Publicador de contenidos

opinion_CIE_20201005_dia_animales

El día de los animales y de sus compañeros de viaje

05/10/2020

Publicado en

Diario de Navarra

David Galicia Paredes |

Profesor de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra

Este año, el Día Mundial de los Animales nos alcanza en un escenario de incertidumbre por el devenir de la pandemia del SARS-COV2. En este contexto, recordar la importancia de proteger las especies animales parece poco relevante, pero nada más lejos de la realidad. Obcecados por encontrar una salida al callejón en el que nos encontramos, seguimos pensando que nosotros vivimos al margen del resto de especies de nuestro planeta.

Al igual que otras muchas enfermedades infecciosas, COVID-19 es una zoonosis, una enfermedad que ha llegado a nosotros a través de la fauna. Esto ni es raro ni es novedoso. Más del 60% de los patógenos humanos están considerados zoonóticos y el resto son una herencia de nuestro linaje evolutivo. Toda especie presenta características adaptativas a su hábitat y los parásitos/patógenos no son una excepción; son organismos muy especializados en vivir de sus hospedadores, tanto que muchos no pueden vivir de otra manera que no sea ligada al entorno concreto que le brinda la especie que parasitan. Es una relación estrecha que se establece a lo largo de mucho tiempo y que se manifiesta en un fenómeno que en Biología se conoce con el nombre decoevolución: un proceso por el que las especies implicadas se convierten en compañeros inseparables en su viaje evolutivo. Por mucho que la forma de vida parásita no resulte muy agradable, hay que reconocer que la estrategia es eficaz pues podría decirse que toda forma de vida libre (no parásita) tiene al menos un parásito en exclusividad.

Llegados a este punto podríamos pensar que la transmisión de enfermedades entre especies no debería ser tan fácil puesto que los patógenos están muy adaptados a una especie en concreto. Y así es, pero hay un par de características de la relación entre las especies implicadas que pueden incrementar notablemente la probabilidad de que un parásito/patógeno dé el salto entre especies. La primera es que la especie hospedadora y la que potencialmente podría convertirse en un nuevo hospedador no disten demasiado evolutivamente. Compartimos muchas más características físicas y fisiológicas con especies próximas a nuestro linaje (por ejemplo, otro mamífero) que con especies más alejadas (un insecto) y esto puede facilitar la labor del parásito; sus adaptaciones tienen más probabilidades de ser compatibles en el nuevo hospedador. La segunda variable a tener en cuenta es el tiempo de exposición. Una breve exposición al parásito (ya sea en el tiempo o en el número de parásitos que simultáneamente llegan al otro organismo) hace poco probable que algún individuo se encuentre cómodo ante las nuevas condiciones que plantea un potencial hospedador. Sin embargo, con un tiempo prolongado de exposición o una carga muy alta de patógenos la probabilidad de que esto suceda se dispara.

Hay muchos otros condicionantes que podemos valorar, pero con estos ingredientes ya podemos hacernos una idea de qué tipo de relación que mantenemos con los animales conlleva un mayor riesgo de zoonosis: la domesticación. Esta herramienta nos ha permitido multiplicar la productividad de nuestros cultivos y ganado, pero a cambio de añadirno pocaslíneas a nuestro catálogo de enfermedades. Se ha comprobado que el número de parásitos/patógenos que compartimos con las especies de mamíferos domésticas está correlacionado positivamente con el tiempo que éstas llevan domesticadas, lo que está en la línea del tiempo de exposición que acabamos de ver. Afortunadamente, biólogos y veterinarios llevan muchas décadas enfrentándose a este problema y tanto las enfermedades de especies domésticascomo su impacto en la población están muy controladas (en países desarrollados). Es cierto que la COVID-19 no viene precisamente de una especie domesticada, pero sí de una silvestre sujeta a explotación en ciertas partes de nuestro planeta.No hay que olvidar que las especies silvestres juegan un papel clave puesto que son el reservorio de numerosas enfermedades (que pueden pasar a nosotros directamente o a través de los animales domésticos) y el laboratorio natural donde constantemente surgen nuevos parásitos/patógenos con potencial impacto para nuestra especie.

Y esta es la principal moraleja de todo este asunto. No podemos explotar la Naturaleza sin que la Naturaleza nos salpique de algún modo. Interactuar con especies animales conlleva el riesgo de transmisión de enfermedades. Las zoonosis seguirán apareciendo porque no puede ser de otra manera y nosotros deberemos empezar a comprender que somos parte de una red de relaciones que forman parte del ecosistema. Cuanto mejor conozcamos el funcionamiento de esta red mejor preparados estaremos para afrontar futuras crisis. Sabemos que la pérdida de Biodiversidad incrementa el riesgo de aparición de enfermedadeszoonóticas, así que pongámonos manos a la obra y empecemos a invertir en conocer quiénes son nuestros vecinos y cómo proteger las especies en peligro antes de que los desequilibrios que generamos en nuestros ecosistemas nos lleven a otro callejón sin salida.