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Catequesis, fraternidad y cuaresma

Publicado en

Omnes

Ramiro Pellitero |

Profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra

Francisco entró en febrero de la mano de su constante interés por la educación de la fe, con un discurso a los responsables de la catequesis en Italia. Luego reflexionó con el Cuerpo diplomático sobre los aspectos de la crisis mundial. Y mediado el mes, introdujo a la Iglesia en la cuaresma, el miércoles de ceniza

Para una catequesis renovada

El interés por la educación, que el Papa viene manteniendo durante la pandemia, se ha prolongado estas semanas en un discurso a los responsables de la catequesis en la Conferencia Episcopal Italiana (30-I-2021). Les ha señalado tres focos o prioridades: el anuncio, el futuro, la comunidad cristiana.

a) En primer lugar el anuncio de la fe (kerygma), porque la catequesis es el eco (“la onda larga”) de la Palabra de Dios, que permite a la persona participar en la historia de la salvación. A la vez, es un itinerario mistagógico, que guía hacia los “misterios” de Cristo celebrados en la liturgia y favorece el encuentro personal con Él.

Y por eso el catequista “custodia y alimenta la memoria de Dios” (cf. Homilía en el encuentro con los catequistas durante el Año de la fe, 29-IX-2013). Su tarea debe poseer estas características: “cercanía –lenguaje familiar–, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena” (Evangelii gaudium, 165).

b) Segundo, el futuro de la catequesis, que ha de inspirarse en el horizonte trazado por el Concilio Vaticano II. «Debemos mirar al Concilio –señaló san Pablo VI– con gratitud a Dios y con confianza en el futuro de la Iglesia; será el gran catecismo de los nuevos tiempos» (Discurso en Florencia con motivo del Primer congreso catequético internacional, 23-VI-1966).

De ello se hace ahora eco Francisco, y no ha dejado lugar a dudas: “El Concilio es magisterio de la Iglesia. O estás con la Iglesia y por tanto sigues el Concilio, y si no sigues el Concilio o lo interpretas a tu manera, como quieres, no estás con la Iglesia”. No cabe, tampoco en la educación de la fe, una “selectividad” a capricho de los contenidos del concilio.

Hoy, propone, se necesita una catequesis renovada que siga siendo una “aventura extraordinaria” como “vanguardia de la Iglesia”; que hable el lenguaje de la gente pero dentro, no fuera de la Iglesia; que escuche las preguntas y las cuestiones no resueltas, las fragilidades y las incertidumbres; que sea capaz de “elaborar instrumentos actualizados, que transmitan a los hombres de hoy la riqueza y la alegría del kerygma, y la riqueza y la alegría de la pertenencia a la Iglesia”.

c) Y con ese sentido de pertenencia introduce el tercer punto: la catequesis y la comunidad. Somos una familia, ya a nivel humano, y la pandemia ha puesto de relieve que “solo redescubriendo el sentido de la comunidad puede cada uno encontrar su propia dignidad en plenitud”.

La catequesis tiene también una esencial dimensión comunitaria, eclesial. Debe fomentar comunidades cristianas abiertas, misioneras e inclusivas, libres y desinteresadas, que dialoguen sin miedo con los que tienen otras ideas, que se acerquen a los heridos con compasión. Debe situarse con creatividad en el marco del humanismo cristiano (como quedó claro en el Discurso a la asamblea eclesial italiana, el 10-XI-2015).

Fraternidad y esperanza, medicinas que el mundo necesita

Durante su discurso al Cuerpo diplomático (8-II-2021), el Papa pasó revista a las distintas dimensiones de la crisis que atravesamos. Un vez más ha señalado que la pandemia ha hecho desaparecer algunas comodidades y certezas consolidadas, poniéndonos en crisis.

Tras recorrer los aspectos sanitario, ambiental, económico-social y político de la crisis, se ha detenido finalmente en el aspecto que considera más grave: “la crisis de las relaciones humanas, expresión de una crisis antropológica general, que concierne a la misma concepción de la persona humana y su dignidad trascendente”.

Una manifestación bien concreta y preocupante: el enorme esfuerzo de las plataformas educativas informatizadas no ha sido suficiente para frenar una especie de “catástrofe educativa”, aunque solo fuera por la gran disparidad de oportunidades educativas y tecnológicas que existe en el mundo.

“Hoy es necesario –retoma Francisco su llamamiento por el pacto educativo global– un nuevo periodo de compromiso educativo, que involucre a todos los componentes de la sociedad”, porque la educación es “el antídoto natural de la cultura individualista, que a veces degenera en un verdadero culto al yo y en la primacía de la indiferencia. Nuestro futuro no puede ser la división, el empobrecimiento de las facultades de pensamiento e imaginación, de escucha, de diálogo y de comprensión mutua” (Videomensaje con ocasión del Encuentro “Global compact on education. Together to look beyond”, 15-X-2020).

Todo ello, añade a las puertas de un nuevo Año dedicado a la familia, ha de ser fortalecido desde la familia, como señalaba Juan Pablo II, “ofreciendo a los hijos un modelo de vida fundado sobre los valores de la verdad, libertad, justicia y amor” (Familiaris consortio, 48).

Un tercer y final acento que pone el papa, en relación con la pandemia, es el de la limitación del culto y de otras actividades en relación con la fe. Concediendo la necesidad de seguir en general las orientaciones de los gobiernos en materia sanitaria, advierte que “no debemos pasar por alto que la dimensión religiosa constituye un aspecto fundamental de la personalidad humana y de la sociedad, que no puede ser cancelado; y que, aun cuando se está buscando proteger vidas humanas de la difusión del virus, la dimensión espiritual y moral de la persona no se puede considerar como secundaria respecto a la salud física”.

Además, “la libertad de culto no constituye un corolario de la libertad de reunión, sino que deriva esencialmente del derecho a la libertad religiosa, que es el primer y fundamental derecho humano. Por eso es necesario que sea respetada, protegida y defendida por las autoridades civiles, como la salud y la integridad física. Además, un buen cuidado del cuerpo nunca puede prescindir del cuidado del alma”. “Fraternidad y esperanza son como medicinas que hoy el mundo necesita, junto con las vacunas”.

La cuaresma, tiempo de libertad

A mediados de febrero dio comienzo la cuaresma, con el miércoles de ceniza. Ya en su mensaje para la cuaresma (firmado el 11-XI-2020) había señalado el Papa que se trata de “un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad”.

El miércoles de ceniza Francisco perfiló este tiempo litúrgico como un “tiempo de volver a Dios”, de liberar el corazón de las esclavitudes que lo atenazan. Esta vuelta puede ser costosa, como les sucedió a los israelitas que salieron de Egipto. De vez en cuando añoraban paradójicamente aquella esclavitud: las cebollas, sus recuerdos, sus apegos, sus falsas seguridades, sus lamentos paralizadores. Y “para caminar es necesario desenmascarar esas ilusiones” (Homilía, 17-II-2021).

La cuaresma es tiempo de volver al Padre, como el hijo pródigo, implorando el perdón en el sacramento de la Confesión. Tiempo de volver a Jesús, como aquel leproso (todos tenemos enfermedades espirituales, vicios, miedos) después de sentirse curado. Tiempo de volver al Espíritu Santo. “Volvamos al Espíritu, Dador de vida, volvemos al Fuego que hace resurgir nuestras cenizas, a ese Fuego que nos enseña a amar” (Ibid.).

Volver es posible solo porque Dios ha tomado la iniciativa al acompañarnos Jesús en nuestro camino, tocando nuestro pecado y nuestra muerte. A nosotros nos corresponde dejarnos tomar de la mano; no basados en nuestras fuerzas, sino acogiendo su gracias y mirando las llagas del Crucificado. “Besémoslas y entenderemos que justamente ahí, en los vacíos más dolorosos de la vida, Dios nos espera con su misericordia infinita. Porque allí, donde somos más vulnerables, donde más nos avergonzamos, Él viene a nuestro encuentro” (Ibid.).