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Patrimonio e identidad (51). Serpientes en el arte navarro. Significados encontrados: entre el vicio y la virtud

07/05/2021

Publicado en

Diario de Navarra

Ricardo Fernández Gracia |

Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

La imagen de la serpiente, al igual que la de otros animales y objetos, no posee el mismo significado en los diferentes periodos históricos, ni en los diversos lugares en los que se le representa. Es preciso, siempre, contextualizar su presencia y hacer notar la relación con el personaje al que acompaña, sin perder nunca de vista el entorno general y particular. Su carácter venenoso y actuación como tentadora en el Paraíso, la acabaron por convertir en símbolo del pecado y del demonio. Las alusiones despectivas en la Biblia son abundantes. Sin embargo, su facilidad para renovar la piel, o desprenderse del veneno cuando va a beber agua a un río, le valió ser símbolo de la prudencia y de la renovación de la vida.

En la Antigüedad, fue atributo de Apolo -por haber vencido a la serpiente Pitón-, de Hércules -por haberse enfrentado a un par en la misma cuna-, de Esculapio -divinidad de la medicina- y de Ceres -personificación de la tierra, por andar siempre pegada a ella-. Acompaña a las alegorías de la envidia, la herejía, el pecado, la discordia y la dialéctica. Cuando aparece en un círculo, mordiéndose la cola, se le conoce como ouroboros, con significado de eternidad.

Asimilada al mal, el pecado y el veneno en la iconografía religiosa

La presencia de la serpiente junto a Adán y Eva en el paraíso, o vencida y pisoteada a los pies de la Inmaculada o de un Resucitado, es harto elocuente de su filiación con el pecado y el mal.

Desde el siglo XII, contamos con figuraciones de la serpiente en el paraíso, junto al árbol del bien y del mal e incitando a Eva a tomar la fruta prohibida. La maldición divina sobre el animal fue un texto del Génesis muy comentado. Al respecto, hay que recordar que el reptil fue un instrumento del diablo en la tentación y acabó identificándose con él desde el siglo II. Entre las representaciones del pasaje, tenemos una enjuta de la portada de Santa María de Sangüesa de fines del siglo XII, un capitel de la puerta del Juicio de la catedral de Tudela, en las primeras décadas del siglo XIII y otro capitel de Santa María de Olite, de fines de la misma centuria. En el claustro pamplonés, en las postrimerías del siglo XIII y comienzos del XIV, encontramos la escena en un capitel, con la novedad de que el ofidio posee cabeza de mujer, en sintonía con algunos textos de los siglos XII y XIII. El arte de los siglos siguientes, dejó ejemplos del pasaje en retablos, como los renacentistas de Huarte Araquil y Valtierra o la pintura rococó de Pedro de Rada en la sacristía capitular de la catedral de Pamplona. La escena del pecado original figura pintada con delicadeza en el orbe, sobre el que apoya el Niño Triunfante de las capuchinas de Tudela (hoy en el Museo Decanal de la misma ciudad), obra atribuible a Luis Salvador Carmona (c.1760). Por si no fuera suficiente para recalcar el triunfo sobre el pecado y la muerte, al orbe se enrosca una desafiante serpiente con la boca abierta. No faltan plasmaciones del tema en las artes suntuarias, como el plato limosnero de Sorlada, obra de la primera mitad del siglo XVI.

La figura de Cristo resucitado, no tan abundante como cabría pensar, porque en el ciclo de pasión y resurrección, domina clarísimamente el primer apartado, se acompaña en algunas ocasiones de una calavera y una serpiente en sus pies, para pregonar su victoria sobre la muerte y el vicio. Así, lo encontramos en el retablo mayor de Santa María de Tafalla, obra romanista comenzada por Juan de Anchieta y finalizada por Pedro González de San Pedro. El modelo de Tafalla, basado en una famosa escultura de Miguel Ángel, se siguió en otros casos como los de Andosilla, Murillo de Yerri y Mendigorría. Con el mismo significado, aparece en las puertas de algunos sagrarios, como los de Lácar, Mutilva Baja, Galar, Arboniés y Araiz.

A los pies de la Inmaculada Concepción, junto a la media luna alusiva al texto apocalíptico, suele aparecer un dragón o una serpiente, frecuentemente mordiendo el fruto del árbol. Pinturas y esculturas conservadas en distintas localidades nos presentan, con gran realidad, serpientes bellamente policromadas, con los detalles de las escamas de su piel y su color, así como las cabezas en las que destacan sus ojos de mirada penetrante. En algunas pinturas y esculturas la serpiente se enrosca en la luna inferior (escultura de fines del siglo XVII de las clarisas de Olite), a veces muerde la manzana (escultura de las comendadoras de Olite por José Ramírez, 1770, o los bordados aragoneses de los capillos de los ternos de las clarisas de Estella y las agustinas recoletas de Pamplona, y los grabados de fines del XVIII.

En alusión a su veneno, acompaña a las copas de santos a los que se intentó envenenar, como san Juan Evangelista, san Luis Beltrán, san Juan de Sahagún o san Benito. En muchas ocasiones, la cabeza es de dragón. También acompaña a santa Cristina, por los tormentos a que le sometieron sus verdugos con animales venenosos, víboras y áspides.

En las visiones infernales, como la de la sacristía de Larraga, obra de Diego Díaz del Valle (1803), estudiada por I. Cacho, no faltan junto a otros dragones y monstruos. En esa composición y en los lienzos con el mismo tema de san Miguel expulsando al maligno, suelen aparecer enormes culebras junto a pintorescos demonios.

En sintonía con algunos vicios: lujuria y la discordia

El capítulo de la alegoría como personificación de vicios, virtudes, actitudes y aptitudes estuvo muy presente, de modo muy especial, en libros y grabados, aunque no faltó en relieves de sillerías de coro o retablos, e incluso en la escultura monumental desde la Edad Media.

E. Aragonés estudió en su monografía la imagen del mal en el arte románico en Navarra, así como el origen y desarrollo del tema en el mencionado periodo, destacando los textos de Juan Clímaco, Etienne de Fougères o la visión de Alberico, que no sólo reserva el castigo de sapos y culebras a las adúlteras y lujuriosas, sino que lo extendió a madres solteras y a aquéllas que no quisieron amamantar a sus hijos.

Entre sus representaciones en relación con la lujuria, recordaremos la portada románica de Santa María de Sangüesa, de fines del siglo XII, en donde se encuentra en cuatro ocasiones, tres en las arquivoltas y una en la enjuta. En la portada de San Miguel de Estella, se ve en la arquivolta externa en un contexto de bestias y vicios y presenta sus pechos atacados por sendas serpientes a las que agarra con sus manos en un intento de frenar el suplicio. El otro gran ejemplo está en una de las dovelas de la portada del Juicio de Tudela, en ambos casos una serpiente muerde el sexo de una mujer, mientras sus pechos son corroídos por unos sapos. En otra dovela los demonios le muestran a la mujer un espejo, como recuerdo de la presunción y la vanidad.

En el palacio del marqués de San Adrián de Tudela, la primera de las pinturas que nos introduce en el conjunto de mujeres ilustres, estudiado por la profesora García Gaínza, es la alegoría de la discordia. Como suele ser usual, lleva el pelo alborotado, una serpiente recorre su cuerpo y sostiene una manzana, que se dispone a ofrecer -cual juicio de Paris-, a Juno (omnipotencia), a Venus (amor) y a Minerva (sabiduría). Como es sabido, este conjunto fue realizado por el pintor Pietro Morone, en 1569, con un fin didáctico, a iniciativa de don Pedro Magallón, en honor a su mujer, Laura de Soria.

En clave positiva: atributo de la prudencia

La personificación de la prudencia suele llevar como atributos un espejo y una serpiente. El primero para hacer referencia a la virtud del conocimiento propio. La serpiente tiene como fundamento literario el texto de san Mateo (10,16), en el que se advierte: “Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas”.  La virtud cardinal fue defendida en los textos como fundamento de gobierno en príncipes, reyes, magistrados y prelados, concluyendo que una república sin prudencia era un navío sin timón.

Edificios municipales de la categoría del ayuntamiento de Pamplona, de mediados del siglo XVIII, la casa de la ciudad en la Plaza nueva de Tudela, de fines del XVII o el consistorio de Vera (1773-1776), recurrieron al lenguaje de la personificación de las virtudes del buen gobierno.

En los retablos mayores de Cábrega, Learza, Ugar, Olazagutía, Berrioplano, Tirapu, Arellano y Muruzábal y en colaterales de Azagra, Ochagavía, Garisoain, Lumbier, Villatuerta o Mañeru, entre otros, se pueden contemplar virtudes teologales y cardinales con sus correspondientes atributos. Sin embargo, a la prudencia la suele presentar únicamente el espejo del conocimiento y la verdad, aunque en algunas ocasiones, como en Urroz Villa, le acompañan un par de serpientes. Da la impresión de que, dentro de los templos, se debió optar por su eliminación para no dar lugar a equívocos con un animal, que se asimilaba con el pecado y el mal.

La alegoría de la prudencia en una gran escultura del retablo de la Virgen del Camino de Pamplona, sólo porta el espejo. Sin embargo, la del retablo baldaquino de Santa Ana de Tudela, ubicada en su ático, lleva una serpiente bien visible, en un programa dedicado a la exaltación de la madre de la Virgen, junto al resto de las virtudes cardinales, que escoltan a la fe. Es obra de 1751, realizada por José Ortiz, encargado de la finalización de aquel proyecto, iniciado en 1737 por Juan Bautista Eizmendi.

Ni qué decir tiene que, entre los recursos gráficos y de oratoria ligada a los funerales regios, los significados positivos de la prudencia encajaron perfectamente para realizar los discursos laudatorios de los difuntos monarcas. Entre los emblemas conservados en el Archivo Municipal de Pamplona, estudiados por J. L. Molins y J. J.  Azanza, encontramos a la serpiente en tres composiciones, dos correspondientes a las exequias de Isabel de Farnesio (1766) y una a las de Carlos III (1789). En los de la mencionada reina, dentro de un programa ideado por el mercedario Juan Gregorio González de Asarta, con dibujo del pintor Fermín Rico, encontramos a un joven, con rostro melancólico, mordido en su corazón por una serpiente para significar el dolor, en clara inspiración de la alegoría del mismo, según Cesare Ripa. En el segundo, se figura una serpiente entre piedras para significar la prudencia y el cuidado, fuera de la falsa adulación.

En el caso del jeroglífico del rey, se dibuja una serpiente de cuerpo enroscado para significar la prudencia, astucia y la cautela, por lo que se le representa ocultando su cabeza bajo el cuerpo. De la actuación del animal, extraían los emblemistas y predicadores sus grandes cualidades: renovación y sagacidad (por el cambio de piel aprovechando las hendiduras de las piedras), eternidad (cuando aparece en círculo), prudencia y astucia (en espiral). La ejecución material correspondió a Juan Francisco de Santesteban, recogiendo el pensamiento del presbítero Ambrosio de San Juan y del dramaturgo y poeta Vicente Rodríguez de Arellano.

El pecado y su antídoto: algunas cornucopias y la sillería de Lerín

Sin dejar el mundo de la simbología y la alegoría, podemos fijarnos en las cornucopias de estilo rococó de las sacristías de la catedral de Pamplona y de la parroquia de San Saturnino de la misma ciudad, para comprobar un mensaje único de la mano de sendos elementos. En ambos casos, esas cornucopias podrían estar con los mismos elementos en un palacio de la época. El campo de la cornucopia está ocupado por grandes espejos que, en esos contextos, se han de leer como vanidad y vanagloria de quien se contempla ante ellos, sea un noble o un alto clérigo. En la orla figuran serpientes y palomas, en clarísima alusión a las recomendaciones evangélicas de ser humildes como palomas y prudentes como serpientes. El mensaje resulta evidente: contra el pecado de vanidad, la virtud de la humildad siempre relacionada con la prudencia. Ese tipo de juegos de ingenio y agudeza estuvieron muy presentes en aquella sociedad que, pese a ser mayormente iletrada, manejaba unos códigos de lectura de algunos objetos y animales con mayor destreza que la que podríamos suponer actualmente.

El orden bajo de la sillería de Lerín contiene en sus respaldos tableros de diferentes manos de un taller, pero de la misma cronología. El conjunto se planteó en 1763 según el plan de Diego de Camporredondo. El visitador concedió el permiso para su ejecución, pero dos franceses llamados Pedro Labarrera y Francisco Bussou, criados suyos, intentaron que se les adjudicase haciendo una rebaja.

Uno de los tableros, muestra un árbol al que se enrosca una serpiente con un fruto en la boca, en clara evocación a la tentación y al árbol del Paraíso. A sus lados, dos motivos con simbología contraria: a la derecha, vemos una cigüeña matando a una serpiente, lo que significa la preocupación por el bien común, siguiendo a autores como Aristóteles, Plinio y Plutarco. La cigüeña también es símbolo de la piedad filial por su fama de alimentar a sus padres cuando se hacían viejos. Al otro lado, un campanario coronado por una paloma, en clara alusión a la humildad. Por tanto, se trata de oponer al pecado, el demonio y sus insidias frente a la humildad y el bien común, este último muy en sintonía con la época de la Ilustración.