que habiendo formado la figura de Lucifer en la de un hombre grande en paja, hallamos la paja desnuda de el vestido, sin cabeza ni brazos ni cosa de figura de persona, quitada la soga con que le teníamos atado para sacarlo. Y queriendo averiguar si podía haber venido algún perro por los conductos, se llamó al mismo cantero que los hizo, quien aseguró no podía ser por estar muy cerrados y habiendo entrado los hombres a reconocer el conducto en que le metimos, vieron tener delante una reja de hierro espesa, como celosía, por donde no pudo entrar perro, ni muy pequeño, y lo demás de el cuarto estaba también muy cerrado, por cuyo motivo nos persuadimos haber sido todo hecho de el enemigo en demostración de que quiso mas deshacer la figura de hombre en que le habíamos puesto y estarse en aquel inmundo lugar que el que le hiciésemos más desprecios y ultrajes en ella, y por eso hicimos sacar el vestido y paja que se halló separado para hacérselos mayores y también inmediatamente figuramos un diablillo pequeño para arrastrarlo, pisarlo y quemarlo, lo que se hizo en el propio día de San Juan Bautista”.