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Carlomagno en Hispania y la “batalla” de Roncesvalles (778): relatos históricos y literarios

01/07/2026

Publicado en

National Geographic

Julia Pavón |

Catedrática de Historia Medieval

Cuenta Eginhardo, en su Vita Karoli Imperatoris, un acontecimiento que tuvo lugar en los desfiladeros pirenaicos occidentales hispanos, convirtiéndose con posterioridad en legendario, gracias al imaginario y a la literatura medievales. Se trata de la conocida “batalla de Roncesvalles”. La Vita Karoli, inspirada en gran parte los modelos clásicos de las Vidas de los doce césares de Gayo Suetonio, es uno de los textos más paradigmáticos e influyentes del género biográfico medieval. Compuesto años después de la muerte del emperador, entre los años 829 y 836, es un relato con unas características especiales, ya que irrumpió en un ámbito literario dominado por las hagiografías, y modificando algunos estereotipos.

De entre todos los capítulos de la obra, el noveno presenta un interés especial porque narra la campaña de Carlomagno en Hispania y el descalabro de su ejército en los pasos pirenaicos de Roncesvalles, tras el precipitado regreso el verano del año 778. Distintos investigadores, como Ramón d´Abadal, Ramón Menéndez Pidal, Paul Aebischer, así como José Mª Lacarra han estudiado y analizado con detalle el mencionado capítulo, teniendo en cuenta también la trascendencia del episodio en la literatura épica europea, a partir de La Chanson de Roland y otras canciones del ciclo carolingio. Sus hipótesis, basadas en el análisis comparativo de los anales carolingios y los textos árabes, han puesto sobre el tapete la complejidad del relato confeccionado a finales del siglo VIII y versionado con posterioridad en el siglo IX, que nos presenta todavía importantes incógnitas del hecho histórico por resolver.


La Batalla de Roncesvalles según Eginhardo

Cuando el ejército avanzaba en larga columna, a lo que obligaba el desfiladero, los vascones, emboscados en lo alto de los montes —pues éste es un lugar idóneo para preparar emboscadas dadas las espesuras de sus numerosos bosques—, se precipitaron sobre los carruajes que marchaban en último lugar y sobre los que protegían el grueso del ejército cubriendo la retaguardia, y los arrojaron al fondo del valle. Una vez entablado el combate, mataron a todos sin excepción y, tras saquear los bagajes, se dispersaron con gran rapidez al amparo de la noche que ya empezaba a caer. En este caso favorecía a los vascones la ligereza de su armamento y la disposición del terreno en el que la batalla tuvo lugar; a los francos, por el contrario, la pesadez de su armamento y la irregularidad del terreno los dejaron en situación de total inferioridad frente a los vascones. En esta batalla hallaron la muerte, entre otros muchos, el senescal Egihardo, el conde palatino Anselmo y Roldán, prefecto de la marca de Bretaña. Y ni siquiera se pudo vengar sobre el terreno este revés, porque el enemigo, al acabar el combate, se dispersó tan rápidamente que no hubo manera de saber dónde ir a buscarlo.

Capítulo IX


De igual modo, y para alimentar el mito, La Chanson de Roland (s. XII), primer cantar en lengua romance que recoge tradiciones orales previas por juglares en 4002 versos dodecasílabos (Manuscrito Digby 23, Oxford, Bodleian Library), nos sitúa ante las hazañas de Carlomagno y Roldán en España. Un héroe, este último, que muere en la emboscada que los sarracenos liderados por Marsil, rey de Zaragoza, habían preparado ante el guerrero cristiano y los doce pares de Francia. A pesar de la venganza posterior del rey, que castigaría a quienes participaron en tal asechanza, incluso al felón Ganelón, padrastro de Roldán y miembro de su propia corte; el episodio de Roncesvalles, plagado de alteraciones históricas, acabaría por convertirse en una leyenda. Una leyenda con todos los ingredientes para alimentar una rica tradición literaria conocida como Materia de Francia o Ciclo Carolingio; ese conjunto de relatos heroicos medievales protagonizados por el propio emperador franco, sus caballeros y los doce pares de Francia. Unos hombres que personificaron, apoyados en la figura de Roldán, el ideal cristiano de valor militar, firmeza y virtud personales, lealtad, justicia, honradez inquebrantable, defensa de los débiles y paladín de la fe.


La muerte del guerrero Roldán en La Chanson de Roland

Roldán siente que su tiempo ha terminado. Está acostado en un altozano escarpado, con el rostro vuelto hacia España. Se golpea el pecho con una de sus manos: «¡Dios, por tu gracia, mea culpa, por mis pecados, grandes y pequeños, que he cometido desde la hora en que nací hasta este día en que aquí me veo abatido!». Ha extendido hacia Dios su guante derecho. Los ángeles del cielo descienden hacia él.

El conde Roldán está acostado bajo un pino. Hacia España ha vuelto su rostro. De muchas cosas le viene el recuerdo: de tantas tierras como conquistó, el valiente, de la dulce Francia, de los hombres de su linaje, de Carlomagno, su señor, que lo crio. Llora y suspira por ello, no puede evitarlo.

Pero no quiere olvidarse de sí mismo; invoca la misericordia de Dios: «¡Verdadero Padre, tú que nunca mientes, tú que resucitaste a Lázaro de entre los muertos y salvaste a Daniel de los leones, salva mi alma de todos los peligros que merecen mis pecados!». Ofreció a Dios su guante derecho. San Gabriel lo tomó de su mano. Apoyó la cabeza sobre su brazo; fue hacia su fin con las manos juntas.

Dios le envió a su querubín y a San Miguel del Mar, y con ellos vino también San Gabriel. Llevaron el alma del conde al Paraíso.

Estrofas CLXXVI-CLXXIX


Los antecedentes de la expedición

Para comprender la expedición que desembocó en Roncesvalles es necesario situarse en el escenario político de Europa de la segunda mitad del siglo VIII. Tras la conquista musulmana de la Península Ibérica y la consolidación del emirato omeya independiente de Córdoba bajo Abd al-Rahman I (756-788), los Pirineos se transformaron en una auténtica frontera entre dos grandes ámbitos políticos y culturales: la Cristiandad franca y el Islam andalusí. Sin embargo, la presencia musulmana en la Península Ibérica no apaciguó las tensiones internas con el poder cordobés de la mano de los gobernadores mahometanos de la llamada Frontera Superior, especialmente en el valle del Ebro.

Fue precisamente una de estas disputas la que abrió la puerta a la intervención de Carlomagno en Hispania. En el año 777, Sulaymán ibn Yaqzan al-Arabí, gobernador de Zaragoza, disconforme con las políticas del omeya, acudió personalmente a Paderborn, donde se encontraba la corte franca, para solicitar ayuda. A cambio prometía entregar Zaragoza, facilitando al rey carolingio la extensión de su influencia al sur de los Pirineos. Un año después, el monarca organizó una importante expedición militar dividida en dos grandes columnas. La occidental, dirigida por el propio Carlos, atravesó los pasos del Pirineo occidental y llegó hasta Pamplona, cuya sumisión obtuvo sin dificultad. La oriental penetró por la actual Cataluña.

El objetivo final era reunirse ante Zaragoza y tomar la ciudad. No obstante, los acontecimientos no se desarrollaron según lo previsto. Cuando las tropas llegaron ante las murallas de la plaza del Ebro, Al Husayn, lugarteniente de Sulaymán y responsable de su defensa, se negó a abrir las puertas. Carlomagno comprendió rápidamente que el asedio podía convertirse en una operación larga e incierta y decidió abandonar el sitio y emprender el regreso hacia territorio franco. La retirada, unificadas las dos columnas militares, se realizó por el mismo camino que había utilizado personalmente en la ida. A su paso por Pamplona (Navarrorum oppidum), según relatan las fuentes francas, Carlomagno ordenó desmantelar las murallas de la ciudad, como quedó reflejado en el bajorrelieve de su actual arqueta relicario en Aquisgrán. Los motivos siguen siendo objeto de debate, aunque quizá buscaba impedir futuras rebeliones.

La lucha en los pasos pirenaicos: vencedores y vencidos

El 15 de agosto del año 778 tuvo lugar la batalla de Roncesvalles. Mientras la vanguardia del ejército, encabezada por el propio rey, lograba superar sin problemas los collados pirenaicos, entre el puerto de Ibañeta y Lepoeder, la retaguardia sufrió el asalto y derrota por parte de un grupo de Wascones, amparados por la espesura de los boques y un mejor conocimiento del terreno. En dicha retaguardia se concentraban los carros, los suministros y buena parte del equipamiento militar. Aquella larga columna quedó expuesta en los estrechos pasos montañosos del Pirineo.

Los desfiladeros dificultaban cualquier maniobra defensiva y anulaban la superioridad militar de los francos. La pesada caballería y el armamento característicos del ejército carolingio resultaban poco eficaces en un terreno abrupto y boscoso. Por el contrario, los atacantes, más ligeros y conocedores del entorno, aprovecharon al máximo las ventajas que ofrecía el paisaje.

El principal relato del combate procede del mencionado Eginhardo, enfrandecido siglos después por la narrativa literaria de la Materia de Francia. Según su descripción, los atacantes cayeron sobre los últimos contingentes del ejército, arrojaron a muchos soldados al fondo de los barrancos, aniquilaron a los defensores y saquearon los bagajes. La operación fue rápida y contundente. Tras la victoria, los vencedores desaparecieron entre los montes antes de que pudiera organizarse una persecución eficaz. Entre los muertos figuraban algunos de los personajes más destacados del séquito imperial. Perecieron, según el biógrafo, el senescal Egihardo, el conde palatino Anselmo y, sobre todo, Roldán, prefecto de la Marca de Bretaña. Aunque en aquel momento su muerte no tuvo una trascendencia política especial, siglos más tarde la literatura épica transformaría su figura en la del héroe por excelencia de la caballería cristiana.

La identidad de los atacantes ha generado un intenso debate historiográfico. Tradicionalmente a los atacantes se les ha identificado con los “vascones” habitantes de las tierras pirenaicas situadas en torno a Pamplona. Sin embargo, algunos investigadores consideran más probable que participaran grupos procedentes de la Wasconia ultrapirenaica, la futura Gascuña, recientemente sometida por los francos (769) y con una larga tradición de resistencia frente al poder carolingio. Un poder que tomó duras medidas con respecto al espacio gascón, inmediatamente después del retorno del diezmado ejéricto, a finales de septiembre de 778, al proceder a la destitución y recambio de los condes aquitanos (Burdeos y Tolouse).

Tampoco puede descartarse que en la emboscada confluyeran diversos intereses políticos y económicos, incluidos el descontento por la dominación franca y las dificultades provocadas por las hambrunas que afectaban a amplias regiones de Europa por esos años. Otro aspecto discutido es el lugar exacto del combate. Aunque la tradición sitúa la batalla en Roncesvalles, los especialistas debaten si el ataque se produjo en el entorno de Ibañeta, en el camino de Valcarlos o en algún otro punto de los pasos pirenaicos occidentales. La documentación disponible no permite una localización definitiva.


La identidad de los “vascones”

El término “vascones”, utilizado en las fuentes tardoantiguas y altomedievales para referirse a las poblaciones del entorno de Pamplona, pudo funcionar como una denominación étnica genérica aplicada a los habitantes de los valles y cuencas del Pirineo occidental, diferenciados por su lengua y formas de vida respecto a los principales centros de poder y cultura. El nombre procede de una tradición clásica recogida por autores como Plinio el Viejo y transmitida posteriormente por cronistas visigodos y árabes. Según los estudios de Ángel J. Martín Duque, las referencias a los “vascones” no deben interpretarse como prueba de la existencia de una entidad política independiente durante los primeros siglos medievales. Así, por ejemplo, las campañas de los reyes visigodos contra Vasconia respondieron más bien a conflictos políticos, rebeliones locales o situaciones de inestabilidad en territorios integrados en la antigua provincia Tarraconense, fenómenos similares a los ocurridos en otras regiones de la Península.

Los cronistas francos, además de Eginhardo, que fueron quienes relataron la “batalla de Roncesvalles” distinguían entonces entre los vascones del sur de los Pirineos (Hispani Wascones) y los de Gascuña (Wascones), denominando también a los primeros navarros o pamploneses de forma diferencial (Navarri y Pamplilonenses). Ello implica que no es posible seguir alimentando la historiografía con tópicos conformados por un imaginario convertido en discurso histórico sobre los Vascones, sino atenerse a una examen exhaustivo de la documentación y los contextos.


Lo que sí resulta indiscutible es la enorme repercusión posterior del acontecimiento. Desde el punto de vista militar, Roncesvalles constituyó un fracaso para la política hispana de Carlomagno y puso de manifiesto las dificultades de extender la autoridad franca al otro lado de los Pirineos que cambió de estrategia y culminó con la conquista de Barcelona décadas después (801) y la creación de la Marca Hispánica. Sin embargo, el episodio adquirió una dimensión extraordinaria gracias a la memoria colectiva. A finales del siglo XI, la Chanson de Roland transformó una emboscada protagonizada por montañeses pirenaicos en una gigantesca batalla entre cristianos y musulmanes.  Con ello se construyó un recuerdo heroico dando lugar a versiones cantadas y legendarias del episodio, y remarcando la malevolencia de esos vascones, retratados lógicamente como gentes ajenas a los territorios imperiales.

Paradójicamente, la importancia histórica de Roncesvalles no radica tanto en sus consecuencias militares inmediatas como en su legado simbólico. La batalla marcó los límites de la expansión carolingia en el occidente pirenaico, pero al mismo tiempo dio origen a una de las leyendas más influyentes de la Edad Media. Entre la realidad histórica y el mito literario, Roncesvalles sigue siendo hoy uno de los episodios militares más fascinantes del pasado y un hecho histórico que suscitó miles de cantos y páginas que hoy forman parte de la tradición cultural europea, que incluso enriquecieron a uno de los manuscritos más importantes de nuestro continente: el Codex Calixtinus con su IV libro: Historia Karoli Magni et Rotholandi.

Para saber más

Riquer, Alejandra de (trad. e introd.), Eginhardo. Vida de Carlomagno, Gredos: Madrid, 1999.

Lacarra, José María, La Expedición de Carlomagno a Zaragoza y su derrota en Roncesvalles, Zaragoza: Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, 1980.

Corpas, Juan Ramón; Pavón, Julia et al., Carlomagno y sus horizontes hispanos, Madrid: El Tercer Sello.