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Historias de coronavirus

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EL DÍA DESPUÉS: 
A UN AÑO DEL CONFINAMIENTO 

Aplicaciones anidadas

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Hace un año, la pandemia nos encerró en nuestras casas. El campus se quedó vacío, pero la actividad de la Universidad continuó gracias al esfuerzo, al trabajo y al compromiso de, profesionales y alumnos.

¿Cómo vivimos ese confinamiento? ¿Tuvimos miedo? ¿Lloramos? ¿Pudimos con el estrés? ¿Qué contaremos a nuestros hijos, a nuestros nietos, de esta situación? ¿Qué lección de vida hemos aprendido de la crisis y qué aprendizajes han venido para quedarse en nuestro quehacer profesional? 

Comienza hoy una serie en la que profesionales y alumnos de la Universidad expresan cómo vivieron aquellos meses y cómo ha cambiado su vida, a nivel personal y profesional. 

Entre todos debemos construir “un nuevo edificio”, una universidad post-covid, ¿qué metemos en la cápsula del tiempo, qué nos llevamos del confinamiento?

En esta página web se recogen testimonios de empleados y alumnos que nos lo cuentan. 

 

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NUESTRAS HISTORIAS

Aplicaciones anidadas

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Jaime Sanz Santacruz 
Capellán del campus de Madrid

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"Un grupo de whatsapp y retiros por zoom para mantener la fe"

El confinamiento no pudo con las ganas de ayudar, apoyar y trasladar mensajes de vida cristiana de don Jaime Sanz, de 58 años, doctor en Derecho y capellán en el campus de Madrid. Lo primero que se le ocurrió fue crear un grupo de whatsapp al que llamó Operación Trinchera, para animar a la oración a toda la comunidad universitaria. En apenas unas semanas, el grupo aglutinó a 1.800 seguidores. “Lo que pretendía era mantener la fe. Enviaba una breve meditación de unos 10 minutos y un texto de vida cristiana. Después, unas preguntas que invitaran a hacer una reflexión personal. Todo el mundo estaba encerrado en su casa. No podía ir al campus y tampoco a la parroquia con la que colaboro, así que algo había que hacer”, explica.
Otra de las acciones fue continuar con los grupos de catequesis para la confirmación de alumnos con sesiones online. “La mayoría eran de Latinoamérica. Fue un poco complicado para cuadrar horarios. Teníamos las reuniones a las dos de la tarde, hora española. A ellos les tocaba madrugar, pero resultaron ser unas sesiones muy interactivas, con preguntas, etc. Al final, se confirmaron seis alumnos”, comenta. Tampoco don Jaime se pudo resistir al zoom y, con una cámara que instaló en el oratorio de su casa, utilizó esa herramienta para organizar retiros en los que cada uno podía participar desde su domicilio. “Se apuntó mucha gente”, valora. “En general, el confinamiento fue bastante entretenido e intenso”.
Don Jaime recuerda sentimientos de incertidumbre durante aquellas semanas pero a la vez, de momentos para pensar en mensajes positivos, reanimantes, un tiempo para reilusionarse. “Si estamos en manos de Dios, pase lo que pase, todo será bueno”, me decía. Con este objetivo, esos días de encierro le sirvieron para pensar en escribir un libro que se publicará en breve y que terminó la pasada Navidad: Reilusiónate. Claves para encontrar el sentido de tu llamada. “Apunto 30 claves y 30 remedios para volver a reilusionarnos y encontrar esa vocación cristiana en las personas”. 
Don Jaime quiso aprender a tocar la guitarra “pero eso fue un fracaso absoluto”, reconoce;  y estudió inglés “como loco” para preparar unas clases que impartió en el máster de ISEM, en la asignatura de Antropología de la moda. También se animó a participar en varios programas de la emisora norteamericana Relevant Radio, con 78 millones de oyentes. 
El confinamiento le impidió acudir a la parroquia de San Manuel González, en San Sebastián de los Reyes, en la que colabora desde hace 9 años. “Durante todo este tiempo hemos estado trabajando en la construcción de un nuevo templo que se inauguró el 15 de diciembre”.  Nadie esperaba entonces que, tres meses después, una pandemia iba a impedir que los feligreses acudieran a su nueva parroquia.     

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Javier Nanclares
Profesor de la Facultad de Derecho

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"Confinados con un médico en casa"

“Lo primero que recuerdo de aquellos días fue vivir momentos de incertidumbre respecto a todo. Resultaba descorazonador no tener referencias fiables de cómo se iba a actuar frente a esta situación, qué medidas se iban a tomar, no tener un horizonte al que poder aferrarse. En definitiva, no saber lo que iba a pasar”, cuenta Javier Nanclares, profesor de la Facultad de Derecho. Casado y padre de tres hijos de entre 19 y 13 años, Javier y su mujer intentaron tener una organización diaria en su casa entre el trabajo y la docencia y ver la manera en que esa situación de confinamiento podía repercutir lo menos posible en sus hijos. “También pensamos mucho en nuestros padres, que no residen en Navarra, por los momentos de soledad que estaban viviendo, por no poder ayudarles y también porque, por las noticias que veías cada día, no podías dejar de pensar que, si se contagiaban, igual no volvías a verlos con vida”.
La mala cobertura de la red wifi jugó alguna mala pasada a Javier de tal manera que, en lugar de dar clases online, decidió preparar los materiales para sus alumnos y ponerlos a su disposición a través de ADI, además de tener el correo electrónico activo para resolver dudas. “La incertidumbre llegó a la hora de preparar el examen final pero ahí tengo que reconocer el trabajo y el esfuerzo de IT Services. Nos ayudaron mucho y, en mi caso, los resultados fueron muy razonables, muy similares a como creo que hubieran sido con un examen presencial”.
La mujer de Javier es médico. Reconoce que esto generó cierta sensación de miedo y preocupación durante esas semanas de confinamiento. “Más que yo, era ella la que sentía cierta responsabilidad y temía que nos pudiera contagiar. Los equipos de protección con los que contaban los profesionales sanitarios eran precarios y apenas había mascarillas. Vivimos alguna ‘señal de alerta’, tuvimos que tomar medidas preventivas y dormir en habitaciones separadas, pero finalmente, no nos pasó nada”. 
Javier Nanclares reside en un adosado y, en ese sentido, dice sentirse privilegiado.  “No es lo mismo que vivir el confinamiento en un piso”, apunta. “Una de las medidas que tomamos fue convertir el garaje en un gimnasio: con mancuernas, la bici estática y una cinta de correr. También construimos nuestra mesa casera de ping-pong y fueron horas y horas jugando, haciendo campeonatos entre nosotros”. 

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Sara Martínez Solchaga
Directora del Servicio Mancomunado de Prevención de Riesgos Laborales

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"Confinada en la Clínica para cuidar de sus compañeros"

Sara Martínez Solchaga, de 47 años, casada y madre de dos hijos, de 18 y 15 años, estaba viendo un partido de fútbol en la Sociedad Deportiva Lagunak cuando le llamaron para avisarle de que había ingresado en la Clínica el primer paciente con COVID. Era domingo, 8 de marzo. “Justo un mes antes se había concluido el protocolo de detección precoz, valoración y respuesta ante enfermedades transmisibles globales. Se disponía de varios kits de equipos de protección frente a ébola en el Servicio de Urgencias. Cuando se prepararon y se hizo la formación sobre su colocación y retirada, parecía una exageración, pero gracias a ello, el día que llegó ese primer paciente covid, se le pudo atender con seguridad”.
La primera sensación fue de incertidumbre y miedo. “No sabíamos a qué nos estábamos enfrentando”, recuerda Sara.  Desde Prevención de Riesgos se las ingeniaron para disponer de material de seguridad con el que proteger a los profesionales:  desde las batas de goretex del quirófano hasta los capuces y cubrecuellos que se confeccionaron en la Lavandería y por voluntarios externos; o desinfectando las mascarillas en un dispositivo a base de rayos ultravioleta para alargar su uso dada su escasez.  “Además,  el desconocimiento de la enfermedad provocaba que los protocolos cambiaran en cuestión de horas”.
Sara y el equipo del Servicio Mancomunado de Prevención de Riesgos Laborales no vivió el confinamiento en su casa sino en la Clínica. Las jornadas comenzaban a las ocho de la mañana y terminaban pasadas las ocho de la noche. La disponibilidad fuera de ese horario era total. En los primeros meses, no hubo fines de semana y tampoco Semana Santa.  “Todo pasó a un segundo plano. Nuestro quehacer profesional diario y también nuestra vida familiar. Yo envié a mis hijos al pueblo, a Irache. Mi marido también trabajaba de manera presencial y no los podíamos atender. Solo iba a casa a dormir. Dedicamos todo nuestro esfuerzo a ver cómo podíamos evitar que nuestros compañeros enfermaran y si lo hacían, conseguir que estuvieran atendidos y se sintieran acompañados”. 
De la noche a la mañana, por el aumento de pacientes covid debían dotarse nuevas plantas de hospitalización para su atención: una habitación pasaba a ser un vestuario, había que diseñar los circuitos seguros para pacientes covid y no covid, los protocolos en quirófano, la gestión de residuos, señalizar las salas de espera, recuerda Sara.
“Otra de las cosas que me llevo de esos primeros meses de confinamiento es que se ha valorado muchísimo nuestro trabajo. Nuestros compañeros se han dado cuenta de lo que hacemos”, asegura. Sara guarda en su retina la imagen de los profesionales que, de la noche a la mañana, dejaron sus consultas ordinarias para incorporarse a la atención de pacientes COVID e incluso se trasladaron a CUN Madrid porque estaba desbordada…. “Pese al miedo de enfermar y contagiar a sus familiares fueron muy profesionales y valientes. Demostraron tener mucho coraje”.

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Guadalupe Pérez Beruete
Responsable de Formación del Profesorado. Servicio de Calidad e Innovación

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"Momento para reinventarse con creatividad, disposición y flexibilidad"

“Cada uno vivió el confinamiento como buenamente pudo. Desde luego con una incertidumbre constante porque no sabíamos cuánto iba a durar ni cómo saldríamos de aquello”, asegura Guadalupe Pérez. Directora de Formación del Profesorado en el servicio de Calidad e Innovación, Guadalupe recuerda jornadas interminables de trabajo, de sesiones y seminarios de formación con los profesores y la adrenalina a tope. Para Guadalupe, el mayor reto fue adaptarse de manera repentina a una situación inesperada. “En cuestión de 24 horas se pasó de que los alumnos y profesores estuvieran en las aulas de la Universidad a tener la Universidad en sus casas: con sus reuniones, clases, seminarios… y todo lo que esto conlleva: cambio en la comunicación profesor-alumno, cambio en las herramientas a utilizar, cambio en muchos casos de la metodología docente; adaptarnos a nuevos horarios y al espacio físico disponible, etc.  Así que nos tocó a todos reinventarnos y a base de creatividad, buena disposición y flexibilidad. Era lo que tocaba”.
“Lo conseguimos, continúa. La docencia no se paró ni un minuto. Conseguimos adaptar 1889 asignaturas virtuales y hubo una media de mil sesiones online diarias”.
Madre de 3 niñas de 9, 11 y 14 años, Guadalupe afirma que el confinamiento y toda la carga de trabajo que supuso “anuló prácticamente todas las opciones de vida familar” pero se queda con la lección que le dieron sus hijas durante esos meses.  “Tanto mi marido como yo trabajamos en unos servicios que durante el confinamiento fueron esenciales. Mi marido desde el principio iba a trabajar presencialmente en su empresa y yo teletrabajando desde casa. Las niñas acusaron la situación por partida doble porque a la situación tan excepcional que estábamos todos viviendo se sumó que ni su padre ni yo les podíamos hacer mucho caso,  pero también creo firmemente que crecieron en autonomía y madurez. Así que con eso me quedo”. 

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Juanjo Pons Izquierdo 
Profesor de Geografía y Ordenación del Territorio. Facultad de Filosofía y Letras

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"La pandemia dibujada en un mapa"

Empezó el confinamiento y Juan José Pons, profesor de Geografía y Ordenación del territorio, reconoce que se quedó en shock. Al mismo tiempo, recién declarada la pandemia, se despertó en él un sentimiento de querer ayudar y aportar algo con su trabajo a aquella situación. “Lo mío es analizar y representar información territorial y toda pandemia tiene una dimensión espacial. Se lo he repetido mil veces a mis alumnos. Fue entonces cuando me ofrecí a la Consejería de Salud para aportar todos esos datos, siempre que se me brindara información suficiente por parte del Gobierno de Navarra para poder analizarlos”, explica. Así, Juanjo Pons invirtió tiempo y esfuerzo y se puso a dibujar mapas que reflejaban gráficamente el avance de la pandemia en Navarra, las zonas más afectadas y las personas más vulnerables. No le asustaban los datos que se encontraba por el camino, asegura: “Reconozco que la reflexión vino después. En un primer momento, me dedicaba a recoger, representar y actualizar las cifras día a día”.  Su conocimiento en el análisis geográfico y territorial del COVID-19 en Navarra hizo que Juanjo tuviera un papel en la comisión de expertos del Gobierno de Navarra, que se creó para la desescalada. “Creo que se hizo una gran labor, pero quizás debería haber sido más ejecutiva”.  Y entre comisión, mapas y atención de peticiones de varios medios de comunicación, Juanjo tuvo que afrontar, como todos sus colegas en la Universidad que, de la noche a la mañana, las aulas se habían cerrado y debía dar las clases desde su casa.  “Estaba abrumado. Nadie  sabía lo que se iba a prolongar esta situación y había herramientas que desconocía por completo. Me siento agradecido por todo el trabajo del servicio de Calidad e Innovación: el mismo lunes, los profesores teníamos acceso a tutoriales para poder dar nuestras clases en remoto”, concreta. “Pero lo siguiente que me encontré es que somos siete en casa, con un ordenador, alguna tableta, los móviles y una red wifi que, entonces descubrí, era tercermundista. Sin cobertura y sin medios técnicos, me resultó imposible dar las clases online. Un fracaso. Comencé entonces a preparar materiales para que los alumnos pudieran realizar los trabajos de una manera autónoma, con apuntes, vídeos, etc. La sensación que me queda es de haber trabajado muchísimo. Estaba desbordado, pero me cundió menos que nunca. Al final, organicé tutoriales con cada uno de los alumnos, a los que agradezco su paciencia y comprensión de aquellas semanas”. Juanjo sobrellevó el confinamiento con sus cinco hijos, de entre 18 y 12 años, cada uno con sus clases online; y su mujer, también teletrabajando, en un piso sin terraza. “Pero estoy contento de cómo lo vivimos. Tuvimos momentos familiares muy bonitos, con pequeños detalles que la rutina del día a día no te permite hacer: ver el capítulo de una serie después de cenar o el simple hecho de comer todos juntos”. Después de más de un año de pandemia, ningún familiar cercano de Juanjo ha enfermado de gravedad por el covid, aunque le apena la distancia con sus mayores. “Tanto mis suegros como mis padres viven fuera de Navarra y durante el confinamiento, y ahora también, además de sentir preocupación por ellos, te ves impotente al no poder ayudarles de ninguna manera”.

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María José Bailly-Bailliere
Directora del servicio de Organización de Eventos

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"Un zoom terapéutico"

María José Bailly-Bailliere vive en Pamplona, en una casa que comparte con otras nueve personas. Aquel mes de marzo, viendo cómo se estaban desarrollando los acontecimientos, decidió pasar el confinamiento en Bilbao, con sus padres, de edad avanzada. “La señora que les ayuda no podía ir a trabajar así que fui yo para poder cuidarles y atenderles, junto con otra hermana mía que vive con ellos y que también teletrabajó durante todo este tiempo”. María José recuerda esas semanas de trabajo intenso, pendientes en todo momento de los protocolos que dictaba el ministerio de Sanidad y que cambiaban en cuestión de horas. “Salvo los quince días de cierre total en abril, la Universidad siguió funcionando. Había edificios que atender así que todo el equipo, Reyes Sáenz, Gonzalo Martinicorena, Teresa Molina y yo,  nos pusimos a trabajar en un documento que fuera el protocolo de limpieza durante la pandemia. A su vez hicimos un chat con las encargadas de limpieza de  cada edificio para que estas transmitieran a sus compañeras las necesidades que surgían en cada momento. Fue un trabajo coordinado también con el servicio de Compras y con Prevención de Riesgos para determinar qué materiales estaban autorizados, cómo había que aplicarlos y con qué frecuencia, según el número de personas que frecuentaban cada edificio. También se impartió formación de cómo desinfectar un espacio en caso de detectarse un caso positivo. Se dispusieron todas las toallitas de papel y los kits de desinfección, había que comprar cubos, papeleras  para todos los edificios, etc”.  Destaca además la buena disposición de todo el personal de limpieza. “‘Estamos para lo que haga falta y en cualquier momento’, decían. Organizamos un zoom diario entre el equipo de Eventos y todas las encargadas. Teníamos la necesidad de vernos las caras, de cercanía, de mantenernos informadas y compartir nuestra preocupación por compañeros que se habían contagiado o que tenían familiares que estaban enfermos.  Queríamos estar muy pendientes de la gente. Brindarles apoyo. Más allá de lo profesional esos encuentros en zoom tenían un efecto terapéutico. A su vez, atendimos la llamada de la Clínica que pedía personal para puestos de limpieza tanto en Pamplona como en Madrid. Nuestras empleadas acudieron sin dudarlo, sin miedo, a un trabajo voluntario que se prolongó durante varias semanas”, reconoce María José. 
El miedo llegó en octubre
Pero el momento más duro para ella llegó pasado ese confinamiento, ya iniciado este curso, cuando la Universidad había recobrado su actividad presencial y Maria José había regresado a su domicilio en Pamplona. “Me contagié la segunda semana de octubre. Las diez que vivimos en la casa caímos enfermas. Lo peor de todo es que días antes de que confirmaran mi positivo había estado con mis padres y mi hermana en Bilbao. No pasé miedo por mí. Tenía síntomas, sí: cansancio, malestar, jaquecas.. pero todo el miedo que he pasado ha sido por haber podido contagiar a mis padres. Todos los días les llamaba para ver si seguían bien. Gracias a Dios no se contagiaron. Y ahora, con 87 y 83 años que tienen, estoy deseando que les vacunen. Hasta entonces, la preocupación está ahí”. 

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Sofía Collantes
Exdirectora de Tantaka, el banco de tiempo solidario

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El confinamiento de Sofía Collantes estuvo lleno de claroscuros. Le dolía en el alma, como solo puede dolerle a una madre o una abuela, no poder ver a sus hijos y nietos. «Sin embargo, me daba cuenta de que la mayor prueba de amor hacia ellos era precisamente no estar, porque en una pandemia hay que evitar el contacto presencial». Pero no estuvo de brazos cruzados, ni mucho menos. Sofía dirigía entonces Tantaka, el banco de tiempo solidario de la Universidad, que tuvo que reinventarse en muchos aspectos para poder seguir ayudando a los más vulnerables. «El lema de Tantaka entonces -explica- fue Olas de solidaridad frente al Covid-19». ¡Y vaya si hubo olas!
Sofía recuerda con una mezcla de ternura y diversión una anécdota del inicio del confinamiento. Un día le llamó el doctor Antonio Pineda-Lucena, del Cima, para decirle que tenía a disposición de Tantaka tantos alcogeles como quisiera, porque en el centro de investigación habían conseguido desarrollar un gel llamado «San Fermín 208» por el laboratorio en que lo fabricaban —el 208— y porque son muy navarros. El problema, entonces, era cómo repartirlos, ya que estaba prohibida la circulación. Sofía se dijo: «Llamaré a la Policía Foral, a ver qué solución me dan». Y los forales le dijeron: «Señora, para eso estamos nosotros, díganos a dónde tenemos que ir». Y antes de que ella pudiese llamar al CIma, una patrulla se plantó en el laboratorio y dijo: «Ustedes hacen aquí unos geles y venimos a por ellos». El doctor Pineda-Lucena bajó a recibirlos hecho un flan, diciéndose a sí mismo: «Pero si están homologados, tenemos la licencia». Pensaba que venían a detenerle, pero el hecho es que los forales estuvieron desde marzo hasta junio repartiendo los alcogeles «San Fermín 208» en residencias de ancianos, parroquias y grupos vulnerables. En total, 1.524 personas se beneficiaron de esta acción.
Además, durante esos meses, 240 voluntarios de Tanaka (estudiantes, profesores y empleados de la Universidad) confeccionaron 3.300 batas para personal sanitario, repartieron alimentos a más de 4.000 personas, editaron 14 audiolibros que acompañaron a pacientes oncológicos en sus horas de soledad, 14 voluntarios dieron clases de refuerzo a alumnos de primaria con dificultades y hasta organizaron un campamento en verano para atender a niños afectados por la brecha digital. «A nivel profesional -cuenta Sofía- fue una eclosión, porque el equipo de Tantaka se reinventó para llegar a todas las necesidades y organizar a cientos de voluntarios que querían ayudar a los más vulnerables de esta pandemia». Aquello, más que olas, fue un tsunami.

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Rubén Pío Osés
Director del departamento de Tumores Sólidos de Cima y profesor de Bioquímica de la Facultad de Medicina

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Como muchos otros compañeros, Rubén Pío Osés afrontó el confinamiento con una doble faceta: como investigador y profesor. La incertidumbre de las primeras semanas es hilo conductor de la mayoría de las historias de esta serie sobre el confinamiento y no falta tampoco en su testimonio. “Fue algo que no se avisó con tiempo y nos pilló con muchos experimentos en marcha. Nos preocuparon sobre todo aquellos programados con animales que, finalmente, se autorizó a continuar y poder terminar. Otra de las cuestiones que se nos planteaba era no poder cumplir con los plazos de los proyectos de investigación pero es cierto que las agencias financiadoras se mostraron bastante flexibles en este sentido. El confinamiento tuvo su impacto, retrasó también la convocatoria de proyectos nuevos, pero creo que pasada la Semana Santa fuimos recuperando el ritmo”, comenta Rubén.
El trabajo de Rubén no requería estar presencialmente en el laboratorio y se pudo organizar para teletrabajar. Mantenía contacto con sus compañeros de departamento por zoom. “En una situación así es importante mantener la cercanía, verse las caras”. Y se convirtió en un profesor online con sus alumnos de Bioquímica. “El lunes estaba dando clase desde mi casa. Conseguimos que los alumnos no perdieran ni una hora”.
Rubén, nacido en Burlada hace 49 años, está casado, tiene cuatro hijos, entre 25 y 11 años y un perro samoyedo, que se llama Leo, “al que todos se peleaban por sacar a la calle aquellos días de confinamiento”, recuerda. “En una casa con jardín se lleva el confinamiento de otra manera. Es cierto que acabamos cada uno con un ordenador y tuvimos que mejorar la cobertura de la wifi, de tal manera que llegara bien a todas las habitaciones. Creo que mi hija de 11 años fue la que mejor se lo pasó con sus hermanos y sus padres todos en casa”, asegura. Aquellas semanas, Rubén tuvo que gestionar el regreso de uno de sus hijos, que se encontraba estudiando en Estados Unidos y estar pendiente también de las noticias sobre la selectividad de la que se tenía que examinar otro. “Durante aquellas semanas tienes la preocupación justa también por tus mayores pero gracias a Dios no hemos tenido que lamentar la pérdida o la enfermedad grave de alguien cercano”.
    

 

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Elisabeth Urcelay Irizar
Secretaria del servicio de Relaciones Exteriores de Tecnun

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"Afrontar el futuro con optimismo"

Se adaptó al teletrabajo “a marchas forzadas”. Había que gestionar desde casa las prácticas, PFGs y PFMs en empresa de los alumnos de Tecnun. A nivel personal el confinamiento supuso un cambio en su día a día. “Sobre todo me daba pena no poder ver a mi madre, que no entendía por qué no le podía ir a visitar a Oñate”. Incluso prosiguió su labor como voluntaria del centro de mayores Matía y les fue enviando hojas con paisajes para pintar y escribir. Y eso que aún no le había llegado el golpe más fuerte que la pandemia le tenía reservado. “En octubre mi marido y yo nos contagiamos con el COVID, y él, después de 23 días en la UCI no lo superó y falleció”. Eli asegura que fue muy duro, “pero tengo fe y me he sentido muy reconfortada por la oración de tanta gente. Eso me ayuda a tirar para adelante y afrontar el futuro con optimismo y sin victimismo”.

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Rubén González Martín
Subdirector de la Biblioteca

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"Un reto: el Camino de Santiago en 70 metros cuadrados"

Una imagen, la biblioteca desierta; y una sensación, la de vivir la situación como si se tratara de una película, de no creer lo que estaba pasando. Son recuerdos que Rubén González Martín, de 45 años, subdirector de la Biblioteca de la Universidad tiene grabados de los meses del confinamiento. “Recuerdo la última reunión presencial con el personal. Había que organizar  los equipos, los accesos a la red, reparto de dispositivos, webcams, la redistribución del trabajo. Había que ver qué grado de teletrabajo podíamos asumir”.
Rubén extrae dos conclusiones principales de esos meses: la importancia de cuidar a las personas, en situaciones tan extremas como la que vivimos; y lo esencial de la comunicación y la cercanía con el equipo de trabajo. “Todo el mundo iba pasando por distintos estados de ánimo. Hubo gente que en ese periodo de confinamiento vivió situaciones difíciles, había que ser flexible y hacer un seguimiento personalizado. En las reuniones de equipo yo pedí que conectáramos las cámaras, porque además de gestionar cuestiones de trabajo, teníamos que vernos, mostrar cercanía y hablar”.
Rubén vive solo. No tiene hijos que demandaron su atención o que necesitaron dispositivos para conectarse a sus clases online, pero advierte que la soledad también hay que gestionarla en un momento tan duro como fue el confinamiento y la privación de libertad. “De repente, se acabó salir de casa. Yo recuerdo mi confinamiento en dos fases. una primera, en la que no manejé bien la situación y otra, en la que me puse las pilas: disciplina, rutinas, ejercicio físico y sobre todo, dieta informativa contra las noticias tóxicas y bulos que lo único que generan es ansiedad”, afirma.  Rubén dice también que aquel tiempo habló con sus padres más que nunca, hasta tres veces al día:  “Me preocupaba su estado de ánimo”. Y cuenta un particular reto que organizó con su padre y otros familiares:  hacer el Camino de Santiago a base de sumar kilómetros con los recorridos que hacían en sus domicilios. Él, en su apartamento, de unos 70 metros cuadrados, de una habitación a otra. “Al final del día cada uno contaba los kilómetros que había recorrido y los plasmábamos en google maps. Paradójicamente, el reto terminó cuando nos dejaron salir a la calle otra vez. Ya no seguimos caminando fuera de casa”. 

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Mirta Vera Bozano
Servicio de Admisión

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"El examen previo más intenso"

Sábado, 25 de abril de 2020. 8.30 horas. 2.071 estudiantes de segundo Bachillerato se presentaron al examen previo para cursar uno de los grados de la Universidad. Apenas 24 horas antes,  Mirta Vera, empleada en el servicio de Admisión, vivía momentos de nervios e inquietud porque todo el sistema que se había preparado para realizar los exámenes online funcionara correctamente. Era la primera vez que se hacía y tenía que salir bien. Solo tenían esa oportunidad. “Fue un reto. Ahora sonrío cuando lo cuento pero recuerdo las reuniones con IT y con Reyes, la gerente, en las que lo mismo reíamos que nos poníamos a llorar. Se trataba de montar un sistema desde cero, que además requería unas condiciones técnicas y de seguridad muy concretas”. Mirta no quiere dejar pasar la oportunidad de agradecer todo el trabajo y el esfuerzo de IT Services. “Se volcaron con nosotros. Además de toda la plataforma habilitaron un chat para poder comunicarnos con los candidatos en caso de que hubiera algún problema durante la prueba. De esos días me llevo el trabajo en equipo y el esfuerzo de todos. El compañerismo. También nervios y horas sin dormir.  En casa hicimos nuestro ‘previo familiar’: mis hijas se conectaban desde distintos dispositivos para comprobar que todo iba bien”.
El día del examen, todo el equipo de Admisión trabajó de manera presencial en la Universidad. “Cuando vimos que las pruebas de la mañana se desarrollaron con normalidad estuvimos más tranquilos para afrontar el previo de Medicina, programado para la tarde. Fue un día de trabajo intenso y también de reencuentro entre compañeros después de mes y medio de confinamiento.  A las ocho de la tarde, nos volvimos a despedir todos, con pena. Volvíamos al confinamiento en nuestras casas”.
Mirta recuerda esas semanas con cariño y la alegría, de convivir toda la familia, su marido y sus tres hijas. “Cada día le correspondía a uno elegir una película: vimos desde Frozen hasta Lo que el viento se llevó. Intentamos mantenernos activos. Hicimos todo tipo de vídeos y nos apuntamos a varios retos. A través de videollamadas, houseparty, etc, estuvimos muy unidos y en contacto con el resto de la familia. También hubo ‘peleas’ por pillar la banda ancha de la wifi, sobre todo cuando había examen”.
Mirta cuenta esa sensación de no dar crédito a lo que estaba pasando. “Mi marido era el único que salía de casa para hacer la compra de casa y la de mis padres.  Y, como si viviéramos en una burbuja, cuando regresaba, mis hijas y yo le preguntábamos qué había visto, si se había encontrado con alguien, qué estaba pasando ‘en el exterior’”.

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Raquel García
Enfermera voluntaria durante la pandemia 

Leer la entrevista:

A los diez días de llegar a su casa de Vigo en cuanto se decretó en España el primer estado de alarma, Raquel García recibió una llamada en la que le proponían ir a la Clínica Universidad de Navarra en Madrid para aliviar el colapso que produjo el estallido de la pandemia. Ella cursaba su último curso de Enfermería y aceptó sin ni siquiera consultarlo con su madre. «Si puedo ir a ayudar ーse dijoー no sé qué hago en casa sin hacer nada. Para eso he estudiado Enfermería». Su madre tuvo mucho miedo, pero no se lo dijo, porque también estaba orgullosa de su hija.
La Clínica de Madrid tiene capacidad para 30 pacientes, pero en ese momento había 60, todos enfermos de covid. Raquel y otras tres amigas suyas, enfermeras en ciernes, se instalaron en un hotel y cada día se enfundaron las EPI para atender a los infectados, algunos críticos. «Yo llegaba algunos días a la recepción del hotel ーcuenta Raquelー y decía: ‘No puedo’. Y lloraba y pensaba: ‘¡Qué duro que haya pacientes pasando solos estos momentos, algunos que mueren, y ver que no puedo hacer más, que no llego a todo!’». El primer día de trabajo, de vuelta a su habitación, también pensó: «Qué horror, no me acuerdo ni del nombre de los pacientes». «Y eso me hacía sufrir un montón ーañadeー porque me daba la sensación de que no estaba cumpliendo bien mi trabajo».
Enseguida se hizo cargo de lo importante que era su presencia para los enfermos. «Están solos y las únicas personas a las que ven somos sus compañeros de habitación y nosotras. ¡Y nos ven los ojos, nada más!». Un paciente extranjero, muy desorientado, la tomaba de la mano y besaba el guante de látex, agradecido. Otro le hacía dibujos. Un tercero, un paciente oncológico que «no falleció porque Dios no quiso», le pidió que se sentara a hablar con él: quería saber quién le atendía. «A mí me impresionó ーdice ellaー porque él estaba casi más preocupado por conocerme a mí de lo que yo podía estar por conocerle a él».
Madrid fue un punto de inflexión para Raquel. Para su relación con sus amigas, que se estrechó insospechadamente; para su formación profesional ー«me ayudó mucho a crecer, a aprender, a confiar en mí… Fue, como quien dice, aquel último mes de prácticas que no tuve»ー; y, sobre todo, para su vida personal. «Quieras que no, estar tan cerca de la muerte, del sufrimiento, te impacta, te hace pensar en tu vida y en tu suerte». Ella volvería a hacerlo, sin duda. Y tampoco duda cuando dice que ahora valora mucho más la presencia de su familia y de sus amigos y el gozo de poder dar un paseo junto al mar.

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Rafa de Miguel de los Pinos
Responsable de Puesto de Trabajo y Audiovisuales. IT Services

Leer la entrevista

"1 confinamiento, 3 retos"

Rafa de Miguel de los Pinos, pamplonés de 40 años, casado y padre de dos hijos de 6 y 9 años, señala tres grandes retos que el confinamiento puso en su camino.
El primero de todos: la actividad de la Universidad no podía parar. Aunque desde IT empezaron a preparar aplicaciones días antes, fue aquel fin de semana del 13 de marzo cuando había que dejar el sistema listo para que todos los empleados de la Universidad pudieran teletrabajar desde sus casas y la docencia continuará en remoto. 
“Fueron días de intenso trabajo y muchísima tensión. Hubo una avalancha de peticiones y todo el mundo necesitaba lo suyo para ya. Somos 36 personas las que integramos el equipo de IT y lo dimos todo para canalizar la avalancha de peticiones. Eran necesidades inmediatas que intentamos gestionar con rapidez y delicadeza pero sobre todo con mucha cautela porque nosotros de ningún modo podíamos perder la seguridad en la Universidad y exponernos a un ataque informático”, recuerda Rafa.   
Y fue entonces cuando el VPN llegó a nuestras vidas: una conexión segura desde el campus a nuestras casas, que resultó vital para muchos servicios que trabajan con datos o aplicaciones críticas.
“Las jornadas se alargaban. Había que atender a los niños también en casa y aprovechabas para trabajar una vez ya estaban acostados. La verdad es que me sorprendió la reacción de mis hijos. Se adaptaron enseguida a la situación. Tanto como mi mujer y yo pudimos teletrabajar en casa y repartirnos el tiempo para estar con ellos”, comenta. 
El segundo reto: el 25 de abril había que montar todo el dispositivo para que el examen previo para grado fuera online. “Nunca nos habíamos enfrentado a una situación así. Montamos un sistema en tiempo récord, desde cero y que tenía que salir bien ese día.  Trabajamos codo con codo con Admisión y además del dispositivo para realizar el examen montamos todo un canal de soporte por chat para poder comunicarnos y resolver cuestiones técnicas y dudas con los candidatos. La experiencia nos sirvió después para los exámenes de mayo”.   
Y el tercer reto. Resuelto en final de curso, era el momento de pensar cómo iba a ser el próximo: ¿Presencial, online, docencia híbrida? Se abogó por lo tercero. Una decisión que requirió una inversión económica y el trabajo coordinado de varios departamentos. “Tuvimos que equipar las 230 aulas y otros espacios  para que las clases pudieran ser presenciales pero también en remoto. Fue una apuesta arriesgada, una inversión muy importante en licencias de software y equipos audiovisuales, pero acertamos. Lo dejamos cerrado con bastante previsión y menos mal, porque en mayo los stocks en los mercados se agotaron: no había micros, portátiles, webcams, etc, que tuvieran una calidad mínima para entonces”, afirma Rafa.
“A nivel tecnológico, el confinamiento consiguió aplicar en unas semanas lo que hace un año nos hubiera llevado años. Además sirvió para que servicios y departamentos de la Universidad trabajaran de un modo totalmente coordinado. IT, Eventos, Obras y Mantenimiento, Gestión de Espacios, Calidad e Innovación, Prevención de Riesgos, etc, dejamos de ser departamentos separados para formar un equipo sólido para salir adelante en esta situación”, concluye.  

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Jose M. Rodríguez-Ibabe
Presidente ejecutivo del Ceit

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El inicio del confinamiento coincidió con el cierre de una de las convocatorias para proyectos industriales más importante para el Ceit. “No tuvimos tiempo ni de respirar y nos encontramos con todos los grupos reorganizándose para el teletrabajo”, recuerda Jose M. Rodríguez-Ibabe. Además, hay que tener en cuenta el gran peso que la actividad de laboratorio tiene en el caso de este centro de investigación, que inicialmente se quedó bajo mínimos. “Fueron momentos y semanas de gran incertidumbre”, destaca su presidente ejecutivo. Tampoco sabían cómo iban a reaccionar sus socios industriales y si, a consecuencia de la nueva situación, algunos proyectos quedarían en suspenso.  Pese a ello, José María afirma que lo mejor de todo fue observar cómo día a día todo el personal de Ceit reaccionaba de forma “excepcional”.
Se logró con gran esfuerzo por parte de muchas personas compaginar las situaciones familiares (cuidado de pequeños y mayores) con el avance de los proyectos sin retrasos en su ejecución y, todo ello, manteniendo el contacto con los socios. “En fin, tengo que reconocer que ni previamente programado hubiera salido tan bien”. En estos meses la relación con los clientes y socios de proyectos ha cambiado radicalmente. “Es cierto que en ocasiones hemos perdido la frescura y la oportunidad que brindan los contactos directos, pero creo que parte de esta experiencia de reuniones vía Teams o Zoom ha venido para quedarse”.
A nivel personal, reconoce que las primeras semanas fueron duras y complicadas, “por las incertidumbres que no podíamos estimar cómo nos iban a afectar”. Luego, a medida que los días transcurrían y que Ceit tomaba un pulso casi normal, “la satisfacción y el orgullo de pertenecer a esta casa compensó con creces todo lo anterior. Pienso sinceramente, que como centro hemos salido reforzados de esta situación”. Y finalmente, lo que más le afecta son todas las restricciones que no terminamos de superar para reuniros con toda la familia. “Bastantes celebraciones y costumbres familiares se nos están quedando en el tintero, y aquí sí que Skype ayuda muy poco a superar esas barreras”, concluye con resignación Jose M. Rodriguez-Ibabe.

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Ana Belén Rodríguez Mourille
Médico. Responsable área médica del Servicio Mancomunado de Prevención de Riesgos Laborales

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"El color verde, más esperanza que nunca"

“Aquellos meses del confinamiento fueron pura adrenalina. Ninguno sabíamos a qué nos estábamos enfrentando, qué era aquello y cuánto iba a durar”, afirma Ana Belén Rodríguez Mourille, médico y parte del equipo del Servicio de Prevención de Riesgos Laborales.  Ana Belén, de 47 años, casada y madre de 3 hijos de 14, 13 y 7 años, fue la encargada de registrar y hacer el seguimiento de todos los compañeros de la Clínica de Pamplona que enfermaban. La doctora Arancha Gil hacía lo mismo en la sede de Madrid.  Sobre su mesa Ana Belén recuerda una hoja excell llena de tablas con nombres de profesionales que se habían contagiado o que eran contactos estrechos, familias enteras que había que aislar en sus domicilios, separando a los sanos de los enfermos y valorando, sobre todo, cómo proteger a los más vulnerables, personas mayores o con patologías. “Llegué a dibujar planos de las casas de mis compañeros para ver cómo podíamos proceder a aislar a las personas sanas de los infectados: las habitaciones de que disponían, los baños…  Fue muy duro, porque conoces a todas esas personas, les pones cara. El único contacto con el sanitario éramos nosotros”.  El área médica del Servicio de Prevención de Riesgos Laborales hacía un seguimiento diario de los casos diagnosticados, valoraba su estado y determinaba la necesidad de acudir a Urgencias, en caso de agravamiento. “Salimos de esa situación con la información de que disponíamos entonces. Miraba a diario la información que llegaba del Ministerio pero los protocolos cambiaban constantemente, pero salimos”, recuerda.    El color verde fosforito adquirió un significado muy especial durante esos meses de confinamiento que continúa hoy. “Es un verde feo, no sé por qué elegimos ese, igual fue por verde esperanza”, explica Ana. De verde se reflejaban en esas tablas de excell a las personas a las que se había dado el alta y habían superado la enfermedad. “Llegaba todas las mañanas con el ánimo arriba. Hoy vamos a verdear mucho, decía. A veces lo conseguías pero hubo días que, lejos de dar altas, tenías otra fila más de personas con covid”, dice.  Ana vivió esos días de confinamiento “confinada” en la Clínica. “Mi marido suele viajar a menudo pero esas semanas estuvo teletrabajando en casa, gracias a eso, mis hijos estuvieron atendidos porque para nosotros la situación prioritaria estaba en la Clínica.   “Solo recuerdo imprimir y descargar sus guías semanales de tarea, sabiendo que estaban conectados online con el colegio manteniendo sus ritmos de clase con normalidad. Realmente no fui consciente de todo lo que habían hecho y de lo que me había perdido hasta bien entrado el mes de mayo. Ellos jamás me reprocharon nada. Se lo agradezco infinitamente”, asegura.  Ana Rodríguez no tuvo que preocuparse por casos covid en su entorno familiar.  “No me tocó la dureza de la enfermedad de modo cercano. En ese sentido estuve tranquila”. 

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Jaime Paredes
Delegado de la Escuela de Arquitectura, 5º de Arquitectura

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Jaime Paredes estaba en cuarto curso de Arquitectura cuando estalló la pandemia. Ecuatoriano, decidió quedarse en Pamplona en marzo de 2020 y al final no pudo ver a su familia hasta Navidad: en total, un año. Ese curso era el subdelegado de alumnos de la Universidad al lado de Rafael Pérez Araluce, el delegado. Cuando la Universidad suspendió su actividad presencial, Jaime estuvo pendiente de dos asuntos: que la docencia siguiera su curso y que nadie se sintiera solo. Lo primero lo hacía en calidad de delegado, y lo segundo más como una necesidad.
«Aunque no era nuestra responsabilidad ni nunca lo fue —explica— estar pendientes de nuestros compañeros pasó a ser algo que nos importaba: ver si se sentían solos, quién estaba aquí y quién no... ¡Había quien no tenía a nadie!». Sobre todo se ocupó de los estudiantes de primero, que todavía no habían adquirido los hábitos de los universitarios y la situación era demasiado extraordinaria como para que cada uno pudiese gestionarla solo.
Lo más duro para él fue la incertidumbre de lo que iba a pasar y de cuándo podría volver a ver a su familia. Le impresionó también, al inicio del confinamiento, la historia de un alumno que se contagió y en cuya familia fallecieron dos personas. Ahí se dio cuenta de que esto iba en serio y se propuso dar lo mejor de sí para que las cosas fueran para sus compañeros lo mejor posible.

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Teresa Grandal Platero 
Coordinadora de estudios de la Faculta de Enfermería

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"El año que más reímos, el año que más lloramos"

El 31 de diciembre de 2020, Teresa Grandal hizo una pregunta a sus seis hijos, de entre  3 y 14 años: ¿Qué era lo que más les había gustado del año que estaba a punto de terminar? Y, para su sorpresa, le respondieron que “el confinamiento”. “Cuando empezó a haber bastantes noticias sobre coronavirus en la televisión, uno de ellos me dijo asustado que si papá y yo nos íbamos a morir si cogíamos el coronavirus. En este sentido, creo que para ellos el confinamiento supuso seguridad: si estábamos todos en casa, nada malo nos podía pasar”, relata.
Teresa comenzó el confinamiento con angustia: días antes, había confirmado que era contacto estrecho de un caso positivo y tuvo que estar quince días aislada en su casa, viendo a sus hijos a través de un cristal. En el mismo periodo de tiempo, una de sus hermanas, médico en Madrid, también se contagió y el único apoyo que podía trasladarle era por teléfono. “Mi marido tuvo unas décimas de fiebre esos días y tengo un hijo que tiene asma. Desde el departamento de Salud vinieron a hacernos la PCR a casa. Dimos todos negativo, gracias a Dios”. 
Teresa recuerda que fueron semanas en las que se percibía el miedo. “Estuve 50 días sin salir a la calle. Era mi marido el que iba a la compra y cuando regresaba los desinfectábamos todo”. Superados esos momentos, Teresa recuerda un confinamiento “muy animado” en su casa: a la jornadas de trabajo intenso se sumaban los ratos que pasaban los ocho juntos. “El salón se convirtió en un espacio multiusos: íbamos a misa en el salón, hacíamos deporte, veíamos alguna serie. Además, tengo la suerte de que mi marido es profesor en un colegio y se ocupó por completo de las tareas de los niños”.
Teresa Grandal es coordinadora de estudios de la Facultad de Enfermería desde septiembre de 2019. Humanista de formación, antes trabajaba en el departamento de Bibliometría de la Biblioteca. “La Enfermería es la ciencia del cuidado de la persona, creo hay un buen maridaje con una humanista como yo”, dice. Después de un año de pandemia, el maridaje se ha convertido en admiración absoluta. “En la Facultad hemos vivido en  primera línea la pandemia. Ha sido el año que más he llorado y he reído en mi vida. He conocido a profesoras que lo dejaban todo e iban a trabajar a la UCI; a alumnas que se ofrecían voluntarias para desinfectar ambulancias, para coser mascarillas. Nos pedían enfermeras para acudir a las residencias de ancianos y hemos recibido cartas preciosas en las que los enfermos admiraban que estudiantes de 20 años les atendieran con tanta humanidad y profesionalidad. Los alumnos no tenían miedo, creo que pensaban que era lo que tenían que hacer. No  vivieron el inicio de la pandemia como una persona a pie de calle”.
Teresa recuerda que las primeras alertas saltaron cuando, un par de semanas antes del confinamiento, se prohibió a los estudiantes seguir haciendo prácticas en centros sanitarios y residencias. Como coordinadora de estudios, se iba a encargar de la atención de los alumnos y de ser su enlace con los profesores y con la Facultad. “Fue una labor de equipo, de toda la Facultad. Intentamos volcarnos con los alumnos, especialmente con los de cuarto curso. Es una generación que se merece mucho”. Recuerda el webinar que organizaron para ellos con el cantante del grupo La Habitación Roja, con motivo del Día Mundial de la Enfermería, el 12 de mayo, día en que les iban a dar sus uniformes e iban a hacer el juramento enfermero; o el vídeo que ella misma grabó con Ana Choperena para darles ánimos para los exámenes. “Mi mayor preocupación era: que sientan que estamos”. 

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Carolina Ugarte 
Profesora de Gestión y Organización de Centros Educativos, Competencias profesionales y Orientación Socio-profesional de la Facultad de Educación y Psicología

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“Jamás pensé que íbamos a vivir una situación como esta. Creía que eran los medios de comunicación los que magnificaban las noticias sobre el coronavirus. Hasta que, ese viernes, cuando se veía que el confinamiento era inminente, me dediqué a hacer balance de todo los materiales que iba a necesitar para poder trabajar desde casa. Sobre todo me preocupaba que no me faltara nada para poder preparar las clases”, comenta Carolina Ugarte, profesora de Gestión y Organización de Centros Educativos, Competencias profesionales y Orientación Socio-profesional de la Facultad de Educación y Psicología.
Carolina señala que para ella, y para todos los profesores en general, el confinamiento llegó en un momento de trabajo intenso, en mitad del segundo semestre. “A mí me quedaba una asignatura entera por impartir. Conforme avanzaban las semanas, me di cuenta de que había olvidado material que necesitaba para las clases. La Universidad estaba abierta en momentos muy puntuales, mi marido trabajaba todas las mañanas y yo, con mis cinco hijos, no me podía mover de casa”. Consiguió llegar a su despacho y recoger lo que necesitaba. Entonces respiró tranquila, pero lo complejo vino después: impartir las clases online. “En mi casa, con niños aún muy pequeños, encerrarme en una habitación para impartir las clases online fue imposible. Así que me dediqué a preparar todo el material y utilizar ADI como soporte principal, además de mantener el contacto por correo electrónico. No obstante, no quería perder contacto con mis alumnos, poder escucharles, resolver dudas, etc. Decidí organizar un seminario por zoom para resolver esta cuestión. Fueron 45 minutos encerrada en una habitación, con mi marido ‘de policía’ bloqueando la puerta con algún mueble para que los niños no pudieran interrumpir”, recuerda. Se compró un ordenador y agradeció tener una buena red wifi en su casa. “Fueron semanas muy intensas. Pude teletrabajar por las tardes, cuando mi marido estaba en casa y haciendo una labor de contención permanente”.
Carolina no quiere quedarse solo con esos momentos de tensión y estrés. Reconoce que durante el confinamiento vivió con su familia momentos realmente bonitos: de preparar crepes con una de sus hijas para merendar, aprovechar para arreglar el jardín con su hijo mayor, desayunar todos juntos, disfrutar con una piscina portátil los primeros días de calor. En definitiva, convivir.
Aquellas primeras semanas, le tocó también vivir la enfermedad de familiares cercanos. “Mis suegros viven en Málaga y los dos se contagiaron el mismo mes de marzo. Estuvieron ingresados, pero gracias a Dios superaron la enfermedad. Todos los días llamábamos a mi cuñada para que nos diera el parte. Nosotros no podíamos ir a verles, pero ella casi lo pasaba peor porque, estando en la misma Málaga, tampoco podía ver a sus padres. Si algo me llevo después estos meses de confinamiento es el valor de la familia y los amigos, de lo importante, que siempre perdura, pese a la distancia”.

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Alberto Esparza
Alumno en el confinamiento. Desde septiembre, becario de Tantaka

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"Hacia un futuro laboral incierto"

Al principio, el confinamiento le pareció una buena idea. Estaba en el último año de su doble grado en Filología Hispánica y Periodismo, tenía pendientes exámenes, trabajos y dos TFG. “Casi mejor que nos dejen en casa dos semanas”, se dijo. Le pareció un alivio para trabajar mejor. Así que en lo académico aprovechó mucho el tiempo de encierro para trabajar y completar sus estudios y no fue del todo consciente de la gravedad de lo que ocurría, hasta que un día cayó en la cuenta de que estaba prohibido salir de casa y empezó a ver el lado oscuro de la situación.
Por eso mismo, en cuanto terminó el curso entró en una fase de estrés muy intensa porque tenía que buscar su primer empleo y todos los procesos de selección en los que participaba se fueron al garete debido a la pandemia. Entró en pánico y asumió que pasaría el año entero en el pueblo. Pero durante el verano se abrió la oportunidad de trabajar en Tantaka y allá que se lanzó. Desde septiembre trabaja en el banco de tiempo solidario de la Universidad, y allí se dio cuenta de la ola de solidaridad que había despertado un momento tan difícil de nuestra historia.  

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Juana Fernández
Profesora de la Facultad de Ciencias

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"Una pizarra portátil en el dormitorio"

Juana Fernández Rodríguez, tiene 39 años, está casada, es madre de dos niñas de cuatro y un año y medio y es profesora de la Facultad de Ciencias, en los grados en Química y Ciencias Ambientales. “Estamos preparados para el cambio”. Es una de las conclusiones que ella extrae después de un año de pandemia.
“Lo primero que pensé cuando se suspendieron las clases es: me tengo que adaptar ya. Mi objetivo era que mis alumnos no perdieran ni una hora, de tiempo y de motivación”.  Ante la situación de incertidumbre, Juana contactó con el servicio de Calidad e Innovación y el viernes, con las aulas cerradas, impartió su primera sesión por meet con una pizarra portátil desde el laboratorio. Dos días más tarde, directamente instaló una pizarra similar en la pared del dormitorio de su casa.  “Con un bebé y una niña de tres años, el dormitorio era la habitación más tranquila de la casa”, justifica. “Mis hijas se adaptaron y lo entendieron: cuando mamá cerraba la puerta, estaba ‘con sus niños’ dando clase y no se le podía molestar. Eso sí, no estaban acostumbradas a verme trabajar desde casa tantas horas seguidas y cuando me sentaba en el ordenador hacían veinte viajes reclamando mi atención”.
Juana Fernández trasladó el aula a su casa y lo mismo explicaba el desarrollo de un problema o un concepto teórico a sus alumnos que hacía manualidades con algodón con sus pequeñas.
Por encima de todo valora la “reacción espectacular y comprensiva” de todos sus alumnos. “No faltó ni uno a clase y fue bonito ver dónde estudiaban. Algunos presentaron a sus mascotas y ellos conocieron a mis hijas. Compartimos cercanía, más allá de las clases”. En general cree que "a los alumnos les daba confianza ver en directo a la profesora varias veces en semana en esa época de inseguridad".  La incertidumbre llegó a la hora de los exámenes, recuerda. “Quieres ser justa y el no estar vigilante, te crea un poco de incertidumbre. Pero el examen fue creativo, de ideas propias fundamentadas en las asignaturas impartidas, y funcionó bastante bien”. Juana reconoce que, en general, la gente está cansada. “Estamos mejor que el año pasado pero todavía falta para recuperar esa normalidad”. 

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