02/03/2026
Publicado en
Diario de Navarra
María Noguera y María del Rincón |
Grupo de investigación Narrativa y Estética Audiovisual. Facultad de Comunicación. Universidad de Navarra
Nadie que se dedique a contar historias trabaja para los premios. El cineasta, en esencia, trabaja para una sala oscura: para la respiración contenida, para la risa inesperada, para la lágrima furtiva. Trabaja para transmitir una emoción; para que alguien, en algún lugar, se reconozca en una pantalla o para que sueñe con los sueños de sus creadores. Una película es el intento de convertir una vivencia concreta en experiencia compartida. Lo recordaba hace poco el director alemán Wim Wenders, presidente del jurado de la 76ª edición de la Berlinale: el cine es radicalmente empático.
Wenders señalaba esa virtud vivencial del cine, tratando de alejar la cuestión política del festival. Mientras, en nuestros Premios Goya hubo pocas sorpresas en el guion de la gala. El cuarenta aniversario marcó el tono de la noche: recuerdos, homenajes y una mirada constante al pasado, con parada obligatoria en el ya inaugurado “año Azcona”.
Sobre el escenario convivieron las distintas lenguas del país -incluido el lenguaje de signos-, los llamamientos a la paz y a la cultura, la denuncia de la violencia y de los posicionamientos extremos y las reivindicaciones feministas en la industria. También resultaba sencillo anticipar el enfoque de algunos discursos a partir de los temas que exploran las películas nominadas: las barreras que enfrenta la discapacidad, los riesgos de vivir según un credo personal, el empeño genuino por comprender al otro y las delicadas vinculaciones entre la vida y el arte.
Una película premiada es una película amplificada. En un ecosistema donde las cintas permanecen cada vez menos tiempo en cartel y pasan con rapidez a las plataformas, volver a ocupar el centro de la conversación pública no es un gesto menor. Tampoco es fácil conversar en un contexto blanquinegro, pero las películas que se alzaron con estatuillas vuelven a ofrecer una ocasión para el diálogo, la compasión y la empatía
Las voces de los cineastas nominados en esta edición parecen haber buscado provocar la conversación, la escucha atenta y la mirada asombrada. Los espectadores del cine español hemos podido asomarnos a historias íntimas, a personajes llenos de vida y a conflictos profundamente humanos. Mientras el contexto se plaga de discursos y respuestas, el cine responde con valentía a través de las preguntas de difícil respuesta.
La gran ganadora de la noche de los Goya fue Alauda Ruiz de Azúa con Los domingos, película que bien podría haberse llevado un sexto premio a la obra más discutida y comentada del año. Como sintetizaba la actriz Mónica Randall antes de anunciar el premio a Mejor Película, “con Los domingos, los creyentes siguieron siéndolo, los agnósticos dudaron y los ateos se reafirmaron. Pero todos, absolutamente todos, a la salida del cine se interpelaron”.
La obra de Ruiz de Azúa ha logrado crear un lienzo de líneas sutiles y discretas, sobre el que todo espectador ha podido trazar sus pinceladas. Las preguntas y dudas de los personajes han apelado a todo aquel que se ha sumergido en la película, logrando que miles de personas se atrevieran a mirar de frente a aquello que les resultaba incomprensible.
En este mundo lleno de complejidades, el cine ofrece respuestas a través de las preguntas. Gonzalo Suárez afirmaba al recoger su Goya de Honor que “el cine es el último reducto en el que podemos soñar despiertos”. Esperemos disfrutar de más cine español en el que las buenas historias emerjan de las preguntas que todos nos hacemos, punto de partida de una verdadera experiencia compartida.