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2017-02-08-noticia-tantaka-monkole

“En Europa vivimos al servicio de las cosas y en África solo importan las personas”

Esther Ballesteros y Mónica Domingo, una enfermera y una alumna de especialidad de Enfermería de la Clínica Universidad de Navarra, cuentan por qué son delegadas de Ebale Monkole tras su verano en el Congo.

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El director adjunto del hospital Monkole, Perlado, con Esther Ballesteros (izquierda) y Mónica Domingo (derecha) con pacientes de Monkole. FOTO: Cedida
02/03/17 17:19 Malu Serrano

Mónica Domingo y Esther Ballesteros [ENF’ 16] compraron el billete para volar al Congo a ayudar en el hospital Monkole durante los últimos exámenes de la carrera. Esos pasajes les llevaron a un mundo de penurias y les transformaron la vida. Ahora son delegadas de Ebale Monkole, un proyecto solidario impulsado por varias instituciones para asistir a mujeres y niños en condiciones de extrema pobreza, en un país en el que 30.000 mujeres mueren durante el parto cada año y más de 20.000 niños pierden la vida durante su alumbramiento o en los días posteriores. Allá donde pueden, Mónica y Esther cuentan su experiencia en África. A las residentes del Colegio Mayor Olabidea las movieron de tal manera que se ofrecieron a hacer benéfico el concierto que tenían programado dentro del ciclo cultural de este semestre, “Pasajes”. El concierto se celebró el lunes 30 de enero con aforo completo en el auditorio del Museo Universidad de Navarra. Recaudaron 4.000 € (de los cuales, 1.000 € solo de donaciones aparte de las entradas), con los que se podrán financiar 10 nacimientos.

 

De vuestra experiencia en Monkole, ¿qué fue lo más complicado: la falta de recursos materiales o el verse inmersas en esa situación?

Esther: Al principio, cuesta aprender a gestionar la falta de recursos, no tener agua o luz. Pero a mí lo que más me afectó fue a nivel personal. Por ejemplo: ver a una niña de cuatro años con una Drepanocitosis, un tipo de anemia que produce úlceras en las piernas, llorar por dolor y que se acabe la morfina y no hay más… Aquello me pareció muy duro. No tienen los recursos. En Europa vivimos al servicio de las cosas y allí solo importan las personas. Aquí se está terminando la batería del móvil y estás como loca.

 

Habéis conseguido 4.000 € para el proyecto Ebale Monkole, ¿qué previsión teníais?

Mónica: Íbamos un poco a ciegas. Nos sorprendimos para bien. Pensábamos en conseguir 2.000 o 3.000 €, pero no que se fuera a llenar el Museo. La verdad es que Olabidea ha conseguido todo: nosotras fuimos un día a contarles nuestra experiencia y se ofrecieron a donar lo que recaudasen en este concierto que estaba programado dentro del ciclo cultural del semestre [“Pasajes”].

 

¿Cuál es la realidad que vive la mujer en el Congo?

Mónica: Complicada. Nos dio tiempo a hablar con muchas personas. Conocimos a bastantes chicas que querían estudiar Medicina, porque tenían posibilidad, pero al mismo tiempo te decían: “Trabajaré si mi marido me deja”. La situación de la mujer es que tiene hijos y, si puede, trabaja. En el Congo hay personas muy pudientes y el resto, que es la gran mayoría, vive en zonas rurales, con una pobreza impresionante. Y muchas madres mueren durante el parto.


Mónica Domingo y Esther Ballesteros con una paciente de Monkole 

¿Por qué decidisteis ir allí?

Mónica: La verdad es que era el último verano en el que podríamos hacer esto, porque la vida luego se complica. Estábamos un día estudiando para finales y Esther me contó que quería hacer algo en verano, que le gustaría ir a África y que había quedado con Miriam del Barrio, enfermera de la UCI de la Clínica Universidad de Navarra. Fuimos juntas y Miriam nos dibujó todo lo horrible del Congo, no nos lo puso bonito: que no había agua, ni luz, que era peligroso, que no haríamos excursiones… Al día siguiente, sin ni siquiera contactar con Monkole, compramos el billete de avión. Creo que si no lo hubiéramos comprado en ese momento, no habríamos ido.

Esther: Siempre había querido hacer voluntariado en vacaciones, y pensé que sería el último verano en que podría hacer esto. Soy muy cuadriculada, pero no lo reflexioné, me encontré con Moni, hablamos con Miriam y nos compramos el billete. Tenía el gusanillo y fue una tirada de la moto. Teníamos que ir.

 

¿Qué dificultades tuvisteis?

Esther: Cuando llegas allí te das cuenta de que la necesidad es bestial, y no es que veas pobreza, es que todo lo es. En ese sentido, fuimos muy conscientes de que es muy duro, a la vez que muy bonito. La gente en verano nos escribía: “Qué envidia, ojalá fuera yo…”. Pensábamos: “No sabes lo que dices”. Nosotras no éramos conscientes de a lo que íbamos, y ahora repetiría, pero no sabemos vivir sin agua, comida y luz. Lo pasamos bomba, nos ha cambiado la vida, pero de verdad, y tuvimos muchos malos ratos, tal vez más que buenos.

Mónica: Lo de “me voy de aquí” se nos pasó muchas veces por la cabeza. Nos costó mucho entender la forma de trabajar allí, aquí nos inculcan que tenemos que estar muy pendientes del paciente y hasta el final, pero allí se mueven en un mundo de supervivencia.

Por otra parte, el tema cultural era un cansancio psicológico constante. Allí todo te llama la atención: hombres saltando por encima de un coche, un niño jugando en la basura, una moto con cinco personas, un coche sin puertas… Pero nos ayudaba mucho hablar entre nosotras.

 

¿En qué os ha cambiado África?

Esther: A mí me ha enseñado a quitarle importancia a lo que no lo tiene: poner las cosas en su sitio. Aquí perdemos el norte.

Mónica: La gente de allí tiene poco y nunca pasa nada, eso te ayuda a despejarte. Te enseña lo que sabemos de teoría: que dándote eres feliz. Siempre nos decimos: “Qué felices fuimos en el Congo”, porque pensando en los demás recibes muchísimo más.

 

¿Qué historia os viene a la cabeza al recordar aquellos meses?

Esther: Pasaba por una planta, me encontré con una enfermera que iba a bañar a un paciente y me ofrecí a ayudarle. No tenía ni idea de quién era, tampoco me entendía porque él solo hablaba Lingala [lengua hablada en el noreste de la República Democrática del Congo]. Terminamos el baño y la enfermera se fue. Me quedé un rato hablándole en francés. Entonces me impresionó mucho porque, sin entenderme, me cogió la mano, me miró, me dijo algo que no entendí en Lingala y fue un momento que no sé cómo explicar. Nos entendimos. El paciente falleció aquella tarde y puede que fuera la última persona con la que habló.

Mónica: Una señora estaba a punto de dar a luz, dilatada de ocho centímetros. Comenzó a empujar, pero no salía y el médico le dijo que iban a preparar una cesárea de urgencia; ella se agobió muchísimo, quería que estuviera su marido, porque le tienen un miedo horrible a la cesárea, y solo lloraba… Nos dejaron solas con ella mientras preparaban todo -pasaron casi dos horas-. De repente escuchamos un grito y la cabeza del bebé estaba fuera. Salimos corriendo a buscar a los médicos. Cuando la mujer tomó a su niña en brazos, dijo que había nacido gracias a sus dos amigas que se habían quedado a cuidarla y nos plantó tres besos.

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