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Los pioneros en el Río de la Plata

Los historiadores Darío Casapiccola y Francesc Castells presentan una cronología de los comienzos del Opus Dei en Argentina, sus protagonistas y los primeros momentos del desarrollo del apostolado en Uruguay.

12 | 05 | 2023

El Centro de Estudios Josemaría Escrivá entrevistó al historiador Darío Casapiccola sobre su investigación acerca de los inicios del Opus Dei en Argentina y Uruguay, que ha sido recientemente publicada como parte del libro Gentes, escenarios y estrategias. El Opus Dei durante el pontificado de Pío XII, 1939-1958. 
El capítulo de  Casapiccola y del investigador Francesc Castells sintetiza de manera cronológica los primeros años del apostolado de la Obra, sus protagonistas y algunos de los proyectos que desarrollaron entre 1950, año en que llegaron los primeros miembros a Rosario, y 1962, cuando el sacerdote Emilio Bonell fue nombrado nuevo Consiliario de la región. 
En su conjunto, el libro editado por Fernando Crovetto y Santiago Martínez Sánchez reúne las contribuciones de académicos de diversas nacionalidades que exploran la historia de la primera expansión del Opus Dei en once países europeos y americanos durante el pontificado de Pío XII. Estos estudios revelan los aspectos más destacados del crecimiento experimentado por la Obra en los años previos al Concilio Vaticano II.

        
Darío Casapiccola, historiador.

Los comienzos en Rosario


En marzo de 1950 llegaron a la ciudad de Rosario el sacerdote Ricardo Fernández Vallespín y dos profesores universitarios: Ismael Sánchez Bella y Francisco Ponz Piedrafita. Tenían la idea de realizar un viaje exploratorio por Argentina a partir de la invitación del cardenal Antonio Caggiano, obispo de Rosario, quien había solicitado al fundador del Opus Dei que la Obra comenzara en su diócesis. 
Los tres viajeros pensaban que estarían allí alrededor de un mes y medio. Hicieron base en Rosario y comenzaron a recorrer distintas ciudades para conocer el país y las posibilidades de iniciar una labor apostólica. Por entonces era frecuente que los académicos que visitaban otros países fueran invitados a dictar conferencias. En Argentina los académicos españoles gozaban de cierto prestigio lo que les brindó,  según Casapiccola, «óptimas posibilidades para que esos primeros miembros del Opus Dei que llegaron al país, pudieran insertarse en el ambiente cultural de la época y solventar sus gastos y viajes». Durante los meses de marzo y mayo de 1950 los dos académicos y Ricardo Fernández Vallespín, quien además de sacerdote era arquitecto, dictaron conferencias en distintas universidades en Tucumán, Córdoba, Mendoza, Buenos Aires, La Plata y Salta.


Ricardo Fernández Vallespín e Ismael Sánchez Bella.

Sin embargo, pronto el viaje exploratorio se convirtió en definitivo luego de que Caggiano insistiera a Escrivá para que los tres viajeros se quedarán. Tras el visto bueno de san Josemaría, Ricardo Férnandez Vallespín e Ismael Sánchez Bella comenzaron los preparativos para iniciar la labor estable del Opus Dei. El tercer viajero, Francisco Ponz debió regresar a España debido a su trabajo. 
Según explica Darío Casapiccola, «es importante situar la llegada de la Obra a la Argentina en el marco de lo que sucedía por entonces en el interior de la institución. Por esos años el Opus Dei consiguió una aprobación pontificia como Instituto Secular y había comenzado a expandirse por distintos países». El fundador entendía «que la Obra era una institución de carácter universal, por lo que era lógico que se concretara esa aspiración universal de estar presente en todo el mundo». 

 
Ismael Sánchez Bella impartiendo una conferencia.
 

El catolicismo en los años 50

La Iglesia católica en Argentina se encontraba en un momento muy interesante. Explica Casapiccola que por entonces «atravesaba una época de resurgimiento luego de un período de álgido laicismo, presente en la segunda mitad del siglo XIX en casi todos los países de Latinoamérica». 
Según el investigador, «a comienzos del siglo XX la Iglesia experimentó una renovación que tuvo numerosas y variadas manifestaciones: entre algunos intelectuales católicos, en los llamados círculos obreros, también a nivel institucional y, por supuesto, en el ámbito personal. Ese fervor católico tuvo su máxima manifestación, en 1934, con el Congreso Eucarístico Internacional realizado en Buenos Aires».
Dentro de ese contexto, Casapiccola señala que «un elemento muy importante fue la Acción Católica creada en 1931 en Argentina, impulsada por Caggiano, que logró atender las inquietudes espirituales de los laicos, sobre todo, de un numeroso sector de la pujante clase media. La nueva institución en su máximo esplendor reunió a 70.000 miembros aproximadamente». 
 

Amistades y apoyos

El Cardenal Caggiano no sólo alentó la llegada del Opus Dei a Rosario sino que mantuvo muy buena relación con sus miembros. En especial, señala Casapiccola, «con el sacerdote Ricardo Fernández Vallespín, quien vivió varias semanas en la sede del Obispado y al que Caggiano nombró Asesor del Centro de Arquitectos de la Acción Católica y miembro del Consejo organizador del Congreso Eucarístico Nacional, celebrado en Rosario en octubre de 1950». La colaboración de Fernández Vallespín y, más tarde del sacerdote Ignacio Echeverría, en las actividades de la Acción Católica a pedido de Caggiano, «facilitaron contactos con jóvenes y profesionales, hombres y mujeres, que con el tiempo participaron de las actividades organizadas por miembros del Opus Dei» como charlas de formación cristiana y retiros mensuales.
A los recién llegados Caggiano les presentó  amigos y personas para que pudieran insertarse en la sociedad local. Entre ellos, los contactó con el propietario de una casa que pudieron alquilar para poner en marcha una residencia universitaria. 
Poco a poco los pioneros fueron ampliando su red social en Rosario y en Buenos Aires. Algunas cartas de presentación que traían desde España les sirvieron para establecer un primer contacto. Tal como señala el historiador, «ese fue el caso del empresario Ángel García, dueño de un importante comercio llamado La Favorita. Pronto sus sobrinos y sus respectivas familias se relacionaron con actividades apostólicas organizadas». 
Surgieron amistades en el ámbito profesional, claro está. Por ejemplo Ismael Sánchez Bella se relacionó entre colegas intelectuales de diversos sectores de las humanidades: «Ricardo Levene, Ricardo Zorraquín Becú, Eduardo Martiré y Víctor Tau Anzoátegui», comenta Casapiccola. También trabó amistad con los jóvenes estudiantes que comenzaron a frecuentar la residencia universitaria.
En Buenos Aires contaron con el apoyo de un matrimonio de supernumerarios españoles, José Ferrer y Carmen Millet, que vivieron en Argentina entre 1951 y 1957. Según Casapiccola «su presencia resultó clave para establecer relaciones profesionales y sociales en un ambiente distinto al que hasta ese momento habían alcanzado Fernández Vallespín y Sánchez Bella». 


Agustín Falceto y Gonzalo Bueno.

Al otro lado del Río de la Plata


La labor en Rosario fue dando lentamente sus primeros pasos. La llegada en 1952 de Sabina Alandes abrió un nuevo capítulo femenino en la historia de los comienzos del Opus Dei en Argentina. Hacia mediados de la década el mensaje de la Obra había prendido entre hombres y mujeres en Rosario primero, y en Buenos Aires un poco después. 
Por entonces Ricardo Fernández Vallespín había comenzado a realizar viajes periódicos a Uruguay que, en términos religiosos -explica Casapiccola- «era por entonces un país con un tinte laicista y en el que se había producido cierta hostilidad hacia la Iglesia católica. Pese a ello los católicos se mostraban aguerridos, con una fuerte presencia de colegios y asociaciones confesionales».
Además de los viajes del sacerdote español a Uruguay, algunas numerarias desde Buenos Aires viajaban con frecuencia para atender espiritualmente a una supernumeraria uruguaya que unos años atrás había conocido la Obra en Chile y luego había regresado a Montevideo. Allí comenzaron a organizar retiros mensuales, que predicaba Ricardo Férnandez Vallepín, a los que asistían un puñado de mujeres, algunas de las cuales más tarde solicitaron la admisión al Opus Dei.
Pronto Josemaría Escrivá envió refuerzos desde España para que pudieran abrirse centros en Montevideo. En octubre de 1956 llegaron dos jóvenes sacerdotes: Agustín Falceto y Gonzalo Bueno quienes, sostiene Casapiccola, «comenzaron su trabajo apostólico a partir de las personas conocidas anteriormente por Fernández Vallespín, y nuevas amistades que fueron haciendo». En los meses siguientes arribaron algunos numerarios y numerarias que «dieron un buen impulso al apostolado entre hombres y mujeres».
El aliento inicial de aquel puñado de hombres y mujeres durante la larga década estudiada por Casapiccola y Castells (1950-1962) fue clave para que el Opus Dei arraigara en ambas márgenes del Río de la Plata. Desde Roma, Josemaría Escrivá, «si bien les pidió mucho a estos primeros, también los alentaba, los cuidaba, estaba pendiente de cada uno; y ellos sabían que estaban en la cabeza y el corazón del fundador. Esos primeros que vinieron a iniciar el Opus Dei fueron una generación de acero, dispuesta a sacar adelante la Obra en Argentina y en cualquier parte del mundo», concluye Casapiccola. 
 

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