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Ricardo Fernández Gracia, director de la Cátedra de Patrimonio y Arte navarro

San Antonio de Padua en Navarra

mié, 08 jun 2016 09:37:00 +0000 Publicado en Diario de Navarra

Se trata de uno de los santos católicos más populares. Su culto se encuentra extendido universalmente y se le invoca como taumaturgo, defensor de los niños, para encontrar los objetos extraviados y encontrar pareja. San Antonio fue un franciscano portugués nacido en Lisboa a fines del siglo XII, gran predicador, fallecido en 1231, a los treinta y seis años de edad tras una dilatada vida apostólica en tierras italianas. Fue elevado a los altares en un periodo inusualmente corto, cuando aún no se había cumplido el año de su muerte, en 1232. En 1946 fue declarado doctor de la Iglesia. Los franciscanos en todas sus ramas y particularmente los capuchinos fueron quienes propagaron su culto de la mano de sus múltiples gestas y milagros: predicando a los peces, curando enfermos, con la mula arrodillada, mostrando el corazón de un avaro en una arquilla... etc. Famosos son los ciclos de su vida llevados a cabo por Donatello en su basílica, Niccolo di Pietro Gerini en San Francesco Prado o los frescos de San Antonio de la Florida de Goya.

Se le representa imberbe y joven con el hábito de su orden, pardo o gris oscuro, ceñido con el cordón con los nudos alusivos a los votos ¿pobreza, castidad y obediencia¿ y ancha tonsura. Por los escritos de San Bernardino de Siena, sabemos que era de aspecto corpulento y bajo de estatura, aunque la iconografía habitual prefirió dulcificar su fisonomía e insistir en la amabilidad o gallardía de su persona. Como atributos personales porta la azucena de la pureza, el libro alusivo a su conocimiento bíblico y a sus sermones y, a partir del siglo XVI y el periodo de la Contrarreforma, la imagen del Niño Jesús, en recuerdo de una famosa aparición. Alonso Cano, Zurbarán, Claudio Coello, Murillo, Gaspar de Crayer y otros muchos pintores seiscentistas lo representaron con el Divino Infante en pinturas que tendrían ecos hasta el mismísimo siglo XX.


Cofradías navarras

Gregorio Silanes recoge un buen número de cofradías dedicadas al santo en la Comunidad Foral, entre ellas las de Pamplona, Lodosa, Sangüesa, Aibar, Falces, Unzué, Olóriz, Echagüe, Amunarrizqueta, Tudela, Corella y Cascante. En estas últimas localidades de la Ribera, estuvieron asociadas a los gremios de sastres. En Fitero agrupaba a los tejedores.

Aquellas agrupaciones y los frailes franciscanos y capuchinos difundieron desde sus conventos su culto en muchos pueblos y comarcas, desde la Ribera al Baztán. Diversas costumbres han pervivido hasta hace unas pocas décadas. Grandes roscones para rifar o repartir el día de su fiesta en Corella o Fitero, exvotos diversos en la ermita de Guembe ligados a niños tardos en hablar, o figurillas en Lodosa, en donde se conserva un relicario argénteo del santo.

Las novenas editadas en las prensas pamplonesas, como la publicada en 1753, popularizaron su vida y gestas, junto a los sermones del día de su fiesta y los gozos que musicalizados ayudaban al aprendizaje de sus proezas. Una de sus coplas rezaba así: ¿Sanáis mudos y tullidos, paralíticos, leprosos, endemoniados furiosos, restituís los sentidos, volvéis los bienes perdidos y curáis todos los dolores". En impresos y novenarios se le llega a denominar como Hércules de la Iglesia. En los relicarios y joyas también se popularizó su imagen en pequeño tamaño.

Azulejos y capillas callejeras también se encuentran en distintas localidades y constituyen un buen testimonio de su culto en tiempos pasados. En Fitero, por ejemplo, se localizaban tres hornacinas en sus calles. La más espectacular, una realizada en estuco de grandes dimensiones, barroca de fines del siglo XVII, ya desaparecida, de la que se conserva fotografía y de las más importantes en su tipología en Navarra. Tal abundancia se ha de poner en relación con la coplilla que se cantaba en la villa ribera que decía: ¿Tanta naranja en la China, tanto limón por el suelo, tanta mujer sin marido, como hay en ese Fitero". Hasta mediados del siglo XX, ciertas solteras secuestraban el Niño de los brazos de sus imágenes, no devolviéndolo hasta no encontrar el novio apetecido.
Entre las últimas realidades que portaron el nombre del Santo figura la Escolanía fundada en 1940, la Sociedad Juventud de San Antonio (1956), o el Colegio en Capuchinos extramuros clausurado en 1989.


Imágenes y lienzos singulares

La mayor parte de la iconografía del santo en tierras navarras corresponde a los siglos XVII y XVIII, en época barroca, así como al siglo XX en las numerosísimas esculturas de la escuela de Olot. En la actualidad, se conservan una treintena de retablos bajo su advocación, destacando los barrocos de Corella (1671), Luquin (1716), Sada (1726), Azcona (1730), Franciscanos de Olite (1761) e Iturmendi, remodelado a fines de la centuria. Algunos de ellos tuvieron especial significado en las artes comarcales, como el mencionado de Corella, que fue el primero en que se utilizaron las columnas salomónicas en la localidad, haciendo que se introdujesen en el gran retablo mayor del Rosario a gran escala.

Al periodo renacentista pertenece un relieve del retablo de Zúñiga, obra realizada a partir de 1563 por Juan de Ayala II y Diego de Ayala. De factura romanista son las tallas de Santesteban y del retablo de Cáseda, éste último obra de Juan de Anchieta. Por su importancia destacan algunos relieves y esculturas del siglo XVII, como los de los retablos de Sesma, Sarasa y Alsasua, y los bultos redondos de San Saturnino de Pamplona procedente del convento de Franciscanos de la capital navarra, de estilo tardorromanista, el del retablo mayor de las Clarisas de Estella, obra del escultor de Madrid Juan Ruiz (1679), el de las Concepcionistas de Estella o los Capuchinos , de Sangüesa, obra relacionada con la plástica andaluza y los modelos de Cano y Pedro de Mena. De todos estos ejemplos posee especial interés el relieve de Sesma, obra de Juan III Imberto realizada a partir de 1625, porque incorpora un atributo más inusual en la iconografía I antoniana: un racimo de uvas que sostiene un ángel sobre el santo y que alude a un milagro según el cual un hombre de poca fe, en un banquete, cogió unos sarmientos y una copa en las manos y dijo "Si San Antonio hiciese hacer uvas en estos sarmientos y que hinchiésemos dellas esta copa de mosto, esto tendría yo por milagro". Al instante, brotaron hojas y uvas maduras de los sarmientos que se exprimieron y dieron el mosto con el que se llenó la copa.

Excepcional por el tema en Navarra es el relieve del retablo de Milagro con la escena de la mula arrodillada, tan divulgado en la pintura y escultura europeas. Es obra de Sebastián de Sola y Calahorra (1680-1684). Como es sabido, representa el pasaje de la conversión de un judío, vestido como tal, que dudaba de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. El santo consiguió que el animal desdeñase la provisión de avena y se arrodilló ante la Sagrada Forma que el santo le presentó. La presencia en el retablo de los relieves de la Estigmatización de San Francisco y de la burra de San Antonio pudieran tener relación con algunas estampas que pudo conocer en el convento de las Clarisas de Nájera, en donde había trabajado, o que le proporcionasen los Franciscanos de Tudela o Tafalla, con los que mantuvo relación profesional a lo largo de toda su vida. Una excelente versión del tema realizó Vicente Berdusán para la capilla de los Villahermosa en el seminario de San Carlos Borromeo de Zaragoza.

En cuanto a las esculturas de primera mitad del siglo XVIII, hemos de mencionar la escultura de su retablo en Recoletas de Pamplona, obra del escultor tudelano Juan de Peralta (1712), las de Berbinzana y Mirafuentes, la dinámica escultura de Arruazu y la de la parroquia de Sesma, ya de las décadas centrales de la centuria y de estilo cortesano. En la segunda mitad, destaca la escultura de Meano sufragada por don Joaquín de Apellániz en 1761, aunque la obra de mayor calidad es la que preside la capilla de los marqueses de Feria en los Franciscanos de Olite, atribuida por García Gainza a Juan Pascual de Mena (c. 1760). A fines del Siglo de las Luces se popularizó un tipo con el santo semiarrodillado sobre una gran nube de diseño rococó, como se puede ver en las parroquias de Echalaz y Larraga.

Por lo que respecta a pinturas sobre lienzo, en su mayor parte representan la visión del Niño Jesús, con o sin la Virgen. La pintura del retablo mayor de Funes, obra de Vicente Berdusán es obra de calidad. En el retablo de San Veremundo de Grocin hay una pintura muy sencilla de comienzos del siglo XVII. Entre los relatos de la aparición hay que recordar el que nos habla que en mayo de 1231, después de haber predicado su última cuaresma en Padua, se trasladó a Verona y de aquí al castillo de Camposampiero del conde Tisso, donde habitaba una comunidad de religiosos franciscanos. En el bosque del castillo, al lado de un gigantesco nogal, el santo se hizo construir una pequeña cabaña, donde pasaba la mayor parte del día y noche dedicado a la meditación y a la oración. Aquí fue donde tuvo lugar la visión del Niño Jesús. El conde Tisso, que visitaba y espiaba con frecuencia a su célebre huésped, presenció cómo el santo tenía delante, entre sus brazos, al Niño Jesús. Este fue quien le advirtió que el conde lo había presenciado. El santo prohibió al conde que lo divulgara hasta que él hubiera muerto.

Otros hagiógrafos nos hablan de una aparición de  la Virgen entregándole al Niño. Generalmente, son pinturas conservadas en algunas clausuras de valor discreto. En el lienzo de la parroquia del Rosario de Corella se acompaña de ángeles músicos, en los Carmelitas de la misma ciudad se encuentra la composición más complicada con numerosos ángeles y el Niño en pie y en la parroquia de San Miguel se encuentra un cobre de mediados del siglo XVIII con el mismo tena. En Javier y en San Nicolás de Pamplona se conservan dos cobres de gran calidad, muy destacables y en la Casa de Misericordia de Tudela, la escena consabida en una guirnalda de flores elegantísima y de buena factura que cabría relacionar con las obras del pintor Matías Guerrero en las últimas décadas del siglo XVII. Las localidades de Valtierra, Estella o Caparroso conservan lienzos barrocos con la citada escena.

Pero el gran referente en imágenes de la vida del santo se encuentra en la iglesia de San Antonio de Pamplona. Un verdadero ciclo realizado por el pintor Sánchez Cayuela recoge seis pasajes de su vida en el ábside: su madre en Portugal sosteniendo al recién nacido, la toma de hábitos en la Orden Franciscana y su vida monástica, su primera misa, su viaje a Italia en barca y, finalmente, su imagen más repetida, con el Niño Jesús alzado en sus brazos. En los medios puntos laterales se representan dos escenas más: el santo predicando a los peces y resucitando a un muerto. En el mismo templo se puede admirar una buena copia de Murillo con el tema del santo con el Niño Jesús, obra de los inicios del siglo pasado del capuchino fray Pedro de Madrid.