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Las grandes restauraciones en Navarra (2). Las restauraciones del claustro de la catedral de Tudela

1/10/2021

Publicado en

Diario de Navarra

Pilar Andueza Unanua |

Universidad de La Rioja

Sin duda, la fotografía resulta una herramienta de gran utilidad en el ámbito de la restauración monumental, pues no solo permite conocer el estado en que se encontraban muchos edificios antes de ser sometidos a intervenciones de mayor o menor calado, sino también constatar el alcance de las obras desarrolladas. La trascendencia de las imágenes adquiere todavía más relevancia cuando la documentación conservada sobre una restauración es mínima o incluso inexistente, hecho que lamentablemente ha venido ocurriendo en muchos casos en nuestro país hasta fechas recientes. De hecho, aunque las doctrinas internacionales sobre conservación y restauración impusieron la obligatoriedad de realizar estudios previos y archivar toda la documentación generada en el proceso restaurador (Carta de Venecia, 1964, artículos 4 y 16), en España hemos tenido que esperar a la promulgación de leyes autonómicas sobre patrimonio, para que esta exigencia se hiciera realidad. Ni siquiera la Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico Español, hoy todavía vigente, lo hizo preceptivo, aunque por fortuna en el anteproyecto de ley para su próxima modificación se contempla la inclusión de un nuevo artículo en esta dirección para proteger nuestros Bienes de Interés Cultural. 

En el ámbito navarro disponemos de diversas fotografías de algunos de los monumentos medievales más relevantes anteriores a sus significativas y trascendentales restauraciones. Es el caso de los monasterios de Leyre e Iranzu, la colegiata de Roncesvalles o el palacio de Olite, por citar algunos ejemplos. Pero por ser menos conocidas y extremadamente ilustrativas, entre ellas destacan, bajo mi punto de vista, las correspondientes al claustro de la catedral de Tudela conservadas en el Archivo Real y General de Navarra, en el Arxiu Mas de Barcelona y, sobre todo, las custodiadas en el Archivo de la Institución Príncipe de Viana y en el Centro de Documentación alemana de Historia del Arte-Archivo Fotográfico de la Universidad de Marburgo. Varias de ellas permiten, por un lado, visualizar con claridad cómo los edificios han ido históricamente superponiendo estratos a la construcción original y, por otro, reflexionar de manera crítica sobre la imagen que nos ofrecen hoy muchos de nuestros monumentos, muy diferente de la que mostraban hace menos de cien años. Sobre este último aspecto hay un desconocimiento generalizado en nuestra sociedad, que a menudo admite como auténticas y originales partes reconstruidas e incluso inventadas por arquitectos restauradores hace escasos decenios.

La historia del claustro

Hacia 1170, pocas décadas después de que Alfonso el Batallador conquistara Tudela (1119), fue levantada la actual catedral dedicada a santa María sobre la mezquita mayor de la ciudad. Habitada por una comunidad de canónigos que seguía la regla de san Agustín, en el nuevo templo se hizo imprescindible la construcción de un claustro y de unas dependencias anejas, cuyas obras se desarrollaron básicamente en las dos últimas décadas de aquel mismo siglo siguiendo el estilo románico. El nuevo espacio claustral, de planta rectangular, se abría en sus cuatro crujías a través de una galería de arcos de medio punto apoyados sobre columnas pareadas o triples con sus capiteles, si bien tanto en el centro de cada panda como en los ángulos se levantaban pilares a los que se adosaban igualmente otros capiteles en número de dos y cuatro respectivamente que, junto con los anteriores, acogían fundamentalmente motivos escultóricos figurativos y algunos vegetales. 

Tal y como se puede apreciar en dos de las fotografías fechadas en 1932, a lo largo del tiempo el claustro sufrió importantes transformaciones que modificaron sustancialmente su estado original. En el siglo XVI se cegó la arquería románica y se levantó de ladrillo una nueva estructura de grandes arcos, apuntados y de medio punto, separados por contrafuertes. Cada uno de ellos albergaba tres de los arcos románicos y una sencilla ventana superior para facilitar la iluminación. De manera paralela, hacia el interior se derribó su cubierta y se sustituyó por una sucesión de bóvedas de crucería simple en cada lado, igualmente de ladrillo y yeso. En fechas posteriores sobre este nivel inferior recrecido se construyó un segundo piso, carente de unidad formal y abierto por vanos de diverso tipo, cegados posteriormente en fecha indeterminada. E incluso, sobre el lado norte, al abrigo del templo, se erigió un tercer nivel a modo de solana. Con esta suma de elementos, añadidos por motivos pragmáticos y utilitarios, llegó el claustro al siglo XX. 

La restauración del claustro (1941-1950)

El 16 de diciembre de 1884 la catedral de Tudela fue declarada Monumento Nacional, figura equivalente al actual Bien de Interés Cultural (BIC). De este modo, el monumento navarro se situó como firme candidato a recibir fondos públicos estales para su restauración. Siguiendo las órdenes de la Comisión de Monumentos de Navarra, el arquitecto Julián Arteaga realizó al año siguiente una memoria con las necesidades que presentaba la seo tudelana, consistentes básicamente en la reparación de las bóvedas y cubiertas en el templo. Pero también puso de manifiesto el deplorable estado en el que se encontraba el claustro, por haber cargado sobre la sencilla estructura primitiva “enormes muros que se elevan hasta doce o catorce metros en algunos puntos y que sostienen varios pisos, unos que sirven de dependencias a la iglesia y otros al palacio episcopal”. Como consecuencia, advertía del dislocamiento de las columnas románicas, del agrietamiento de las bóvedas y de la incapacidad de los contrafuertes para hacer frente al desplome de los muros, junto a la destrucción de muchos detalles de la decoración. No obstante, no proponía ahora obras de restauración dado el “presupuesto enorme, superior a los recursos disponibles”. El documento fue enviado a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que emitió un informe favorable a la restauración, de modo que en 1887 llegaron los fondos con los que un año más tarde se arreglaron las cubiertas de la iglesia, prolongándose algunos trabajos en años posteriores, tal como estudió Emilio Quintanilla. 

La restauración del claustro tuvo que esperar todavía varias décadas para su ejecución, que se desarrolló entre 1941 y 1950. Como ha documentado Mercedes Mutiloa, la recién creada Institución Príncipe de Viana arrancó su andadura restauradora centrando su interés en esta obra y en el palacio real de Olite, encomendando la tarea al arquitecto José Yárnoz Larrosa. Las obras en Tudela se iniciaron con el derribo de los pisos superiores y el desmontaje de todo el claustro ante los graves problemas estáticos existentes. Tras esta liberación, el proceso restaurador prosiguió con la cimentación de la estructura y la recomposición del claustro de acuerdo con su disposición románica primitiva, labores que se extendieron hasta 1944. Lógicamente para ello se utilizaron fundamentalmente las piezas originales, pero también se introdujeron otras nuevas en basas, columnas, capiteles y arcos, así como sillares, hormigón y piezas metálicas ocultas. En 1948 se procedió a culminar la obra con una nueva cubierta de madera plana, rematada con teja al exterior. Ya en los años cincuenta, se saneó el jardín y se ornamentó con árboles a la vez que se pavimentó el suelo con losas de piedra arenisca y cantos rodados, materiales que serían sustituidos en 1975 por ladrillo.

Los criterios de restauración

Desde que se inició la restauración como una disciplina científica en el siglo XIX, se han desarrollado varias teorías y corrientes con criterios muy diversos. No obstante, la intervención en Tudela no parece responder a ningún posicionamiento doctrinal, sino más bien haberse adaptado a unas patologías y unos problemas concretos. 

En España, tras la Guerra Civil y durante prácticamente todo el franquismo, la restauración monumental siguió, salvo excepciones puntuales, criterios decimonónicos trasnochados basados en la denominada restauración estilística. Promulgada y difundida con extraordinario éxito por el francés Viollet-le-Duc desde mediados del siglo XIX, abogaba por recuperar el estado original de los edificios medievales dotándolos incluso de una forma que quizás no hubieran tenido jamás, bajo el pretexto de alcanzar un edificio perfecto, unitario e ideal. En este sentido la restauración del claustro de la catedral de Tudela, tratando de devolver al claustro su aspecto primitivo, derribando las partes no originales, aunque con varios siglos de historia, incluyendo las bóvedas de crucería, y desmontando absolutamente todas las galerías para volverlas a reconstruir, enlaza con los ecos de esta teoría. 

Por el contrario, la consolidación de los muros interiores del claustro, la incorporación de nuevos capiteles de aspecto cúbico y sin esculpir en sustitución de los capiteles románicos originales perdidos, para armonizar la arquería sin falsificarla, así como el empleo de materiales modernos -hierro y hormigón-, ligan esta intervención a la denominada restauración científica, cuyos principios quedaron consagrados en la Carta de Atenas (1931), el primer documento internacional sobre restauración monumental que condenó rotundamente la corriente estilística. Su máximo representante en nuestro país fue Leopoldo Torres Balbás, quien visitó la catedral tudelana en 1946 a instancias del entonces secretario de la Institución Príncipe de Viana, José Esteban Uranga, para realizar un informe sobre el templo y su claustro. 

Hoy en día, en que se proclama el respeto a todas las fases constructivas del monumento, sean de la época que sean, y se condenan intervenciones conducentes a la unidad formal primitiva, cabe preguntarse si fue correcta la restauración realizada en Tudela, con la eliminación de los distintos pisos del claustro. Aún a riesgo de dar una respuesta excesivamente simplista que necesitaría, además, muchas matizaciones, creo que Yárnoz Larrosa realizó una intervención en líneas generales correcta, hija de su tiempo y en absoluto ajena a los vientos que soplaban en el extranjero. En efecto, las adiciones que se fueron haciendo al espacio claustral a lo largo de los siglos no solo pusieron en serio riesgo la estabilidad del conjunto, sino que fueron alteraciones deformadoras, perturbadoras e incongruentes con los valores históricos y estéticos del monumento que impedían una lectura correcta de la obra de arte, razones que en la actualidad también podrían aducirse para su eliminación (Cartas del Restauro de 1972 y 1987, artículo 6).

La re-restauración del siglo XXI

Bien avanzado el siglo XX, el claustro de la catedral de Tudela volvió a mostrar signos de debilitamiento, especialmente en sus capiteles, cuya piedra se desintegraba. Aunque no está documentado, es muy posible que en 1979 se aplicara un consolidante, empleado con total seguridad entonces en las portadas de la seo tudelana y en el claustro de la catedral de Pamplona de la mano del alemán Gustav Kraemer, que desde luego no resolvió el problema. Por ello, con el nuevo siglo se inició un largo proceso de re-restauración. Como es preceptivo en la actualidad, se inició con exhaustivos estudios técnicos de todo tipo (clima, terreno, piedra, cartografía de daños, pruebas de limpiezas y desalaciones, monitorizaciones, etc.) con la participación y asesoramiento de un equipo multidisciplinar formado por especialistas procedentes de organismos públicos, varias universidades y empresas privadas, bajo la dirección de técnicos del Servicio de Patrimonio Histórico del Gobierno de Navarra. Durante esta fase previa, desarrollada entre 2003 y 2013, fue necesario también realizar tratamientos de urgencia y colocar sujeciones y protecciones en los capiteles para frenar y paliar los desprendimientos. Con estas bases, desde 2013 hasta 2015 se desarrolló propiamente la intervención de conservación y restauración que se centró en las cubiertas y, fundamentalmente, en la escultura del claustro, sobre la que se llevaron a cabo acciones de limpieza, protección y consolidación. Fue sufragada por el Gobierno de Navarra, la Obra Social “La Caixa y la Fundación Caja Navarra, con cuyos fondos se logró que la vida material de esta magnífica obra de arte así como su legibilidad pueda prolongarse en el tiempo para poder ser disfrutada no solo por la ciudadanía actual, sino también por las generaciones futuras.