La Universidad rinde homenaje al filósofo Alejandro Llano, antiguo rector del centro académico
El acto se ha enmarcado en las LIX Reuniones Filosóficas de la Facultad de Filosofía y Letras, que este año han estado centradas en su pensamiento
FotoManuel Castells/
10 | 03 | 2026
La Universidad de Navarra ha celebrado un acto homenaje en memoria del profesor Alejandro Llano (1943-2024), catedrático de Metafísica y antiguo rector del centro académico. El evento, que tuvo lugar en el Aula Magna del edificio Central, estuvo presidido por la rectora, María Iraburu; la decana de la Facultad de Filosofía y Letras, Julia Pavón; y la directora del Departamento de Filosofía, Ana Marta González.
Citando una lección que el profesor Llano impartió en 2002, con motivo del 50 aniversario de la Universidad, la rectora señaló que la cuestión decisiva para cualquier institución universitaria es saber “cómo suscitar y gestionar lo nuevo”. En este sentido, según destacó, Llano entendía la universidad como un espacio en constante renovación intelectual, donde el conocimiento impulsa a las personas a crecer interiormente y a vivir con audacia intelectual. “El conocer es la novedad pura”, recordó, citando sus palabras, que invitaban a una vida universitaria marcada por “una renovación continua, una sorpresa permanente y un entusiasmo ininterrumpido”.
Durante el acto, con el que se concluían las LIX Reuniones Filosóficas, centradas en su pensamiento, colegas, discípulos, amigos y familiares recordaron su figura intelectual y humana. Jaime Nubiola, catedrático emérito de la Facultad de Filosofía y Letras y colaborador del profesor Llano desde los años setenta, lo definió como “un gran universitario”, profundamente enamorado de la institución académica. Para Llano, explicó, la universidad era ante todo “una comunidad de investigación y aprendizaje, un espacio de convivencia culta y de respeto a la libertad personal”. Con humor y nostalgia, recordó sus inicios como "utillero" del profesor Llano, cargando las maletas llenas de libros para sus oposiciones. Para Nubiola, conocerlo fue “como un flechazo" que definió su propia vocación universitaria. El respeto de Llano por sus maestros —especialmente Antonio Millán-Puelles, Juan José Rodríguez Rosado y Fernando Inciarte— y su cordialidad con alumnos y colegas explican en gran medida esta huella que dejó. Retomando una expresión que el propio Llano había utilizado en una lección académica -“Somos enanos a hombros de gigantes. Vemos más que quienes nos precedieron precisamente porque no nos olvidamos de ellos”-, el profesor Nubiola concluyó afirmando que “Nosotros no nos olvidamos de Alejandro, porque fue un gigante a cuyos hombros nos subimos”.
Los ponentes coincidieron al destacar el modo en que Alejandro Llano ejercía su magisterio. Amalia Quevedo (Universidad de La Sabana), en representación de los numerosos "hijos doctorales" del profesor Llano, subrayó que una de las notas más características de su relación con los estudiantes fue el respeto radical por su libertad. “Nunca lo vi ejercer la más mínima presión”, recordó. “Al contrario, reforzaba siempre la libertad del interlocutor”. Según explicó, esa actitud se reflejaba incluso en sus cartas y conversaciones cotidianas: “Si te apetece, si te conviene, solo si tú quieres”.
Quevedo destacó también otro rasgo que sorprendía en un catedrático de su talla: la importancia que daba al disfrute intelectual. “Cuando yo me preocupaba demasiado por una beca o por la organización de un seminario, él respondía con una frase que desarmaba todas las inquietudes: lo más importante es que te lo pases bien”. A su juicio, esa combinación de libertad, alegría y generosidad hacía de Llano un maestro poco común: “Nos ayudó a hacernos doctores, pero sobre todo nos hizo mejores personas y más felices”.
Por su parte, el profesor Juan Arana (Universidad de Sevilla) destacó su perfil como filósofo del diálogo y promotor del intercambio intelectual. Recordó su capacidad de trabajo y su extraordinaria curiosidad intelectual, alimentada por una pasión insaciable por la lectura. “Leía y leía sin tregua”, afirmó Arana, quien añadió que su cultura era excepcional: “Su mente funcionaba como una fértil huerta que devolvía transformadas en frutos las semillas que en ella se depositaban”. Para Arana, la clave de su trayectoria fue la combinación de una intensa vida intelectual con un profundo sentido ético y espiritual, que le permitió mantener “una actividad intensa y constante durante décadas”.
La dimensión internacional de su magisterio fue recordada por Héctor Zagal (Universidad Panamericana). En su discurso, en el que recordó su llegada a Pamplona para realizar el doctorado bajo la dirección del profesor Llano a finales de los años ochenta, destacó el modo en que supo comprender y estimular a los estudiantes latinoamericanos. Zagal recordó también su cercanía humana. En uno de sus primeros días en Pamplona, le invitó a un aperitivo y bromeó sobre el tiempo de la ciudad: “El clima de Pamplona tiene una enorme ventaja: es constante. La desventaja es que siempre es malo”. A través de gestos como ese, añadió, Llano supo conectar profundamente con los estudiantes hispanoamericanos y fomentar entre ellos una actitud intelectual abierta y magnánima.
Finalmente, su sobrino Rafael Llano (Universidad Complutense de Madrid) ofreció un retrato más personal y familiar. Recordó cómo en una familia de "inteligencia mercantil" asturiana, la vocación de Alejandro fue algo "inusual". También evocó su estilo docente y su exigencia intelectual pero, junto a esa exigencia, siempre destacó su cercanía humana y su capacidad para escuchar. “Era uno de esos raros personajes que, al poco de conocerlos, sabes que podrán ser el oidor de tus asuntos más personales”. Con ternura, describió los últimos años de su tío en los que "siempre quedó en pie un alma asombrada ante el mundo y una mirada en paz y agradecida".