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Patrimonio e identidad (56). El águila en Navarra (I) Signo real, en la heráldica y en el Tetramorfos

08/10/2021

Publicado en

Diario de Navarra

Ricardo Fernández Gracia |

Director de la Cátedra de Patrimonio

La reina de las aves, capaz de elevarse por encima de las nubes y mirar fijamente al sol, estuvo asociada en la Antigüedad al omnipotente Júpiter, dios del cielo y de la atmósfera, protector de la humanidad y conocedor del futuro. Junto al rayo, su atributo por excelencia es el águila (flamiger ales: ave que lleva fuego). Diversos autores clásicos aluden a que Júpiter, en el momento de emprender la guerra contra los titanes, vio volar un águila hacia él, en un presagio favorable. Victorioso, puso bajo su custodia a esta ave de buen agüero. Virgilio llama al águila de Júpiter Iovis armiger, portadora de su arma, es decir su rayo (Eneida V, 255). Horacio es más explícito todavía, y la designa como ministrum flaminis alitem, el alado encargado del rayo (Odas, lib. IV, v. 1). Por su capacidad de contemplar al sol y su aproximación a aquel astro, gozó de fama de animal solar por excelencia. 

Además, es símbolo del imperio, la virilidad, el rejuvenecimiento, la virtud, la esperanza, por ser ave de augurio positivo; de la generosidad, por dejar abandonada parte de su presa para otros animales; de la vista en la representación alegórica de los cinco sentidos; de la victoria del bien sobre el mal (lucha contra la serpiente) y de la salud sobre la enfermedad. También, se le relaciona con la prontitud y elevación de su pensamiento, pues según Aristóteles “vuela en las alturas el aire para tener una visión más amplia, única entre las aves se la tiene por semejante a los dioses”, con la victoria del bien sobre el mal (lucha contra la serpiente) y de la salud sobre la enfermedad.

En numerosas religiones simboliza a la divinidad por su poder. San Dionisio Areopagita dice que encarna a la realeza por su agilidad, prontitud, vuelo hacia lo alto, e ingenio para descubrir los mejores alimentos, así como por su mirada dirigida directamente a los rayos del sol, sin que le causen daño alguno.

Signo de Sancho el Fuerte y en la heráldica

En el siglo XII, antes de que triunfara el sistema heráldico, los monarcas pamploneses, al igual que sus coetáneos, venían utilizando unos signos de suscripción documental, en aras a verificar su autenticidad. Se trataba de signos personales que, en ningún caso, representaban al reino. Así, sabemos que Sancho el Mayor y sus descendientes utilizaron distintas variantes en forma de cruz. El reinado de García Ramírez el Restaurador (1134-1150), coincidió con unos momentos de difusión en España de los emblemas heráldicos. Como es sabido, aquel rey estuvo casado con Margarita l´Aigle (el Águila), cuya familia había empezado a utilizar el águila como signo transmisible a los herederos, de acuerdo con los usos del naciente sistema heráldico. El hijo de ambos, Sancho VI el Sabio aún recurrió al tradicional diseño cruciforme como su signo personal, pero, el hijo de este último y nieto de García y Margarita, Sancho VII el Fuerte, prefirió suscribir sus documentos con un águila con las alas y las garras desplegadas, que lo había utilizado su abuela. El águila de Sancho el Fuerte la encontramos, en señero ejemplo en una clave del monasterio de La Oliva, en clara alusión al patrocinio del rey sobre las obras del templo abacial. 

El águila negra, explayada en la totalidad del campo, figura en numerosos escudos heráldicos de pueblos de Navarra, como Aguilar de Codés, Bacaicoa, Ciordia, Ezcabarte, Iturmendi, Olazagutía, Urdiain y Villafranca. Es motivo que también aparece en los cuarteles de los de Alsasua, Araiz, Eslava, Ezcabarte, Gallipienzo, Lanz y Valtierra. El emblema municipal de Corella se conforma con un águila en actitud de atrapar a un conejo que corre, algo que Faustino Menéndez Pidal puso en posible relación con la familia del conde Rotrou y la mencionada Margarita, prima de Alfonso el batallador y mujer de García Ramírez. En el Libro de Armería del Reino de Navarra figura en todo el campo del escudo o en uno de sus cuarteles y con distintos colores, como blasón de los señores de Cascante y Aguilar en 1275, Domezain, Ezcurra, Ijurieta, Sarasa… etc.

En relación con la heráldica, no podemos olvidar, en tiempos más modernos, la presencia de la doble águila en escudos de la monarquía hispánica, en distintos lugares de Navarra como por ejemplo los del palacio real de Pamplona -hoy Archivo General de Navarra-, o en la muralla de Viana. Como es sabido, el águila bicéfala se convirtió desde el siglo XVI en emblema de los Habsburgo, significando la unión de la monarquía hispánica y el imperio.

Muy presente en el arte medieval

Los textos medievales insistieron en algunos de los aspectos que hemos señalado anteriormente. Tanto en los bestiarios, como en la literatura de aquel mismo periodo, gozó de amplio prestigio. Así, El Fisiólogo, muy popular por su fin moralizante, recoge varias leyendas sobre el ave: al envejecer cura y renueva sus ojos nebulosos y sus alas cansadas volando hacia el sol y sumergiéndose tres veces en una fuente. La misma fuente literaria refiere la agudeza de su vista y la renovación de su pico, que lo rompe contra una piedra cuando no podía comer. 

La interpretación de sus representaciones en el patrimonio medieval navarro, como en el europeo, no deja de ser controvertida, ya que se ha polemizado mucho sobre otorgarles un contenido simbólico o considerarlas como motivos decorativos y formales. Los estudios de referencia ponen de manifiesto que tanto el águila, como otros animales e iconografías profanas poseían, en el contexto medieval, un claro contenido religioso y didáctico, ya que, en la mentalidad del momento, en su espíritu y creencias, existía una equivalencia y conjunción entre lo sacro y lo profano. Lucas de Tuy escribía hacia 1230, en relación a las imágenes de animales en lugares sagrados, que en unas ocasiones se colocaban para “enseñar doctrina y también para el ornamento”. Interpretadas en su contexto, las águilas pueden hacer referencia al bautismo, la Ascensión y la Resurrección de Cristo.

La presencia de las águilas en capiteles de claustros y portadas es abundante y, si tenemos en cuenta que ambos espacios fueron, por excelencia, los principales para la exhibición de programas iconográficos. Al arte románico pertenecen los ejemplos de Cataláin, Santa María de Sangüesa, Aibar, Irache, Aguilar de Codés y Santa María del Campo de Navascués, generalmente con las alas explayadas, a veces escoltando a un personaje bíblico, peleando con fieras o capturando entre sus garras a otra ave de menor tamaño. En el pórtico de la parroquia de Gazólaz también cuentan con su representación. Un bellísimo capitel de Artáiz presenta a sendos iracundos luchadores con las águilas picoteando sus cabezas. En el claustro de la catedral de Tudela encontramos un tema con gran futuro en tiempos posteriores: unas voraces águilas atrapando a unos conejos. En la portada de San Pedro de Olite se repite el tema en singular, en ambos lados.

Particular interés poseen, durante el periodo gótico, diversas representaciones del ave en la captura del conejo, que encontramos, entre otros ejemplos, en la catedral pamplonesa (claustro, templo y refectorio), San Zoilo de Cáseda y las iglesias de Larumbe, Ichaso, Cizur Mayor y Redín. A liebres y conejos se les aplicó un paralelismo con el alma cristiana, acuciada por tentaciones y pecados de los que tiene que escapar a la carrera, huyendo de lebreles y rapaces. Para San Anselmo y otros autores, el ave simbolizaría a Cristo salvando el alma, elevándola al cielo; pero para otros, siguiendo a san Gregorio y su anatemización del águila, sería el mismo demonio raptor de las almas de débiles y vacilantes. A la hora de concluir sobre su lectura iconográfica, es preciso analizar cuidadosamente el contexto de su presencia, sin descartar que se trate, en algunos casos, de un motivo decorativo. E. Martínez de Lagos ha estudiado el tema del águila con su presa en la escultura monumental de Álava, en función de su reiterada presencia en ámbitos sagrados, señalando sus precedentes en el arte oriental e hispano-musulmán, recordando, entre otros ejemplos, al águila depredadora de la arqueta de Leire.

Símbolo y atributo de san Juan Evangelista

En la tradición cristiana, engranada ya con el Antiguo Testamento por una visión del profeta Ezequiel, hay que situar a los símbolos animalísticos del Tetramorfos, que acabó aplicando san Ireneo a los cuatro evangelistas, haciendo una personal interpretación del capítulo IV del Libro del Apocalipsis. Se presentan los cuatro en forma humana o de ángel (Mateo), de toro (Lucas), león (Marcos) y águila (Juan). En este último caso la asociación vendría justificada por representar lo más elevado y profundo del pensamiento de Cristo, ya que su texto no forma parte de los evangelios sinópticos.

El Tetramorfos figura en portadas tan sobresalientes de la segunda mitad del siglo XII, junto a la Maiestas Domini. Así, hemos de citar los ejemplos de San Nicolás y la Magdalena de Tudela, San Miguel de Estella y Santa María de Sangüesa. Particular interés por su tamaño y tipología presenta en el interior del monasterio de Irache un Tetramorfos angelomorfo, mucho más usual en pintura que en escultura monumental. Presentan sus figuras cuerpo humano alado y cabeza correspondiente a los tres animales; el de san Marcos es humano en su totalidad. El frontal de esmaltes de Aralar, de fines del siglo XII, está presidido por la figura sedente de la Virgen con el Niño, inscrita en una mandorla almendrada, que se enmarca a su vez en otra lobulada, en cuyas esquinas se coloca el Tetramorfos. Las pinturas góticas de la capilla de la Virgen del Campanal en San Pedro de Olite también presentan el mismo esquema de Maiestas y Tetramorfos. 

El águila que acompaña a san Juan cuenta en Navarra con sobresalientes ejemplos. De ordinario, se suele representar a una escala menor en relación con la figura del evangelista, para no quitarle protagonismo. Entre las águilas más señeras por su tamaño y verismo, en época renacentista y barroca, citaremos las de los retablos mayores de San Juan de Estella (Pierres Picart, 1563), Fitero (Rolan Mois, 1590) y una pintura seiscentista de Marcilla. Por su posición, sirviendo de apoyo al libro con la copa del veneno, mencionaremos la escultura del retablo mayor de Dominicos de Pamplona, obra de fray Juan de Beaubes (1570-1574). En algunas ocasiones, sostiene con su pico el tintero. Por su excepcionalidad y por recordar al mismísimo rapto de Ganimedes por Júpiter, destacaremos una escultura romanista, de fines del siglo XVI, de la catedral de Tudela, en donde el santo tiene un águila entre las piernas, como si fuese a ser transportado a los aires por el ave poderosa.

Por lo demás, la presencia de san Juan Evangelista con los otros tres se encuentra en pechinas, retablos y pinturas decorativas de numerosos templos. De pie, sedente, de medio o cuerpo entero e incluso tumbado, en los retablos romanistas sus imágenes y relieves son incontables a lo largo de toda la geografía foral.

Bellísimos ejemplos del águila sanjuanista aparecen en las cruces procesionales del siglo XVI, como las de San Miguel de Estella, Zábal, Isaba, Alcoz, Baraibar o Zubieta.