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Fiesta de los infantes en la catedral de Pamplona en el día de los Santos Inocentes


FotoCedida/Pintura de la matanza de los Inocentes en la sala capitular de la catedral de Pamplona, segunda mitad del siglo XVI

Catedrales, colegiatas y algunas parroquias de especial importancia contaron, en el pasado, con sus colegios de infantes o mozos de coro, con el fin de solemnizar la liturgia con el canto de las voces blancas. En la catedral de Pamplona se documentan con detalle desde el siglo XVI. 

Voces de niños elegidas por distintos pueblos cantaban por un periodo corto de años en el coro catedralicio. Sus nombres se conocen por distintos documentos. La formación de aquellos chicos, el aprendizaje de la música y de algún instrumento eran tarea del maestro de capilla. Como el quehacer era abundante, se solían arbitrar soluciones dentro de los cabildos para que las labores de cuidado y aprendizaje fuesen compartidas con otros clérigos al servicio de la catedral.

Los infantes de la catedral formaron hasta el siglo XIX un cuerpo colegiado, a semejanza de otras ciudades españolas. El número de cuatro que había en el siglo XVI fue aumentado a doce por el obispo Antonio Zapata, al tiempo que reorganizaba la capilla y le proporcionaba nuevas rentas. Algunos de los maestros se esforzaron y aún protegieron a los infantes. No podemos dejar de mencionar la actitud de Urbán de Vargas, maestro de capilla que en 1640, se opuso al traslado del infante Miguel Jordán a Madrid, a requerimiento del conde de Castrillo, sospechando que allí iba a pasar a formar parte de los castrados o “caponcillos”.

Leocadio Hernández Ascunce (1883-1965), maestro de capilla de la catedral de Pamplona desde 1939 hasta su jubilación en 1953, fue infante de coro entre 1892 y 1900. Con su conocimiento de la institución intra muros, nos recuerda que los infantes vivían colegiados y en su capillita celebraban sus propias funciones y novenarios, para cuyo efecto componían a su modo y con sus conocimientos, gozos, canciones y motetes. De cómo vivían cotidianamente, estudiaban, se divertían y cantaban, de su formación musical, académica y moral en el siglo XVII se ha ocupado Goñi Gaztambide en un documentado estudio, en tanto que para el XVIII, nos aporta abundantes datos María Gembero, en su magnífico trabajo sobre la música en la catedral en el siglo XVIII.

El obispillo en las catedrales hispanas

En la mayor parte de las catedrales españolas se celebraba la fiesta del obispillo, eligiendo a uno de los infantes para que ejerciese jurisdicción durante el día de Inocentes. De tal costumbre nos da cuenta el biógrafo de fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada, cuando afirma que en todas las catedrales del siglo XVI se elegía un obispo el día de San Nicolás, “cuya dignidad duraba hasta el día de Inocentes: en el cual mudándose los oficios de los mayores por los menores, mandando estos y obedeciendo aquéllos…., llegado el día de Inocentes llevaban al obispo desde su colegio al coro, vestido de pontifical, y acompañado de los demás oficiales, los cuales con sus ropas y sobrepellices representaban al nuevo deán y cabildo de la iglesia, y las dignidades y canónigos servían de capellanes y criados del obispo…”.

En Tudela, tenemos noticias que nos informan de que, en 1724, se ordenó la supresión de la máscara, los disfraces e inocentadas a los monaguillos, tanto la víspera como el propio día 28. En la catedral de Calahorra los tintes de la celebración a fines de la Edad Media resultaban realmente grotescos a juzgar por el siguiente acuerdo adoptado por los canónigos, el 29 de diciembre de 1491, seguramente que escarmentados de lo que había ocurrido el día anterior: “ordenaron que de aquí adelante los moços de coro no trayan cuernos el día de los Inocentes, ni prediquen, ni fagan otras deshonestidades, salvo que se sienten en las sillas, segunt que lo han de uso y de costumbre, ni fagan llevar cuernos a las dignidades y canónigos”. Años más tarde, estas reminiscencias de las fiestas de locos parece que estaban desterradas, ya que en 1587 lo único que prohíbe el cabildo es que los mozos de coro “hagan obispillo y se les dé medio carnero y 16 reales, como de costumbre y que se huelguen fuera de la iglesia porque en ella no inquieten”. Los infantes calagurritanos, como en otros lugares, iban a salir del templo para aquella diversión muy común en la Europa medieval, que fue abandonando el espacio sagrado a partir del siglo XVI. 

Lejos de estos ejemplos de Tudela y Calahorra, hemos de recordar que en Sevilla el arzobispo Deza reformó la fiesta en su catedral, por haberse derrumbado el cimborrio de la misma el día de Inocentes y no faltó quien creyera que era castigo divino por las profanaciones que se daban en el templo por el obispillo y su corte.


Relieve de la matanza de los Inocentes en el retablo de Santa Catalina de la catedral de Pamplona, 1686

La fiesta en la catedral de Pamplona

En la seo pamplonesa, la fiesta de Inocentes constituía, por excelencia, el día de aquella pequeña comunidad de niños, en la que cobraban un protagonismo muy especial. Por sendos documentos inéditos que hemos localizado en el archivo capitular, nos podemos hacer una idea de cómo transcurría la fiesta en el aspecto más serio del día: la liturgia. La representación de la matanza de los niños la podían contemplar tanto en el relieve del retablo de Santa Catalina, obra realizada en 1686, como en la pintura dieciochesca de la sala capitular.

El primer documento pamplonés, al que nos referimos, es un memorial del maestro de ceremonias don Bernardo Astráin, dirigido al cabildo en vísperas de la Navidad del año 1825. Como buen conocedor de la legislación eclesiástica y de las rúbricas, don Bernardo escribió varias obras y se muestra en su informe inflexible con ciertas costumbres. 

En el primer párrafo de su informe leemos: “El maestro de ceremonias se cree obligado a hacer presente a V. S. I. que ciertos actos que se ejecutan el día de inocentes son en su concepto irregulares y ridículos: a saber, vestirse los infantes con traje de capellanes, ocupar los primeros asientos del coro bajo y hacer otros ministerios que no les corresponde; el destinar capellanes que lleven los ciriales, digan los versos de las horas y tomen la ropa del macero, y el que la Epístola y el Evangelio canten los que no lo hacen de ordinario. También se han cantado, a veces, canciones algún tanto profanas, y en diferentes idiomas y estilo de farsa. Y en el órgano, así en este día como en el de Navidad se han tomado la libertad de tocar sonatas puramente teatrales y las mismas que sirven en los bailes”.

Inmediatamente, pasa a citar a numerosos autores, textos repletos de erudición y legislación de la Congregación de Ritos. Al final, consciente de la dureza del escrito, el mencionado maestro de ceremonias se siente en la obligación de afirmar que no era su “ánimo censurar el que los infantes en este día hagan la función, siempre que sea de un modo edificante y se destierre toda ridiculez”. El cabildo acordó que los infantes usasen en tal día su traje propio y que los ciriales los portasen chicos buscados al efecto.

El texto habla por sí solo y resulta tan claro en sus contenidos e intenciones que apenas deja lugar para comentarios. Tan sólo nos gustaría hacer notar cómo todo aquel ambiente lo vivió de lleno el más destacado de los infantes de coro de la seo pamplonesa de todos los tiempos, el mismísimo don Hilarión Eslava, que estuvo en la catedral como niño de coro entre 1817 y 1823 y desde este último año hasta 1828 como instrumentista y con otras obligaciones en la capilla de música. Sin duda, que el gran músico conoció a todos los protagonistas de aquella denuncia, desde sus compañeros hasta el severo maestro de ceremonias. Lástima que no tengamos un testimonio de Eslava que nos ilustre desde su punto de vista de todo aquel pasaje del colegio de infantes. No poseemos un testimonio, como el que don Hilarión recuerda al famoso Miguel de Arrózpide, conocido como el “rector”, que se aferraba a su chirimía y protestaba por la introducción de los violines en la capilla de música. Estas alusiones a Arrózpide resultan difíciles de dilucidar, ya que él mismo era violinista y la preferencia por la chirimía la interpreta María Gembero para el caso del acompañamiento que se utilizaba en los cortejos de la Diputación del Reino, cuando acudía a las funciones religiosas.

Pese a la severidad del informe del maestro de ceremonias, los infantes siguieron teniendo su protagonismo en años y aún décadas posteriores. Un texto, a modo de crónica de algunas efemérides catedralicias, que recorre su calendario festivo a partir del día de San Martín de 1829 y que abarca el año siguiente, posiblemente obra del mismo Astráin, nos informa que el día 27 de diciembre, tercer día de la Pascua de Navidad, ya cobraban protagonismo los niños de coro. El texto reza así: “A Prima canta un infante la calenda. A Vísperas todos la Antífona de Inocentes y desde Completas, como también a la estación hacen de sochantres. Día 28. Desde Prima en que también canta la calenda uno de ellos y entonan todo el Oficio y cantan la misa los infantes. El uno de ellos tocó el órgano a Vísperas primeras y a misa, los violines dos, y la cantaron con misa los otros. En segundas Vísperas entonaron y se acabó su fiesta”.


Infantes en la caja del órgano de la parroquia de San Pedro de Puente la Reina, siglo XVIII

El ocaso de la fiesta con la secularización del cabildo

El segundo texto al que nos referíamos se encuentra en una recopilación de los usos y costumbres catedralicias de fines del siglo XIX. Al tratar de la fiesta de los Inocentes y después de narrar los oficios sagrados, horas canónicas, misa, procesión …etc., su compilador realiza unas observaciones importantes para nuestro fin.

La información más sustancial que nos aporta sobre el protagonismo de los niños de coro en el día de los Inocentes, radica en una observación que reza: “En esta fiesta de los santos Inocentes dirigían antes los infantes el coro, según práctica de esta Iglesia. Ellos cantaban las antífonas, entonaban los salmos… y los capellanes y salmistas cantaban los versos, esto es, hacían lo de los infantes. También cantaban la misa, dirigiendo el mayor la orquesta y cantaban villancicos después del Sanctus hasta la Communio y al efecto dejaba de cantarse el Pater Noster y el Pax Domini, que por cierto era bien impropio. Los infantes incensaban también y llevaban la paz al coro en vez de los sacristanes. Esta práctica antigua cesó sobre el año 1870, con motivo, sin duda, de escasez de infantes y por no estar ya colegiados y otras causas”.

Por estas escuetas líneas, pero sustanciosas, deducimos que algunas de las prácticas seculares del coro de infantes, terminaron de la mano de canónigos más rigoristas, en sintonía con el Cecilianismo que por aquellos años triunfaba en Europa. Entre ellos hay que citar al mencionado don Pedro María Ilundáin que, como canónigo y arcediano, se dirigió en varias ocasiones al cabildo para acabar con ciertas anomalías litúrgicas y musicales y al también canónigo don Mercader que, en 1866, elaboró un informe sobre música en el que se hace eco del Cecilianismo y de algunas ideas de don Hilarión Eslava en sus escritos sobre la música sagrada, en particular en 1860 al concluir la Lira Sacro-Hispana. Al respecto, hay que recordar que López Calo ha considerado a don Hilarión como el primer músico español que se propuso un plan de mejora de la música religiosa a nivel nacional, creando un corpus doctrinal al efecto, a la vez que el único que hasta el Motu Proprio de San Pío X intentó una gran reforma. 

En el informe del canónigo Mercader se preveía la suspensión de la música de atril en la mayor parte de las funciones, a no ser que la capilla la pudiese interpretar ajustadamente. Asimismo, proponía la prohibición del piano “a no ser en plena orquesta, cuando sirva a ésta de base y dirección, en los casos que no corresponda la afinación del órgano” y del figle, “mientras no acompañe a otros veinte instrumentos por lo menos”, advirtiendo de que este último instrumento se podría sustituir por el fagot o el bombardino. Tras argumentar sus posiciones, el memorial trata de la propiedad de la música de la catedral, su custodia e interpretación.


Infantes de Fitero en el claustro de la abadía, 1904. Fotografía de Mauro Azcona. Colección particular

Para saber más

FERNÁNDEZ GRACIA, R., Navidad en la catedral de Pamplona. Ritos, fiesta y arte, Pamplona, Departamento de Historia del Arte. Universidad de Navarra, 2007
GEMBERO USTÁRROZ, M.,: La música en la catedral de Pamplona, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995
GOÑI GAZTAMBIDE, J., La capilla musical de la catedral de Pamplona. Desde sus orígenes hasta 1600, Pamplona, Capilla de Música, 1983 y La capilla musical de la catedral de Pamplona en el siglo XVII, Pamplona, Capilla de Música, 1986

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