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“A vino nuevo, odres nuevos” (Lc 5, 27-39)

01/11/2023

Publicado en

Omnes

Juan Luis Caballero |

Muchas de las obras llevadas a cabo por Jesús (Lc 4-21) tuvieron lugar en Galilea (Lc 4, 14-9, 50). En un momento determinado, Lucas habla de la llamada a Mateo y de un diálogo sobre el ayuno (Lc 5, 27-39). Estas palabras, que contienen la conocida expresión “a vino nuevo, odres nuevos”, son iluminadas por lo descrito en Lc 5, 12-26 (dos curaciones, en las que hay un reconocimiento generalizado de Jesús) y en Lc 6, 1-11 (dos controversias, en las que se le rechaza).

Llamada a Leví y banquete (Lc 5, 27-29)

Después de esto, salió y vio (miró) a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. 

Estas palabras introducen el resto del pasaje. La descripción es sencilla. Jesús mira a Leví y le pide seguirle. El verbo griego usado hace referencia a una mirada atenta, profunda. No es un simple ver. Además, Jesús no realiza ninguna acción extraordinaria en la que apoyar su llamada. Se basa en su fama: Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírlo y a que los curara de sus enfermedades (Lc 5, 15); El asombro se apoderó de todos y daban gloria a Dios. Y, llenos de temor, decían: «Hoy hemos visto maravillas» (Lc 5, 26). La reacción de Leví se refleja en el gran banquete que ofrece como expresión de reconocimiento hacia Jesús.

Controversias planteadas por los fariseos y los escribas (Lc 5, 29-35)

Estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús: «¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?». Jesús les respondió: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan». Pero ellos le dijeron: «Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber». Jesús les dijo: «¿Acaso podéis hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que los arrebatarán al esposo, entonces ayunarán en aquellos días».

Es de suponer que este diálogo sucede fuera de la casa de Mateo. Fariseos y escribas preguntan a Jesús y a sus discípulos con el objeto de conocer las razones que les mueven en su obrar. No entienden por qué aceptan ser invitados por pecadores (esto eran los publicanos, cobradores de impuestos, para los judíos), pues era una actitud condenable. Jesús les contesta que ha venido a llamarlos a conversión, identificándolos con los enfermos, necesitados de un médico que los cure. De hecho, poco antes, con ellos presentes, Jesús ha curado a un enfermo después de haberle perdonado los pecados (Lc 5, 17-26). Él ha venido a curar a esos enfermos, los pecadores, y ha demostrado que puede salvarlos.

Pero esta respuesta hace que surja otra, que solo es comprensible si tenemos en cuenta que para los fariseos señal de conversión sería ayunar y orar, prácticas que ellos mismos multiplicaban por devoción, y no comer y beber. Jesús sitúa su respuesta en el contexto de las bodas. Así, sus palabras adquieren un sentido muy concreto. Durante las bodas, que simbolizan la relación de Dios con su pueblo (Is 61, 10: 62, 5; Os 2, 21-22), está prohibido ayunar. Jesús deja entrever que él es el esposo y que ha llegado el tiempo de las bodas. Ese comer y beber, que normalmente pone fin a un tiempo de ayuno o penitencia, tiene aquí connotación de fiesta y alegría, no de comilona y borrachera. Vemos en este pasaje, por tanto, que el obrar de Jesús ha provocado una serie de preguntas que, a su vez, le han permitido revelar cuál es su autoridad y cuál es el sentido de su misión. Al mismo tiempo, ha velado esa luz, para que la comprensión pase por un acto de fe. Con Jesús han llegado los tiempos nuevos, y esos no son compatibles con los antiguos.

Parábolas de Jesús (Lc 5, 36-39)

Les dijo también una parábola: «Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos: porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán. A vino nuevo, odres nuevos. Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: “El añejo es mejor”».

Jesús ilustra esos tiempos nuevos con unas parábolas que reenvían a situaciones cotidianas que todos comprenden fácilmente: la del vestido viejo y la del vino (vv. 36-38). La imagen del vino nuevo es especialmente ilustrativa. Para los judíos, se trata del signo de la bendición de Dios a su pueblo. Para los cristianos, el vino de la alianza en la sangre del Señor (Lc 22, 18-20). Jesús quiere que quienes le escuchan entrevean las realidades nuevas y escatológicas basándose en la experiencia de sus mayores. Lucas quiere eso mismo para sus lectores.

El v. 39 añade un último matiz. Su sentido está marcado por lo que se acaba de decir con las parábolas anteriores: el vino viejo ya no es un vino normal, que en sí sería preferible al nuevo, sino el mundo antiguo, con sus usos penitenciales, óptimo camino de salvación según los fariseos. Pero el problema es que estos, atados a su sistema, ni quieren ni pueden abrirse al nuevo propuesto por Jesús. El verdadero drama es este: lo viejo tenía como misión llevar a lo nuevo, pero si lo viejo se hace pleno, lo verdaderamente nuevo ya no tiene lugar. Esto no quiere decir que lo viejo carezca de sentido, sino que ha de entenderse a la luz de lo nuevo, del Señor, que es quien verdaderamente salva.