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Los jacobinos negros, de C. L. R. James: Los frutos amargos del resentimiento político

06/08/2026

Publicado en

Expansión

Jaume Aurell |

Catedrático de Historia Medieval

Pocos libros de historia contienen tantas enseñanzas para el presente como Los jacobinos negros. Su autor, C. L. R. James, fue un caribeño, nacido en 1901 en Trinidad, entonces bajo dominio colonial británico. Desde el principio se orientó hacia una actividad polifacética que le llevó a escribir ficción, practicar atletismo, dedicarse al comentario periodístico sobre el críquet y desarrollar el activismo anticolonial, que es lo que le hizo célebre. En 1932 se trasladó a Nelson (Inglaterra) para desempeñar diversos trabajos relacionados con su pasión por el críquet. Ya en Londres, profundizó en sus ideas socialistas y comunistas, con el objetivo de contribuir de forma más eficaz a la lucha anticolonial y, más concretamente, a la lucha panafricana. Durante esos años, quedó fascinado por la historia de la revolución de los esclavos negros de Haití, la única que, hasta el momento, ha dado la victoria a los sublevados. ¿En qué consistió esa epopeya? 

En vísperas de la Revolución Francesa, la colonia francesa de las Antillas, Santo Domingo, era la joya de la corona para Francia, al igual que la India lo era para Inglaterra. Contaba con una considerable riqueza agrícola y una enorme mano de obra de medio millón de esclavos, lo que en sí mismo constituía un mercado humano —o, más exactamente, inhumano— aún más suculento. En el verano de 1791, los esclavos de la isla se rebelaron. Lo que parecía un levantamiento efímero se convirtió en una sangrienta lucha de doce años. Durante ese período, los esclavos derrotaron sucesivamente a sus jefes locales, a los soldados napoleónicos, a una nueva invasión española, a la expedición británica a gran escala y, finalmente, a la nueva expedición francesa ahora comandada por el cuñado de Napoleón. Finalmente, triunfantes, los esclavos establecieron en 1804 el nuevo Estado de Haití. Habían ganado su libertad a un precio muy alto: un precio que, desgraciadamente, incrementaría con el tiempo y que dio lugar al que hoy conocemos como estado fallido de Haití.

James es entusiasta con la revolución, pero su honradez de historiador le impide sacar conclusiones excesivamente elogiosas o eufóricas de la revolución. Por un lado, reflejó maravillosamente en su libro – que se puede leer como una novela – la capacidad transformadora de los esclavos. Hasta entonces, los esclavos africanos y americanos tenían la reputación de quedar paralizados, completamente sumisos, ante la presencia intimidatoria de un hombre blanco armado. Los rebeldes haitianos, por el contrario, actuaron con una determinación que los llevó a convertirse en dueños de su propio destino individual y colectivo. La capacidad de acción colectiva de los esclavos y el heroísmo de su héroe, Toussaint L’Ouverture, cautivaron a James, por lo que decidió dedicarles un libro.

Sin embargo, James, que era al mismo tiempo un investigador riguroso y un insobornable activista, supo ver la otra cara de la moneda: las consecuencias desastrosas que la revolución tuvo a medio y largo plazo para Haití. Nunca se conformó con un simple ejercicio académico: buscaba una proyección social de su investigación. Como vimos la semana pasada con la Revolución Francesa de Michelet, el historiador puede tener esa noble pasión de mejorar el mundo, siempre y cuando esto no distorsione su objetividad histórica.  

Esta cualidad de combinar rigor histórico con activismo social se pone especialmente de manifiesto cuando James se centra en “el día después” de la revolución. James explica que tras un permanente de agitación revolucionaria —¡de doce años!— los revolucionarios no supieron encontrar el camino para construir una sociedad estable, libre y pacífica. Esto plantea la paradoja de que casi todos los períodos posrevolucionarios requieren la presencia de un único líder autocrático, normalmente aquel que se ha convertido en el héroe de la liberación. El caso de la Francia revolucionaria fue muy claro: Napoleón. En Haití, Toussaint se comprometió con la construcción de una nueva sociedad, pero se equivocó en quienes tenían que dirigir ese proceso, puesto que eligió a los mismos soldados y generales negros y mulatos que habían llevado a cabo la revolución. 

Las políticas vengativas que éstos impusieron sobre los blancos generaron una contrarrevolución, que dio lugar después a la emancipación nacional. Surge entonces el segundo gran protagonista del drama de Los jacobinos negros: el general Dessalines. Mientras la estrella de Toussaint se apagaba —fue deportado a Francia por las tropas napoleónicas ansiosas de restablecer la esclavitud y murió en condiciones deplorables en una miserable prisión francesa—, Dessalines lideró el nuevo proceso revolucionario: derrotó a los franceses y se proclamó emperador de la Haití independiente en 1804. Es el otro destino de las revoluciones: los líderes originales caen, el pueblo se levanta, surgen nuevos héroes y estos son a su vez sustituidos por otros líderes que los han traicionado: Dessalines también resultó ser efímero, ya que fue asesinado por dos de sus colaboradores más cercanos en 1806. 

El epílogo del libro tiene tintes dramáticos que marcarán la historia posterior de Haití hasta hoy. La venganza acapara toda la escena: Dessalines ordenó la masacre de los blancos poco después de tomar el poder. James no puede ocultar su tristeza, como autor, ciudadano e historiador, utilizando palabras brutales pero justas:

La masacre de los blancos fue una tragedia; no para los blancos. Para esos antiguos propietarios de esclavos, aquellos que quemaban un poco de pólvora en el trasero de un negro o que lo enterraban vivo para que se lo comieran los insectos, que fueron bien tratados por Toussaint y que, tan pronto como tuvieron la oportunidad, volvieron a sus viejas crueldades; por ellos no hay necesidad de derramar ni una lágrima ni una gota de tinta. La tragedia fue para los negros y los mulatos. No fue política, sino venganza, y la venganza no tiene cabida en la política.

La historia tiene un final triste. La matanza de los blancos supuso una ruptura con la tradición e impidió cualquier continuidad con el pasado. Cuando una nueva sociedad rompe radicalmente con su pasado, se embriaga con el presente, pero pierde la esperanza en el futuro al carecer de una plataforma mínima estable: “Los blancos fueron desterrados de Haití durante generaciones, y el desafortunado país, arruinado económicamente, con una población carente de cultura social, vio duplicadas sus inevitables dificultades por esta masacre”. Además, el imperialismo codicioso resurgió de nuevo —el poder hegemónico siempre encuentra recursos para reimponerse— en forma de dominación económica o dependencia cultural. 

Ojalá aprendamos estas lecciones de la historia, y en lugar de juzgar el pasado, nos limitemos a tomar lecciones de él.