08/03/2026
Publicado en
Diario de Navarra
Ana Zabalza Seguín |
Profesora de Historia Moderna, Universidad de Navarra
Cada 8 de marzo, el calendario nos invita a reflexionar sobre la trayectoria y el papel de la mujer en diversos ámbitos, entre ellos el mundo laboral. Sin embargo, para entender la verdadera profundidad de esta jornada, conviene hacer un ejercicio de perspectiva histórica. Como sugirió el escritor L.P. Hartley, «el pasado es un país extranjero; allí hacen las cosas de manera diferente». Al cruzar la frontera del tiempo y asomarnos a la vida de nuestras antepasadas, descubrimos que la mujer ha sido, durante siglos, el pilar de una actividad incesante donde su esfuerzo, aunque no recibiera un salario, sostenía la base material de la sociedad.
La casa como centro de producción
Para nosotros, el hogar es un espacio de consumo y descanso. Para nuestras antepasadas, la casa era una fábrica, un hospital, un almacén, una escuela. En aquel mundo, la distinción entre lo laboral y lo doméstico no existía, porque la subsistencia misma dependía de una actividad constante que nacía de las manos femeninas.
En este 8M, es necesario subrayar que el trabajo de aquellas mujeres tenía un peso determinante en la economía real. Casi nada se compraba; todo se fabricaba dentro del núcleo familiar. Ella era la responsable de la industria textil doméstica —transformando el lino y la lana en el ajuar que vestía a la familia—, la gestora del huerto y los animales de corral, y la administradora de unas reservas de alimentos que debían vencer al invierno. Si analizáramos ese esfuerzo bajo criterios actuales, veríamos que el mantenimiento de la vida dependía de una capacidad de planificación y una fortaleza física que rara vez han sido reconocidas en los libros de historia.
En el caso de Navarra, en buena parte del territorio, la herencia iba a parar a uno solo de los descendientes, y todavía en los siglos XVI y XVII la elegida era con frecuencia una mujer, que incluso transmitía su propio apellido a sus hijos.
La fuente: la red social frente al aislamiento
Aunque hombres y mujeres habitaban mundos con funciones muy separadas, el ámbito femenino no era un lugar de aislamiento. El trabajo de la mujer requería una interacción constante con la comunidad y espacios como la fuente pública o el lavadero no eran solo escenarios de una labor dura; eran los verdaderos centros de relación y gestión social de la época.
Ir a por agua —una tarea exclusivamente femenina— era un hito crucial en la rutina diaria. En la fuente se intercambiaban saberes y noticias, se tejían alianzas de ayuda mutua y se ejercía una vigilancia solidaria sobre el bienestar de las vecinas. Era un espacio de autonomía tan genuino que el progreso tecnológico fue visto, en ocasiones, con una lógica desconfianza.
En un pueblo cercano a Pamplona a principios del siglo XX, cuando el ayuntamiento, compuesto por hombres, decidió instalar agua corriente en las casas para “facilitar” la vida de las mujeres, ellas se negaron. Sabían que el grifo individual en la cocina las condenaría al aislamiento doméstico permanente, rompiendo su único momento de libertad y su red de apoyo. La resistencia fue tal que las autoridades tuvieron que cegar la fuente pública para obligarlas a aceptar el agua en casa.
Custodias de la vida y la tradición
En ese “país extranjero” donde la muerte era una compañera cotidiana, la mujer actuaba también como la guardiana de los ritos fundamentales. Eran ellas quienes asistían en los partos y quienes, con la misma serenidad, gestionaban los ritos del duelo. Eran las dueñas de una sabiduría transmitida de generación en generación que permitía a la comunidad transitar por los momentos de crisis.
Esa autoridad se extendía a la formación y a la transmisión de valores. La mujer era la gran educadora, a través de la palabra y el ejemplo, y la respuesta a las grandes preguntas no se buscaba en manuales, sino en la tradición que ellas custodiaban. Como una brújula invisible, esa herencia explicaba a cada individuo cuál era su lugar en el mundo, otorgándole un sentido de pertenencia que ni las leyes ni los reyes alcanzaban a proveer.
Una dignidad que trasciende el tiempo
Al observar hoy las fotografías antiguas, solemos ver mujeres de mirada grave y trajes oscuros. Es fácil caer en la tentación de pensar que esa seriedad era síntoma de una vida apagada o infeliz, pero en realidad no sabemos qué sentían, Tal vez buscaban transmitir la dignidad de quien sabe que sobre sus hombros descansa la supervivencia de los suyos y la custodia de la memoria familiar.
Reivindicar el 8M desde la historia nos permite dejar de ver a nuestras antepasadas como figuras pasivas y reconocerlas como las gestoras de la supervivencia. Su legado no está en los grandes monumentos, sino en la continuidad de la vida misma. Ellas fueron el hilo que mantuvo unido el tejido del mundo, demostrando que el cuidado y la gestión de lo cotidiano constituye uno de los cimientos sobre los que se construye cualquier civilización.