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Gerardo Castillo Ceballos, Profesor de la Facultad de Educación y Psicología

La civilización de los ociosos

vie, 08 feb 2019 09:32:00 +0000 Publicado en El Diario Montañés y Las Provincias

Se supone que estamos ya en la “civilización del ocio”, preconizada por  el economista inglés John M.  Keynes a principios del siglo XX. Las máquinas (la tecnología) nos liberarían progresivamente del trabajo asalariado, lo que se traduciría en más tiempo libre.   En 1964, Joffre Dumazedier publicó “Hacia una nueva civilización del ocio”.

Aunque las predicciones de Keynes se cumplieron sólo parcialmente, sirvieron para sensibilizar sobre su importancia. El ocio dejó de considerarse como un aspecto residual de la vida para verse como una realidad autónoma y un  derecho cívico. Pero una parte de la población, por la fuerza de la inercia, sigue viéndolo como en épocas anteriores.

 Para algunas personas la nueva situación es una valiosa oportunidad para practicar el ocio activo y creativo, mientras que para otras es un problema: temen que ese tiempo añadido e inesperado les incite a pensar más en sí mismos y a preguntarse por el sentido de su vida. Esto último ha llevado a muchos a evadirse con el consumismo y las diversiones banales. El problema aumenta para quienes creen que los términos ocio y ociosidad son sinónimos.

La esperada cultura del ocio se está convirtiendo en la subcultura de la ociosidad y en  la civilización de los ociosos. Son ociosos los que aparecen inopinadamente cuando te has “escondido” para terminar un trabajo urgente; los que cuando estás pescando (ocio) te preguntan: “¿pican o no pican?”; los que dedican muchas horas a “vigilar” obras y a observar partidas de cartas en los bares; los que se pasan mucho tiempo  en una hamaca sin más ocupación que contar nubes.

 Lo que siempre se llamó ociosidad  ahora se denomina “desconectar” Una posible desconexión más positiva sería ver el ocio como el tiempo de transición necesario para conectar consigo mismo, con una vida  que tiene un sentido más allá del trabajo y de la productividad.

Existen tres tipos principales de ocio: inactivo (ociosidad), pasivo y activo. En el ocio pasivo el sujeto no se moviliza, pero al menos es receptor de estímulos (por ejemplo, leer, escuchar música o  ver la televisión). El extremo opuesto a la ociosidad es el ocio activo y creativo, en el que una persona es tanto receptor como emisor de estímulos, lo que requiere ponerse en movimiento por iniciativa propia. Por ejemplo, jugar al ajedrez, practicar con un instrumento musical, participar en algún deporte colectivo, etc.

Actualmente la ociosidad  es muy atractiva para personas de cualquier edad. Algunas encuestas lo confirman. A la pregunta  “¿qué hará en sus vacaciones?”, la respuesta  mayoritaria es “nada”.

El verdadero ocio no es pasividad, sino cambio de actividad. “El ocio es afirmar la propia personalidad mediante actos o actitudes creativas. El ocio es el recreo del hombre o mujer diligente, pero no del vago, ya que una vida de ocio y una vida de ociosidad son dos cosas completamente diferentes”. (J. A. Pérez Rioja: Educación para el ocio).

Para los griegos el tiempo libre era descanso activo y ocio noble, destinado al aprendizaje y al desarrollo de la personalidad.  Aristóteles decía que “trabajamos para poder tener después skolé (ocio); para poder dedicarnos luego libremente a aquellas ocupaciones que nos gustan y que desarrollan nuestro espíritu.”

 El ocio es una actitud personal  que hay que desarrollar. Para Pieper “el ocio es un estado del alma. Es una forma de ese callar que es un  presupuesto para la percepción de la realidad. Es la actitud de la percepción receptiva y contemplativa en el ser.” (El ocio y la vida intelectual).

Víctor Frankl sostiene en “El hombre en busca de sentido”,   que la ociosidad despierta  el vacío existencial o vacío interior en el que se hunde el hombre cuando descubre  que su vida carece de sentido. Añade que esto ocurre porque “el desocupado vive el vacío de su tiempo como el vacío de su intimidad, de su conciencia. El estar sin ocupación le da la sensación de inutilidad, y termina por creer que su vida no tiene sentido”. Por ello, propone el logro del sentido de la vida a través del sufrimiento aceptado y referido al “supra-sentido”, en clara referencia a Dios.

La ociosidad atrofia tanto el cuerpo como el espíritu. En cambio, el ocio activo contribuye a la salud física y mental. Para John Neulinger (1981) el ocio no sólo es promotor de la calidad de vida, sino la esencia de ella; no es un estado neutral de la mente, sino un estado positivo y un importante valor. Este criterio ha sido compartido por muchos personajes egregios de la historia. Por ejemplo: “La felicidad reside en el ocio del espíritu” (Aristóteles); “La vida ociosa es una muerte anticipada” (Goethe).