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Las grandes restauraciones en Navarra (10). La casa consistorial de Pamplona. Un solar en tres tiempos

06/06/2022

Publicado en

Diario de Navarra

José Luis Molins Mugueta |

Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Diario de Navarra, en colaboración con la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro de la Universidad de Navarra, aborda, mensualmente, de la mano de especialistas de diversas universidades e instituciones, aspectos relativos a las restauraciones e intervenciones en grandes conjuntos de nuestro patrimonio cultural.

La Casa Consistorial de Pamplona, al principio conocida como Casa de la Jurería, más tarde del Regimiento y en la actualidad popularmente denominada Ayuntamiento, ha llamado la atención de historiadores, publicistas locales, viajeros y literatos.

Primer tiempo (1423-1753)

Su origen se remonta a la promulgación del Privilegio de la Unión por Carlos III el Noble, el 8 de septiembre de 1423, con la intención apaciguadora de las disensiones, e incluso de violencia bélica, que habían enfrentado a los núcleos poblacionales en la Edad Media. El texto especifica la organización institucional del gobierno de Pamplona, desde entonces unificada como Ciudad. Y señala el lugar preciso para el emplazamiento de la Jurería -en el foso de la Navarrería, hacia la torre llamada de la Galea y cerca del portal del Burgo-, en tierra de nadie, solar simbólico sobre el que efectivamente se edificó una Casa, que, por municipal, lo sería de todos. Las obras se desarrollaron con cansina lentitud, parece que por motivos de financiación. Inicialmente se asignaron setecientas libras para la fábrica, tomadas de las rentas de la Ciudad. Medio siglo después, en 1483, todavía era necesario consignar trescientas libras anuales a tal fin; cantidad que, en 1486, los reyes Juan y Catalina aumentan a cuatrocientas. El primer libro de Consultas o sesiones conservado en el Archivo Municipal (AMP), datado en 1556, da cuenta de la Casa del Regimiento como ya construída y operativa. A lo largo de los siglos XVI, XVII y primera mitad del XVIII se suceden noticias de reparaciones y obras en el edificio, unas de mero mantenimiento; pero a medida que avanza el tiempo, otras, cada vez más frecuentes, que denotan importantes daños estructurales. En octubre de 1751 el estado el inmueble resultaba preocupante y los regidores recabaron criterios técnicos, entre los que se cuenta el dictamen del Coronel Jefe de Ingenieros Jerónimo Marqueli, entonces ocupado en la dirección de las obras de fortificación de Pamplona. Coincidió Marqueli con el informe pericial previo de los veedores de edificios Múzquiz y Olóriz, levantó cuatro planos o perfiles con las propuestas de consolidación y avanzó un presupuesto de sesenta y siete mil reales de plata, moneda de Navarra, como monto del proyecto. El Regimiento, conocedor de todo ello, aprobó la realización de las obras propuestas en su consulta de 21 de diciembre de 1751. Queda, pues, claro que en ese momento todavía se apostaba por la reparación del edificio, exclusivamente en las partes que planteaban problemas; ello sin renunciar a una redistribución de los espacios interiores para aligerar cargas y conseguir la óptima adecuación operativa. La documentación al respecto contiene un pliego anónimo, especialmente interesante para conocer el reparto de espacios y funciones del viejo caserón. Y, sobre todo, para apreciar gráficamente el alzado de su fachada lateral, recayente a la Cuesta de Santo Domingo. Pero convendrá primero abordar lo concerniente al terreno elegido. La acusada pendiente del solar trapezoidal, escogido en el barranco -que había sido foso medieval, frente a las murallas de la Navarrería y del Burgo de San Cernin- determinaba un pronunciado desnivel entre la fachada principal, abierta a la plaza Consistorial, y la posterior -más ancha-, en su caso recayente a la actual de Santiago. Dotar de horizontalidad al edificio obligó a disponer un sótano, que, partiendo como subterráneo bajo la cota cero del frontis principal, decrecía en altura hacia el extremo norte, primero como semisótano, después ya como planta baja; de modo que en 1751 el Peso de la Harina y las diez botigas inmediatas se hallaban al nivel del espacio exterior. Del análisis de planos y textos se deduce que la construcción de la primera Casa Consistorial se concebió en dos bloques arquitectónicos, en sendas fases cronológicas sucesivas. El primer bloque, que tuvo un carácter preferentemente institucional y representativo, ocupaba en planta una superficie más de dos veces superior a la del otro. Además, elevaba tres alturas sobre el sótano, correspondientes a las plantas baja; primera, principal o noble; y segunda. El bloque aledaño, que cobijaba lonjas, botigas (tiendas) y funciones exclusivas de abastecimiento ciudadano, disponía únicamente de dos pisos. El edificio institucional, visto desde la cuesta de Santo Domingo, contaba con una puerta secundaria, en arco de medio punto, que permitía el acceso público por ese lado. Descendiendo, hacia la plaza de Abajo y haciendo frente a las escaleras de Portalapea, se abría un espacioso portalón bajo arco escarzano, que atendía el aprovisionamiento de botigas y almudí, el acceso al Peso de la Harina y el libre tránsito ciudadano a la belena frontera. En el interior, la planta baja del primer bloque continuaba su trazado horizontal sobre la bóveda del pasadizo indicado, pasando a convertirse allí en la segunda altura del bloque de abastos. La leyenda explicativa del plano a la vista ofrece un dato de interés: denomina Almudí Antiguo al espacio situado en el primer edificio y almudí añadido, al ámbito que lo continúa en el edificio anexo, construcción, pues, posterior en el tiempo, correspondiente a la segunda fase. Mediado el siglo XVIII, el interior de la planta primera o principal, en sentido de Sur a Norte (desde la plaza de la Fruta hacia el convento de Dominicos), acogía las dependencias de la Secretaría, que hacía frente a una confortable sala de estar, dotada de cozinilla o chimenea, que en invierno llegó a servir como salón de sesiones para la Corporación. Prosiguiendo el itinerarío se encontraba la Sala de Audienzias, lugar donde el Alcalde presidía los actos judiciales de su competencia; enfrente, en sentido longitudinal y con ventanas recayentes a la bajada a la plaza de Abajo, hoy de Santiago, la Sala de Armas compartía las funciones de pasillo y de armería. Más al fondo, ya en sentido perpendicular al eje de la planta, se encontraba la Antesala, que lo era de espera, tanto para las audiencias como para la reunión previa de los regidores, antes de su ingreso en el Consistorio, para celebrar la sesión reglamentaria, denominada consulta; de la que deriva el apelativo Sala de la Consulta, para esta pieza paralela a la antesala, que en la cabecera contaba con una pequeña capilla, para los actos religiosos protocolarios.

Segundo tiempo (1753-1951)

Mientras el Regimiento adoptaba decisiones de índole varia, preferentemente económica, en orden a financiar la consolidación de la Casa Consistorial, de conformidad con su acuerdo de diciembre de 1751, el edificio manifestó un rápido empeoramiento de sus problemas tectónico-estructurales, de suerte que en mayo de 1753 los regidores decidieron su urgente derribo y la construcción de nueva sede sobre el mismo solar. Para julio siguiente ya disponían de proyecto y presupuesto global por gremios. Las trazas, inclusive el diseño de fachada, eran idea del maestro de obras Juan Miguel de Goyeneta; y de conformidad con ellas se inició la fábrica. Para 1755 la situación constructiva permite empezar la fachada principal, momento en que las dudas y el deseo de patrocinar una portada de mayor belleza que la ya escriturada con Goyeneta asaltó a los ediles. Tenían la solución al alcance de la mano, pues en agosto de 1753 había visitado Pamplona don José de Zailorda (1688- 1779), présbítero bilbaíno de ascendencia navarra, persona de reconocida habilidad y gusto para concebir edificios suntuosos; motivo de que entonces algunos capitulares le encargasen un alzado de garbo, luzimiento y esplendor, por si gustase la Ciudad valerse de él a su tiempo. Esta circunstancia acontece mediado marzo de 1755, propiciando la elección de este perfil durmiente y la firma de la oportuna escritura. El diseño de Zailorda es doble, pues en la traza las soluciones planteadas a uno y otro lado del eje de simetría difieren claramente. Los asesores consultados consideraron más logrado el proyecto que denominan de columnas (“exentas”, frente a las “adosadas”), que estimaron de más gala y magnificencia que el que se tenía escriturado con Juan Miguel de Goyeneta. De modo que el frontispicio, en lo que corresponde a las plantas baja, principal y segunda, siguió el plan Zailorda. En 1756 el remate fue sustituído por otro, según idea del prestigioso Maestro de Obras Reales Juan Lorenzo Catalán. En agosto del mismo 1756 fue requerida la presencia de José Marzal, maestro de mucho crédito e intelixencia, para que a la vista de la fábrica hiciese un deseño de escalera, adecuado al empaque que se pretendía dar al edificio. Pertenecía Marzal a una familia de constructores, activos en el momento barroco navarro del siglo XVIII, con centro en la Ribera. Como respuesta al encargo realizó la traza requerida, con su media naranja y linterna, y redactó la pertinente memoria, por cuyo trabajo, incluídos gastos de viajes y estancias, cobró ochenta pesos sencillos. Esta notable escalera subsistiría hasta 1952, fecha del derribo de un edificio del que no resta sino la fachada originaria. De caja rectangular y doble tiro, su tipo respondía al modelo denominado imperial, con búsqueda de efectos escénicos y teatrales, pues a medida que se ganaba altura, los diferentes planos de visión ofrecían perspectivas distintas, a las que no era ajena la cambiante iluminación, obtenida a partir de los óculos y ventanas de la linterna que remataba la cúpula gallonada. Y una nota muy del Barroco, como es la fusión de las Artes, pues se conservan bocetos de pinturas en color, de paisajes y escenas enmarcadas por motivos rococó, para los descansillos. En la leyenda que acompaña a la traza diseñada por José Marzal, se observa señalado con I: I es la Puerta sobre la vóveda para dar passo al quarto de los clarineros. Resulta fácil imaginar la impresión emocional que produciría en los participantes en actos que requirieran la presencia de la corporación en Cuerpo de Ciudad, la coincidencia de la arquitectura con los motivos plásticos y pictóricos, con los efectos de luz, sumado ello a los acordes musicales de clarines, expandiéndose desde lo alto en toques protocolarios. Ultimada la construcción de la nueva fábrica, el sábado 26 de enero de 1760 el Regimiento pudo celebrar sesión inaugural en su nueva Casa, tras siete años de ocupar como sede provisional la Casa del Condestable de Navarra, que lo era el duque de Alba.

Tercer tiempo ( desde 1953)

Las distintas Corporaciones han prestado continua atención a la fachada de la Casa Consistorial, cuya conservación siempre se ha considerado irrenunciable. Llegados los años treinta del siglo XX, el crecimiento poblacional y la mayor complejidad administrativa de Pamplona provocan la angustia espacial del consistorio y sus oficinas. Ello determina debates edilicios, diferentes anteproyectos arquitectónicos, análisis de financiación y un largo etcétera, aspectos de los que se ha ocupado certeramente José J. Azanza López. El proyecto del arquitecto Eugenio Arraiza Vilella (1945) resultó sugerente, al integrar la fachada del XVIII en un conjunto constructivo de nueva planta, imitación de las plazas mayores españolas. No se realizó, principalmente por causas económicas, pero tiene derecho a formar parte de “La Pamplona soñada” o “Pamplona de papel”, nunca erigida. Finalmente el Ayuntamiento aprobó en 26 de enero de 1949 el proyecto redactado por los hermanos arquitectos, José María y Francisco Javier Yárnoz Orcoyen, que contemplaba el derribo del edificio preexistente, la conservación íntegra de su fachada, y la nueva construcción con ampliación sustantiva de la capacidad espacial, a base de alargar nueve metros la planta en territorio de la plaza de Santiago y de recrecer la nueva fábrica una planta en altura, oculta a la vista tras el remate de Juan Lorenzo Catalán. Las obras, realizadas a partir del 4 de noviembre de 1951, culminaron con la inauguración de la nueva casa el 8 de septiembre de 1953, aniversario del Priviegio de la Unión. Una necesaria restauración, dirigida en 1991 por el arquitecto catalán Rafael Vila, ”lavó la cara” al ya entonces oscurecido monumento, devolviéndole la luminosidad propia de la piedra de Tafalla y la policromía original de los escudos del remate y balconaje. El avanzado estado de deterioro obligó a reemplazar la balaustrada superior así como los dos “hércules” que flanquean el ático, conservados hoy a buen recaudo, pero sustitídos por réplicas exactas, labradas por el escultor tafallés Sebastián Aguilar.